El VIAJE ESCOLAR a Sevilla se convirtió en mi PEOR TORMENTO en silencio y regresar hoy ha DESPERTADO mis peores ATAQUES DE PÁNICO
PARTE 1
Mira que hay ciudades en España. Tienes Burgos, que hace un frío que pela en invierno pero al menos te metes en un asador, te pides una morcilla de arroz, un buen lechazo, y te quedas a gusto con la vida. Tienes Valencia, con su humedad que te deja el pelo como si hubieras metido los dedos en un enchufe, pero te comes una paella mirando al mar y se te curan todos los males. Tienes hasta Murcia, que nadie sabe muy bien qué hay allí aparte de limones y calor, pero al menos no te provoca taquicardias. Pero no. Tenía que ser Sevilla. La capital de Andalucía. El color especial. La Giralda. El Guadalquivir. Y mi puta pesadilla personal.
Llevaba quince años, quince largos y pacíficos años, evitando esta ciudad como si estuviera acordonada por riesgo nuclear. Si alguien me proponía una escapada de fin de semana al sur, yo mágicamente desarrollaba una alergia severa al gazpacho o me inventaba que tenía que asistir a la comunión del sobrino tercero de mi vecino. Había estructurado mi vida adulta, mi carrera profesional y mis amistades en torno a una única regla de oro inquebrantable: de Despeñaperros para abajo, ni un paso, y menos aún si el destino terminaba en “illa” y empezaba por “Sev”.
Pero claro, luego llegó Javi. Javier “El Máquinas” Gutiérrez, mi querido compañero de departamento en la agencia de marketing. Javi es el tipo de madrileño que se compra unos zapatos náuticos en mayo, no se pone calcetines hasta noviembre, y cree que añadir la palabra “bro” al final de cada frase le da un aire de modernidad corporativa. Y Javi, en su infinita sabiduría y ambición desmedida, decidió que era una idea brillante cerrar el contrato del siglo con “Congelados Guadalquivir”, la empresa de distribución de pescado más grande de toda Andalucía.
—Dani, bro, que nos vamos al sur —me dijo hace dos semanas, dándome una palmada en la espalda que casi me disloca la clavícula, mientras estábamos en la máquina de café de la oficina—. He conseguido que el CEO de Congelados Guadalquivir nos dé una reunión presencial. Quieren ver la propuesta de la nueva app. Nos pagan el AVE, nos ponen en un hotelazo cerca del centro, y después de la reunión nos vamos de tapas. Unas coquinas, un pescaito frito, un fino… ¡Olé, mi arma!
Os juro que cuando escuché a Javi decir “Olé, mi arma” con su acento de Chamberí, una parte de mi alma abandonó mi cuerpo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue la palabra “Sevilla”. En el instante en que esas tres sílabas salieron de su boca, sentí como si me hubieran inyectado hielo líquido directamente en la médula espinal. Empecé a sudar frío. El vasito de plástico de la máquina de café tembló en mi mano, derramando un líquido marrón de dudosa procedencia sobre mis pantalones chinos.
—¿Sevilla? —logré balbucear, sintiendo que la garganta se me cerraba como si hubiera tragado un puñado de arena—. ¿No podemos hacer una videollamada? Es el siglo veintiuno, Javi. El metaverso, el Zoom, el Teams. La presencialidad está sobrevalorada. El carbono, Javi, piensa en la huella de carbono.
—Que no, fiera, que esta gente es de la vieja escuela —respondió él, dándole un sorbo a su café solo sin azúcar—. Quieren mirarnos a los ojos. Quieren ver que somos tíos de fiar. Además, ya he comprado los billetes. Salimos el martes a las ocho de la mañana de Atocha. Ve preparando la presentación, que lo vamos a petar.
Y así es como me encontré, dos semanas después, sentado en el vagón número tres del tren de alta velocidad, viendo cómo el paisaje de la meseta castellana iba desapareciendo por la ventanilla para dar paso a los olivares del sur. El traqueteo monótono del tren debería haber sido relajante, pero para mí era el tic-tac de una bomba de relojería.
Javi iba sentado a mi lado, tecleando furiosamente en su portátil y emitiendo pequeños ruidos de satisfacción cada vez que añadía una diapositiva llena de gráficos incomprensibles y palabras como “sinergia”, “engagement” y “omnicanalidad”. Yo, por el contrario, estaba hiperventilando discretamente. Había desarrollado una técnica para tener ataques de pánico en lugares públicos sin que nadie se diera cuenta: respiraba hondo por la nariz contando hasta cuatro, mantenía el aire contando hasta siete, y exhalaba por la boca contando hasta ocho. El problema es que en el AVE, el aire acondicionado olía a ambientador industrial y a café recalentado, lo que no ayudaba precisamente a encontrar mi centro zen.
—Mira, mira, ya estamos llegando —anunció Javi, cerrando el portátil de golpe y frotándose las manos como un villano de dibujos animados a punto de robar un banco—. Córdoba acaba de pasar. En media hora estamos en Santa Justa. ¿Tienes hambre? Yo me comería un jabalí relleno de pajaritos.
—No tengo hambre, Javi. Tengo náuseas —respondí, pegando la frente contra el cristal frío de la ventanilla.
—Eso son los nervios del directo, campeón. Tienes que visualizar el éxito. Yo ya me estoy visualizando en una terraza en Triana, con una cervecita helada, celebrando el contrato. Va a ser épico.
Por la megafonía del tren, una voz femenina y aterradoramente alegre anunció: “Próxima estación, Sevilla-Santa Justa. Final de trayecto”.
El corazón me dio un vuelco tan violento que pensé que se me iba a salir por la garganta, rebotar en la mesita plegable y caer en el regazo de Javi. Mis manos estaban empapadas en sudor. Agarré los reposabrazos del asiento con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos. Todo mi cuerpo me gritaba que saliera corriendo, que forzara las puertas del tren en marcha y me lanzara rodando por un terraplén de Despeñaperros antes de poner un pie en esa ciudad.
El tren se detuvo con un suave siseo. La gente empezó a levantarse, abriendo los compartimentos superiores y sacando sus maletas. Yo me quedé petrificado en el asiento.
—Venga, Dani, mueve el culo que nos comen las prisas —me apremió Javi, colgándose su mochila de cuero al hombro y agarrando su maleta de cabina.
Me levanté como un autómata. Mis piernas se sentían como si estuvieran hechas de gelatina de fresa. Caminé por el pasillo del tren siguiendo la nuca perfectamente afeitada de Javi. Al pisar el andén de la estación de Santa Justa, el calor me golpeó en la cara como un muro de ladrillos. Era un calor denso, pesado, casi masticable, y eso que apenas estábamos en mayo.
Caminamos por la estación hasta la parada de taxis. Yo arrastraba mi maleta de ruedas como si pesara doscientos kilos. Mi visión periférica se estaba reduciendo; el clásico efecto túnel de cuando la ansiedad decide que es hora de tomar el control de tu sistema nervioso central.
Nos subimos a un taxi. El conductor era un hombre de unos sesenta años, con una camisa de manga corta a cuadros, gafas de sol de espejo y una medalla de la Virgen del Rocío colgando del espejo retrovisor, balanceándose rítmicamente. La radio del taxi emitía un programa de tertulia deportiva a un volumen innecesariamente alto, donde dos señores parecían estar a punto de llegar a las manos discutiendo sobre el último fuera de juego del Betis.
—¿Al centro, señores? —preguntó el taxista, mirándonos por el retrovisor.
—Al hotel Alfonso XIII, jefe —dijo Javi con voz de importante, aunque en realidad nuestro hotel era un tres estrellas bastante más modesto que estaba a un par de calles de allí, pero a Javi le gustaba tirarse el pisto—. Bueno, a la calle de atrás, que el Alfonso XIII estaba lleno —corrigió rápidamente, tosiendo para disimular.
El taxi arrancó. A medida que nos acercábamos al centro histórico, las avenidas anchas se fueron convirtiendo en calles más estrechas, flanqueadas por edificios de colores ocres y balcones de hierro forjado llenos de macetas con geranios. Y entonces, ocurrió.
El taxista bajó la ventanilla para tirar la ceniza de un cigarrillo que se acababa de encender (ilegalísimo, pero a esas alturas a mí me daba igual), y una ráfaga de aire cálido entró en la parte trasera del coche. Traía consigo un olor. Un olor inconfundible, dulce, penetrante y absolutamente letal para mi estabilidad mental.
Azahar.
El olor a flor de naranjo. Para el noventa y nueve por ciento de la humanidad, es una fragancia romántica, primaveral, el símbolo olfativo del sur de España. Para mí, el olor a azahar era el equivalente al olor del napalm por la mañana.
En el instante en que esa molécula de azahar entró por mis fosas nasales y llegó a mis receptores olfativos, mi cerebro hizo un cortocircuito monumental. El asiento trasero del taxi desapareció. Javi y sus tonterías corporativas desaparecieron. El taxista y su tertulia deportiva desaparecieron.
La respiración se me cortó de tajo. Sentí un pinchazo agudo en el centro del pecho. Empecé a boquear como un pez fuera del agua.
