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El humilde albañil que alimentó a un niño abandonado en la calle, sin imaginar el oscuro y cruel secreto de su familia millonaria

El humilde albañil que alimentó a un niño abandonado en la calle, sin imaginar el oscuro y cruel secreto de su familia millonaria

Parte 1: El compás del andamio y el misterio del tupper de plástico

Si alguna vez habéis pisado una obra en pleno mes de julio en Madrid, sabréis que el mismísimo infierno debe de ser un lugar bastante más fresco y con mejor ventilación. El ruido de la hormigonera, ese brr-brr-brr constante que se te mete en el cerebro y ya no te abandona ni durmiendo, competía aquella mañana con el restallido seco de las palas contra la grava. Había un polvo fino suspendido en el aire, de ese que se te pega a las pestañas y te hace escupir gris durante tres días. Estábamos levantando un chalé de esos que te dan ganas de pedir perdón solo por mirarlo, allá por la zona de La Moraleja. Una mole de tres plantas con más cristal que una fábrica de espejos y una piscina que, según el plano, iba a tener cascada. Una horterada de nuevos ricos, vamos, pero a nosotros nos pagaban el jornal, que ya era bastante.

Entre toda la cuadrilla de brutos, tragapolas y filósofos de barra de bar que nos juntábamos allí, destacaba Mateo. Bueno, destacar es un decir, porque el hombre hacía todo lo posible por pasar desapercibido, como si fuera parte del paisaje o un saco de cemento más que se había quedado ahí plantado. Mateo tenía cincuenta y ocho años recién cumplidos, pero si me hubieran dicho que tenía ochenta o que había ayudado a levantar el acueducto de Segovia, me lo habría creído igual. Tenía la piel del revés, surcada por unas arrugas que parecían las grietas de una fachada mal enlucida, de esas que se clavan de tanto mirar al sol sin pestañear.

El tío era un espectáculo trabajando. Mientras los jóvenes se quejaban de la espalda a las dos horas de empezar o se escaqueaban para mirar el móvil detrás de los palés, Mateo seguía un ritmo de metrónomo. Agarraba un ladrillo, le metía el viaje de masa con la paleta con una precisión de cirujano, lo colocaba, dos golpecitos con el mango, limpiaba el sobrante y a por el siguiente. Ni una gota de sudor de más, ni un bufido, ni una queja. Llevaba la misma camisa de franela a cuadros desde que lo conocí en la obra de Vallecas tres años atrás. Estaba tan gastada y descolorida por los lavados que ya no sabías si el patrón original era rojo, verde o un gris indefinido que combinaba con el cemento. En la cabeza, una gorra de una marca de piensos que debía de haber quebrado antes de la caída del muro de Berlín.

—Mateo, bájate ya de ahí, coño, que te va a dar un pampurrio —le grité yo desde abajo, apoyado en el mango de la pala mientras me secaba el cuello con un pañuelo que daba pena verlo—. Que son las dos de la tarde y el sol está que lija las piedras.

Mateo no contestó de inmediato. Terminó de asentar la hilada, miró el nivel con un ojo entornado como si estuviera apuntando con un fusil de precisión, y luego asintió con la cabeza. Se bajó del andamio con una agilidad que ya quisieran muchos de veinte años, sin hacer ruido, casi pidiendo permiso al suelo para pisarlo.

A las dos en punto de la tarde, la obra entraba en una especie de tregua sagrada. Era la hora del rancho. La mayoría de los chavales se esparcían por las pocas sombras que daban los muros a medio levantar, sacando bocadillos del tamaño de un brazo de gitano, latas de refresco calientes y hablando a gritos de fútbol, de tías o de la última jugarreta del encargado, que era un usurero de mucho cuidado. Pero Mateo no. Mateo tenía su propio ritual, un protocolo de aislamiento que nadie osaba romper, no por mala leche, sino por el respeto casi místico que imponía el viejo.

