Si alguna vez habéis pisado una obra en pleno mes de julio en Madrid, sabréis que el mismísimo infierno debe de ser un lugar bastante más fresco y con mejor ventilación. El ruido de la hormigonera, ese brr-brr-brr constante que se te mete en el cerebro y ya no te abandona ni durmiendo, competía aquella mañana con el restallido seco de las palas contra la grava. Había un polvo fino suspendido en el aire, de ese que se te pega a las pestañas y te hace escupir gris durante tres días. Estábamos levantando un chalé de esos que te dan ganas de pedir perdón solo por mirarlo, allá por la zona de La Moraleja. Una mole de tres plantas con más cristal que una fábrica de espejos y una piscina que, según el plano, iba a tener cascada. Una horterada de nuevos ricos, vamos, pero a nosotros nos pagaban el jornal, que ya era bastante.
Entre toda la cuadrilla de brutos, tragapolas y filósofos de barra de bar que nos juntábamos allí, destacaba Mateo. Bueno, destacar es un decir, porque el hombre hacía todo lo posible por pasar desapercibido, como si fuera parte del paisaje o un saco de cemento más que se había quedado ahí plantado. Mateo tenía cincuenta y ocho años recién cumplidos, pero si me hubieran dicho que tenía ochenta o que había ayudado a levantar el acueducto de Segovia, me lo habría creído igual. Tenía la piel del revés, surcada por unas arrugas que parecían las grietas de una fachada mal enlucida, de esas que se clavan de tanto mirar al sol sin pestañear.
El tío era un espectáculo trabajando. Mientras los jóvenes se quejaban de la espalda a las dos horas de empezar o se escaqueaban para mirar el móvil detrás de los palés, Mateo seguía un ritmo de metrónomo. Agarraba un ladrillo, le metía el viaje de masa con la paleta con una precisión de cirujano, lo colocaba, dos golpecitos con el mango, limpiaba el sobrante y a por el siguiente. Ni una gota de sudor de más, ni un bufido, ni una queja. Llevaba la misma camisa de franela a cuadros desde que lo conocí en la obra de Vallecas tres años atrás. Estaba tan gastada y descolorida por los lavados que ya no sabías si el patrón original era rojo, verde o un gris indefinido que combinaba con el cemento. En la cabeza, una gorra de una marca de piensos que debía de haber quebrado antes de la caída del muro de Berlín.
—Mateo, bájate ya de ahí, coño, que te va a dar un pampurrio —le grité yo desde abajo, apoyado en el mango de la pala mientras me secaba el cuello con un pañuelo que daba pena verlo—. Que son las dos de la tarde y el sol está que lija las piedras.
Mateo no contestó de inmediato. Terminó de asentar la hilada, miró el nivel con un ojo entornado como si estuviera apuntando con un fusil de precisión, y luego asintió con la cabeza. Se bajó del andamio con una agilidad que ya quisieran muchos de veinte años, sin hacer ruido, casi pidiendo permiso al suelo para pisarlo.
A las dos en punto de la tarde, la obra entraba en una especie de tregua sagrada. Era la hora del rancho. La mayoría de los chavales se esparcían por las pocas sombras que daban los muros a medio levantar, sacando bocadillos del tamaño de un brazo de gitano, latas de refresco calientes y hablando a gritos de fútbol, de tías o de la última jugarreta del encargado, que era un usurero de mucho cuidado. Pero Mateo no. Mateo tenía su propio ritual, un protocolo de aislamiento que nadie osaba romper, no por mala leche, sino por el respeto casi místico que imponía el viejo.
Se fue a la esquina más apartada del tajo, justo donde se acumulaban unos bloques de hormigón que todavía no habíamos usado y que tapaban un poco la vista desde la carretera. Se sentó en uno, se quitó la gorra de piensos dejando ver cuatro pelos canos pegados al cráneo por el sudor, y sacó su almuerzo de una bolsa de supermercado que tenía más nudos que el cabo de un marinero. Su tupper era una reliquia: un envase de plástico de esos que originalmente llevaron helado de tres gustos, pero que ahora estaba tan rayado, opaco y deformado por el microondas que parecía haber sobrevivido a una guerra nuclear.
Yo, que soy un cotilla por naturaleza y que, para qué engañarnos, le tenía un cariño especial al viejo, me senté a unos metros simulando que limpiaba una paleta con un trozo de lija, solo por ver qué comía hoy el filósofo del ladrillo.
El menú de Mateo era una lección de estoicismo. Tres tortillas de maíz que traía envueltas en un trapo de cocina limpio pero raído —nos había dicho una vez que su madre era de allá del otro lado del charco, aunque él hablara con un acento más madrileño que la Cibeles—, un pegote de alubias machacadas que tenían una pinta de estar más frías que el corazón de un inspector de Hacienda, y los buenos días, si acaso un trozo de corteza de cerdo en salsa que olía a gloria pero que no daba ni para tres bocados. Comía despacio, masticando cada trozo con una solemnidad casi religiosa, mirando al infinito, como si en el fondo de ese tupper rayado estuvieran escritas las respuestas a todos los males del mundo.
—Buen provecho, Mateo —le dije, dándole un viaje a la paleta con la lija.
—Igualmente, Manolo —respondió con esa voz de lija y tabaco barato que tenía—. El sol hoy viene con ganas, ¿eh?