—Dani, tío, ¿estás bien? —escuché la voz de Javi, como si viniera desde el fondo de un túnel muy largo y lleno de eco—. Te has quedado más blanco que la pared. ¿Te vas a marear? Mira que si me vomitas en el traje te mato, que tenemos la reunión en tres horas.
No podía responder. No podía articular palabra. Lo único que llenaba mi mente, inundando cada rincón de mi consciencia con una fuerza abrumadora y oscura, era el recuerdo que llevaba quince años intentando enterrar bajo capas y capas de sarcasmo madrileño y vida adulta funcional.
El viaje escolar. Cuarto de la ESO. Primavera del año dos mil ocho. El peor tormento de mi vida, silenciado por la vergüenza y el terror, que ahora, al respirar el aire de esta maldita ciudad, regresaba para cobrar venganza.
PARTE 2
Para entender la magnitud del desastre, hay que retroceder a la época en la que los teléfonos móviles servían principalmente para jugar al Snake y enviarse SMS codificados para ahorrar caracteres, el reguetón empezaba a sonar en las ferias como una amenaza distante, y yo era un chaval de quince años que pesaba cincuenta kilos mojado, llevaba gafas de pasta (antes de que fueran hipster, cuando solo eran un motivo legítimo de acoso escolar) y tenía el carisma social de una lechuga pocha.
Estábamos en el Instituto Público San Juan Bautista. Era el viaje de fin de curso de 4º de la ESO, el momento cumbre de nuestra vida académica hasta esa fecha. El destino elegido por el departamento de actividades extraescolares fue, por supuesto, Sevilla, combinando historia, cultura y un día de excursión a Isla Mágica para que no nos amotináramos.
Recuerdo el viaje en autobús desde Madrid como si fuera un prólogo del infierno. Fueron seis horas metidos en un autocar que olía a una mezcla letal de desodorante Axe en spray, patatas fritas con sabor a campesina y hormonas adolescentes a punto de ebullición. Al frente de la expedición iban dos profesores que claramente habían sido elegidos por sorteo o por castigo: Don Eusebio, el profesor de Historia, un hombre a un año de la jubilación que llevaba chaquetas de pana en mayo y cuya única motivación en la vida parecía ser encontrar un bar donde pusieran carajillos baratos; y Doña Carmen, la profesora de Inglés, una mujer hiperactiva que se pasó las seis horas de viaje corrigiendo exámenes con un bolígrafo rojo y gritando “¡Sit down, please!” cada vez que alguien se levantaba para ir al baño químico del fondo, el cual, por cierto, se atascó a la altura de Valdepeñas.
Pero el verdadero problema no era la incomodidad del viaje, ni el olor, ni los profesores. El problema tenía nombre y apellidos, y un mote que le venía al pelo: Borja, alias “El Fardos”.
Borja era de esos chavales que a los quince años ya tenía barba cerrada, medía un metro ochenta y cinco, y poseía la musculatura de un estibador del puerto, posiblemente desarrollada a base de suspender asignaturas y levantar pesas en el parque. Su séquito lo formaban Kevin, un chaval que hablaba exclusivamente en frases copiadas de películas de mafiosos, y La Vane, que masticaba chicle con tanta fuerza que parecía que intentaba desencajarse la mandíbula por deporte. Este trío del terror había decidido, desde primero de la ESO, que yo era su víctima propiciatoria favorita. No me pegaban, eso habría sido demasiado burdo y habría dejado marcas evidentes. Su especialidad era el terrorismo psicológico, la humillación pública y el robo esporádico de mis bocadillos de mortadela.
Cuando llegamos a Sevilla, el autobús nos dejó en una avenida ancha porque, según el conductor, que estaba ya harto de nosotros, “por esas callejuelas del centro no meto yo este trasto ni harto de vino”. Tuvimos que caminar arrastrando nuestras maletas (algunos llevaban bolsas de deporte del Pryca que amenazaban con reventar) bajo el sol de justicia andaluz, hasta adentrarnos en el laberinto del Barrio de Santa Cruz.
El alojamiento que había elegido el instituto, en un alarde de recortes presupuestarios, no era un hotel, ni siquiera un hostal decente. Era una pensión que se llamaba “La Giralda de Oro”, un nombre terriblemente irónico considerando que el edificio parecía estar a punto de derrumbarse. Era una casa antigua, con un patio interior lleno de macetas mustias y azulejos desconchados. Las habitaciones eran diminutas, olían a humedad y a rancio, y las camas tenían colchones de muelles que se te clavaban en las costillas con una precisión quirúrgica.
A mí me tocó compartir habitación con tres chavales más, entre ellos el pobre Samuel, un asmático empedernido, y, por una cruel jugarreta del destino y del reparto aleatorio de Don Eusebio, con uno de los esbirros de Borja: Kevin. Desde el momento en que Kevin tiró su bolsa de deporte sobre la cama y me miró con una sonrisa torcida, supe que aquel viaje no iba a ser sobre la Catedral, ni sobre el Archivo de Indias, ni sobre la cultura mudéjar. Iba a ser sobre pura supervivencia.
El primer día transcurrió en una neblina de aburrimiento y agotamiento. Caminamos detrás de Don Eusebio, que nos iba señalando edificios históricos mientras leía de una fotocopia arrugada, sudando profusamente y buscando con la mirada desesperada cualquier toldo de un bar que anunciara cerveza fría. Borja y su grupo se pasaron el día haciendo comentarios por lo bajo, empujándome “sin querer” contra los turistas y amenazando con tirarme la cámara de fotos desechable al río Guadalquivir si no les hacía los deberes de matemáticas a la vuelta.
Pero fue la noche del segundo día cuando todo se precipitó hacia el abismo.
Después de una cena infame en el comedor de la pensión —consistente en una sopa de fideos que parecía agua sucia y un filete empanado con la textura de la suela de un zapato viejo—, los profesores nos mandaron a las habitaciones con la advertencia estricta de que a las once se apagaban las luces y no querían oír ni el vuelo de una mosca. “Cualquiera que pise el pasillo después de las once”, nos amenazó Doña Carmen agitando su dedo índice con una uña pintada de rojo pasión, “se vuelve a Madrid mañana mismo en el primer autobús, a su costa. Understood?”.
Obviamente, en un viaje de fin de curso de adolescentes hormonados, esa amenaza es el equivalente a dar el pistoletazo de salida para una maratón de infracciones. A las once y cuarto, el rumor corrió por los pasillos a través de mensajes de texto en nuestros Nokia 3310: había un plan para subirse a la azotea de la pensión. Alguien había comprado a escondidas una botella de ron barato y dos botellas de refresco de cola en un chino cercano, y se iba a armar un botellón clandestino bajo las estrellas sevillanas.
Yo estaba en mi cama, con mi pijama puesto. Y aquí, amigos míos, radica una de las claves de mi humillación. Yo no llevaba un pijama normal. No era un pantalón de chándal viejo o una camiseta publicitaria enorme. Era un pijama que mi abuela me había regalado por mi decimoquinto cumpleaños, ignorando por completo mi edad mental y biológica: era un pijama de franela de color amarillo chillón, con la cara de Bob Esponja ocupando todo el pecho y unos pantalones a juego llenos de pequeñas estrellas de mar. Era el pijama más ridículo, infantil y humillante de la historia de la indumentaria de dormir. Pero mi madre, en su afán por no gastar dinero, me había obligado a meterlo en la maleta, bajo la excusa de que “en los hostales de mala muerte por la noche refresca”.
Estaba tumbado, intentando no respirar muy fuerte porque Samuel estaba en la cama de al lado usando su inhalador como si fuera un instrumento de viento, cuando la puerta se abrió silenciosamente. Era Borja. Se asomó a la habitación, ignoró a Samuel, fijó sus ojos en mí y me hizo un gesto con la cabeza.
—Oye, pringao —susurró Borja, entrando en la habitación—. Sube a la azotea. Vamos a abrir la botella de ron.
Me quedé congelado. ¿Borja invitándome a mí? ¿Al marginado? Mi cerebro de quince años, desesperado por encajar, por ser aceptado, por tener una anécdota guay que contar a la vuelta, procesó esa invitación como una ofrenda de paz. Quizás el viaje de fin de curso había obrado un milagro. Quizás el aire del sur había ablandado el corazón de aquel matón de instituto.
—Pero… Doña Carmen dijo… —balbuceé, sentándome en la cama.
—Déjate de Carmenes, idiota. Sube ahora mismo o te juro que mañana te tiro la maleta por el balcón —siseó Borja, perdiendo instantáneamente cualquier atisbo de amabilidad fingida—. Y ven tal cual estás. Date prisa.
Mi instinto de conservación me gritaba que me quedara en la cama. Pero el miedo a Borja era más fuerte. Me levanté, descalzo, ataviado con mi glorioso pijama de franela amarillo de Bob Esponja, y salí al pasillo oscuro. El suelo de baldosas estaba frío. Borja me esperaba en las escaleras. Me hizo una seña para que le siguiera hacia el último piso.
