Mira, si me hubieras preguntado hace un par de meses, te habría dicho que mi vida en Barcelona era el puto anuncio de Estrella Damm. Vivíamos en un ático en Gràcia, de esos que tienen las vigas de madera vista y una terraza donde las plantas sobreviven de milagro, pero que te dan la vida cuando cae el sol y corre un poco de aire. Yo soy de las que piensa que el orden es la base de la cordura, y mi casa era un templo. O eso creía yo, hasta que la fe de mi suegra decidió entrar por la puerta con su olor a incienso barato y su mala leche camuflada de bendiciones.
Doña Encarna. Solo el nombre ya te debería dar una pista de con quién nos la jugamos. Es de esas mujeres que parecen hechas de mimbre y mala hostia, siempre con el rosario en la mano, un runrún constante entre los labios y esa mirada de “yo lo sé todo porque Dios me lo chiva al oído”. Se mudó con nosotros después de que su cadera decidiera jubilarse antes de tiempo, y desde ese día, el salón de mi casa dejó de oler a velas de jazmín para oler a sacristía rancia.
— “Ay, Nerea, hija, que no me pones bien el cojín y me va a dar un parraque”, me decía cada tarde, mientras yo intentaba teletrabajar con el portátil en las rodillas.
Y ahí estaba ella, en el sofá, con el rosario de cuentas de nácar pasando por sus dedos como si estuviera contando los pecados que yo todavía no había cometido. Mi marido, Jordi, el “nen” de mamá, entraba por la puerta y se transformaba. Pasaba de ser un arquitecto de éxito que discute sobre estructuras de hormigón a ser un chaval de cinco años que solo sabe decir “sí, mamá” y “lo que tú digas, mamá”.
La cosa empezó a torcerse un martes. Jordi llevaba semanas con “reuniones de obra” que se alargaban hasta las tantas. Yo, que soy más tonta que un zapato de payaso, me lo creía todo. “Pobre Jordi, cómo se esfuerza por nosotros”, pensaba mientras le preparaba una cena que se terminaba quedando fría en la encimera. Pero esa tarde, Jordi llegó tarde, como siempre, pero con una energía distinta. Olía a un perfume que no era el mío, ni el de la colonia de baño que usa él. Era algo dulce, empalagoso, como un ambientador de taxi.
— “Hola, cariño. Otra vez el proyecto de la Diagonal, ¿no?”, le solté, intentando no sonar como una detective de las películas de sobremesa.
— “Ya ves, Nerea. Los del ayuntamiento, que no dan pie con bola. Estoy agotado”, respondió él, dándome un beso en la mejilla que me supo a mentira.
Pero lo que me llamó la atención no fue su mentira, sino el sonido. Un clic-clic-clic metálico. Me giré y vi a Doña Encarna en su rincón, dándole a las cuentas del rosario con una velocidad que ni un crupier de Las Vegas. Sus labios se movían rápido, muy rápido, pero no estaba rezando el Ave María. Sus ojos estaban clavados en su hijo, y entre ellos cruzaron una mirada que me dejó helada. Fue un segundo, una chispa de complicidad absoluta, un “no te preocupes, que aquí mando yo”.
— “Jordi, hijo, ven que te he guardado un poco de tortilla de la que me gusta a mí. La que ha hecho Nerea está un poco sosa, pero la mía tiene su punto”, intervino la vieja, cortando cualquier posibilidad de que yo siguiera rascando en la superficie de su engaño.
Me fui a la cocina, sintiendo un nudo en el estómago. El rosario. Ese maldito rosario. No era la primera vez que notaba algo raro. Encarna siempre lo llevaba encima, colgando de su cuello o enrollado en su muñeca como un grillete sagrado. Pero lo usaba de una forma extraña. Cuando Jordi recibía un mensaje al móvil mientras estábamos cenando, ella empezaba a juguetear con las cuentas. Un toque largo, dos cortos. Clic, clic-clic.
