Posted in

El guía que confundió a un multimillonario con un ladrón de arte dentro del Museo del Prado

El guía que confundió a un multimillonario con un ladrón de arte dentro del Museo del Prado

Parte 1

A Fermín Villalba le gustaba decir que conocía el Museo del Prado como otros conocen el pasillo de su casa. Lo decía con orgullo, con ese tono de guía veterano que ha repetido tantas veces una explicación que podría recitarla dormido, con fiebre y mientras alguien le pisa el pie en el metro.

Llevaba doce años guiando grupos entre salas solemnes, cuadros inmensos, turistas despistados y señoras que preguntaban dónde estaba el baño justo en el momento exacto en que él iba a explicar la diferencia entre un retrato de corte y un “esto lo tengo yo en el salón, pero más pequeño”. Había sobrevivido a excursiones escolares, jubilados con bocadillos escondidos, influencers que querían grabarse diciendo “aesthetic” delante de Goya, y un señor de Cuenca que una vez insistió en que Velázquez “pintaba muy bien, pero un poco oscuro”.

Aquel martes, sin embargo, empezó raro desde primera hora.

No raro de “se ha estropeado la máquina del café”, que ya era una tragedia suficiente para cualquier trabajador de museo. Raro de “hoy algo va a pasar y seguramente me va a tocar a mí explicarlo en recepción con cara de persona responsable”.

El turno de Fermín comenzaba a las nueve y media, pero él llegó a las ocho y cincuenta y cinco porque era de los que necesitaban entrar antes para colocarse mentalmente. Se tomaba su café en la cafetería del personal, revisaba el pinganillo, comprobaba que llevaba pilas de sobra y repasaba los nombres del grupo. Tenía una letra diminuta, elegante y nerviosa, igual que él. En la libreta ponía:

“Grupo privado. Visitantes internacionales. Recorrido: grandes maestros. Duración: 90 minutos. Importante: discreción.”

La palabra “discreción” estaba subrayada dos veces por alguien de administración. Eso nunca era buena señal. Cuando en un museo subrayan “discreción”, suele significar que viene alguien con dinero, alguien con contactos o alguien con tanto dinero y tantos contactos que si se aburre mirando un cuadro puede comprar media ciudad para entretenerse.

 

Fermín se ajustó la corbata azul marino delante del cristal de una puerta cerrada y se dijo:

—Tranquilo. Tú has explicado Las Meninas a un grupo de adolescentes en plena excursión de fin de curso. Puedes con cualquier cosa.

—¿Otra vez hablándote a ti mismo? —preguntó Carmen, vigilante de sala, pasando con su carpeta bajo el brazo.

—No me hablo a mí mismo. Me doy instrucciones profesionales.

—Claro. Como mi cuñado cuando intenta aparcar.

Carmen era una mujer de unos cincuenta años, de mirada afilada y paciencia más larga que la cola de la administración pública. Conocía todos los rincones del museo y tenía una habilidad casi sobrenatural para detectar a alguien a punto de tocar un cuadro desde treinta metros de distancia. Fermín confiaba en ella más que en las cámaras.

—Hoy tengo grupo privado —dijo él.

—Ya lo sé. Lo sabe todo el museo. Llevan dos días diciendo que viene alguien importante.

—¿Quién?

Carmen levantó una ceja.

Read More