Subimos hasta el rellano que daba acceso a la azotea. Había una puerta metálica pesada, entreabierta, por donde se colaba la brisa nocturna y el maldito y empalagoso olor a azahar de los naranjos del patio interior. Salimos a la azotea. Estaba poco iluminada, solo por la luz anaranjada de las farolas de la calle que rebotaba en las paredes encaladas.
Allí estaban Kevin y La Vane, sentados en un murete. No había ron. No había refrescos. Solo sonrisas malévolas que me helaron la sangre al instante.
—Mira qué guapo viene, hostia —se rió Kevin, señalando mi pijama—. Es el puto Bob Esponja.
—Qué mono, por favor. ¿No te da calor esa franela, chaval? —añadió La Vane, reventando un globo de chicle.
Me di la vuelta instintivamente para volver por donde había venido, pero Borja ya estaba detrás de mí, bloqueándome el paso. Me agarró del brazo con fuerza, clavándome los dedos.
—¿A dónde vas, Patricio Estrella? La fiesta acaba de empezar —dijo, arrastrándome hacia un extremo oscuro de la azotea.
Había una pequeña caseta construida con ladrillos desnudos y una puerta de madera desvencijada. Era el cuarto de limpieza de la pensión. Borja abrió la puerta de una patada. El olor a lejía barata, amoníaco y fregonas húmedas salió de allí como un bofetón tóxico.
—Entra —ordenó Borja, empujándome hacia la oscuridad del cuartucho.
—No, por favor, Borja, no, tío… —supliqué, intentando agarrarme al marco de la puerta, pero mis brazos delgados no eran rival para él. Me empujó con violencia, haciéndome tropezar con un cubo de fregar lleno de agua sucia que se derramó por el suelo mojando mis calcetines.
Caí de rodillas. Antes de que pudiera girarme, la puerta se cerró de golpe. Escuché el sonido metálico de un cerrojo oxidado al correrse desde fuera.
Estaba a oscuras. Completamente a oscuras.
—¡Borja! ¡Abre, joder! ¡Abre la puerta! —grité, golpeando la madera con los puños cerrados, presa del pánico.
—Chist, baja la voz, subnormal, que vas a despertar a la momia de Eusebio —escuché la voz de Borja a través de la madera—. Vas a pasar la noche ahí dentro para reflexionar sobre lo pringao que eres.
—¡Por favor! ¡Me da miedo la oscuridad! ¡Sacadme de aquí!
—Escúchame bien, comemierdas —la voz de Borja se volvió grave y amenazante, pegada a las rendijas de la puerta—. Como se te ocurra gritar y venga un profesor, te juro por mi puta madre que te hago la vida imposible hasta que acabes el instituto. Te rompo las gafas, te meo en la mochila y te espero a la salida todos los putos días de tu vida. Y si mañana por la mañana le dices a alguien lo que ha pasado, te reviento a hostias en el viaje de vuelta. ¿Te queda claro?
Me quedé callado. El terror me había paralizado las cuerdas vocales. Mis puños se detuvieron contra la puerta.
—Buenas noches, Bob Esponja —se rió La Vane.
Escuché sus pasos alejándose por la azotea, la puerta metálica cerrándose y, finalmente, el silencio absoluto. Un silencio roto únicamente por el goteo de un grifo defectuoso en alguna parte del cuarto de limpieza y por mi propia respiración agitada. Estaba encerrado en un zulo de dos metros cuadrados en Sevilla, a las doce de la noche, rodeado de productos químicos, vestido de amarillo chillón y aterrado hasta la médula.
PARTE 3
La noche que pasé en aquel cuarto de fregonas no fue una noche; fue un ensayo general del purgatorio. Si Dante Alighieri hubiera tenido que escribir la Divina Comedia en la España del dos mil ocho, habría incluido un círculo del infierno dedicado exclusivamente a adolescentes encerrados en armarios de limpieza andaluces con pijamas de franela.
Al principio, traté de convencerme a mí mismo de que era una broma. Que Borja y sus secuaces volverían en cinco minutos, se reirían de mí, me llamarían un par de insultos humillantes y me dejarían salir. Así que me quedé de pie, pegado a la puerta, temblando a pesar de que el calor de la ciudad seguía filtrándose por las rendijas. Cinco minutos pasaron. Luego quince. Luego media hora. La esperanza se fue desvaneciendo y el pánico puro y duro ocupó su lugar.
Intenté explorar mi celda. Estaba en la oscuridad más absoluta, así que tuve que usar las manos. Toqué paredes rugosas llenas de telarañas. Palpé palos de escoba que cayeron al suelo con un estrépito que a mí me sonó como cañonazos, haciéndome saltar del susto. Encontré estanterías metálicas repletas de botes de plástico pegajosos. El olor a amoníaco era tan fuerte que me escocían los ojos y la garganta. El suelo estaba encharcado por el agua sucia del cubo que yo mismo había volcado al caer, y mis calcetines estaban empapados, transmitiendo una sensación gélida y asquerosa hasta mis rodillas.
Me senté en el único rincón que parecía estar relativamente seco, abrazándome las piernas contra el pecho, haciendo que la cara sonriente de Bob Esponja se arrugara sobre mi estómago. Empecé a llorar. No eran sollozos fuertes, no me atrevía a hacer ruido por si Borja seguía acechando fuera, esperando una excusa para cumplir sus amenazas. Eran lágrimas silenciosas, de pura impotencia, de rabia, de humillación extrema. Me sentía la criatura más insignificante del planeta.
Las horas pasaron con una lentitud agonizante. A lo lejos, a través de alguna rejilla de ventilación, me llegaban los sonidos de la ciudad. Coches pasando, murmullos de gente en la calle, y en un momento dado, el eco lejano de unas palmas y alguien cantando flamenco. Sevilla seguía viva, festiva, hermosa ahí fuera, mientras yo me consumía en un calabozo de productos de limpieza. Cada vez que escuchaba un crujido en la madera o un roce en la azotea, contenía la respiración, rezando para que fueran ellos viniendo a liberarme. Pero nadie vino.
Llegó un punto de la madrugada en el que el agotamiento venció al terror. Me quedé dormido en una postura imposible, encogido en posición fetal, apoyando la cabeza contra un saco de trapos que olía a polvo y lejía. Mis sueños fueron un revoltijo febril de Bob Esponja riéndose de mí con la voz de Borja, Don Eusebio bebiéndose el amoníaco pensando que era anís, y laberintos infinitos de azulejos sevillanos.
Me despertó un ruido seco y metálico. La cerradura.
Abrí los ojos de golpe. La puerta se abrió de par en par, y la luz cegadora del sol de la mañana de Sevilla me apuñaló las retinas. Levanté los brazos para protegerme los ojos, entrecerrándolos. No era Borja. Era una mujer mayor, bajita, con un delantal de cuadros azules y una expresión de estupefacción que le desfiguraba la cara. Era la señora de la limpieza de la pensión. Llevaba un manojo de llaves en la mano que tintineaba por el temblor.
—¡Virgen de la Macarena, bendita sea! —exclamó la mujer, dando un salto hacia atrás al ver a una criatura amarilla y empapada emerger de entre las fregonas—. ¡Pero chiquillo! ¿Qué haces tú ahí metío? ¿Te ha dao un parraque? ¿Eres de los de Madrid?
Tardé unos segundos en articular palabra. Tenía la boca seca como el papel de lija y los músculos agarrotados. Me levanté torpemente, sintiendo crujir hasta la última vértebra de mi columna. La señora me miraba de arriba a abajo, deteniendo su vista en mi pijama de Bob Esponja cubierto de manchas de suciedad y polvo.
—Me… me quedé encerrado, señora —logré decir con un hilo de voz, mintiendo por puro instinto de supervivencia. El terror a las amenazas de Borja estaba tatuado en mi mente—. Subí a tomar el aire… y la puerta se atascó.
—¡Ay, criatura de mi alma! ¡Si ese cerrojo está echado por fuera! —la mujer no era tonta—. ¿A ti te han encerrao aquí, verdad? ¿Han sío los gamberros esos de tu clase? Ahora mismito bajo a decírselo al profesor tuyo, al de las gafas, que se va a armar la de Dios es Cristo.
El pánico volvió a invadirme, esta vez más fuerte. Me abalancé sobre ella, agarrándole el delantal con mis manos manchadas.
—¡No, no, no! ¡Por favor, se lo ruego! —supliqué desesperado, con los ojos llenos de lágrimas—. ¡Ha sido un accidente! ¡Si se lo dice a mi profesor me van a expulsar, o mi madre me mata, o… o…! ¡Por favor, no diga nada! ¡Yo me voy a mi habitación ahora mismo!
La pobre mujer me miró con una mezcla de lástima profunda y confusión. Supongo que vio en mis ojos el terror auténtico de un chaval acosado y entendió que, si hablaba, me haría más daño que otra cosa. Suspiró profundamente, negando con la cabeza.
—Ay, señor, señor… Las cosas que hay que ver. Anda, tira p’abajo, chiquillo. Lávate la cara, que pareces un aparecío, y cámbiate esa ropa que vas a coger una pulmonía. Y no te preocupes, que la Remedios tiene la boca sellada. Pero tú no te dejes pisotear, mi arma, que tienes la vida por delante.