—Viene para matarnos, Mateo. Si nos descuidamos, nos derretimos y nos usan para hacer el forjado de la planta alta. ¿No quieres un trago de agua fresca? Traigo la cantimplora con hielo de la gasolinera.
—No, gracias, muchacho. El agua muy fría con este calor te corta el cuerpo. Hay que beber templado, para engañar a las tripas.
Ahí estaba la sabiduría del andamio. Yo me callé y lo dejé seguir con sus alubias. Fue justo en ese momento, cuando Mateo se disponía a enrollar la última tortilla con el cuidado de quien enrolla un pergamino del mar Muerto, cuando apareció el chaval.
No venía de dentro de la obra, sino del descampado que lindaba con la valla de metal que ponía “Peligro, propiedad privada”. Era un crío de no más de ocho o nueve años, menudo, con unas piernas que parecían dos palillos de dientes y unos ojos negros enormes que ocupaban la mitad de su cara sucia. Llevaba una camiseta tres tallas más grande, con el dibujo de un superhéroe que ya no tenía color, y unos pantalones cortos llenos de siemprevivas y polvo de los caminos. Apareció como aparecen los gatos callejeros: despacio, arrastrando los pies descalzos por encima de los rastrojos secos, sin hacer ruido, oliendo el aire.
Cualquier otro albañil de la cuadrilla le habría pegado cuatro gritos: “¡Eh, niñato, fuera de aquí, que esto es una obra y como te caiga un cascote nos buscas la ruina!”. Pero Mateo no se movió. Se quedó con la tortilla a medio camino de la boca, mirando al guaje. El niño se detuvo a tres metros del bloque de hormigón. No pidió nada. No estiró la mano. Solo clavó la mirada en el tupper de plástico de tres gustos con una fijeza que daba hasta un poco de escalofrío. Se le notaba el hambre desde el final de la calle; un hambre vieja, de esa que se te mete en los huesos y te tuerce el gesto.
Mateo miró la tortilla, miró sus alubias congeladas por el tiempo, miró la gorra de piensos que tenía en el suelo y luego volvió a mirar al crío. No hubo palabras. En el andamio se aprende a hablar con los ojos porque con el ruido de las máquinas no hay quien se entienda, y Mateo era un maestro en ese idioma de mudos.
Con una parsimonia que me puso de los nervios, el viejo partió la última tortilla por la mitad. Le puso un poco del guiso de alubias y chicharrón en el centro, la enrolló con fuerza para que no se desparramara la salsa verde y estiró el brazo.
—Toma, chaval —dijo Mateo, sin levantar la voz, como si estuviera ofreciéndole un cigarro a un compañero—. Alimenta más que mirar.
El niño dio un paso atrás, asustado, como si temiera que el ofrecimiento fuera una trampa para agarrarlo de la oreja. Miró a Mateo a los ojos, buscando alguna señal de maldad, pero en la cara del viejo solo había esa calma infinita del que ha visto derrumbarse demasiados tabiques. Al ver que el brazo de Mateo seguía firme, el crío avanzó rápido, como un gorrión que pica una muela de pan en la terraza de un bar, le arrebató el taco de las manos y se echó hacia atrás de un salto.
Se lo comió en dos bocados. Juro por mi madre que ni masticó. El chicharrón desapareció por su garganta como si cayera en un pozo sin fondo. Cuando terminó, se relamió los dedos sucios de polvo y grasa, miró el fondo del tupper de Mateo —que ya estaba más limpio que una patena— y luego miró al viejo con una mezcla de agradecimiento y de “si tienes más, no me voy”.
Mateo sonrió. Fue una sonrisa corta, de esas que apenas le mueven las arrugas de la comisura de los labios, pero que le iluminó la cara de una manera extraña. Sacó un pañuelo de cuadros del bolsillo de atrás, se limpió los dedos y cerró la tapa del tupper con un chasquido seco.
—Ya no hay más, rey —le dijo con suavidad—. Mañana Dios dirá. Vete a la sombra, que este sol te va a secar las ideas.
El crío no dijo ni “gracias” ni “adiós”. Se dio la vuelta con la misma ligereza con la que había llegado y se perdió entre los matorrales del descampado, dejando tras de sí solo el zumbido de un par de moscas que acudían al olor de la salsa verde.
Yo me acerqué a Mateo, rascándome la nuca.
—Joder, Mateo, te has quedado sin la mitad del almuerzo por el guaje. Que tú estás doblando el lomo doce horas y necesitas gasolina, coño. Ese crío vete a saber de dónde sale, por aquí hay algún asentamiento ilegal detrás de las lomas o vete tú a saber.
Mateo se colocó la gorra de piensos con un golpe preciso, ajustando la visera justo por encima de las cejas pobladas. Me miró con esos ojos grises que parecían saberlo todo y soltó una de sus frases lapidarias.
—Manolo, el hambre no tiene patria, ni tiene papeles, ni sabe de contratos de obra. Yo hoy ceno en casa un plato de sopa caliente; ese chaval, a lo mejor, lo único que se lleva a la tripa es lo que le acabo de dar. A mí no me va a hacer de menos media tortilla. Al revés, me pesa menos el cuerpo para subir al andamio.
