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El último baile de la madre olvidada mientras su hijo aplaude el frío deseo de una esposa sin corazón

El último baile de la madre olvidada mientras su hijo aplaude el frío deseo de una esposa sin corazón

Parte 1: El runrún de la lavadora y el arte de estorbar

Mira que yo no soy de las que se quejan, de verdad lo digo. Una tiene ya sus sesenta y muchos, las rodillas que le avisan cuando va a cambiar el tiempo en Madrid y una paciencia que se ha ido fraguando a base de aguantar colas en el supermercado y tragarse los desplantes con un buche de café con leche. Pero lo de este martes por la mañana ya pasaba de castaño oscuro.

Estaba yo en la cocina de la casa de mi hijo Carlos, que más que una cocina parece la sala de mandos de una nave de esas de las películas de marcianos. Todo blanco, todo reluciente, sin un triste azulejo con un dibujo de una fruta donde poder mirar mientras se cuecen los garbanzos. Una encimera de un material que dice mi nuera, Verónica, que es “resina termoestructurada de última generación”. Para mí que es plástico caro, pero bueno, yo callada. El caso es que yo estaba allí, con mi mandil puesto —el que me traje de mi piso de Carabanchel, el de los cuadros azules con un bolsillo descosido—, intentando descifrar cómo funcionaba la cafetera eléctrica. Eso no es una cafetera, es un artefacto del demonio. Tiene más botones que el salpicadero de un autocar y, cuando le das a uno que crees que es el del café largo, empieza a pitar como si fuera a estallar una bomba y te suelta un chorro de agua hirviendo que por poco me deja manca.

—¡Mamá, por Dios, que vas a desconfigurar el ciclo de descalcificación automática! —gritó Verónica entrando en la cocina como una exhalación, con los tacones clavándose en el parqué flotante con un ritmo que a mí me ponía mala de los nervios. Clac, clac, clac. Parecía una jaca jerezana enfurecida.

Verónica es una mujer que siempre parece que va a una entrevista de trabajo o a un entierro de postín. Todo en ella es rígido, desde el pelo, que lo lleva engominado hacia atrás en una coleta que le estira los ojos hasta las sienes, hasta la forma de dar los buenos días, que más que un saludo parece un parte meteorológico.

—Hija, que solo quería un café con un chorrito de leche templada —dije yo, apartándome y arrinconándome contra la nevera, que por supuesto no tiene imanes de la Virgen del Pilar ni de la playa de Benidorm porque dice ella que “rompen la armonía visual del espacio minimalista”.

—El café de cápsula sostenible se toma a ochenta y dos grados, Puri. Si le echas leche del tiempo, alteras la emulsión de la microespuma. Déjalo, ya te lo programo yo desde la aplicación del móvil. Carlos, ¡Carlos! Dile a tu madre que no toque la cafetera, que luego el servicio técnico tarda tres días en venir y nos cobran la salida a precio de cirujano esteta.

Carlos entró arrastrando las zapatillas. Mi Carlos. Mi niño, el que se comía los bocadillos de mortadela con aceitunas en el parque de las Cruces y se le ponían las orejas rojas cuando se ponía nervioso. Ahora míralo, con un pijama de lino gris que le quedaba grande y una barba de tres días recortada al milímetro que le hacía parecer un extra de una serie de televisión histórica. Tenía una taza de esas con doble cristal en la mano y la mirada pegada a la pantalla de la tableta, como si allí dentro estuviera el secreto de la eterna juventud o el gordo de la Navidad.

—Mamá, hazle caso a Vero, anda —dijo, sin levantar los ojos del aparato—. Que la última vez que limpiaste el filtro del lavavajillas perdimos la garantía. Hay que dejar que las cosas funcionen solas. El ecosistema de la casa es inteligente.

—Pues para ser tan inteligente, hijo, a mí me tiene bastante más tonta de lo que soy —murmuré, agarrándome los puños del mandil—. En mis tiempos, una cafetera de rosca de toda la vida te hacía un café que te resucitaba a un muerto y no hacía falta tener un máster en la Politécnica para desayunar.