La Remedios. Nunca olvidaré a esa mujer. Fue mi único destello de humanidad en aquel viaje.
Bajé las escaleras corriendo, esquivando a un par de turistas madrugadores, y me colé en mi habitación. Kevin y Samuel seguían roncando. Me quité el pijama de Bob Esponja lo más rápido que pude, lo hice una bola apretada, lo metí en el fondo de mi maleta y me metí en la ducha. El agua caliente me quemó la piel, pero froté con fuerza para quitarme el olor a amoníaco, a suciedad y a cobardía.
El resto del viaje fue un ejercicio de disociación severa. Cuando bajé al comedor para el desayuno, Borja, Kevin y La Vane estaban en una mesa devorando tostadas. Cuando pasé por su lado, Borja me miró fijamente, con una sonrisa de depredador satisfecho, y me guiñó un ojo. Yo aparté la mirada, me senté en la esquina más alejada de la sala y me comí mis cereales en completo silencio.
No dije nada. No denuncié a nadie. Aguanté la excursión a Isla Mágica arrastrando los pies como un zombi, subiéndome a las atracciones sin sentir ni la más mínima emoción, temblando cada vez que Borja pasaba cerca de mí. Durante el viaje de vuelta en autobús a Madrid, me puse los auriculares de mi reproductor MP3 (que tenía exactamente quince canciones descargadas ilegalmente del eMule) y miré por la ventana durante seis horas, dejando que el trauma cristalizara en mi interior.
Aquel encierro no solo me robó la dignidad. Me generó un condicionamiento pavloviano catastrófico. Mi cerebro asoció Sevilla, el acento andaluz, las calles estrechas y, sobre todo, el olor a azahar, con la impotencia más absoluta, el miedo cerval y la humillación. Sellé esa parte de mi vida en un cajón mental y tiré la llave.
Hasta hoy. Hasta que el capullo de Javi decidió que era una gran idea venir a cerrar un trato de congelados.
De vuelta en el presente, en el taxi, mi respiración seguía entrecortada. Javi me estaba agitando por el hombro, con cara de genuina preocupación, algo raro en él.
—Dani. Dani, joder, reacciona. Que estás sudando a chorros. ¿Le digo al taxista que nos lleve a un hospital? —preguntó Javi, sacando su teléfono.
El taxi se detuvo frente al hotel. Pestañeé varias veces, forzando a mi mente a salir de la azotea de la pensión y volver al año dos mil veintiséis. Me pasé la mano por la frente empapada.
—No… no, Javi. Estoy bien. Ha sido un corte de digestión. El cruasán del AVE, que estaba caducado o algo —mentí, abriendo la puerta del taxi y saliendo a trompicones a la acera caliente de Sevilla.
—Pero si no has desayunado nada, tío —replicó Javi, pagando al taxista y saliendo tras de mí con las maletas.
—He desayunado estrés, Javi. Estrés corporativo. Vamos a hacer el check-in, necesito cinco minutos a solas en el baño.
Entramos en el hotel. Era un tres estrellas decente, moderno, aséptico y, afortunadamente, con aire acondicionado a toda potencia. Me acerqué a la recepción, cogí la llave de mi habitación (la 304) y subí en el ascensor sin decir una palabra, dejando a Javi parloteando en el pasillo sobre cómo íbamos a deslumbrar al CEO de Congelados Guadalquivir con nuestra presentación de PowerPoint.
Entré en mi habitación. Dejé la maleta caer al suelo. Fui directo al baño, cerré la puerta con pestillo, me apoyé en el lavabo y me miré en el espejo. Estaba pálido. Tenía ojeras. Mi pelo estaba alborotado. No era un director creativo de treinta y tres años a punto de cerrar un gran negocio. En el reflejo del espejo, vi claramente a un chaval de quince años con gafas de pasta, llorando en silencio en un cuarto de fregonas.
Y lo peor de todo es que la reunión era en una hora, en pleno corazón del Barrio de Santa Cruz. Justo donde todo había empezado. La pesadilla no había hecho más que despertar.
PARTE 4
El agua fría del grifo salpicándome la cara fue lo único que me impidió sufrir un colapso nervioso completo en ese baño de hotel. Me apoyé de nuevo en el lavabo, cerré los ojos y me obligué a hacer el ejercicio de respiración que mi terapeuta me había enseñado años atrás, cuando empecé a tener ataques de ansiedad por cosas mundanas como comprar el pan o hablar en público. Cuatro segundos inspirando. Siete reteniendo. Ocho exhalando. Cuatro, siete, ocho.
“Venga, Dani”, me dije en voz alta al espejo, mi voz sonando ronca y vacilante en el cuarto de baño alicatado. “Eres un adulto funcional. Pagas hipoteca. Sabes hacer la declaración de la renta por internet. Tienes una tarjeta dorada del Club VIPS. Borja el Fardos no está aquí. El cuarto de limpieza no existe. Es solo una puta reunión para vender una app de pescado congelado”.
Salí del baño. Javi me había mandado tres mensajes de WhatsApp al grupo de trabajo: “Bro, te espero en el lobby”, “Vamos que nos vamos” y un sticker de Julio Iglesias diciendo “Y lo sabes”. Suspiré, me ajusté el cuello de la camisa blanca, cogí mi maletín con el portátil y salí de la habitación.
En la recepción, Javi estaba paseándose de un lado a otro, hablando por teléfono con alguien con ese tono de voz falsamente grave que pone la gente cuando quiere fingir que está moviendo millones de euros. Colgó en cuanto me vio.
—¡Hombre, Lázaro, te has levantado! —exclamó, dándome otro golpe en la espalda—. ¿Mejor del estómago? Te he pillado unas pastillas de carbón activo en la farmacia de la esquina, por si acaso te da un apretón en mitad del pitch. Venga, vámonos que vamos pillados de tiempo. La oficina del cliente está a quince minutos andando y quiero llegar con margen para hacer networking.
Salimos a la calle. Eran las once y media de la mañana y Sevilla estaba en su máximo esplendor primaveral. El cielo era de un azul insultantemente despejado, los naranjos lucían en todo su apogeo y las calles estaban llenas de turistas sudorosos y locales tomando el aperitivo. Javi activó el Google Maps en su teléfono y empezó a guiarnos como si fuera el mismísimo Cristóbal Colón descubriendo las Américas.
—Vale, dice que tiremos por esta avenida y luego nos metamos por las callejuelas. Barrio de Santa Cruz, chaval, lo más auténtico —comentó Javi, ajeno por completo a que cada paso que dábamos hacia ese barrio era como caminar descalzo sobre brasas ardientes para mí.
A medida que nos adentrábamos en el laberinto de callejuelas adoquinadas, la ansiedad volvió a trepar por mis piernas. Las calles eran estrechas, las paredes blancas, los balcones llenos de geranios. Cada esquina me resultaba enfermizamente familiar. El olor a azahar era tan intenso que casi podía masticarlo. El sonido de los cascos de los caballos tirando de los coches de turistas resonaba en las paredes creando un eco lúgubre en mi cabeza.
—Gira a la izquierda por calle Agua… luego a la derecha por la plaza… —iba murmurando Javi, mirando la pantalla del móvil—. Hostia, qué bonito es esto, ¿eh? Mira ese patio andaluz. Yo me compraría una casa aquí si no hiciera un calor de cojones en agosto.
Yo no contestaba. Estaba hiperconcentrado en poner un pie delante del otro sin desmayarme. Doblamos una esquina, saliendo a una pequeña plaza flanqueada por una iglesia vieja y un par de restaurantes con mesas fuera.
Y entonces me detuve en seco. Mi corazón se paró por un instante y luego empezó a latir a doscientas pulsaciones por minuto.
Frente a nosotros, a escasos veinte metros, estaba el edificio de la sede de Congelados Guadalquivir. Era un palacete restaurado, imponente y elegante, con el logo moderno de la empresa tallado en una placa de bronce junto a la puerta de madera noble. Pero mi mirada no estaba fijada en las oficinas del cliente. Mi mirada estaba clavada en el edificio contiguo.
Era un edificio de tres plantas, pintado de un blanco inmaculado, con balcones de hierro negro reluciente. Encima de la puerta principal, un cartel de diseño minimalista con letras doradas anunciaba: “Boutique Hotel Giralda & Spa”.
Era la pensión. Mi pensión. La Giralda de Oro había sido comprada, eviscerada, reformada y convertida en un hotel de lujo con spa incluido. Pero la estructura era la misma. El tejado, la azotea… instintivamente levanté la vista. Allí arriba, recortada contra el cielo azul intenso de Sevilla, pude distinguir una estructura familiar. El cuarto de limpieza. Ya no parecía un cuartucho de ladrillo sucio; lo habían revestido de madera y probablemente ahora albergaba la maquinaria del aire acondicionado central o los controles del jacuzzi de la suite del ático, pero la forma exacta seguía ahí, mirándome con desdén desde las alturas.