No le repliqué porque contra la lógica de Mateo no había argumento posible. Nos levantamos, volvimos al tajo, y la hormigonera arrancó de nuevo con su quejido de hierro viejo. El sol siguió apretando, el cemento siguió fraguando, y yo me olvidé del niño de la camiseta del superhéroe descolorido. Lo que ninguno de los dos podíamos imaginar, ni por todo el oro del mundo, era que ese crío andrajoso era el primer eslabón de una cadena que iba a tirar del pasado de Mateo hasta romperlo en mil pedazos, desenterrando un secreto tan oscuro, tan retorcido y tan asquerosamente millonario que hacía que nuestra humilde obra de La Moraleja pareciera una casita de muñecas de saldo.
Parte 2: La banda de los “sin techo” y el misterio del bocadillo menguante
A la mañana siguiente, el termómetro de la marquesina del autobús ya marcaba treinta grados a las siete de la mañana. Una delicia. Llegamos al tajo con las caras de dormir poco y el cuerpo pidiendo café a gritos. Mateo, como siempre, ya estaba allí. Creo que el tío dormía dentro de la hormigonera o se materializaba en el andamio por generación espontánea, porque jamás lo vi llegar el segundo. Ya tenía preparados los cubos de masa, los palés de ladrillo de cara vista listos y la lona quitada.
—Buenos días, Mateo —le solté, soltando la mochila en la caseta de obra que olía a calcetín usado y a planos húmedos.
—Buenos días, Manolo. Dale caña al motor, que hoy el jefe de obra viene con el muelle tenso. Dice que el aparejador pasa el viernes a visar el forjado y como no tengamos las luces puestas nos va a crujir.
El jefe de obra, al que llamábamos “El barbas” por razones obvias, era un tipo que medía metro y medio pero que tenía la mala leche concentrada de tres tíos de dos metros. Apareció a las nueve, con el casco blanco reluciente —que no había tocado el polvo en su vida— y un plano debajo del brazo que usaba más para dar golpes en las mesas que para consultarlo. Nos pegó cuatro gritos de rigor sobre el rendimiento, el precio del gasoil y lo poco que trabajaba la juventud de hoy en día, y se metió en su caseta con aire acondicionado a jugar al solitario en el ordenador. Lo de siempre, vamos.
Pero lo bueno llegó a las dos de la tarde. En cuanto paró el motor de la hormigonera y el silencio cayó sobre la estructura como un bloque de plomo, yo me fui directo a mi puesto de observación cerca de los bloques de hormigón. Y no me equivoqué.
Mateo se sentó, sacó su bolsa con nudos y, para mi sorpresa, el tupper de plástico de tres gustos hoy venía doble. Llevaba dos envases iguales, atados con una goma elástica verde, de esas que usan en las fruterías para los manojos de espárragos. El viejo no dijo nada, pero yo vi la jugada. El tío había cocinado el doble de lo habitual. Hoy olía a potaje de vigilia, de esos con sus garbanzos, sus espinacas y un huevo duro picado que daba gloria bendita solo de olerlo a distancia.
No pasaron ni cinco minutos cuando las siemprevivas del descampado volvieron a moverse. Pero esta vez el pájaro no venía solo. El crío del día anterior, el de la camiseta del superhéroe, venía liderando una minicomitiva. Detrás de él, agarrada de la mano como si fuera su sombra, venía una niña aún más pequeña, de unos cinco años, con el pelo alborotado lleno de nudos y unos ojos que eran dos lunas llenas. Llevaba un vestido rosa que debía de haber sido blanco en tiempos mejores y unas sandalias de plástico a las que les faltaba una tira, por lo que tenía que arrastrar el pie izquierdo para no perder el calzado.
Los otros albañiles, que estaban sentados un poco más allá comiéndose unos bocadillos de mortadela que daban ganas de llorar, se dieron cuenta de la jugada.
—¡Coño, Mateo! —gritó “El Chispas”, el electricista, que tenía la boca llena de pan—. ¡Que te ha salido familia numerosa! Como sigas así, vas a tener que montar un comedor social aquí en el andamio. ¡Pídeles el carné de familia numerosa, hombre!
—Déjale en paz, Chispas —le espetó el gordo Julián, el de los yesos, mientras se abría una lata de cerveza—. Al menos el viejo comparte, que tú no le das un trozo de tu bocata ni a tu santa madre si te la encuentras pidiendo en el metro.
Hubo unas cuantas risotadas de esas broncas de obra, de las que se oyen a tres manzanas, pero Mateo ni parpadeó. Miró a los dos críos que se habían plantado en el límite del polvo de la obra, justo donde terminaba la sombra de la pared. La niña pequeña miraba el tupper de los garbanzos con una devoción que ni la de los santos en los altares. Tenía un dedito metido en la boca y no paraba de balancearse sobre el pie de la sandalia rota.
Mateo destapó los dos tuppers. El vaho del potaje caliente subió al aire, mezclándose con el olor a gasoil de la maquinaria. Con una cuchara de metal que sacó de la bolsa —una cuchara vieja, de esas que tienen el mango grabado con flores que ya no se distinguen—, repartió el potaje en los dos envases. Dejó la mitad para él en uno y puso toda la sustancia, el huevo duro y los garbanzos más gordos en el otro.
—A ver, pareja —dijo Mateo, haciendo un gesto con la cabeza—. Venid aquí, que en el sol se os va a cortar la digestión antes de empezar. Sentaros en ese tablón.
El niño miró a la hermana, le apretó la mano como dándole ánimos y los dos avanzaron despacio. Se sentaron en un tablón de encofrar que estaba apoyado sobre dos caballetes. Mateo les alargó el tupper grande y la cuchara de metal.