Esa noche, mientras Jordi se duchaba, su móvil se iluminó sobre la mesita de noche. Yo estaba a punto de mirarlo —lo sé, no se hace, pero el instinto es una perra— cuando la puerta del dormitorio se abrió sin llamar. Allí estaba ella, Doña Encarna, apoyada en su bastón, con el rosario en la mano izquierda.
— “Buscaba mis pastillas de la tensión, Nerea. Creo que me las dejé aquí esta mañana”, soltó con esa voz de santurrona que te hace sentir culpable hasta por respirar.
Sus ojos no buscaban pastillas. Sus ojos vigilaban el móvil de su hijo como si fuera el Santo Grial. Se acercó a la mesita, y con una agilidad que no cuadraba con sus quejas de cadera, movió el teléfono hacia el borde.
— “¿No te parece tarde para estar despierta, hija? Jordi necesita descansar, que trabaja mucho para que tú puedas estar aquí tan tranquila con tus cositas de los ordenadores”.
— “Estoy bien, Encarna. Gracias. Y las pastillas están en su sitio, en el cajón de la cocina, donde las puso Jordi esta tarde”, le contesté, intentando mantener la compostura.
Ella se limitó a sonreír, una sonrisa que no le llegaba a los ojos, y salió del cuarto haciendo sonar las cuentas del rosario. Clic, clic, clic. Era un código. Lo sabía. Lo sentía en la punta de los dedos. El rosario no era para pedir por nuestras almas, era el telégrafo de una traición que se estaba fraguando bajo mi propio techo, en mi querida Barcelona, entre procesiones de mentiras y bendiciones envenenadas.
Al día siguiente, decidí que ya bastaba de ser la secundaria sufridora en esta comedia de enredos. Me levanté con una misión. Si el rosario hablaba, yo iba a aprender el idioma. Aproveché que Jordi se fue temprano —según él, a ver una cimentación en Poblenou, seguro que la cimentación tenía nombre de mujer y usaba lencería de encaje— y que Encarna se había quedado frita en el sofá después del desayuno.
Me acerqué a ella con el sigilo de un ninja de barrio. El rosario estaba sobre su regazo, entrelazado entre sus dedos arrugados. Me fijé bien. No era un rosario normal. Tenía unas muescas pequeñas en algunas de las cuentas, casi imperceptibles. Eran marcas hechas a propósito, como si alguien hubiera querido identificar cada cuenta al tacto sin necesidad de mirar.
De repente, el teléfono de la casa sonó. Encarna se despertó de un salto, agarrando el rosario con una fuerza sorprendente.
— “¿Dígame?”, contestó ella, ignorando mi presencia. “Ah, hola, Mari Pili… Sí, sí. El nen ya ha salido. Está en la ‘reunión’. Sí, la de los planos…”.
Me miró de reojo y sus dedos empezaron a moverse por las cuentas. Uno, tres, uno.
— “Dile que no se preocupe, que la ‘virgen’ está vigilando la casa y que no hay moros en la costa”.
Colgó y me dedicó una mirada de triunfo. En ese momento lo entendí todo. Mari Pili no era una vecina del pueblo. Mari Pili era la tapadera, y la “virgen” era ella, mi suegra, la guardiana de la infidelidad de su hijo. Estaba protegiendo al “nen” como si fuera un tesoro, usando su fe de fachada para ocultar que su hijo se estaba follando a media Barcelona mientras yo le lavaba los calzoncillos.
— “¿Te pasa algo, Nerea? Tienes una cara de acelga que no puedes con ella”, me soltó con una suficiencia que me dieron ganas de mandarla a Lourdes, pero sin billete de vuelta.
— “Nada, Encarna. Solo pensaba en lo bonito que es que sea usted tan devota. Que use el rosario para tantas cosas… es admirable”.
Ella se quedó callada, apretando las cuentas. La tensión en el salón se podía cortar con un cuchillo de sierra. Yo sabía que ella sabía que yo sabía. Y eso, en una casa de Gràcia con techos altos y suelos de mosaico hidráulico, es el comienzo de una guerra civil.
Me di la vuelta y me fui a mi despacho, pero antes de cerrar la puerta, la oí susurrar:
— “Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores… y dale paciencia a mi hijo para aguantar a esta sosa”.