El mundo empezó a dar vueltas. Las piernas me fallaron. Dejé caer el maletín del portátil al suelo con un ruido sordo que sobresaltó a un grupo de turistas japoneses cercanos.
—Dani, tío, ¿qué haces? ¡Cuidado con el Mac, que cuesta dos mil pavos! —Javi se agachó a recoger el maletín y al levantar la vista, me vio la cara—. Hostia puta. Estás blanco como la leche. Dani, mírame. Respira.
—No puedo —susurré, agarrándome a la pared de ladrillo más cercana para no caer redondo al suelo. El aire no me entraba en los pulmones. Estaba de vuelta en la oscuridad. Olía a lejía. Escuchaba la risa de La Vane. Sentía el terror puro, irracional y absoluto de un adolescente atrapado—. No puedo entrar, Javi. Me ahogo. Me muero. Me voy. Renuncio.
Empecé a retroceder, dispuesto a salir corriendo, a coger el primer AVE, autobús o burro de carga que me devolviera a Madrid. Estaba dispuesto a tirar mi carrera por la borda en ese mismo instante. Que le dieran al marketing, que le dieran a los congelados, que le dieran al maldito Javi. Yo solo quería huir de ese lugar maldito.
Javi dio un paso al frente y, en un movimiento sorprendentemente ágil para un tipo que solo hace deporte en la PlayStation, me agarró de los hombros con fuerza y me empujó contra la pared, sacudiéndome un poco.
—¡Eh! ¡Dani! ¡Mírame a los ojos, joder! —Javi dejó de lado su tono corporativo. Por primera vez en los dos años que llevábamos trabajando juntos, sonaba como un ser humano real—. No sé qué demonios te pasa con esta ciudad. No sé si te dejó una novia aquí, si te atracaron o si tienes un trauma infantil con el Betis. Y me da igual. Pero escúchame bien, fiera. Eres el mejor creativo que tiene la agencia. Esta campaña de los congelados la has parido tú. Los diseños son tuyos, la estrategia es tuya. Yo solo soy el comercial bocazas que te acompaña para invitar a las cervezas.
Javi me miró fijamente. Sus ojos estaban serios, sin rastro de su habitual frivolidad.
—Tú no eres el tipo que sale corriendo. Tú eres el tipo que se planta en la sala de juntas, pone el PowerPoint y deja a los clientes con la boca abierta. No vas a dejar que una puta plaza de Sevilla te gane la partida. ¿Me oyes? Eres Daniel, cojones. El mejor. Y ahora vamos a entrar en esa oficina y vamos a venderles hasta el hielo del congelador.
Me quedé mirándole, parpadeando estúpidamente. La sacudida de Javi había cortocircuitado mi ataque de pánico lo suficiente como para dejarme respirar. Inhalé profundamente. El olor a azahar seguía ahí, pero esta vez, en lugar de lejía y miedo, mis pulmones se llenaron de aire real, caliente y vivo de la calle.
Miré el Boutique Hotel. Miré la azotea. Quince años. Quince años huyendo de un fantasma. Pensé en Borja. La última vez que había sabido algo de él fue a través de Facebook, por curiosidad morbosa. Resultó que Borja “El Fardos” había perdido todo su pelo a los veinticinco, había echado una panza cervecera considerable y ahora trabajaba en el turno de noche de una gasolinera en la A-4, subiendo fotos de conspiraciones terraplanistas a sus estados de WhatsApp.
Yo, por el contrario, estaba ahí, con un traje a medida, a punto de presentar un proyecto de un cuarto de millón de euros para una multinacional.
El miedo no desapareció mágicamente. Sería una estupidez de película barata decir que de repente me sentí valiente. El nudo en el estómago seguía ahí, y el sudor frío de mi frente era muy real. Pero el terror paralizante, ese terror infantil y primitivo, se fracturó. La absurda realidad de la situación me golpeó. Estaba a punto de arruinar mi vida adulta por el recuerdo de un matón calvo y un pijama de Bob Esponja.
Empecé a reírme.
Fue una risa pequeña, ronca, casi como una tos al principio. Luego se hizo más fuerte. Una risa histérica y liberadora. Javi me soltó los hombros y dio un paso atrás, mirándome como si me hubiera vuelto completamente loco. Los turistas japoneses también me miraban con recelo.
—Vale… vale, el ataque de nervios ha pasado a fase de locura. Guay —murmuró Javi, pasándose la mano por el pelo—. ¿Estás bien o llamo al loquero?
—Estoy bien, Javi. Estoy bien, coño —dije, limpiándome una lágrima de risa que se me había escapado por el rabillo del ojo. Me separé de la pared y me alisé la chaqueta del traje—. Tienes razón. Vamos a venderles esa maldita app.
Cogí el maletín que Javi me tendía. Me giré hacia la puerta de Congelados Guadalquivir y entré con paso firme, dejando que el aire acondicionado del edificio me diera la bienvenida de vuelta al mundo de los vivos.
La reunión duró dos horas y media. Fue un combate dialéctico agotador. El CEO era un hombre duro de pelar, un sevillano de la vieja escuela que nos cuestionaba cada métrica, cada coste y cada línea de código de la propuesta. Pero yo estaba encendido. La adrenalina que había sobrado del ataque de pánico la canalicé en la presentación. Hablé de “engagement”, de “fidelización de usuario”, de “retorno de inversión” con una pasión que no sabía que tenía. Javi me apoyaba desde el lateral de la mesa, asintiendo vigorosamente y metiendo baza en los momentos perfectos para suavizar las tensiones y hablar de números.
Cuando terminamos, el CEO se quedó mirando la pantalla del portátil durante unos segundos, en silencio. Luego, lentamente, sonrió.
—Bueno, chavales. Me habéis convencido. El proyecto es vuestro —dijo, tendiéndonos la mano por encima de la mesa—. Sois buenos, cabrones. Hacéis un buen equipo el de Madrid.
Javi casi se echa a llorar de la emoción. A mí me temblaron las rodillas debajo de la mesa, pero mantuve la compostura y le estreché la mano con firmeza.
Dos horas más tarde, estábamos sentados en una terraza de la Plaza del Salvador. El calor de la tarde empezaba a bajar, la plaza estaba llena de gente riendo y bebiendo, y nosotros teníamos frente a nosotros dos cañas de cerveza heladas y un plato de cazón en adobo que olía a gloria bendita.
Javi estaba eufórico. Ya había llamado a la oficina de Madrid para contarles el éxito, exagerando su papel en la negociación, por supuesto. Yo estaba recostado en mi silla, mirando a la gente pasar. Me sentía ligero, como si me hubieran quitado una mochila de piedras de encima.
—Por nosotros, Dani, joder —brindó Javi, levantando su vaso—. Y por tu ataque de pánico de esta mañana, que casi me mata del susto pero veo que te ha servido de calentamiento. A partir de ahora te voy a llevar a callejones oscuros antes de cada reunión para que rindas igual.
Chocamos los vasos. Bebí un trago largo de cerveza. Estaba amarga, fría, perfecta.
—Javi —le dije, apoyando el vaso en la mesa de metal—. ¿Sabes una cosa? Me he comprado un souvenir.
Metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué el objeto. Lo puse en el centro de la mesa. Javi se inclinó para mirarlo, frunciendo el ceño.
Era un imán de nevera, de esos horteras que venden en las tiendas de recuerdos. Pero no era la Giralda. No era una bailaora flamenca. Era una figura de plástico barato de Bob Esponja, vestido con un traje de luces de torero.
Javi me miró fijamente, con la boca abierta.
—Tío… ¿Qué coño es esto? Es lo más feo que he visto en mi vida. Y mira que yo he tenido novias feas —dijo, cogiendo el imán y dándole la vuelta—. ¿Por qué te compras esto?
Sonreí, cogiendo un trozo de cazón en adobo con un palillo. Miré a Bob Esponja torero, y por primera vez en quince años, el recuerdo de la azotea, del amoníaco y de Borja el Fardos me pareció, simplemente, una anécdota patética de un puñado de críos idiotas.
—Es un recordatorio, Javi —respondí, masticando lentamente—. Un recordatorio de que los monstruos del pasado, al final del día, son solo gilipollas con mal gusto. Venga, pídete otra ronda, que esta ciudad no está tan mal. Y diles que traigan también unas croquetas, que me ha entrado hambre.
Javi levantó la mano para llamar al camarero, soltando un “¡Olé, mi arma!” que, milagrosamente, esta vez no me dio ganas de estrangularlo. Me recosté en la silla, dejé que la brisa cálida de Sevilla me diera en la cara y, por primera vez en mi vida, respiré hondo el aroma a azahar sin sentir miedo. Solo sentí la primavera.
PARTE 5
Si pensabais que la historia de mi reconciliación con Sevilla terminaba con un par de cañas y un cazón en adobo al atardecer, es que no conocéis a Javi, y mucho menos conocéis la concepción que tienen en el sur de la palabra “celebración”. Para un madrileño estándar, celebrar un contrato un martes por la tarde implica tomarte tres cervezas, pedir unas bravas, quejarte de tu jefe, mirar el reloj a las nueve y media y decir “bueno, me recojo que mañana hay que madrugar”.