—Compartid como buenos hermanos —dijo el viejo, mientras él empezaba a comerse su mitad con un trozo de pan duro que sacó del bolsillo—. Primero uno y luego el otro. Sin correr, que los garbanzos si se tragan enteros dan dolor de pasmo.
Fue una escena que se me quedó clavada en la retina. El chaval agarró la cuchara, sopló el potaje con un cuidado de padre experto, y le dio la primera cucharada a la niña. La cría cerró los ojos al tragar, con una cara de felicidad que no se paga con todo el dinero que costaba el chalé que estábamos construyendo. Luego el niño se metió otra cucharada él. Y así, uno a uno, en un silencio absoluto que solo rompían los chistidos de los albañiles que miraban desde lejos, ya sin tantas ganas de cachondeo. El ambiente se había puesto serio. Había algo en la dignidad de esos dos críos y en la tranquilidad de Mateo que te hacía sentir un poco miserable con tu bocadillo de lomo con pimientos.
—Oye, Mateo —le dije yo, acercándome un poco más, hablando bajo para no romper el encanto—. ¿Tú sabes quiénes son estos niños? Esto no es normal. En este barrio de ricos no hay críos abandonados. Aquí los niños van con uniforme, tienen niñera filipina y los llevan en todoterrenos que valen más que mi piso. Estos niños se han tenido que escapar de algún sitio o los han dejado aquí tirados.
Mateo siguió masticando su pan duro. Miró a los niños, que ya estaban rebañando el plástico del tupper con los dedos para no dejar ni una gota de caldo.
—No sé de dónde vienen, Manolo, ni me importa —dijo con voz queda—. Lo único que sé es que tienen el estómago vacío y que están solos. El resto son papeles y burocracia, y de eso yo ya he tenido bastante en esta vida.
—¿A qué te refieres con eso de que has tenido bastante, Mateo? —le pregunté, tirando de la cuerda a ver si soltaba algo de su pasado, que era más hermético que la tumba de un faraón—. Tú no eres un albañil normal, viejo. Yo te he visto mirar los planos cuando el aparejador no está y le corriges las cotas con el lápiz. El otro día vi que estabas leyendo un libro en el tren que tenía letras raras, de esas que parecen matemáticas o filosofía. Tú no has nacido con la paleta en la mano, ¿a que no?
Mateo se quedó parado, con la cuchara de madera a medio camino. Por un segundo, una sombra de pura tristeza —una tristeza vieja, pesada, de esas que no se quitan ni con mistol— le cruzó los ojos grises. Miró al cielo, luego al chalé de lujo a medio construir, y soltó un suspiro que pareció venirle desde los talones.
—Todos hemos tenido otra vida, Manolo. Unos fuimos reyes y otros fuimos siervos, pero al final del día, el cemento nos mancha a todos por igual. Lo importante es lo que haces con el ladrillo que tienes en la mano hoy, no el palacio que perdiste ayer.
No me dio tiempo a repreguntar porque la niña pequeña, tras terminar el potaje, se levantó del tablón, se acercó a Mateo y, sin decir una palabra, le puso una mano diminuta y sucia sobre la rodilla de la franela gastada. Mateo la miró. La cría abrió la mano y le mostró lo que llevaba escondido en el puño: una medalla pequeña, de plata vieja, tan gastada que apenas se distinguía el grabado de una virgen o de un santo. Tenía una cadena rota, de eslabones finos.
—Para ti —dijo la niña con una voz que parecía el piar de un pájaro—. Por los garbanzos.
Mateo miró la medalla. Vi cómo se le dilataban las pupilas y cómo los dedos, esos dedos duros llenos de callos de mover toneladas de piedra, empezaron a temblar ligeramente. Agarró la medalla con un cuidado infinito, como si fuera de cristal de Murano. La giró, miró el reverso donde había una inscripción grabada en letra cursiva muy pequeña, y de repente se puso más blanco que el yeso de la pared.
—¿De dónde habéis sacado esto? —preguntó Mateo, y su voz ya no era la lija tranquila de siempre; era un susurro tenso, afilado como una fiambrera de chapa.
El niño mayor dio un paso al frente, protegiendo a su hermana con el cuerpo.
—Nos la dio mamá antes de que se la llevaran los hombres del coche negro —dijo el chaval, mirando al suelo—. Dijo que si nos encontrábamos en peligro, buscáramos a alguien que tuviera los mismos ojos que la medalla.
Yo me asomé por encima del hombro de Mateo para ver la inscripción. Solo pude leer tres palabras antes de que Mateo cerrara el puño con fuerza, escondiendo el metal: “…Familia de la Vega”.
Se me cayó el alma a los pies. De la Vega. No había nadie en Madrid, ni en toda España, que no supiera quiénes eran los De la Vega. Eran los dueños de la constructora que nos pagaba el jornal, los dueños de media Moraleja, los terratenientes que salían en las revistas de finanzas y en las crónicas de sucesos turbios por sus contratas con el gobierno. Una de las familias más asquerosamente ricas, influyentes y oscuras del país.
Miré a Mateo. El viejo miraba al descampado, pero ya no veía los matorrales ni el sol. Veía fantasmas. El ambiente cómico de la obra se había evaporado por completo; la tensión se cortaba con un cortafíos. El humilde albañil que comía alubias frías en un tupper de helado acababa de conectar, a través de la mirada de dos niños hambrientos, con el secreto más sucio y cruel de la dinastía multimillonaria que gobernaba nuestras vidas desde las oficinas de cristal de la Castellana.
