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El Secreto del Magnate de Madrid y el Extraño Joven que Reclama Justicia por un Pasado Cruel

El Secreto del Magnate de Madrid y el Extraño Joven que Reclama Justicia por un Pasado Cruel

Parte 1

En Madrid hay dos tipos de casas: las que tienen portero automático y las que tienen una garita con un señor dentro que parece saber más de tu vida que tu médico de cabecera. La mansión de don Arturo Valdemar pertenecía claramente al segundo grupo, aunque llamarla “casa” era como llamar “charquito” al Retiro después de una tormenta.

Estaba en una de esas zonas donde los setos parecen recortados con regla, los coches no aparcan sino que se posan, y hasta los gorriones vuelan con pinta de tener asesor fiscal. La verja de hierro negro medía más que la paciencia de un funcionario un viernes por la mañana. Al otro lado, un camino de grava blanca subía hasta una fachada monumental, con columnas, balcones, ventanales y una fuente donde tres angelotes de piedra echaban agua por la boca con cara de estar hartos de la alta sociedad.

Aquella noche, la mansión brillaba como si alguien hubiese decidido enchufar medio Madrid a la vez. Había lámparas de cristal, música de cuerda, camareros con bandejas plateadas, señoras vestidas como si fueran a recoger un premio internacional, señores con sonrisa de operación inmobiliaria y un ejército discreto de personal de servicio intentando que nadie pisara las alfombras con zapatos mojados.

Don Arturo Valdemar cumplía setenta años. O eso decía la invitación. Había quien juraba que llevaba cumpliendo setenta desde hacía casi una década, porque algunos ricos no envejecen: actualizan la versión de sí mismos con retoques y luz favorable.

—Está usted magnífico, don Arturo —le dijo una mujer con un collar tan grande que parecía que llevaba un candelabro al cuello.

—El tiempo me respeta —respondió él, mostrando unos dientes demasiado blancos para ser del todo sinceros.

—Y usted al tiempo, claro.

—Al tiempo y a Hacienda, siempre que no se ponga pesada.

La mujer soltó una carcajada educada, de esas que no nacen en el pecho sino en la cuenta bancaria. Don Arturo levantó su copa de champán y paseó la mirada por el salón principal, satisfecho. Todo estaba en su sitio. Los cuadros antiguos, la escalera de mármol, los invitados adecuados, los rumores controlados, las sonrisas alquiladas por una noche y el gran retrato suyo presidiendo la estancia desde la pared del fondo.

En el retrato aparecía más joven, con la mano apoyada en un escritorio, mirada severa, traje oscuro y un gato siamés sentado junto a una butaca. Un detalle curioso. Casi nadie reparaba en el animal. Algunos pensaban que era decoración artística, otros que el pintor había tenido un día raro. Don Arturo, en cambio, evitaba mirarlo.

—Papá, deberías sentarte un poco —le dijo Clara Valdemar, su hija, acercándose con un vestido azul noche y una expresión que mezclaba preocupación y cansancio.

—¿Sentarme? ¿En mi propia fiesta? Ni hablar. Los leones no se sientan cuando la sabana los mira.

—Papá, esto no es la sabana. Es el salón. Y el león lleva tres copas.

—Tres copas no son nada si se beben con dignidad.

 

—La última la has llamado “Gregorio”.

Don Arturo carraspeó.

—Era una metáfora.

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