En Sevilla, al parecer, un martes por la tarde es solo el prólogo de una epopeya que ríete tú de la Ilíada.
Estábamos por la tercera ronda de Cruzcampo. Javi ya había pasado de la fase de euforia corporativa a la fase de exaltación de la amistad. Me estaba contando, con los ojos ligeramente vidriosos y gesticulando con un palillo en la mano, cómo íbamos a exigir un aumento de sueldo nada más pisar la oficina de Madrid, cuando una sombra inmensa bloqueó el sol que nos daba en la mesa.
Levanté la vista. Era Don Manuel, el CEO de Congelados Guadalquivir. Pero ya no llevaba la chaqueta del traje azul marino ni la corbata de seda con la que nos había torturado en la sala de juntas. Llevaba una camisa de lino blanca remangada hasta los codos, unos pantalones chinos color crema y unos mocasines que gritaban “tengo un barco en Marbella”. A su lado estaba Curro, su director de operaciones, un tipo alto, delgado, con el pelo engominado hacia atrás y una sonrisa perpetua que me recordaba a un tiburón a punto de morder un salvavidas.
—¡Hombre, los madrileños! —tronó Don Manuel, con una voz que hizo que dos palomas que picoteaban cerca salieran volando despavoridas—. Sabía yo que no podíais estar muy lejos. ¿Qué pasa, que os ibais a volver al hotel a ver el telediario?
Javi se puso en pie de un salto, casi tirando su taburete, adoptando de nuevo esa pose de comercial servicial que me daba tanta vergüenza ajena.
—¡Don Manuel! ¡Curro! Qué va, qué va, estábamos aquí… haciendo un debriefing de la reunión. Comentando los siguientes pasos de la app, ya sabe, sinergias y tal —mintió Javi con un descaro fascinante.
—Déjate de sinergias, chiquillo, que ya hemos echado la firma y el pescao está vendío —Don Manuel soltó una carcajada que resonó en toda la Plaza del Salvador—. Curro y yo veníamos de tomar un montadito por aquí atrás y os hemos visto. De eso nada. Esta noche os invitamos nosotros. Os vamos a enseñar lo que es la capital del mundo. Y no acepto un no por respuesta, que os cancelo el contrato ahora mismo.
Mi estómago, que se había relajado por primera vez en quince años, dio un pequeño vuelco. La última vez que alguien en Sevilla me había dicho que me iba a enseñar algo por la noche, acabé compartiendo oxígeno con tres fregonas y un bote de lejía Conejo. Pero Javi, en su infinita ignorancia de mi trauma recién superado, ya estaba asintiendo con la cabeza como un perrito de salpicadero.
—¡Faltaría más, Don Manuel! ¡Nosotros nos dejamos llevar! ¿A que sí, Dani? —me miró con ojos muy abiertos, transmitiéndome el mensaje telepático de “si dices que no, te asesino mientras duermes”.
—Claro —dije, esbozando la mejor sonrisa de director creativo que pude sacar de mi repertorio—. Será un placer.
Curro hizo un gesto al camarero, pagó nuestra cuenta sin dejarnos siquiera sacar la cartera, y nos indicó con un movimiento de cabeza que les siguiéramos.
Empezó así un peregrinaje gastronómico y alcohólico que pondría a prueba el hígado de un vikingo. Dejamos atrás las zonas más turísticas y nos adentramos en un laberinto de callejuelas donde no había ni un solo letrero en inglés, ni menús con fotos de paella plastificadas.
La primera parada fue una taberna minúscula, tan estrecha que tenías que entrar de perfil si te cruzabas con alguien. Las paredes estaban forradas de azulejos hasta el techo y de la pared colgaban cabezas de toros disecadas que me miraban con ojos de cristal llenos de reproche. Don Manuel no pidió la carta. Simplemente le pegó un grito al camarero, un señor de unos setenta años con un mandil blanco impoluto.
—¡Paco! ¡Ponnos cuatro de manzanilla y una ración de jamón del bueno, que estos chavales vienen de la meseta y se piensan que el cerdo nace envasado al vacío!
El jamón estaba tan bueno que casi me pongo a llorar. Se deshacía en la boca. Javi intentaba mantener conversaciones sobre métricas de conversión mientras masticaba, pero Don Manuel le cortaba constantemente.
—Que te olvides del trabajo, Javier. Aquí se viene a disfrutar. Mira a tu compañero, Daniel. Ese sí que sabe. Calladito, observando, asimilando. Ese chaval tiene alma vieja.
Si Don Manuel supiera que mi “alma vieja” estaba rezando para no cruzarse con ningún olor a azahar traicionero o con algún antiguo compañero de instituto, probablemente habría retirado el contrato. Pero me limité a sonreír y a beber de mi catavinos. La manzanilla estaba fría, seca, y se subía a la cabeza con una suavidad traicionera.
De la taberna de Paco pasamos a un bar donde la especialidad eran los caracoles. Yo nunca había comido caracoles. En mi cabeza, los caracoles eran esos bichos que aplastabas sin querer en el parque después de llover. Pero cuando Curro me puso delante un plato de barro humeante con una salsa espesa y picante, y me enseñó la técnica de sorber el bicho directamente de la concha, me vi obligado a claudicar.
Para las nueve de la noche, yo tenía un nivel de alcohol en sangre que me hacía sentir que flotaba a dos centímetros del suelo adoquinado. La ansiedad, los ataques de pánico y Bob Esponja parecían conceptos abstractos de una vida anterior. Me reía de los chistes de Don Manuel, que eran en su mayoría sobre políticos incompetentes y anécdotas de cuando empezó a vender hielo en un motocarro en los años ochenta.
Javi, por su parte, estaba desatado. Había abandonado por completo la jerga de marketing y ahora intentaba imitar el acento andaluz con un resultado catastrófico. Sonaba como un actor secundario de una serie mala de los noventa intentando hacer de contrabandista.
—Illo, Curro, esto es la gloria bendita, pisha —soltó Javi en un momento dado, apoyándose en la barra de zinc del tercer bar que visitábamos.
Curro me miró de reojo, levantando una ceja perfectamente perfilada.
—Tu amigo es un poco… intenso, ¿verdad, Dani? —me susurró Curro mientras Don Manuel pedía otra ronda de vinos de Jerez.
—Es de Chamberí —me excusé—. Su idea del sur es ir a Tarifa a hacer kitesurf en agosto y subir fotos a Instagram. Tenedle paciencia, es inofensivo.
Curro soltó una carcajada discreta y me dio una palmada en el hombro. Me di cuenta de que esa gente, que tres horas antes me imponía un respeto absoluto, eran simplemente tipos normales con ganas de desconectar. El monstruo corporativo no existía fuera de la sala de reuniones, igual que el monstruo de mi adolescencia ya no existía en Sevilla.
—Bueno, señores —anunció Don Manuel, frotándose las manos y mirando su reloj de oro macizo—. La cena está despachada. Ahora toca el postre. Y no me refiero a un tocino de cielo. Vámonos, que os voy a llevar a un sitio donde no entra cualquiera.
PARTE 6
El “sitio donde no entra cualquiera” resultó ser una puerta de madera maciza, sin ningún tipo de cartel, escondida en un callejón sin salida cerca de la Alameda de Hércules. Curro llamó con los nudillos siguiendo un patrón específico: dos golpes rápidos, una pausa, y tres golpes fuertes. Parecía el inicio de una película de gángsters de Scorsese, pero en versión andaluza.
La puerta se abrió con un chirrido. Un hombre inmenso, con una barba tupida y una camiseta negra ajustada, nos escudriñó desde la penumbra. Al ver a Don Manuel, su cara de perro guardián se transformó en una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Don Manuel! ¡Dichosos los ojos! Pase usted, pase, que al fondo le tenemos la mesa de siempre.
Entramos en un local que era una mezcla entre una cueva, una bodega y el salón de la casa de tu abuela. Había poca luz, mesas bajas de madera, sillas de enea, y las paredes estaban forradas de carteles antiguos de la Feria de Abril y fotografías en blanco y negro de cantaores y toreros que parecían mirarte con severidad. El aire olía a madera vieja, a humo de tabaco negro (a pesar de las prohibiciones) y a incienso.
Era una peña flamenca privada. Pero no de las que montan para los guiris con trajes de lunares comprados en el chino y sangría de garrafón. Esto era un santuario.
En el fondo del local había un pequeño escenario de madera elevado unos palmos del suelo. Alrededor, un grupo de unas quince personas, algunas muy jóvenes, otras ancianas con bastón, estaban sentadas en círculo. No había micrófonos ni altavoces. Solo el sonido puro y duro de las palmas, una guitarra española que lloraba notas imposibles y la voz rota de un hombre mayor que cantaba con los ojos cerrados y las venas del cuello marcadas como cables de acero.
Nos sentamos en una mesa esquinera que nos habían reservado. Curro pidió una botella de ron añejo, vasos con mucho hielo y refrescos de cola.