Parte 3: El coche negro y el regreso de los fantasmas de alta cuna
El jueves amaneció gris, cosa rara para ser julio, con nubes de esas bajas que no traen lluvia pero que te cuecen el cuerpo de humedad. En la obra, el ambiente estaba raro. No sé si era por la tensión que se le había quedado a Mateo en el cuerpo o porque todos los albañiles presentíamos que algo gordo iba a pasar. Los niños no habían aparecido en toda la mañana, y Mateo se había pasado las primeras cuatro horas del tajo trabajando con una furia silenciosa que daba miedo. No había mirado a nadie, no había soltado ni una de sus frases de filósofo. Solo ponía ladrillos, uno detrás de otro, con golpes tan secos que parecía que quería romper el hormigón.
—Mateo, afloja un poco, que te vas a romper los brazos —le dijo el Julián mientras subía un cubo de mezcla—. Que a este ritmo nos dejas sin material antes del almuerzo.
Mateo ni se giró. Siguió a lo suyo, con la gorra metida hasta las cejas y los dientes apretados.
A las una y media, media hora antes del rancho, el ruido de la hormigonera fue tapado por un sonido totalmente ajeno al tajo. Era el motor fino, casi imperceptible, de un coche de gran cilindrada. Un rugido elegante que crujía sobre la grava de la entrada. Todos los tíos nos asomamos al forjado de la primera planta para mirar.
Un Mercedes Maybach de color negro azabache, largo como un día sin pan y con los cristales tan tintados que parecían espejos, se detuvo justo al lado de la caseta del jefe de obra. El coche brillaba de tal manera que el polvo de la obra parecía apartarse por educación para no mancharlo. Las llantas cromadas reflejaban la luz gris del cielo, y el capó era tan grande que ahí encima se podía haber jugado un partido de fútbol sala.
—¡Virgen de la Vega! —soltó El Chispas, asomando la cabeza por el hueco del ascensor—. Ese bicho vale más que toda la producción de ladrillos de la península ibérica. ¿Quién coño viene ahí? ¿El ministro?
La puerta del conductor se abrió y se bajó un chófer con traje oscuro, gorra de plato y guantes de piel, que rodeó el coche con una rapidez militar y abrió la puerta trasera. De allí se bajó un tipo que era la viva imagen del dinero y de la prepotencia. Tendría unos cincuenta años, el pelo engominado hacia atrás con canas perfectas en las sienes, un traje gris marengo hecho a medida que no tenía ni una sola arruga, y unas gafas de sol que debían de costar tres meses de mi sueldo. El tío miró la obra con una mueca de asco, como si temiera que el aire del tajo le contagiara la pobreza.
Detrás de él, saliendo de la caseta a toda prisa y abrochándose el casco blanco al revés de los nervios, apareció “El barbas”, el jefe de obra. Iba encorvado, frotándose las manos como si estuviera ante el mismísimo Papa.
—¡Don Alejandro! Qué sorpresa, señor. No esperábamos la visita de la presidencia hasta la entrega de llaves —balbuceaba el pobre diablo, limpiando con el plano una silla de plástico que estaba en la entrada de su caseta por si al ricachón le daba por sentarse.
El tal Don Alejandro ni le miró. Se quitó las gafas de sol con un gesto lento y paseó la mirada por la estructura de hormigón. Y fue ahí cuando me di cuenta. Tenía los mismos ojos que Mateo. Unos ojos grises, fríos, pero mientras los de Mateo tenían la calma del que ha sufrido y ha perdonado, los de este tipo tenían la crueldad del que compra voluntades con la chequera y pisa cabezas por deporte.
—Ahorra los formalismos, Martínez —dijo Don Alejandro con una voz de barítono, de esas que se ensayan en los consejos de administración—. No vengo a ver los muros. Sé que dos ratas de los suburbios se han estado escondiendo por este descampado. Los guardias de la finca principal me han dicho que los vieron entrar en esta zona. Dos críos. Quiero saber si los has visto por aquí.
El jefe de obra se puso a sudar frío, mirando a los lados.
—¿Niños, señor? No, aquí no entran niños, esto es una obra de alta seguridad, ya sabe, la normativa de prevención de riesgos…
—No me cuentes milongas —le cortó Don Alejandro, dando un paso hacia adelante—. Son los hijos de mi difunto hermano bastardo. Tienen algo que me pertenece. Si están aquí y los estás escondiendo, Martínez, mañana estás en la oficina de empleo buscando trabajo de peón de limpieza. ¿Ha quedado claro?
Yo miré hacia donde estaba Mateo. El viejo se había bajado del andamio. Estaba de pie, a unos diez metros del Mercedes, con la paleta en la mano derecha y el cubo de masa a los pies. Tenía la camisa de franela sucia de cemento y la gorra de piensos ligeramente ladeada. Don Alejandro, al buscar con la mirada por el tajo, tropezó con la figura de Mateo.
Se produjo un silencio absoluto. El motor de la hormigonera parecía haber bajado de revoluciones por sí solo. Los dos hombres se quedaron mirándose a una distancia de diez metros: el millonario de traje gris y el albañil de la franela rota.