Ahí fue cuando decidí que la paciencia se me había acabado. Si querían guerra santa, iban a tener las Cruzadas en el salón de casa. Porque a Nerea no la torea ni una vieja con rosario ni un arquitecto de pacotilla. Barcelona es muy grande, pero las mentiras tienen las patas muy cortas, y las cuentas del rosario se acaban rompiendo si tiras demasiado de la cuerda.
Parte 2: El espionaje entre cortinas y procesiones
La mañana siguiente en Barcelona amaneció con esa humedad pegajosa que te recuerda que el mar está cerca pero que la ciudad no te va a dar un respiro. Me levanté con una idea fija en la cabeza: necesitaba pruebas. No me servían mis intuiciones de mujer despechada ni los ruiditos de las cuentas de Doña Encarna. En este país, o tienes el video del crimen o eres tú la loca que se imagina cosas. Y yo de loca tengo lo justo, lo que me permite el café de cápsula antes de las ocho de la mañana.
Jordi se fue de casa dando un portazo, gritando algo sobre un retraso en la entrega de unos materiales en una obra de Sarrià. Ya, claro. Materiales. Seguramente el “material” se llamaba Vanessa y tenía veinte años menos que yo. Me quedé en el pasillo, escuchando cómo el ascensor bajaba con ese traqueteo viejo que tiene nuestra finca, y sentí la mirada de mi suegra clavada en mi nuca.
— “Pobre Jordi, siempre con tantas responsabilidades. Tú deberías cuidarlo más, Nerea. Un hombre necesita llegar a casa y encontrar paz, no esa cara de fiscal de la Audiencia Nacional que me llevas”, soltó la señora desde el comedor, donde ya estaba instalada con su café con leche y sus galletas María.
Me giré despacio. Ella estaba ahí, con el maldito rosario enrollado en la mano como si fuera un puño americano de nácar. Me acerqué a la mesa y me senté frente a ella.
— “Dígame una cosa, Encarna. ¿Usted cree que Dios perdona las mentiras si se dicen con un rosario en la mano?”.
Se quedó de piedra por un segundo, la galleta a medio camino de la boca. Luego, recuperó su compostura de mártir profesional.
— “Dios lo perdona todo si el fin es bueno, hija. Pero tú qué vas a saber, que solo entras en las iglesias para ver los retablos y quejarte del calor”.
Ese fue el pistoletazo de salida. Decidí que, si ella jugaba a las espías sagradas, yo iba a ser la agente del CNI más eficiente de Barcelona. Esa misma mañana, aprovechando que ella tenía cita con el podólogo —una de sus pocas salidas estratégicas—, me puse manos a la obra. No me sentía bien revolviendo sus cosas, pero la sensación de que me estaban tomando por imbécil era mucho más fuerte que mi moralidad.
Fui directa a su habitación. Era un cuarto pequeño, que ella había llenado de estampitas, figuras de vírgenes con caras tristes y ese olor a naftalina que parece seguir a las señoras de cierta edad como si fuera un guardaespaldas. Empecé por la mesilla. Nada. Solo un bote de Vicks VapoRub y una edición de bolsillo del Nuevo Testamento. Pero entonces vi su bolso. Aquel bolso de piel negra, gastado por los bordes, que nunca soltaba.
Lo abrí con el corazón martilleando en las costillas. Dentro había de todo: caramelos de menta pegados al forro, un pañuelo de tela con sus iniciales bordadas, un monedero de esos que se cierran con un clic metálico y… una libreta pequeña. Una libreta de tapas azules, de las que venden en los chinos.
La abrí. No eran recetas de cocina ni listas de la compra. Eran fechas y horas.
“Lunes 14:00 – Clic, clic, clic”.
“Miércoles 20:30 – Clic, largo, clic”.
“Viernes 19:00 – Doble clic”.
