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El Heredero Desconocido de La Rioja y la Deuda de Sangre que un Perro Maltratado vino a Cobrar

El Heredero Desconocido de La Rioja y la Deuda de Sangre que un Perro Maltratado vino a Cobrar

PARTE 1

En La Rioja, cuando el viento baja por los viñedos al final de septiembre, parece que hasta las cepas se ponen a cotillear. Crujen despacito, se inclinan unas hacia otras, y si uno tiene suficiente imaginación, o suficiente vino de la casa encima, puede jurar que las oye decir: “Mira, mira, ahí va Evaristo, el de la finca grande, el que no invita ni al agua del grifo”.

Evaristo Valcárcel no era precisamente el hombre más querido de la comarca. Tenía una casa enorme, una bodega con más barricas que amigos, y una forma de mirar a la gente como si todos le debieran dinero desde antes de nacer. Vestía siempre chaleco acolchado, camisa blanca y botas limpias, limpísimas, algo que en un propietario de viñedo resultaba sospechoso. Porque quien pisa tierra de verdad acaba con barro hasta en el pensamiento.

Su finca, Las Tres Lunas, ocupaba una ladera entera cerca de un pueblo pequeño donde el bar, la iglesia y el taller mecánico parecían los tres poderes del Estado. Allí se hablaba de todo: del tiempo, de la uva, del precio del gasoil, del primo de alguien que se había ido a Logroño y volvía hablando como si hubiese conquistado Manhattan.

Pero, por encima de todo, se hablaba de Sombra.

Sombra era un galgo negro, alto, fino, con ojos de persona cansada. Había aparecido en la finca una mañana de niebla, flaco como un rumor mal alimentado. Nadie sabía de dónde venía. Algunos decían que de una camada abandonada. Otros aseguraban que lo habían visto siguiendo un camión de vendimia desde Haro. Pascual, el del bar, decía que Sombra era “más listo que medio ayuntamiento junto”, pero Pascual decía muchas cosas cuando llevaba tres vermuts.

Evaristo lo recogió, aunque “recoger” era una palabra demasiado generosa para lo que hizo.

—Un perro de estos corre —dijo la primera vez que lo vio—. Y si corre, sirve.

—Sirve para que lo cuides, digo yo —murmuró Remedios, la cocinera de la finca.

Evaristo la miró como si hubiera propuesto regar las viñas con cava catalán.

—Remedios, no empieces con tus novelas de sobremesa. Aquí todo el mundo trabaja.

—Hasta usted, algún día, si Dios se despista.

El perro pronto aprendió el ritmo de Las Tres Lunas. Al alba, acompañaba a los jornaleros entre las filas de viñas. Corría de un lado a otro, vigilaba que no entraran zorros, espantaba pájaros, localizaba cestos olvidados, llevaba pequeños sacos atados a un arnés, y de noche dormía junto al cobertizo de herramientas. No le faltaba comida todos los días, pero tampoco le sobraba cariño, que es el alimento que algunos creen opcional hasta que lo necesitan.

Los jornaleros lo querían. Le guardaban trozos de pan, le hablaban como se habla a los perros buenos y a los taxistas pacientes.

—Sombra, ven aquí, campeón —decía Toñín, un vendimiador de barriga alegre y bigote de señor de anuncio antiguo—. Toma un poquito de chorizo. Pero no se lo digas a mi mujer, que me ha puesto a dieta. Bueno, tampoco se lo digas al médico, que ese tiene menos humor que una factura de luz.

Sombra movía la cola con discreción, como si hasta en la alegría quisiera pedir permiso.

Remedios, en cambio, le hablaba directamente al alma.

—Tú no eres perro de finca, hijo. Tú eres marqués venido a menos. Se te nota en la mirada.

El animal la miraba fijamente, con esos ojos oscuros que parecían guardar preguntas demasiado antiguas.

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