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El secreto tras el rosario de mi suegra y la traición que destrozó mi hogar en Barcelona

El secreto tras el rosario de mi suegra y la traición que destrozó mi hogar en Barcelona

Parte 1: El tintineo de la traición

Mira, si me hubieras preguntado hace un par de meses, te habría dicho que mi vida en Barcelona era el puto anuncio de Estrella Damm. Vivíamos en un ático en Gràcia, de esos que tienen las vigas de madera vista y una terraza donde las plantas sobreviven de milagro, pero que te dan la vida cuando cae el sol y corre un poco de aire. Yo soy de las que piensa que el orden es la base de la cordura, y mi casa era un templo. O eso creía yo, hasta que la fe de mi suegra decidió entrar por la puerta con su olor a incienso barato y su mala leche camuflada de bendiciones.

Doña Encarna. Solo el nombre ya te debería dar una pista de con quién nos la jugamos. Es de esas mujeres que parecen hechas de mimbre y mala hostia, siempre con el rosario en la mano, un runrún constante entre los labios y esa mirada de “yo lo sé todo porque Dios me lo chiva al oído”. Se mudó con nosotros después de que su cadera decidiera jubilarse antes de tiempo, y desde ese día, el salón de mi casa dejó de oler a velas de jazmín para oler a sacristía rancia.

— “Ay, Nerea, hija, que no me pones bien el cojín y me va a dar un parraque”, me decía cada tarde, mientras yo intentaba teletrabajar con el portátil en las rodillas.

Y ahí estaba ella, en el sofá, con el rosario de cuentas de nácar pasando por sus dedos como si estuviera contando los pecados que yo todavía no había cometido. Mi marido, Jordi, el “nen” de mamá, entraba por la puerta y se transformaba. Pasaba de ser un arquitecto de éxito que discute sobre estructuras de hormigón a ser un chaval de cinco años que solo sabe decir “sí, mamá” y “lo que tú digas, mamá”.

La cosa empezó a torcerse un martes. Jordi llevaba semanas con “reuniones de obra” que se alargaban hasta las tantas. Yo, que soy más tonta que un zapato de payaso, me lo creía todo. “Pobre Jordi, cómo se esfuerza por nosotros”, pensaba mientras le preparaba una cena que se terminaba quedando fría en la encimera. Pero esa tarde, Jordi llegó tarde, como siempre, pero con una energía distinta. Olía a un perfume que no era el mío, ni el de la colonia de baño que usa él. Era algo dulce, empalagoso, como un ambientador de taxi.

— “Hola, cariño. Otra vez el proyecto de la Diagonal, ¿no?”, le solté, intentando no sonar como una detective de las películas de sobremesa.

— “Ya ves, Nerea. Los del ayuntamiento, que no dan pie con bola. Estoy agotado”, respondió él, dándome un beso en la mejilla que me supo a mentira.

Pero lo que me llamó la atención no fue su mentira, sino el sonido. Un clic-clic-clic metálico. Me giré y vi a Doña Encarna en su rincón, dándole a las cuentas del rosario con una velocidad que ni un crupier de Las Vegas. Sus labios se movían rápido, muy rápido, pero no estaba rezando el Ave María. Sus ojos estaban clavados en su hijo, y entre ellos cruzaron una mirada que me dejó helada. Fue un segundo, una chispa de complicidad absoluta, un “no te preocupes, que aquí mando yo”.

— “Jordi, hijo, ven que te he guardado un poco de tortilla de la que me gusta a mí. La que ha hecho Nerea está un poco sosa, pero la mía tiene su punto”, intervino la vieja, cortando cualquier posibilidad de que yo siguiera rascando en la superficie de su engaño.

Me fui a la cocina, sintiendo un nudo en el estómago. El rosario. Ese maldito rosario. No era la primera vez que notaba algo raro. Encarna siempre lo llevaba encima, colgando de su cuello o enrollado en su muñeca como un grillete sagrado. Pero lo usaba de una forma extraña. Cuando Jordi recibía un mensaje al móvil mientras estábamos cenando, ella empezaba a juguetear con las cuentas. Un toque largo, dos cortos. Clic, clic-clic.

Esa noche, mientras Jordi se duchaba, su móvil se iluminó sobre la mesita de noche. Yo estaba a punto de mirarlo —lo sé, no se hace, pero el instinto es una perra— cuando la puerta del dormitorio se abrió sin llamar. Allí estaba ella, Doña Encarna, apoyada en su bastón, con el rosario en la mano izquierda.

— “Buscaba mis pastillas de la tensión, Nerea. Creo que me las dejé aquí esta mañana”, soltó con esa voz de santurrona que te hace sentir culpable hasta por respirar.

Sus ojos no buscaban pastillas. Sus ojos vigilaban el móvil de su hijo como si fuera el Santo Grial. Se acercó a la mesita, y con una agilidad que no cuadraba con sus quejas de cadera, movió el teléfono hacia el borde.

— “¿No te parece tarde para estar despierta, hija? Jordi necesita descansar, que trabaja mucho para que tú puedas estar aquí tan tranquila con tus cositas de los ordenadores”.

— “Estoy bien, Encarna. Gracias. Y las pastillas están en su sitio, en el cajón de la cocina, donde las puso Jordi esta tarde”, le contesté, intentando mantener la compostura.

Ella se limitó a sonreír, una sonrisa que no le llegaba a los ojos, y salió del cuarto haciendo sonar las cuentas del rosario. Clic, clic, clic. Era un código. Lo sabía. Lo sentía en la punta de los dedos. El rosario no era para pedir por nuestras almas, era el telégrafo de una traición que se estaba fraguando bajo mi propio techo, en mi querida Barcelona, entre procesiones de mentiras y bendiciones envenenadas.

Al día siguiente, decidí que ya bastaba de ser la secundaria sufridora en esta comedia de enredos. Me levanté con una misión. Si el rosario hablaba, yo iba a aprender el idioma. Aproveché que Jordi se fue temprano —según él, a ver una cimentación en Poblenou, seguro que la cimentación tenía nombre de mujer y usaba lencería de encaje— y que Encarna se había quedado frita en el sofá después del desayuno.

Me acerqué a ella con el sigilo de un ninja de barrio. El rosario estaba sobre su regazo, entrelazado entre sus dedos arrugados. Me fijé bien. No era un rosario normal. Tenía unas muescas pequeñas en algunas de las cuentas, casi imperceptibles. Eran marcas hechas a propósito, como si alguien hubiera querido identificar cada cuenta al tacto sin necesidad de mirar.

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