Se fue a la esquina más apartada del tajo, justo donde se acumulaban unos bloques de hormigón que todavía no habíamos usado y que tapaban un poco la vista desde la carretera. Se sentó en uno, se quitó la gorra de piensos dejando ver cuatro pelos canos pegados al cráneo por el sudor, y sacó su almuerzo de una bolsa de supermercado que tenía más nudos que el cabo de un marinero. Su tupper era una reliquia: un envase de plástico de esos que originalmente llevaron helado de tres gustos, pero que ahora estaba tan rayado, opaco y deformado por el microondas que parecía haber sobrevivido a una guerra nuclear.

Yo, que soy un cotilla por naturaleza y que, para qué engañarnos, le tenía un cariño especial al viejo, me senté a unos metros simulando que limpiaba una paleta con un trozo de lija, solo por ver qué comía hoy el filósofo del ladrillo.

El menú de Mateo era una lección de estoicismo. Tres tortillas de maíz que traía envueltas en un trapo de cocina limpio pero raído —nos había dicho una vez que su madre era de allá del otro lado del charco, aunque él hablara con un acento más madrileño que la Cibeles—, un pegote de alubias machacadas que tenían una pinta de estar más frías que el corazón de un inspector de Hacienda, y los buenos días, si acaso un trozo de corteza de cerdo en salsa que olía a gloria pero que no daba ni para tres bocados. Comía despacio, masticando cada trozo con una solemnidad casi religiosa, mirando al infinito, como si en el fondo de ese tupper rayado estuvieran escritas las respuestas a todos los males del mundo.

—Buen provecho, Mateo —le dije, dándole un viaje a la paleta con la lija.

—Igualmente, Manolo —respondió con esa voz de lija y tabaco barato que tenía—. El sol hoy viene con ganas, ¿eh?

—Viene para matarnos, Mateo. Si nos descuidamos, nos derretimos y nos usan para hacer el forjado de la planta alta. ¿No quieres un trago de agua fresca? Traigo la cantimplora con hielo de la gasolinera.

—No, gracias, muchacho. El agua muy fría con este calor te corta el cuerpo. Hay que beber templado, para engañar a las tripas.

Ahí estaba la sabiduría del andamio. Yo me callé y lo dejé seguir con sus alubias. Fue justo en ese momento, cuando Mateo se disponía a enrollar la última tortilla con el cuidado de quien enrolla un pergamino del mar Muerto, cuando apareció el chaval.

No venía de dentro de la obra, sino del descampado que lindaba con la valla de metal que ponía “Peligro, propiedad privada”. Era un crío de no más de ocho o nueve años, menudo, con unas piernas que parecían dos palillos de dientes y unos ojos negros enormes que ocupaban la mitad de su cara sucia. Llevaba una camiseta tres tallas más grande, con el dibujo de un superhéroe que ya no tenía color, y unos pantalones cortos llenos de siemprevivas y polvo de los caminos. Apareció como aparecen los gatos callejeros: despacio, arrastrando los pies descalzos por encima de los rastrojos secos, sin hacer ruido, oliendo el aire.

Cualquier otro albañil de la cuadrilla le habría pegado cuatro gritos: “¡Eh, niñato, fuera de aquí, que esto es una obra y como te caiga un cascote nos buscas la ruina!”. Pero Mateo no se movió. Se quedó con la tortilla a medio camino de la boca, mirando al guaje. El niño se detuvo a tres metros del bloque de hormigón. No pidió nada. No estiró la mano. Solo clavó la mirada en el tupper de plástico de tres gustos con una fijeza que daba hasta un poco de escalofrío. Se le notaba el hambre desde el final de la calle; un hambre vieja, de esa que se te mete en los huesos y te tuerce el gesto.

Mateo miró la tortilla, miró sus alubias congeladas por el tiempo, miró la gorra de piensos que tenía en el suelo y luego volvió a mirar al crío. No hubo palabras. En el andamio se aprende a hablar con los ojos porque con el ruido de las máquinas no hay quien se entienda, y Mateo era un maestro en ese idioma de mudos.

Con una parsimonia que me puso de los nervios, el viejo partió la última tortilla por la mitad. Le puso un poco del guiso de alubias y chicharrón en el centro, la enrolló con fuerza para que no se desparramara la salsa verde y estiró el brazo.

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