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El restaurador destruye por error una obra de Picasso y culpa al dueño millonario en directo

El restaurador destruye por error una obra de Picasso y culpa al dueño millonario en directo

Parte 1

A las once y cuarenta y dos de la mañana, en una galería privada del barrio de Salamanca, un hombre llamado Mateo Rivas cometió el error de mirarse en el reflejo del cristal de una vitrina y pensar:

—Hoy no puede salir mal.

Era una frase peligrosa.

No porque Mateo fuera supersticioso, que un poco sí, como todo el mundo que trabaja con obras de arte valoradas en más dinero del que una persona normal verá en tres vidas. Era peligrosa porque el universo, cuando escucha a alguien decir mentalmente “hoy no puede salir mal”, suele apoyarse en el respaldo de la silla, cruzar los brazos y contestar:

“¿Ah, sí?”

Mateo llevaba quince años restaurando pintura. Quince años entre barnices, pinceles finísimos, lámparas de aumento y clientes que llamaban “manchita” a una grieta que podía costar cuarenta mil euros corregir.

Había restaurado lienzos del siglo XVII con más paciencia que un santo.

Había trabajado en tablas religiosas que olían a humedad, cera y sacristía.

Había salvado retratos de familias aristocráticas donde todos parecían enfadados incluso antes de nacer.

Pero nunca, jamás, había restaurado nada en directo.

 

Y mucho menos delante de tres cámaras, dos focos, una presentadora de televisión, un millonario con sonrisa de mármol y una obra atribuida al entorno de Picasso que descansaba en el centro de la sala como si fuera un bebé real envuelto en seda.

—Mateo, cielo, en dos minutos entramos —dijo Clara Soler, la presentadora, acercándose con un pinganillo en la oreja y una sonrisa tan blanca que parecía tener iluminación propia.

Mateo tragó saliva.

—Perfecto.

—¿Estás nervioso?

—No.

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