Verónica soltó un bufido de esos que no llevan aire, sino una mezcla de desprecio y cansancio ensayado. Se sirvió un vaso de agua con unas gotas de limón —porque ella no desayuna pan con mantequilla como Dios manda, ella hace “ayuno intermitente y detoxificación celular”— y se sentó en una de esas banquetas altas sin respaldo que te dejan los riñones destrozados a los cinco minutos.

—Los tiempos cambian, Puri. Hay que adaptarse o morir. Por cierto, hoy vienen los de la empresa de mudanzas y vaciado a tasar los muebles del piso de Carabanchel. Espero que no hayas dejado allí trastos viejos que aumenten el cubicaje. El presupuesto que me han dado es cerrado, pero como vean más volumen de la cuenta, nos van a clavar un recargo.

Se me cayó el alma a los pies. Así, de golpe. Como cuando se te escapa una bolsa de la compra y se rompen los huevos en el portal. El piso de Carabanchel. Mi casa. El sitio donde entré vestida de blanco hace cuarenta años, donde mi difunto Antonio montó la estantería del salón con sus propias manos y tres cuñas de madera porque el suelo estaba torcido. El piso donde Carlos se raspó las rodillas aprendiendo a andar y donde guardo, en la cómoda del pasillo, las sábanas de hilo que me regaló mi madre por mi boda.

—¿Hoy? —pregunté, y la voz me salió más floja de lo que hubiera querido, como el pito de un afilador lejano—. Pero si quedamos en que iríamos los tres el sábado para mirar qué nos quedábamos… Que están las fotos del bautizo de Carlos y los platos de la abuela Benita…

—Mamá, por favor —intervino Carlos, y por fin levantó la vista de la tableta, aunque solo fuera para mirarme con esa cara de lástima condescendiente que se le pone a uno cuando habla con un niño caprichoso—. ¿Para qué queremos los platos de la abuela? Tienen el borde de oro gastado y no se pueden meter en el microondas. Además, ya te lo dije: aquí no hay sitio. El diseño de este piso se basa en el vacío funcional. Si metemos la vajilla antigua, rompemos la coherencia de la vitrina.

—Es por tu bien, Puri —añadió Verónica, limpiándose los labios con una servilleta de papel reciclado que parecía lija—. Acumular es una patología. El orden exterior es el reflejo del orden interior. Cuantas menos cosas tengas del pasado, más ligera te sentirás para afrontar esta nueva etapa en la residencia.

La palabra “residencia” flotó en el aire de la cocina limpia y blanca como un moscón verde en mitad de un quirófano. Llevaban tres semanas soltándola como quien no quiere la cosa, como el que te dice que mañana va a llover o que han subido el precio del pan. “El centro de convivencia residencial”, lo llamaba Verónica. “Un sitio con jardín y actividades de estimulación cognitiva”, decía Carlos. Para mí era el asilo. El sitio donde te llevan cuando ya estorbas en el pasillo, cuando tus historias de la posguerra y de los racionamientos ya no le interesan a nadie y cuando la casa de tu hijo tiene un “ecosistema inteligente” donde no cabe el olor a sofrito de cebolla ni las zapatillas de paño.

—Yo no estoy para ir a ningún sitio de esos, Carlos —dije, plantándome en mitad de la cocina, intentando que mis piernas no temblaran dentro de las medias de farmacia—. Que yo me valgo sola. Que cocino, que plancho y que si me caigo, me levanto, como me he levantado toda la vida.

—Mamá, no empecemos con el drama de los martes —suspiró Carlos, volviendo a su pantalla—. No es un castigo. Es calidad de vida. Allí vas a estar atendida las veinticuatro horas. Aquí pasas mucho tiempo sola cuando nosotros trabajamos. El otro día te dejaste la plancha encendida…

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