—Esto no es para hacer el indio, Javier —le advirtió Don Manuel a mi compañero, bajando el volumen de su voz a un susurro respetuoso—. Aquí se viene a escuchar, a sentir y a callar. Si vas a hablar, que sea bajito.
Javi, que para entonces ya llevaba un ciego considerable, asintió solemnemente, aunque a los cinco minutos estaba intentando llevar el ritmo con las palmas por debajo de la mesa, equivocándose en cada compás. Yo, por el contrario, me dejé absorber por el ambiente.
El cante flamenco, el de verdad, tiene algo primitivo. Te agarra por las tripas. Yo no tenía ni puñetera idea de compases, ni sabía distinguir una soleá de una bulería, pero ver a aquella gente entregada a la música con esa pasión visceral me hipnotizó. El ron, frío y dulce, bajaba por mi garganta como si fuera agua bendita, anestesiando cualquier resto de estrés corporativo que me quedara.
En un momento dado, una mujer de unos cincuenta años, vestida con unos vaqueros y una blusa negra, se levantó del círculo, se colocó en el centro del pequeño escenario de madera y empezó a bailar. No había castañuelas. No había florituras turísticas. Solo el golpeteo rítmico, furioso y exacto de sus tacones contra la madera, respondiendo a la guitarra. La fuerza que desprendía esa mujer era arrolladora.
—Esa es la Sole —me susurró Curro al oído—. Trabaja por las mañanas de cajera en un supermercado en Triana. Pero por las noches, cuando se sube ahí, es la reina del mundo.
La miré y, en un acto de empatía etílica, me vi reflejado en ella. Todos tenemos nuestras máscaras. Yo era el publicista trajeado y moderno de Madrid, el tipo seguro de sí mismo que vende humo a precio de oro. Pero por debajo, había sido un niño aterrorizado en un pijama amarillo. Esa noche, en aquella peña, sentí que la música estaba quemando los últimos restos de aquel pijama.
Fueron pasando las horas. La botella de ron bajó peligrosamente. Javi, en un ataque de valentía inducida por el alcohol, intentó arrancarse a bailar cuando un grupo de jóvenes empezó a tocar palmas por rumbas de una forma más festiva. Don Manuel lo agarró del cinturón y lo sentó de golpe en la silla.
—Quieto parao, mi arma, que pareces un pato mareao y me vas a desgraciar el espectáculo —le dijo, riéndose a carcajadas. Javi se encogió de hombros y se tomó otro trago largo de ron.
Eran casi las dos de la madrugada cuando Don Manuel dio un golpe en la mesa, señal de que la velada oficial había terminado.
—Bueno, chavales, el abuelo se retira. Curro, pide la cuenta —ordenó, levantándose pesadamente de la silla de enea—. Pero la noche es joven. Os voy a dejar en un sitio que os va a gustar. Conozco una azotea con las mejores vistas de la Catedral. Allí van los modernos de vuestra edad. Os tomáis la penúltima a mi salud y al hotel, que mañana tenéis que coger el tren de vuelta.
La palabra “azotea” hizo que se me encendiera una lucecita roja de advertencia en el fondo del cerebro, pero el alcohol y el buen rollo la apagaron casi al instante. ¿Qué mal podía hacer una copa en una azotea moderna? Estaba con mis clientes, con mi compañero, había triunfado. Yo era invencible.
Salimos al aire fresco de la noche sevillana. Javi caminaba haciendo eses, apoyándose de vez en cuando en las paredes de los callejones. Curro y Don Manuel nos guiaron de vuelta hacia el centro, hacia el Barrio de Santa Cruz.
A medida que nos acercábamos a la zona, una sensación de déjà vu empezó a filtrarse a través de la neblina del ron. Las calles se me hacían familiares. Giramos en la calle Agua. Giramos a la derecha en la plaza de la iglesia.
Y allí estábamos. Otra vez. Frente a las puertas del “Boutique Hotel Giralda & Spa”. El edificio blanco inmaculado. La antigua Pensión La Giralda de Oro.
—Aquí es —dijo Don Manuel, señalando el toldo elegante de la entrada—. El ‘Sky Bar La Giralda’. Tienen unos cócteles que valen a veinte pavos, pero las vistas quitan el hipo. Curro, diles a los del control que van de mi parte, que a estas horas siempre hay cola.
Me quedé clavado en el adoquinado. La ironía del destino era tan grande que casi resultaba cómica. Mi vida era una maldita broma cósmica diseñada por un guionista sádico. De todos los hoteles, de todas las azoteas, de todos los bares de Sevilla, Don Manuel, en su infinita generosidad, había decidido llevarme exactamente al lugar donde fui enterrado en vida hace quince años.
Javi, que estaba apoyado en una farola intentando no vomitar los caracoles, me miró.
—¿Qué pasa, Dani? ¿Otra vez el cruasán caducado? —balbuceó, guiñándome un ojo torpemente.
Miré el edificio. Recordé mi ataque de pánico de esa misma mañana, en ese mismo lugar. Pero esta vez era diferente. Estaba borracho, sí, pero también estaba cabreado. Cabreado con la idea de que ese lugar siguiera teniendo poder sobre mí. ¿Qué iba a hacer? ¿Salir corriendo delante del CEO de la empresa a la que le acababa de vender un proyecto millonario? Ni de broma.
—No, Javi. Estoy perfecto. Vamos a tomarnos ese cóctel de veinte pavos —dije, enderezando la espalda y ajustándome la chaqueta del traje.
Don Manuel se despidió de nosotros con un fuerte abrazo, nos deseó buen viaje de vuelta y se marchó con Curro hacia la parada de taxis. Javi y yo nos acercamos a la entrada del hotel. Un relaciones públicas vestido con un traje que le quedaba un par de tallas pequeño nos paró, pero al mencionar el nombre de Don Manuel, la cuerda de terciopelo se abrió mágicamente y nos indicó que cogiéramos el ascensor de cristal hasta la planta superior.
PARTE 7
El ascensor de cristal subió silenciosamente por la fachada del patio interior. Al abrirse las puertas en la última planta, el sonido de la música chill-out electrónica nos golpeó suavemente. Salimos a la terraza.
Era espectacular. Y lo digo con toda la objetividad del mundo. El suelo ya no era de baldosas baratas, sino de madera de teca iluminada con tiras de LED cálidas. Había sofás blancos tipo chill-out, mesas de cristal, palmeras en macetas de diseño y, de fondo, alzándose majestuosa y brillantemente iluminada contra el cielo negro, la Giralda.
Caminé por la azotea en estado de trance. Mi mente superponía imágenes del pasado sobre el lujo del presente. Donde ahora había un grupo de pijos tomando ginebra premium, antes estaba La Vane reventando globos de chicle. Donde ahora estaba la barra iluminada con botellas de diseño, antes estaba el murete donde me arrinconó Borja.
Y entonces, lo vi.
En la esquina noreste de la azotea, integrado perfectamente en la decoración del lugar, había un pequeño cuarto forrado de lamas de madera noble. Tenía una puerta moderna con un tirador de acero inoxidable y un pequeño cartel de diseño que decía “STAFF ONLY”.
Era el cuarto de limpieza. Mi cuarto de limpieza. Lo habían reconvertido, pero el tamaño y la ubicación eran exactamente los mismos.
Me acerqué lentamente, dejando a Javi pidiendo dos gin-tonics en la barra. Me paré frente a la puerta de madera. Pasé la mano por el acero inoxidable del tirador. Estaba frío. Cerré los ojos e intenté recordar el olor a amoníaco, el terror, la oscuridad.
Pero no sentí nada.
Solo sentí el calor de la noche andaluza, el murmullo de la gente divirtiéndose y el suave efecto del ron añejo en mi sistema nervioso. El monstruo había muerto. El cuarto de limpieza ya no era una cámara de tortura; era, probablemente, el lugar donde guardaban las botellas de tónica caras y las servilletas de cóctel.
Solté una pequeña carcajada, negando con la cabeza.
—Disculpe, caballero. ¿Le puedo ayudar en algo? Esa zona es de acceso restringido para el personal.
La voz sonó a mi espalda. Era una voz grave, profunda, con un acento que no era andaluz, sino más bien un acento de la periferia de Madrid intentando sonar profesional y refinado.
Me giré lentamente.
Frente a mí había un hombre corpulento, vestido con un chaleco negro ajustado, camisa blanca impecable, corbata negra y un delantal que le llegaba hasta las rodillas. Llevaba el pelo engominado hacia atrás y lucía una barba recortada al milímetro. Tenía una pequeña placa plateada en la solapa del chaleco.
La placa decía: “Kevin – Maître d’ Sky Bar”.
El mundo se detuvo por segunda vez ese día. Las luces de LED parecieron parpadear. La música chill-out se desvaneció en el fondo de mi consciencia.
Era él. Kevin. El Kevin que hablaba en frases de El Padrino. El Kevin que se rió de mi pijama de Bob Esponja. El Kevin que era el escudero fiel de Borja el Fardos. Han pasado quince años, estaba más viejo, más gordo, y claramente había invertido dinero en una clínica dental, pero esos ojos pequeños y juntos, y esa mandíbula cuadrada eran inconfundibles.