La cara de Don Alejandro pasó del aburrimiento a la sorpresa, y de la sorpresa a una palidez lívida que le borró todo el aire de suficiencia. Dio un paso hacia atrás, casi tropezando con la defensa del Maybach.
—¿…Mateo? —susurró el ricachón, y la voz se le quebró como si fuera de cristal—. ¿Eres tú, pedazo de desgraciado? ¿Treinta años escondido y estás aquí, manchándote las manos de barro como un esclavo?
Mateo avanzó dos pasos. No soltó la paleta. La mantenía con el brazo relajado, pero con la firmeza del que sabe usarla para algo más que para poner masa.
—Hola, Alejandro —dijo Mateo con su voz de lija, tranquila, sin un ápice de miedo—. Veo que el traje te sigue viniendo grande, igual que cuando éramos jóvenes. Sigues oliendo al miedo de tu padre.
—¡No te atrevas a nombrar a nuestro padre! —gritó Alejandro, perdiendo los papeles por completo y señalándolo con un dedo enjoyado—. Tú renunciaste a la familia, tú renunciaste a la herencia cuando decidiste marcharte con la gentuza de los sindicatos y aquella mujer de los suburbios. ¡Te borramos de los testamentos, te borramos de la historia de los De la Vega! Eres un muerto de hambre, un albañil de mierda.
Los albañiles de la primera planta nos miramos de reojo. ¿Mateo? ¿El viejo Mateo era hermano del dueño de la constructora más grande de España? ¿El filósofo del tupper de plástico era un De la Vega genuino? Al Chispas casi se le cae el destornillador por el hueco del forjado.
Mateo sonrió con esa ironía fina que tenía guardada para las grandes ocasiones.
—Yo no renuncié a nada, Alejandro. Yo me largué porque no quería que mis manos olieran a la sangre y a la mierda con la que vuestro padre levantó este imperio. Preferí mancharme de cemento, que se limpia con agua, antes que mancharme de la codicia que os ha podrido el alma a todos vosotros. Y veo que a ti te ha calado hasta los huesos.
—Cállate la boca, filósofo de andamio —escupió Alejandro, recuperando un poco la compostura pero con los ojos inyectados en sangre—. No me importa tu vida de santo de los pobres. Lo único que me importa es lo que tienen los críos de Julián. Mi hermano murió hace un mes, y su mujer tuvo la feliz idea de robar los documentos del fideicomiso de la empresa antes de que la pusiéramos en su sitio. Esos niños tienen la clave de la caja fuerte de la sede central y las escrituras de las cuentas de Suiza. ¿Dónde están? Sé que los has visto. Tu vena de salvador de los desamparados te delata.
Mateo no contestó. Clavó la mirada en su hermano con un desprecio tan puro que Alejandro tuvo que desviar la vista.
Fue en ese momento cuando la caseta de obra tembló. No por un terremoto, sino porque desde el descampado llegaron dos guardias de seguridad de la urbanización, corpulentos, con uniformes negros y porras reglamentarias, trayendo a rastras a los dos niños. El chaval mayor iba pegando patadas, intentando morder el brazo del guardia que lo sujetaba por el cuello de la camiseta descolorida. La niña pequeña lloraba a moco tendido, con la sandalia rota arrastrando por la grava, perdiendo el calzado definitivamente.
—¡Suéltame, capullo! ¡Suéltame! —gritaba el niño—. ¡Mateo! ¡Ayuda!
—¡Aquí están, Don Alejandro! —gritó uno de los guardias, empujando a los niños hacia el coche negro—. Los encontramos escondidos en una tubería de desagüe al fondo del descampado. Llevaban esto encima.
El guardia le alargó a Alejandro una mochila pequeña de tela, sucia de barro. Alejandro la arrebató con un ansia de drogadicto, abrió la cremallera y sacó un fajo de papeles con membrete oficial y una llave electrónica dorada. Una sonrisa cruel, repulsiva, le cruzó la cara.
—¡Por fin! —exclamó, guardándose los papeles en el bolsillo interior del traje de mil euros—. El imperio vuelve a estar completo. Y ahora, guardias, llevad a estas dos ratas al coche de la policía. Decidles que los encontramos robando en la propiedad privada. Que los metan en un centro de menores del Estado, bien lejos, donde nadie vuelva a oír hablar de ellos.
El niño miró a Mateo con los ojos llenos de lágrimas, suplicando. La niña pequeña estiró los bracitos hacia el viejo, gritando su nombre entre sollozos.
Miré a Mateo. La paleta de albañil que tenía en la mano empezó a vibrar. El viejo se quitó la gorra de piensos con un gesto seco, la tiró al suelo sobre el charco de masa fresca y miró a la cuadrilla. Nos miró a mí, al Chispas, al gordo Julián, al de los yesos. No tuvo que decir nada. El idioma del andamio funcionó a la perfección.
—A ver, un momento —dije yo, bajándome de la estructura con una barra de uña de hierro de un metro en la mano, dándole golpecitos en la palma de la otra—. Me parece a mí, caballero del coche bonito, que aquí las normas de seguridad no permiten que unos señores de negro vengan a llevarse a unos críos sin el permiso del encargado del tajo. Y hoy el encargado está un poco espeso, ¿sabe usted?