Era el manual de instrucciones del rosario. No eran rezos. Era un registro de las llamadas y mensajes de Jordi. Mi suegra no solo le cubría las espaldas, sino que llevaba un control de calidad de sus engaños. Me sentí como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. La traición no era solo de Jordi; era un plan familiar coordinado.
De repente, oí la llave en la cerradura. Doña Encarna volvía antes de tiempo. Me dio un vuelco el corazón. Guardé la libreta, cerré el bolso y salí de la habitación de un salto, metiéndome en el baño justo cuando ella entraba en el pasillo.
— “¿Nerea? ¿Estás ahí?”, gritó con ese tono inquisitivo.
— “¡Sí, en el baño! ¡Me ha sentado mal el café!”, respondí, intentando que mi voz no temblara.
Salí del baño un minuto después, fingiendo una palidez que, a decir verdad, no me costó mucho fingir. Ella me esperaba en el pasillo, apoyada en su bastón, con el rosario colgando del cinturón de su bata.
— “Tienes mala cara, hija. A ver si vas a estar incubando algo. Jordi no se merece que le pegues ninguna enfermedad ahora que tiene tanto trabajo”.
— “No se preocupe, Encarna. Estoy perfectamente. Solo un poco de acidez”, dije, clavándole la mirada. “Por cierto, ¿qué tal el podólogo? ¿Le ha quitado ya los callos o todavía le duelen los pies de tanto vigilar?”.
Su expresión se endureció. El aire en el pasillo se volvió denso, como si estuviéramos en una película de suspense de las malas. Pero antes de que pudiera contestar, su móvil —un modelo antiguo que Jordi le había regalado “para emergencias”— empezó a pitar. No era una llamada, era un SMS.
Ella lo miró rápido, y sus dedos volaron al rosario. Clic, clic, clic, clic. Cuatro toques rápidos.
En ese momento, mi propio móvil vibró en mi bolsillo. Era un mensaje de Jordi: “Nerea, hoy tampoco llego a cenar. Tenemos un problema con el hormigón en la obra. No me esperes despierta. Te quiero”.
“Te quiero”. Qué hijo de puta. Y qué hija de su madre la que tenía delante.
Esa tarde decidí seguirlo. No podía más. Cogí mi moto y me aposté en una esquina cerca de su estudio de arquitectura en el Eixample. Al cabo de media hora, lo vi salir. No iba con ropa de obra. Iba con una camisa impecable, la que yo misma le había planchado el domingo, y caminaba con un aire de ligereza que hace tiempo no veía en casa.
Lo seguí a una distancia prudencial. Cruzó hacia la zona de Galvany y se metió en un portal señorial. No pasaron ni cinco minutos cuando una mujer joven, rubia de peluquería cara y con un vestido que costaba más que mi alquiler, salió a recibirlo. Se besaron en el portal. No fue un beso de amigos. Fue un beso de esos que te rompen el alma si eres la esposa que espera en casa con la cena fría.
Saqué el móvil y grabé todo. La mano me temblaba, pero me aseguré de que las caras se vieran bien. Mi marido, el arquitecto serio, y su “hormigón de repuesto”.
Cuando volví a casa, estaba fuera de mí. La rabia me quemaba por dentro, pero sabía que tenía que jugar mis cartas con inteligencia. Entré en el salón y allí estaba ella, la guardiana de la moral, con su rosario en la mano y la tele puesta en una misa televisada.
— “¿Ya has vuelto? Menudas horas, Nerea. He tenido que hacerme yo la cena. Unas tristes tostadas porque tú no estabas”, se quejó sin mirarme.
— “Lo siento mucho, Encarna. Estaba ocupada viendo unas estructuras. ¿Sabe? Mi marido tiene razón, el hormigón es un tema fascinante. Especialmente cuando es nuevo y se deja moldear tan bien”.
Encarna se quedó quieta. Sus dedos se detuvieron en seco sobre una cuenta del rosario.
— “¿De qué hablas, niña? Estás diciendo tonterías”.
— “Hablo de que hoy he visto a Jordi. Estaba muy ocupado con su ‘proyecto’ en Galvany. Una chica rubia, muy mona. ¿La conoce? Supongo que sí, porque usted es la que lleva el registro de horas en su libretita azul, ¿verdad?”.
