Posted in

El VIAJE ESCOLAR a Sevilla se convirtió en mi PEOR TORMENTO en silencio y regresar hoy ha DESPERTADO mis peores ATAQUES DE PÁNICO

{"aigc_info":{"aigc_label_type":0,"source_info":"dreamina"},"data":{"os":"web","product":"dreamina","exportType":"generation","pictureId":"0"},"trace_info":{"originItemId":"7639283575489072404"}}

El VIAJE ESCOLAR a Sevilla se convirtió en mi PEOR TORMENTO en silencio y regresar hoy ha DESPERTADO mis peores ATAQUES DE PÁNICO

PARTE 1

Mira que hay ciudades en España. Tienes Burgos, que hace un frío que pela en invierno pero al menos te metes en un asador, te pides una morcilla de arroz, un buen lechazo, y te quedas a gusto con la vida. Tienes Valencia, con su humedad que te deja el pelo como si hubieras metido los dedos en un enchufe, pero te comes una paella mirando al mar y se te curan todos los males. Tienes hasta Murcia, que nadie sabe muy bien qué hay allí aparte de limones y calor, pero al menos no te provoca taquicardias. Pero no. Tenía que ser Sevilla. La capital de Andalucía. El color especial. La Giralda. El Guadalquivir. Y mi puta pesadilla personal.

Llevaba quince años, quince largos y pacíficos años, evitando esta ciudad como si estuviera acordonada por riesgo nuclear. Si alguien me proponía una escapada de fin de semana al sur, yo mágicamente desarrollaba una alergia severa al gazpacho o me inventaba que tenía que asistir a la comunión del sobrino tercero de mi vecino. Había estructurado mi vida adulta, mi carrera profesional y mis amistades en torno a una única regla de oro inquebrantable: de Despeñaperros para abajo, ni un paso, y menos aún si el destino terminaba en “illa” y empezaba por “Sev”.

Pero claro, luego llegó Javi. Javier “El Máquinas” Gutiérrez, mi querido compañero de departamento en la agencia de marketing. Javi es el tipo de madrileño que se compra unos zapatos náuticos en mayo, no se pone calcetines hasta noviembre, y cree que añadir la palabra “bro” al final de cada frase le da un aire de modernidad corporativa. Y Javi, en su infinita sabiduría y ambición desmedida, decidió que era una idea brillante cerrar el contrato del siglo con “Congelados Guadalquivir”, la empresa de distribución de pescado más grande de toda Andalucía.

—Dani, bro, que nos vamos al sur —me dijo hace dos semanas, dándome una palmada en la espalda que casi me disloca la clavícula, mientras estábamos en la máquina de café de la oficina—. He conseguido que el CEO de Congelados Guadalquivir nos dé una reunión presencial. Quieren ver la propuesta de la nueva app. Nos pagan el AVE, nos ponen en un hotelazo cerca del centro, y después de la reunión nos vamos de tapas. Unas coquinas, un pescaito frito, un fino… ¡Olé, mi arma!

Os juro que cuando escuché a Javi decir “Olé, mi arma” con su acento de Chamberí, una parte de mi alma abandonó mi cuerpo. Pero eso no fue lo peor. Lo peor fue la palabra “Sevilla”. En el instante en que esas tres sílabas salieron de su boca, sentí como si me hubieran inyectado hielo líquido directamente en la médula espinal. Empecé a sudar frío. El vasito de plástico de la máquina de café tembló en mi mano, derramando un líquido marrón de dudosa procedencia sobre mis pantalones chinos.

—¿Sevilla? —logré balbucear, sintiendo que la garganta se me cerraba como si hubiera tragado un puñado de arena—. ¿No podemos hacer una videollamada? Es el siglo veintiuno, Javi. El metaverso, el Zoom, el Teams. La presencialidad está sobrevalorada. El carbono, Javi, piensa en la huella de carbono.

—Que no, fiera, que esta gente es de la vieja escuela —respondió él, dándole un sorbo a su café solo sin azúcar—. Quieren mirarnos a los ojos. Quieren ver que somos tíos de fiar. Además, ya he comprado los billetes. Salimos el martes a las ocho de la mañana de Atocha. Ve preparando la presentación, que lo vamos a petar.

Y así es como me encontré, dos semanas después, sentado en el vagón número tres del tren de alta velocidad, viendo cómo el paisaje de la meseta castellana iba desapareciendo por la ventanilla para dar paso a los olivares del sur. El traqueteo monótono del tren debería haber sido relajante, pero para mí era el tic-tac de una bomba de relojería.

Javi iba sentado a mi lado, tecleando furiosamente en su portátil y emitiendo pequeños ruidos de satisfacción cada vez que añadía una diapositiva llena de gráficos incomprensibles y palabras como “sinergia”, “engagement” y “omnicanalidad”. Yo, por el contrario, estaba hiperventilando discretamente. Había desarrollado una técnica para tener ataques de pánico en lugares públicos sin que nadie se diera cuenta: respiraba hondo por la nariz contando hasta cuatro, mantenía el aire contando hasta siete, y exhalaba por la boca contando hasta ocho. El problema es que en el AVE, el aire acondicionado olía a ambientador industrial y a café recalentado, lo que no ayudaba precisamente a encontrar mi centro zen.

—Mira, mira, ya estamos llegando —anunció Javi, cerrando el portátil de golpe y frotándose las manos como un villano de dibujos animados a punto de robar un banco—. Córdoba acaba de pasar. En media hora estamos en Santa Justa. ¿Tienes hambre? Yo me comería un jabalí relleno de pajaritos.

—No tengo hambre, Javi. Tengo náuseas —respondí, pegando la frente contra el cristal frío de la ventanilla.

—Eso son los nervios del directo, campeón. Tienes que visualizar el éxito. Yo ya me estoy visualizando en una terraza en Triana, con una cervecita helada, celebrando el contrato. Va a ser épico.

Por la megafonía del tren, una voz femenina y aterradoramente alegre anunció: “Próxima estación, Sevilla-Santa Justa. Final de trayecto”.

El corazón me dio un vuelco tan violento que pensé que se me iba a salir por la garganta, rebotar en la mesita plegable y caer en el regazo de Javi. Mis manos estaban empapadas en sudor. Agarré los reposabrazos del asiento con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos. Todo mi cuerpo me gritaba que saliera corriendo, que forzara las puertas del tren en marcha y me lanzara rodando por un terraplén de Despeñaperros antes de poner un pie en esa ciudad.

El tren se detuvo con un suave siseo. La gente empezó a levantarse, abriendo los compartimentos superiores y sacando sus maletas. Yo me quedé petrificado en el asiento.

—Venga, Dani, mueve el culo que nos comen las prisas —me apremió Javi, colgándose su mochila de cuero al hombro y agarrando su maleta de cabina.

Me levanté como un autómata. Mis piernas se sentían como si estuvieran hechas de gelatina de fresa. Caminé por el pasillo del tren siguiendo la nuca perfectamente afeitada de Javi. Al pisar el andén de la estación de Santa Justa, el calor me golpeó en la cara como un muro de ladrillos. Era un calor denso, pesado, casi masticable, y eso que apenas estábamos en mayo.

Caminamos por la estación hasta la parada de taxis. Yo arrastraba mi maleta de ruedas como si pesara doscientos kilos. Mi visión periférica se estaba reduciendo; el clásico efecto túnel de cuando la ansiedad decide que es hora de tomar el control de tu sistema nervioso central.

Read More