El gordo Julián bajó del andamio con una paleta plana que pesaba tres kilos. El Chispas apareció por detrás con unas tenazas de cortar forjado de un tamaño considerable. En menos de un minuto, los quince albañiles de la obra nos habíamos colocado en semicírculo alrededor de Mateo, bloqueando el paso al Mercedes y a los guardias de seguridad. Éramos quince tíos con las manos llenas de callos, las caras sucias de polvo y las herramientas de trabajo listas para el encofrado rápido.
La comicidad de la situación era evidente: un millonario de pasarela y dos seguratas de tres al cuarto rodeados por una banda de albañiles madriles con cara de haber dormido mal y de no tener nada que perder. El “Barbas”, el jefe de obra, se metió debajo de su mesa de planos y cerró la puerta de la caseta con pestillo. Ese ya no salía hasta el viernes.
Parte 4: La rebelión de las paletas y la justicia del cemento
Don Alejandro de la Vega miró el semicírculo de albañiles que se le venía encima y, por primera vez en su vida de alfombra roja, el sudor que le corrió por la frente no fue por el calor de Madrid. Fue el sudor frío del pánico de clase. Dio un paso atrás, buscando el refugio del Maybach, mientras los dos guardias de seguridad daban la vuelta a las porras, aunque se les notaba en las piernas que estaban deseando que les llamaran por radio para una urgencia en la otra punta de la provincia.
—¿Pero qué hacéis, atajo de analfabetos? —gritó Alejandro, con la voz subida dos tonos, perdiendo toda la compostura aristocrática—. ¿Sabéis quién soy? ¡Soy el presidente del grupo De la Vega! ¡Soy el dueño de la empresa constructora que os paga la comida! ¡Si doy una orden, mañana este chalé se demuele y vosotros estáis todos en la calle comiendo tierra!
Mateo dio un paso al frente, saliendo del grupo de albañiles. Ya no tenía la gorra puesta, y el pelo blanco le daba un aire de profeta antiguo o de general romano que ha vuelto de las guerras del norte. Llevaba la barra de nivelar en la mano izquierda y la paleta en la derecha, y caminaba con una parsimonia que ponía los pelos de punta.
—Alejandro, sigues cometiendo el mismo error que nuestro padre —dijo Mateo, y su voz resonó en toda la estructura de hormigón como si tuviera un micrófono—. Te crees que el dinero levanta las paredes. Te crees que tu firma en un papel pone los cimientos. Pero mira a tu alrededor. Los planos los puede firmar un señor con corbata en un despacho con aire acondicionado, pero el hormigón lo batimos nosotros. Los ladrillos los ponemos nosotros. Si nosotros paramos, tus acciones no valen ni para limpiarte el culo. Y hoy, hermano, la cuadrilla ha decidido que la jornada ha terminado antes de tiempo.
El niño mayor, aprovechando que el guardia que lo sujetaba estaba más pendiente de la barra de hierro de Manolo que del crío, le metió un viaje con el talón en la espinilla al segurata que lo dejó doblado. El chaval se soltó de un tirón, agarró a su hermana de la mano y los dos corrieron a esconderse detrás de las piernas de Mateo, agarrándose a su camisa de franela como si fuera un escudo de acero corten.
—¡Guardias! ¡Haced algo, coño! ¡Para eso os pago! —chilló Alejandro, parapetándose detrás del chófer, que ponía cara de “a mí no me pagan lo suficiente para recibir un paletazo de un yesero de Vallecas”.
Los guardias miraron a los quince albañiles, miraron las tenazas de cortar forjado del Chispas, miraron mi barra de uña de un metro que brillaba con el gris del hierro, y decidieron que la jubilación anticipada era una opción muy respetable. Dieron tres pasos atrás, levantando las manos con los dedos abiertos.
—Mire, Don Alejandro, esto excede nuestras competencias de control de accesos —dijo el más veterano, metiéndose la porra en el cinto—. Aquí hay una alteración del orden público y nosotros somos personal civil. Vamos a llamar a la Guardia Civil para que se haga cargo.
—¡No llaméis a nadie, idiotas! —le cortó Alejandro con un hilo de voz espantado—. Si viene la Guardia Civil y ve los papeles del fideicomiso y a los críos, la prensa se nos echa encima antes de la hora de la cena. Esto se arregla aquí.
Alejandro miró a Mateo. La rabia le devoraba los ojos, pero la necesidad era más fuerte. Tragó saliva, se recolocó la chaqueta del traje gris —que ya tenía una mancha de polvo fino en la solapa— y cambió de estrategia. Intentó poner esa sonrisa de tiburón financiero que usaba para comprar concejales de urbanismo.
—A ver, Mateo, seamos razonables —dijo, dando un paso adelante con las manos levantadas—. Eres mi hermano, al fin y al cabo. Sangre de la Vega. No podemos dejar que estos muertos de hambre vean que nos peleamos por los despojos de Julián. Hagamos un trato. Quédate con los niños si tanta pena te dan. Te compro un piso en el centro, uno bueno, a tu nombre. Te pongo una pensión vitalicia para que no tengas que volver a tocar una paleta en tu puta vida. Te jubilas hoy mismo. Solo dame la mochila de los críos y la medalla que tiene la niña. Es todo lo que quiero. Nadie tiene por qué saber que el hermano mayor del presidente está aquí haciendo masa.
Mateo miró a los dos niños que lo miraban desde abajo con los ojos abiertos, temblando. Luego miró a Alejandro, y en su cara apareció una lástima infinita, de esa que se le tiene a los locos de remate o a las cosas que se han podrido del todo.