El silencio que siguió fue absoluto. Doña Encarna dejó de ser la anciana frágil para convertirse en algo mucho más oscuro. Se levantó del sofá, con una lentitud amenazante, y apretó el rosario con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.
— “Tú no sabes dónde te estás metiendo, Nerea. Mi hijo es un hombre de éxito y necesita sus distracciones. Una esposa que no sabe mantener la llama no puede quejarse si él busca calor en otra parte. Yo solo protejo la paz de este hogar. Y si eso implica usar el rosario para que tú no metas las narices donde no debes, que Dios me perdone, pero lo volvería a hacer”.
— “¿La paz de este hogar? ¡Usted está encubriendo una traición! ¡En mi propia casa!”, grité, ya sin poder contenerme.
— “Tu casa… qué gracia me haces. Esta casa es de mi hijo. Y aquí se hace lo que yo diga mientras yo esté viva. Así que calladita estás más guapa, Nerea. Porque como le digas algo a Jordi y me estropees la armonía, te juro por la Virgen de Montserrat que te vas a arrepentir”.
Hizo sonar el rosario una vez más. Un sonido seco, definitivo. En ese momento comprendí que no estaba luchando solo contra un marido infiel, sino contra una institución. Una madre que consideraba que el pecado de su hijo era una “distracción” y que el rosario era un arma de guerra. Pero lo que ella no sabía es que en Barcelona, cuando las nubes se ponen negras, lo que viene no es una llovizna, es una tormenta de las que lo arrastran todo. Y yo estaba dispuesta a abrir todas las compuertas.
Parte 3: El estallido del nácar
Aquella noche no dormí. ¿Cómo vas a dormir cuando tienes al enemigo roncando en la habitación de al lado y a un traidor respirando a tu costado? Jordi llegó sobre las doce, oliendo a alcohol caro y a esa victoria barata que sienten los hombres cuando creen que nadie les ha pillado. Se metió en la cama y soltó un “hola, cari” que me dio ganas de asfixiarlo con la almohada de plumas del Ikea. Pero no. Me quedé quieta, mirando las sombras del techo, escuchando el lejano rumor de los coches en la calle Gran de Gràcia.
A la mañana siguiente, el ambiente en la cocina era más tenso que una cuerda de violín. Encarna estaba allí, preparando su café con esa parsimonia exasperante, haciendo sonar el rosario contra el mármol de la encimera. Tac, tac, tac. Era como una cuenta atrás.
Jordi apareció en pijama, rascándose la cabeza y con cara de tener una resaca de campeonato.
— “Buenos días, familia. Qué sueño tengo, de verdad. El proyecto de Galvany nos va a matar a todos”, soltó con un desparpajo que me dejó alucinada.
Yo no dije nada. Me limité a servirme un zumo de naranja y a mirar fijamente a mi suegra. Ella me devolvió la mirada con un desafío silencioso. Sus dedos no paraban. Era como si estuviera enviando mensajes en morse al mismísimo infierno.
— “Hijo, desayuna bien, que te veo flaco”, dijo ella con una voz melosa que me revolvió las tripas. “Nerea, ¿por qué no le pones un poco de embutido al niño? Que se nos va a quedar en los huesos de tanto trabajar”.
— “Claro, Encarna. Le voy a poner un poco de fuet. Del bueno, del que se corta fácil. Como las mentiras”, respondí, dejando caer el cuchillo sobre la tabla con un golpe seco.
Jordi levantó la vista, extrañado.
— “¿Qué te pasa hoy, Nerea? Estás muy irónica, ¿no?”.
— “No, Jordi. Estoy lúcida. Es una sensación nueva, te la recomiendo. Se trata de ver las cosas tal como son, sin filtros de Instagram ni bendiciones de madre”.
Encarna intervino rápido, intentando desviar el tema como si fuera una experta en comunicación de crisis.