Me quedé mirándole fijamente, mi cerebro intentando procesar la monstruosa probabilidad estadística de este encuentro. ¿Qué hacía Kevin trabajando de maître en la misma azotea donde me habían humillado? ¿Era esto un castigo kármico inverso?
Kevin me sostuvo la mirada. Frunció el ceño ligeramente, como si su cerebro de primate estuviera intentando desenterrar un recuerdo lejano archivado bajo la etiqueta “víctimas del instituto”. Pero claro, yo ya no pesaba cincuenta kilos. Ya no llevaba gafas de pasta pegadas con celo. Llevaba un traje de Hugo Boss, un reloj decente y la actitud de un tipo que acaba de cerrar un trato millonario. A sus ojos, yo era un cliente VIP de Madrid, no Dani el Pringao.
—No, no… perdona. Solo estaba… admirando la reforma —dije, usando mi mejor tono de director creativo arrogante—. Esta madera es de roble oscuro, ¿verdad? Muy elegante.
Kevin relajó la postura, adoptando inmediatamente su papel de servicio al cliente.
—Madera de teca balinesa, señor. Tratada especialmente para resistir el clima de la ciudad. ¿Desea que le acompañe a su mesa? Su compañero ya le está esperando con las bebidas en la zona VIP.
No me había reconocido. Era maravilloso. Era poético. Era el jodido clímax de mi historia de superación personal.
—Sí, acompáñame, Kevin. Así es tu nombre, ¿no? Lo pone en la placa.
—Así es, señor. A su entera disposición —dijo Kevin, haciendo un ligero gesto con la mano para indicarme el camino.
Caminé junto a él por la azotea. Estaba disfrutando esto más de lo humanamente aceptable. Quería exprimir el momento. Quería saborear mi victoria no contada.
—Dime una cosa, Kevin. Tú no eres de por aquí, ¿verdad? Tienes acento… mesetario. De Madrid, diría yo. ¿Del barrio de Moratalaz, quizás? ¿O de San Blas?
Kevin me miró de reojo, un poco sorprendido por la precisión geográfica.
—De Vallecas, señor. Me vine a Sevilla hace unos diez años buscando nuevas… oportunidades en el sector de la hostelería de lujo. El clima de Madrid no me terminaba de convencer.
—Ah, la hostelería de lujo —asentí, adoptando un tono de comprensión paternal—. Es dura, me imagino. Aguantar borrachos, limpiar vómitos de niños pijos, estar de pie hasta las cuatro de la mañana… Hay que tener madera para eso. O quizás, simplemente, no tener muchas más opciones, ¿no?
Kevin tensó la mandíbula. Su sonrisa profesional se congeló durante un microsegundo. Había tocado un nervio.
—Es una profesión muy digna, señor. Me gano la vida honradamente.
—Por supuesto, por supuesto. Toda piedra hace pared —dije con condescendencia, deteniéndome justo al lado de la mesa donde Javi ya estaba dando buena cuenta de su gin-tonic—. Oye, Kevin, una curiosidad. Tú que llevas tiempo por aquí. ¿Conoces el cuarto ese de ahí atrás? El que tiene el cartel de ‘Staff Only’.
Señalé el antiguo cuarto de fregonas. Kevin lo miró.
—Es el cuarto de suministros y el cuadro eléctrico de la planta, señor. No tiene mayor interés.
—¿Seguro? —me incliné un poco hacia él, bajando el tono de voz, clavando mis ojos en los suyos—. Porque a mí me han contado que en este mismo edificio, antes de que lo comprara el grupo hotelero, había una pensión cutre. Y que hace muchos años, unos gamberros de un instituto de Madrid encerraron a un pobre chaval en ese mismo cuarto toda la noche. Una novatada, dicen. ¿Tú sabes algo de eso, Kevin?
El efecto fue instantáneo. La cara de Kevin perdió el color. Sus ojos se abrieron de par en par. La bandeja que llevaba sujeta bajo el brazo tembló ligeramente. De repente, el maître elegante desapareció, y vi al matón asustado que probablemente seguía siendo en el fondo. Su cerebro por fin había hecho la conexión. Las piezas encajaron.
Me miró de arriba a abajo. Trago saliva con dificultad.
—¿Dani…? —susurró, con un hilo de voz que apenas se escuchaba por encima de la música chill-out.
Le sonreí. No era una sonrisa vengativa. No era una sonrisa cruel. Era la sonrisa de alguien que acaba de ganar una guerra que el otro bando ni siquiera sabía que se seguía librando.
—El mismo, Kevin. El puto Bob Esponja en persona.
Kevin dio un paso atrás, como si esperara que le lanzara un puñetazo o le tirara mi gin-tonic a la cara. Su respiración se aceleró.
—Mira, tío… —empezó a tartamudear, perdiendo todo su barniz profesional—. Yo… éramos unos críos… Borja nos obligó, tú lo sabes… Yo lo siento de verdad, colega, no quería… no vayas a montar un pollo ahora, por favor, que necesito este curro. El gerente está ahí dentro y si me echan no puedo pagar el alquiler, te lo juro…
Era patético. Aquel gigante que me aterrorizaba en los pasillos del instituto ahora me suplicaba por su trabajo de camarero glorificado. Sentí una punzada de lástima. Ni siquiera merecía la pena enfadarse. La vida ya le había pasado factura poniéndolo a servir copas en el escenario de su antiguo “crimen”, mientras yo bebía como cliente VIP.
Metí la mano en el bolsillo interior de mi chaqueta. Saqué mi cartera de cuero. Abrí el compartimento de los billetes, saqué un billete de cincuenta euros azul y crujiente, y se lo puse en la bandeja que llevaba bajo el brazo.
—Toma, Kevin. Quédate con el cambio. Cómprate algo bonito. Un pijama nuevo, quizás —le dije, dándole una suave palmadita en el hombro, exactamente en el mismo sitio donde Borja solía golpearme—. Y no te preocupes, no voy a decir nada. Me va demasiado bien en la vida como para perder el tiempo arruinando la tuya. Buenas noches.
Me giré, dejándole allí, pálido como una sábana y mirando el billete de cincuenta euros como si quemara.
PARTE 8
Me senté en el sofá blanco frente a Javi, que estaba tan borracho que ni siquiera se había enterado de la interacción épica que acababa de tener lugar a dos metros de su cara.
—Tío… este gin-tonic está de puta madre… —balbuceó Javi, intentando pinchar una baya de enebro con el dedo índice—. ¿A que es la mejor ciudad del mundo, eh? Olé mi arma.
Miré hacia la Giralda. La torre estaba bañada en una luz dorada, alzándose imponente contra la noche estrellada. La brisa cálida me acarició la cara. Esta vez, el olor a azahar que flotaba en el ambiente no me provocó náuseas, ni taquicardias, ni ganas de huir.
Olía a victoria. Olía a billetes de cincuenta euros bien invertidos. Olía a un trauma que había sido finalmente diseccionado, humillado y enterrado en el fondo del río Guadalquivir.
Cogí mi copa, levantándola hacia Javi, que luchaba por mantener los ojos abiertos.
—¿Sabes qué, Javi? —le dije, dándole un buen sorbo a la ginebra—. Tienes toda la razón. Sevilla es una ciudad espectacular. De hecho, deberíamos venir más a menudo a hacer seguimiento presencial con el cliente. Yo me ofrezco voluntario.
Javi me miró, con una sonrisa tonta dibujada en la cara.
—Ese es mi Dani… Eres un máquina, bro. Un máquina.
Me recosté en los cojines blancos, crucé las piernas y miré por última vez la puerta de madera que decía “Staff Only”. Pensé en la señora Remedios, la mujer de la limpieza que me abrió la puerta hace quince años. Pensé en Borja vendiendo gasolina de madrugada. Y pensé en Kevin, temblando por su empleo mientras me llamaba “señor”.
Metí la mano en el bolsillo derecho de mi chaqueta y toqué el imán de plástico de Bob Esponja torero. Lo iba a poner en la nevera de mi piso en Madrid, justo en el centro, sujetando la lista de la compra. Para no olvidar nunca que, por muy oscuros que sean los cuartos de limpieza en los que te encierre la vida, siempre hay una puerta. A veces solo tienes que esperar quince años, volver con un buen traje, un contrato millonario y dejar una propina insultantemente grande para poder salir definitivamente de ellos.
El viaje escolar a Sevilla había sido mi peor tormento. Pero volver como adulto había sido la mejor terapia de choque de la puta historia.
Cogí el vaso y lo apuré de un trago.
—Venga, Máquina —le dije a Javi, levantándome y tirando de él por el brazo para que no se durmiera sobre la mesa de cristal—. Vámonos a dormir, que mañana nos volvemos a la meseta. Y yo invito a los churros en Santa Justa.
Mientras caminábamos hacia el ascensor, Kevin estaba de pie junto a la barra, tieso como un palo, mirándome de reojo con una mezcla de terror reverencial y alivio. Le guiñé un ojo, exactamente el mismo gesto que me hizo Borja en el comedor de la pensión.
Pero esta vez, el que sonreía era yo.