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Ella lloraba junto a la tumba de su bebé… cuando un guerrero yaqui le trajo otro

Ella lloraba junto a la tumba de su bebé… cuando un guerrero yaqui le trajo otro

Parte 1

Clara enterró a su hija recién nacida detrás del rancho mientras su esposo celebraba en una cantina de Hermosillo con el dinero que había jurado usar para comprar medicinas.

La tierra de Sonora estaba dura como piedra. Cada palada le abría ampollas en las manos, pero Clara no se detuvo. A sus 24 años, ya tenía la mirada de una mujer vieja: seca, hundida, cansada de esperar ternura de un hombre que solo sabía mandar, beber y golpear puertas cuando algo no salía a su gusto.

La niña había vivido 3 días. No alcanzó a tener nombre en el acta, solo un apodo que Clara le susurraba al oído cuando le daba pecho: “mi palomita”.

El rancho Los Mezquites quedaba lejos del pueblo, rodeado de nopales, polvo y silencio. Detrás de la casa, bajo un árbol torcido, Clara acomodó una cruz hecha con dos ramas y se quedó mirando la tumba diminuta hasta que el cielo empezó a ponerse naranja.

Entonces los caballos relincharon.

Clara se enderezó. Metió la mano en el bolsillo del delantal y sacó la pistola vieja que su padre le había dejado antes de morir. Su esposo, Mateo Arriaga, llevaba 2 semanas fuera. Decía que había ido a cerrar un negocio de ganado, pero Clara sabía que sus “negocios” casi siempre olían a mezcal, apuestas y mujeres con perfume barato.

Entre las sombras apareció un hombre.

No venía por el camino. Parecía salido del monte. Era alto, moreno, con el cabello largo recogido y una cicatriz que le cruzaba la ceja. Vestía ropa de manta, botas gastadas y un paliacate rojo atado al cuello. En sus brazos llevaba un bulto envuelto en una cobija de lana.

Clara levantó la pistola.

—No dé un paso más.

El hombre se detuvo. Miró la tumba, luego la pistola y después los ojos de Clara. No parecía asustado.

—No vengo por tu sangre, mujer.

Su español era áspero, con acento de la sierra.

—¿Quién es usted?

—Me llamo Yori.

Clara había oído ese nombre en boca de los vaqueros, siempre acompañado de miedo. Decían que Yori era yaqui, rastreador, hombre de monte, enemigo de los hacendados que robaban agua y cercaban caminos antiguos.

—Váyase.

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