— “Déjala, Jordi. Es el tiempo, que la tiene alterada. Por cierto, hijo, hoy me han dicho en la parroquia que va a haber una procesión extraordinaria. ¿Por qué no nos llevas a las dos esta tarde? Nos vendría bien un poco de aire puro y de fe”.
Miré a la vieja. Era una jugada maestra. Quería sacarme de casa, tenerme controlada en un entorno donde ella dominaba la escena, rodeada de sus santos y sus amigas beatas. Pero acepté. Vaya si acepté. Era la oportunidad perfecta para que todo saltara por los aires en el escenario más dramático posible.
— “Me parece una idea estupenda, Encarna. Una procesión. Nada mejor para limpiar los pecados, ¿verdad?”.
Pasamos la mañana en un silencio sepulcral. Yo me dediqué a organizar mis asuntos. Llamé a un abogado, pasé las fotos y el vídeo a una nube segura y empecé a hacer una maleta mental con lo único que me importaba: mi dignidad.
A las seis de la tarde, nos pusimos en marcha. Barcelona estaba preciosa, con esa luz dorada de primavera que lo embellece todo, incluso la hipocresía. Fuimos hacia la zona del Barrio Gótico. La procesión salía de la Catedral. Había muchísima gente, el olor a incienso ya se notaba en el aire y el sonido de las cornetas empezaba a retumbar en las paredes de piedra.
Doña Encarna iba vestida de domingo, con un velo negro sobre la cabeza y, por supuesto, su rosario de nácar bien visible. Jordi caminaba a su lado, dándole el brazo, haciendo el papel de hijo ejemplar ante las miradas de aprobación de las señoras que pasaban. Yo iba un paso por detrás, como la esposa abnegada, pero con el móvil en la mano listo para el golpe final.
Nos colocamos en un lateral, cerca de la plaza de Sant Jaume. El paso de la Virgen estaba a punto de pasar. La música era solemne, de esas que te ponen los pelos de punta aunque no creas en nada. Encarna cerró los ojos y empezó a rezar en voz alta, pasando las cuentas del rosario con un fervor que rozaba lo místico.
— “Dios te salve, María, llena eres de gracia…”, recitaba, mientras sus dedos hacían el clic-clic de siempre.
Pero esta vez, los clics eran diferentes. Estaba nerviosa. Sus ojos se abrían de vez en cuando para vigilar a Jordi, que no paraba de mirar el móvil a escondidas.
De repente, ocurrió. El móvil de Jordi sonó. No fue un mensaje, fue una llamada. Él intentó ocultarlo, pero en el silencio que se hizo antes de que la banda empezara a tocar de nuevo, el tono de llamada —una canción de pop comercial horrorosa— retumbó en toda la calle.
— “Tengo que cogerlo, es de la obra”, susurró Jordi, intentando apartarse.
Encarna le agarró del brazo con una fuerza increíble.
— “No ahora, Jordi. Respeta a la Virgen”, le siseó, pero sus dedos en el rosario estaban frenéticos. Clic, clic, clic, clic, clic. Era un aviso. Ella sabía quién llamaba.
Yo me acerqué a ellos.
— “¿Es el hormigón, Jordi? ¿O es Vanessa, que no puede pasar ni una tarde sin su arquitecto favorito?”, solté con una voz lo suficientemente alta como para que varias personas de nuestro alrededor se giraran.
Jordi se puso pálido.
— “Nerea, ¿qué dices? Cállate, que estamos en público”.
— “¡No me callo! ¡Ya estoy harta de vuestro teatrito de santos y rosarios!”, grité. La gente empezó a murmurar. Los costaleros pasaban con la Virgen justo en frente de nosotros. “Diles a todos, Jordi, cómo tu madre te ayuda a engañarme. Cuéntales cómo usa ese rosario para avisarte de cuándo estoy en casa y cuándo no”.
Encarna se puso roja de ira. Levantó el rosario en el aire como si fuera a azotarme con él.
— “¡Blasfema! ¡Mala mujer! ¡Estás loca de celos!”, gritó la vieja, perdiendo por completo los papeles.
