Posted in

El turista que pierde el pasaporte de su jefe en la playa y debe hacerse pasar por él todo el fin de semana

El turista que pierde el pasaporte de su jefe en la playa y debe hacerse pasar por él todo el fin de semana

Parte 1

Álvaro siempre había dicho que él no era una persona nerviosa, que simplemente tenía “una relación intensa con las consecuencias”. Era una frase que repetía mucho, sobre todo cuando se le caía el café encima de los informes, cuando llegaba tarde a una reunión porque el Metro “había decidido hacer performance contemporánea”, o cuando su jefe, don Ignacio Valcárcel, le miraba por encima de las gafas como si Álvaro fuese una errata con patas.

Don Ignacio Valcárcel no era exactamente un jefe. Era más bien una institución con corbata. Director general de Valcárcel & Asociados, consultora de estrategia, innovación y palabras largas que nadie terminaba de entender del todo, don Ignacio caminaba como si el suelo le debiera dinero. Tenía el pelo perfectamente peinado incluso con viento, una voz grave que convertía cualquier frase en una sentencia, y la costumbre de llamar “joven” a cualquier persona menor de cincuenta y cinco años.

Álvaro, que tenía treinta y uno y trabajaba como asistente de dirección, llevaba dos años sobreviviendo a su lado con una mezcla de Excel, cafeína y fe.

El viaje a Cádiz había empezado como una idea aparentemente inocente: un fin de semana de convivencia empresarial para cerrar un acuerdo con unos inversores franceses. “Retiro corporativo”, lo había llamado Recursos Humanos. “Excusa para trabajar en chanclas”, lo había llamado Sergio, el de marketing. Don Ignacio lo había definido como “una oportunidad para fortalecer vínculos profesionales en un entorno distendido”, frase que a Álvaro le sonó exactamente igual que “vas a estar pendiente del móvil todo el sábado”.

 

El hotel estaba frente a la playa de la Victoria, blanco, luminoso, con palmeras que parecían puestas ahí por un diseñador que había visto demasiados anuncios de colonias. Desde la terraza se veía el mar extendido como una sábana azul, la arena llena de turistas, sombrillas, niños con cubos, señoras con abanico, jubilados que analizaban el tiempo como si fuesen meteorólogos de guerra, y un chiringuito donde alguien estaba friendo pescado con una intensidad que podía levantar a un muerto.

Álvaro llegó cargado con tres maletas, dos portátiles, una carpeta de documentos, una bolsa con cables, otra bolsa con regalos corporativos y la chaqueta de lino de don Ignacio, que el propio don Ignacio le había entregado en la estación con la naturalidad de quien entrega un bebé.

—Joven, cuidado con esta chaqueta —le dijo—. Es italiana.

—Sí, don Ignacio.

—Y con los documentos.

—Por supuesto.

—Y con mi pasaporte.

Álvaro parpadeó.

—¿Su pasaporte?

Don Ignacio sacó del bolsillo interior de la chaqueta una funda de piel marrón, elegante y probablemente más cara que el sofá de Álvaro.

 

—Lo necesito para el lunes. Vuelo directo a Zúrich a primera hora. Pero durante el fin de semana prefiero que lo guardes tú con el resto de documentación. Así no tengo que preocuparme.

Read More