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El Joven Valenciano Que LO SABE TODO Se Enfrenta A La TERRIBLE TRAICIÓN De Un Padre Que NUNCA Lo Quiso

El Joven Valenciano Que LO SABE TODO Se Enfrenta A La TERRIBLE TRAICIÓN De Un Padre Que NUNCA Lo Quiso

PARTE 1: El zumbido de la “terreta” y el gen de la mala leche

Si le preguntas a cualquier valenciano qué es lo más ruidoso de su ciudad, te dirá que una mascletà el 19 de marzo en la Plaza del Ayuntamiento. O quizás el tráfico en la Avenida del Cid a las ocho de la mañana. O, si me apuras, un grupo de guiris con unas copas de más por el barrio de Ruzafa un sábado por la noche. Pero para Héctor, el verdadero ruido de Valencia no venía de la pólvora, ni de los cláxones, ni del tardeo. Venía de dentro de las cabezas de la gente.

Héctor tenía treinta y dos años, una barba cuidadosamente recortada que le daba un aire de moderno de manual, y un puto don que le estaba arruinando la vida. O, más bien, un “anti-superpoder”. No leía la mente en plan profesor X, no podía saber qué número de la lotería iba a comprar la señora de la panadería ni qué había desayunado el conductor del autobús. Lo suyo era mucho más específico, mucho más jodido y, francamente, agotador: Héctor escuchaba la mala leche.

Cualquier pensamiento tóxico, envidioso, resentido o directamente cabrón que cruzara por la mente de alguien a menos de dos metros de él, Héctor lo escuchaba como si le estuvieran susurrando al oído con un megáfono de la feria.

Era un martes de julio. El calor en Valencia ya había empezado a adquirir esa textura pegajosa que te hace sentir como si estuvieras caminando dentro de una sopa de fideos, y Héctor estaba sentado en una terraza de la Plaza de la Virgen, intentando tomarse un café con hielo y un fartó sin volverse loco.

Frente a él, una pareja de cincuentones discutía en voz baja sobre a dónde ir de vacaciones.

—A mí me da igual, cariño, lo que tú prefieras —decía el hombre, con una sonrisa que parecía tallada en madera de lo falsa que era.

Y entonces, el zumbido. Ese pitido característico en la oreja izquierda de Héctor, seguido de la voz mental del tipo, clara como el agua: «Como me vuelvas a decir de ir a ver a tu puta madre a Torrevieja, juro por Dios que me tiro del coche en marcha en la AP-7. Qué cruz de mujer, madre mía, qué cruz».

Héctor suspiró, removió el hielo de su vaso haciendo ese ruido clinc-clinc tan de verano, y miró hacia otro lado.

 

—Camarero, cóbreme, por favor —pidió.

El camarero, un chaval joven con cara de llevar tres turnos seguidos, se acercó con el datáfono.

—Son tres con cincuenta, jefe.

Héctor acercó el móvil al aparato. Piii.

El zumbido otra vez. La mente del camarero: «Tres con cincuenta y ni un céntimo de propina, el moderno de los cojones. Ojalá te atragantes con el fartó y te tengan que hacer la maniobra de Heimlich, gilipollas».

—Gracias, que tengas un buen día —dijo Héctor, con la mejor de sus sonrisas, dejando una moneda de dos euros en la mesa, solo para joder. Vio cómo la cara del camarero cambiaba, y el silencio mental que siguió fue la mejor recompensa de la mañana.

Pero lidiar con la amargura del valenciano medio no era el problema principal de Héctor. Al fin y al cabo, uno se acostumbra a que la gente por la calle sea un poco capulla. El verdadero problema, la raíz de todos sus males, el jefe final de los pensamientos tóxicos, tenía nombre, apellidos y un chalé en Rocafort: Vicente, su padre.

Vicente era un hombre de negocios de la vieja escuela. De los que todavía llevaban traje cruzado con cuarenta grados a la sombra, gomina en el pelo aunque ya clareaba de forma preocupante, y un puro apagado en la boca porque el médico le había prohibido fumar pero él se negaba a perder “el porte”. Vicente había hecho fortuna en los años noventa con la construcción y los azulejos. Era el típico señor que te decía “yo me he hecho a mí mismo” mientras olvidaba mencionar convenientemente los terrenos que había heredado del abuelo.

 

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