— “¿Celos? No, Encarna. Se llama asco. Asco de que use la religión para tapar las porquerías de su hijo”, repliqué, sacando mi móvil y encendiendo la pantalla con el vídeo de Jordi y la rubia en el portal de Galvany. “Mirad, aquí tenéis el ‘proyecto de la Diagonal’. ¡Mirad qué bien se lo pasa el nen de mamá!”.
Se formó un corro a nuestro alrededor. La música de la procesión seguía sonando, pero la atención ya no estaba en la Virgen, sino en nosotros. Jordi intentaba quitarme el móvil, Encarna gritaba insultos en catalán y castellano, mezclando “pecadora” con “maleducada”.
En un arrebato de locura, Encarna lanzó el rosario contra mí. El hilo se enganchó en el brazo de Jordi y, con un tirón seco, las cuentas de nácar saltaron por los aires. Fue como si el tiempo se detuviera. Cientos de bolitas blancas salieron disparadas, rebotando contra el suelo de piedra de la plaza, perdiéndose entre los pies de los nazarenos y la gente que miraba con la boca abierta.
— “¡Mi rosario! ¡Has roto mi rosario!”, chilló la vieja, cayendo de rodillas para intentar recoger las cuentas, como si en ellas se le fuera la vida.
— “Se ha roto mucho más que un rosario, Encarna”, le dije, sintiendo una liberación que no puedo explicar. “Se ha roto vuestra mentira. Y se ha roto mi paciencia”.
Miré a Jordi, que estaba allí plantado, con cara de niño pillado en una falta grave, rodeado de gente que le miraba con desprecio. El arquitecto de éxito se había quedado en nada.
— “No vuelvas a casa, Jordi. Tus cosas estarán en la puerta en bolsas de basura. Y tu madre puede irse contigo a rezar a un hotel, porque en mi casa ya no queda sitio para más vírgenes ni para más traidores”.
Me di la vuelta y empecé a caminar entre la multitud, dejando atrás el sonido de las cornetas, los gritos de mi suegra y el tintineo de las cuentas de nácar rodando por el suelo de Barcelona. Me sentía ligera, por fin. La procesión de mi infierno personal acababa de terminar, y por primera vez en años, el aire olía a limpio, no a incienso.
Parte 4: El amanecer tras la tormenta
Caminar por las calles del Gótico después de haber montado el espectáculo del siglo es una experiencia mística, te lo digo yo. La gente te mira, algunos con lástima, otros con esa curiosidad morbosa de quien ha presenciado un accidente de tráfico en directo, pero a mí me daba igual. Me sentía como si me hubiera quitado una armadura de plomo que llevaba años soldada a la piel. El aire de Barcelona, esa mezcla de salitre y humedad, me supo a gloria bendita mientras subía hacia Gràcia en un taxi.
Llegué al ático y, por primera vez en meses, no sentí esa opresión en el pecho al girar la llave. El olor a incienso de Doña Encarna todavía flotaba en el pasillo, pero ya no me molestaba. Sabía que tenía las horas contadas.
Me puse manos a la obra con una energía que no sabía que tenía. No fue una pataleta de película, fue una limpieza quirúrgica. Cogí las maletas de Jordi —esas de marca que tanto le gustaba lucir— y empecé a llenarlas. Camisas de lino, zapatos de piel, sus cremas para la cara (que usaba más que yo)… todo fue para adentro sin ningún orden. Luego fui a la habitación de Encarna. Sus estampitas, sus camisones de algodón rancio y, por supuesto, la libretita azul que encontré en su bolso. La dejé encima de su almohada, abierta por la página de los códigos. Que supiera que yo lo sabía todo.
A las dos horas, el descansillo de la escalera parecía un mercadillo de objetos perdidos. Allí estaban sus vidas, empaquetadas en plástico y cremalleras.
Me serví una copa de vino, un Priorat con cuerpo, de esos que te calientan el alma, y me salí a la terraza. Barcelona se extendía a mis pies, con sus luces parpadeando como un mar de luciérnagas. Estaba tranquila. Sorprendentemente tranquila.
Entonces, el portero automático empezó a pitar como un loco. Eran ellos.
