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El Guardián del Prado que Regresó de las Sombras para Salvar a su Verdugo Arrepentido

El Guardián del Prado que Regresó de las Sombras para Salvar a su Verdugo Arrepentido

PARTE 1

La noche en Madrid tenía esa mala costumbre de ponerse solemne justo cuando a uno le apetecía algo sencillo, como llegar a casa sin que los calcetines acabaran pareciendo dos esponjas tristes. Llovía sobre el Paseo del Prado con una paciencia de funcionario veterano: sin prisa, sin pausa, y con la seguridad de que nadie iba a poder reclamarle nada.

Bajo los escalones del museo, encogido junto a una columna, había un perro.

No era un perro espectacular de esos que parecen recién peinados por un estilista de Chamberí. Era más bien un perro normal, de pelo oscuro con manchas grises, orejas caídas y mirada de haber entendido demasiado pronto cómo funcionaba el mundo. Llevaba un collar viejo, de cuero gastado, con una pequeña llave oxidada colgando de una anilla.

Se llamaba Sombra, aunque nadie lo llamaba ya por su nombre.

El último que lo había llamado así fue don Anselmo Valcárcel, restaurador de arte, hombre de bigote impecable, bastón de nogal y una capacidad extraordinaria para arruinar lo que amaba por no saber pedir perdón a tiempo.

Aquella misma tarde, don Anselmo había bajado de un coche negro frente al Prado, con Sombra sentado a su lado. El perro movía el rabo como quien confía en que el paseo vaya a terminar en premio, o como mínimo en un trocito de jamón que “se ha caído sin querer”. Pero don Anselmo no llevaba premios. Llevaba culpa. Y la culpa, cuando se mete en el bolsillo de un hombre orgulloso, pesa más que una compra semanal sin carrito.

 

—Baja, Sombra —había dicho, sin mirarlo.

El perro bajó. Obediente. Siempre obediente.

—Quédate aquí.

Sombra ladeó la cabeza.

—No me mires así, por Dios —murmuró don Anselmo—. Bastante tengo.

El chófer, un tal Raimundo que había visto más dramas familiares que una peluquería de barrio un sábado por la mañana, miró por el retrovisor.

—Don Anselmo, con la que está cayendo…

—Arranque.

—Pero el perro…

—He dicho que arranque.

El coche se marchó. Sombra corrió unos metros detrás, resbalando en los adoquines mojados, hasta que entendió que no lo habían olvidado por accidente. No era un despiste. No era un “espera aquí, que vuelvo en cinco minutos”. Era una puerta cerrada sin puerta.

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