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El pasajero del tren a Sevilla que olvidó su maleta con la herencia familiar en manos de un extraño

El pasajero del tren a Sevilla que olvidó su maleta con la herencia familiar en manos de un extraño

PARTE 1

A las siete y veintidós de la mañana, en la estación de Madrid, Julián Barroso ya había sudado por dentro, por fuera y por lugares del alma que él no sabía que podían sudar. Llevaba una camisa azul planchada con más esperanza que técnica, una americana gris que su hermana le había dicho que le daba “aire de abogado serio”, y una maleta de cuero marrón que no pegaba ni con él, ni con la estación, ni con los tiempos modernos.

La maleta era de esas que parecían haber sobrevivido a tres generaciones, dos mudanzas, una boda mal organizada y al menos una discusión familiar en Nochebuena. Tenía las esquinas gastadas, una hebilla que cerraba solo si se le hablaba con respeto y una etiqueta amarillenta donde todavía se leía, escrito con tinta azul: “Familia Barroso. No extraviar”.

Julián, precisamente, llevaba toda la mañana repitiéndose eso.

“No extraviar. No extraviar. No extraviar.”

Lo murmuraba como quien reza, mientras avanzaba por el andén del tren a Sevilla con la maleta en una mano y un café en la otra. El café, por supuesto, iba ardiendo. Porque en España, cuando uno tiene prisa, el café de estación no está caliente: está recién extraído del núcleo de la Tierra.

—¡Ay, madre! —dijo Julián cuando una gota le cayó en el dedo.

Un hombre con una mochila enorme, de esas que parecen llevar dentro una tienda de campaña, dos sartenes y la culpa de una ruptura, se giró.

—¿Está bien?

—Sí, sí. Es el café, que tiene más carácter que mi tía Rosario.

El hombre sonrió sin entender demasiado y siguió andando.

Julián miró el reloj. Quedaban ocho minutos para la salida. O eso decía la pantalla, aunque él desconfiaba de las pantallas desde que una vez un tren “salía en diez minutos” y salió en tres, como si tuviera una cita secreta.

Se colocó mejor la americana y respiró hondo. Aquel viaje no era uno más. No iba a Sevilla por turismo, ni por una escapada romántica, ni por comerse un montadito de pringá y volver diciendo “qué arte tiene esta ciudad” como hacía medio Madrid cada puente.

Iba a Sevilla porque esa misma tarde, a las cinco, tenía que presentarse en una notaría del centro con la maleta.

La maleta.

La maleta contenía documentos antiguos, escrituras, cartas familiares, un reloj de bolsillo de su abuelo, unas participaciones de una finca, y, según su difunta tía Encarnita, “la prueba de que los Barroso no nacieron para pagar alquiler toda la vida”.

Julián nunca había entendido esa frase. Su tía Encarnita hablaba siempre como si estuviera dictando el tráiler de una serie de sobremesa.

“Julián, cuando yo falte, tú lleva la maleta a Sevilla.”

“¿Qué maleta, tita?”

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