— “¡Nerea! ¡Abre la puerta ahora mismo! ¿Qué coño es esto?”, gritaba la voz de Jordi, que ya no sonaba ni segura ni arquitectónica, sino aguda y desesperada.
No contesté. Me asomé por el balcón de la terraza. Allí abajo estaban los dos. Jordi, cargado con una maleta y con la cara desencajada, y Doña Encarna, apoyada en su bastón, con un velo negro mal puesto y una expresión de furia que se veía desde el quinto piso.
— “¡Hija de Satanás! ¡Mis cosas están en la calle! ¡Llamaré a la policía!”, gritaba la vieja, agitando el bastón hacia arriba.
— “¡Llama a quien quieras, Encarna!”, le respondí a pleno pulmón, sin importarme que los vecinos de los balcones de al lado se asomaran. “¡Llama al Papa si quieres, a ver si él te absuelve por ser tan alcahueta! ¡Pero de mi casa no pasáis!”.
— “¡Nerea, por favor, hablemos!”, suplicó Jordi, intentando cambiar de táctica. “Lo de hoy ha sido un malentendido. Vanessa es solo una cliente difícil, te lo juro…”.
— “¡A otro perro con ese hueso, Jordi! ¡He visto el vídeo, he visto los mensajes y he visto cómo tu madre te hacía las señales con el rosario! Se acabó el teatro. Mañana recibes la demanda de divorcio. Y dile a tu madre que el nácar no se limpia con agua bendita, se limpia con la verdad”.
Me metí dentro y cerré la puerta corredera de la terraza. Bloqueé el teléfono, desconecté el timbre y me senté en el sofá. El silencio que se hizo en la casa fue el sonido más hermoso que había escuchado en mucho tiempo. Ya no había clic-clic. Ya no había susurros de rezos envenenados. Solo estaba yo.
Los días siguientes fueron una montaña rusa de llamadas de abogados, intentos de mediación de amigos comunes (a los que mandé a paseo rápidamente) y mensajes de texto de Jordi pidiendo perdón, que pronto se convirtieron en amenazas legales y, finalmente, en un silencio sepulcral.
Lo más gracioso de todo fue enterarme por una vecina que Doña Encarna se había instalado en casa de su hermana en un pueblo de las afueras, y que se pasaba el día diciendo que yo le había echado una maldición. Al parecer, no había vuelto a encontrar un rosario que le gustara tanto como el de nácar que se rompió en la plaza de la Catedral. Dicen que ahora usa uno de madera, pero que ya no tiene la misma puntería para los cotilleos.
Yo, por mi parte, decidí rediseñar el ático. Pinté las paredes de un blanco nuclear, tiré los cojines donde se sentaba la vieja y llené la casa de plantas de verdad, de las que necesitan sol y aire, no sombras y secretos. Barcelona seguía allí fuera, vibrante y caótica, pero mi hogar ya no era un escenario de traiciones.
Un par de meses después, paseando por el Paseo del Borne, me crucé con Jordi. Iba solo, con un aspecto bastante descuidado y cara de no haber dormido en una semana. Cuando me vio, intentó pararme, pero yo seguí caminando con la cabeza bien alta, disfrutando del sonido de mis propios pasos sobre los adoquines. No necesitaba ningún rosario para saber que mi futuro iba a ser mucho mejor que mi pasado.
A veces, cuando paso por delante de una iglesia y huelo el incienso, me viene un pequeño escalofrío. Pero luego recuerdo el sonido de las cuentas de nácar saltando por el suelo de la Catedral y se me escapa una sonrisa. Porque hay traiciones que te destrozan la vida, sí, pero hay otras que simplemente te abren la puerta para que empieces a vivir de verdad. Y yo, en mi Barcelona querida, con mi copa de vino y mi libertad recién estrenada, no puedo evitar pensar que, al final, Dios —o quien sea que maneje los hilos allá arriba— escribe derecho con renglones torcidos… y que a veces, lo mejor que te puede pasar es que se te rompa el rosario en mitad de una procesión.