—¿Te crees que todos tenemos tu precio, Alejandro? —dijo Mateo con suavidad—. Llevas treinta años acumulando millones y sigues siendo el tipo más pobre que conozco. No tienes a nadie que te quiera gratis, ni un solo amigo que no tenga una factura que pasarte. Yo tengo esta cuadrilla que se la juega por mí sin pedirme un euro; tengo estos dos niños que me dan las gracias por media tortilla; y tengo la conciencia más limpia que los cristales de tu Maybach. No quiero tu piso, no quiero tu dinero sucio, y de esta obra no te llevas nada que no sea el polvo en los zapatos.
—¡Los papeles son míos! —rugió Alejandro, perdiendo la cabeza y estirando el brazo para señalar la mochila—. ¡El fideicomiso me pertenece por ley!
—La ley dirá lo que tenga que decir en los juzgados, con los abogados de la madre de estos críos delante —sentenció Mateo—. Pero hoy, la ley del andamio dice que te tienes que largar de aquí antes de que al Julián se le escape la paleta del tres y te deje el Mercedes con un diseño de cara vista que no te va a cubrir el seguro.
El gordo Julián dio un paso adelante, haciendo crujir los bloques de hormigón bajo sus botas de seguridad. El Chispas le dio un golpe a la hormigonera, que arrancó con un estruendo ensordecedor, como un trueno que cerraba la discusión.
Alejandro de la Vega comprendió que la batalla estaba perdida. Miró a Mateo con un odio que habría derretido el hierro, pero se dio la vuelta con la rapidez de una comadreja. Se metió en la parte trasera del Maybach de un salto, pegando un portazo que sonó a derrota.
—¡Arranca, imbécil! ¡Arranca ya! —le gritó al chófer.
El Mercedes dio un volantazo sobre la grava, levantando una nube de polvo gris que nos obligó a todos a taparnos la cara con las manos. El coche aceleró por la carretera de La Moraleja, perdiéndose entre los chalés de lujo como un fantasma negro que regresa al averno del dinero.
Cuando el polvo se asentó, el silencio volvió al tajo. Los guardias de seguridad ya se habían marchado por el descampado, disimulando, como si nunca hubieran estado allí. Nos quedamos los quince albañiles de la cuadrilla, rodeando a Mateo y a los dos críos en mitad de la estructura de hormigón.
Mateo se agachó. Con el cuidado de un abuelo que recoge a sus nietos del colegio, levantó a la niña pequeña en brazos. La cría ya no lloraba; le rodeó el cuello con sus bracitos sucios y apoyó la cabeza en la camisa de franela desgastada, cerrando los ojos con una paz absoluta. El niño mayor se plantó al lado de Mateo, mirándonos a todos con una madurez que no le tocaba por edad, pero con una sonrisa de orgullo que le llenaba la cara de pillo.
El viejo nos miró a todos, uno a uno, con esos ojos grises llenos de una luz nueva.
—Bueno, muchachos —dijo, y se le notaba un temblor de emoción en la voz de lija—. Parece que hoy la faena se ha complicado un poco. Os debo una ronda de tercios de cerveza a todos en el bar de la esquina, y un menú del día con su primero, su segundo y su café para toda la cuadrilla. Pago yo, de los ahorros del jornal.
—¡Faltaría más, Mateo! —gritó El Chispas, tirando las tenazas al suelo con alegría—. ¡Pero que sean dobles, coño, que el susto del ricachón nos ha dejado secos!
—¡Y que pongan ración de bravas, Mateo! —añadió el gordo Julián, riéndose con esa risa suya que le hacía bailar la barriga por encima del cinturón de herramientas—. Que para un día que nos saltamos la disciplina de empresa, hay que celebrarlo como Dios manda.
Yo me acerqué a Mateo y le puse la mano en el hombro.
—¿Y ahora qué vas a hacer, viejo? —le pregunté bajo, mirando a los dos críos—. Ese hermano tuyo no va a parar. Tiene muchos abogados y mala sombra.
Mateo miró a la niña que dormía en su hombro y luego al chaval que le sujetaba la paleta con fuerza.
—Yo tampoco voy a parar, Manolo —dijo con una firmeza que no admitía réplica—. Mañana mismo buscamos un buen abogado de los de antes, de los que defienden a los trabajadores, y ponemos estos papeles donde deben estar para que a estos niños no les falte de nada. Pero de momento, estos críos se vienen a mi casa. Mi sopa de fideos tiene bastante caldo para tres, y en mi mesa nunca ha faltado un trozo de pan para el que lo necesita. El dinero de los De la Vega se puede quedar en los bancos; nosotros tenemos el ladrillo, el andamio y la gente de bien, que es lo que realmente levanta un hogar.
Nos fuimos todos hacia la caseta a cambiarnos de ropa, dejando las herramientas recogidas y la hormigonera apagada. Al salir por la valla de la obra, vi que la gorra de piensos de Mateo se había quedado allí tirada en el suelo, medio cubierta por una capa de mezcla fresca que ya estaba empezando a fraguar bajo el cielo gris de Madrid. No hacía falta recogerla. Mateo ya no necesitaba esconderse detrás de ninguna visera vieja. Tenía una familia nueva que alimentar, una batalla legal que ganar y quince albañiles con paletas de hierro dispuestos a levantarle el muro más alto del mundo frente a cualquier millonario que se atreviera a cruzar el andamio de la dignidad.