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El estruendo del taconeo en Sevilla oculta los gritos de injusticia entre el hermano aplaudido y el alma castigada

El estruendo del taconeo en Sevilla oculta los gritos de injusticia entre el hermano aplaudido y el alma castigada

Parte 1

En la calle Pureza, cuando el sol empezaba a bajar y Sevilla se ponía de ese color entre naranja, oro viejo y “mira qué bonito está esto, aunque me esté dando un calor que me derrito”, la casa de los Montoya sonaba como si tuviera dentro una tormenta con zapatos de tacón.

Tac tac tac.

Tacatac tacatac tac.

No era una tormenta cualquiera. Era flamenca, familiar y con bastante mala leche acumulada.

La Casa Montoya no era solo una vivienda. Era una academia, un tablao, una oficina, un camerino, un confesionario sin cura y, a veces, un campo de batalla donde las armas eran los abanicos, las cejas levantadas y las frases dichas con una sonrisa que cortaba más que un cuchillo de cocina.

Allí mandaba don Rafael Montoya, bailaor retirado, bigote serio, espalda recta y mirada de hombre que podía corregirte el compás con solo respirar fuerte. Había sido famoso en media Andalucía y exageradamente famoso en su propia cabeza, que ya es un escenario bastante amplio. En las paredes del salón colgaban fotos suyas de joven, con el pelo negro como una aceituna, la camisa abierta hasta donde la vergüenza permitía y los brazos levantados como si acabara de descubrir América, Triana y la receta de las croquetas de su madre al mismo tiempo.

Su mujer, Paquita, era cantaora de voz rota y paciencia remendada. Una mujer menuda, con los ojos vivos, que sabía cuándo callarse, cuándo aplaudir y cuándo darle un pellizco a alguien debajo de la mesa para que dejara de decir tonterías. Decía que en aquella casa había más drama que en una telenovela turca, pero con más lunares.

Y luego estaban los dos hijos.

Mateo Montoya, el mayor por siete minutos, que en la familia eran tratados como siete siglos. Alto, guapo, pelo brillante, sonrisa de cartel de festival y pies tan rápidos que parecía que tenía un motorcito escondido en cada tobillo. Cuando Mateo bailaba, las tías suspiraban, las vecinas asomaban la cabeza, los turistas sacaban el móvil y don Rafael asentía como si Dios le hubiera entregado personalmente el certificado de “hijo correcto”.

Y después estaba Diego.

Diego Montoya, el menor por esos siete minutos que su padre nunca olvidaba. De estatura media, mirada intensa, pelo siempre un poco rebelde y una forma de moverse que no buscaba gustar. Buscaba decir algo. Diego no bailaba para que lo aplaudieran. Bailaba como si discutiera con el suelo, como si cada golpe del tacón fuera una frase que nadie le había dejado terminar.

Pero en la Casa Montoya, las frases de Diego siempre se quedaban a medias.

—Mateo, hijo, repite ese cierre —decía don Rafael desde su silla, con el bastón apoyado al lado como si fuera un juez de palo—. Ahí, ahí. Eso es clase. Eso es sangre Montoya.

Diego, que llevaba media hora sudando en un rincón del patio, con la camiseta pegada a la espalda y la mandíbula apretada, levantó una ceja.

—Claro. Y lo mío será gazpacho de sobre, ¿no?

Paquita, que estaba arreglando una peineta sobre la mesa, soltó una risita por la nariz.

—Diego, miarma, no empieces.

—No empiezo, mamá. Continúo. Es distinto.

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