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El escándalo de la novia de barro: Se casó con el soltero más rico de Barcelona y ahora debe mantener a cuarenta primos exigentes en secreto

El escándalo de la novia de barro: Se casó con el soltero más rico de Barcelona y ahora debe mantener a cuarenta primos exigentes en secreto

Parte 1: El ático de cristal y el barro en los zapatos

El sol de la mañana barcelonesa entraba a raudales por los inmensos ventanales del ático dúplex situado en pleno Passeig de Gràcia. La luz se filtraba a través de las cortinas de lino italiano, acariciando los muebles de diseño nórdico y rebotando en la encimera de mármol de Carrara de la cocina. Todo en aquel lugar gritaba dinero, pero no un dinero ruidoso y vulgar, sino ese dinero silencioso, antiguo y elegante que solo las grandes familias catalanas sabían poseer con naturalidad.

En el centro de esa perfección de revista de decoración estaba Carmen. O, como la conocía toda la alta burguesía de la Ciudad Condal, «Carmela, la enigmática artista conceptual del sur».

Carmen estaba sentada en la isla de la cocina, envuelta en una bata de seda cruda que costaba más que el sueldo anual del alcalde de su pueblo. Sostenía una taza de café jamaicano Blue Mountain, cultivado por monjes ciegos o alguna extravagancia similar que su marido, Borja Puigcorbé, le había explicado con entusiasmo esa misma mañana. Borja, el heredero de un imperio textil que abarcaba media Europa y de varias promociones inmobiliarias de lujo, estaba en el baño contiguo canturreando una ópera de Puccini mientras se afeitaba con una navaja de acero de Damasco.

A simple vista, Carmen había tocado el cielo. Había dado el braguetazo del siglo. Se había casado con el soltero de oro de Barcelona, un hombre apuesto, educado en Suiza, sensible, asquerosamente rico y, lo más importante, perdidamente enamorado de ella.

Pero la paz de Carmen era una ilusión óptica, un frágil castillo de naipes que estaba a punto de desmoronarse.

El teléfono móvil de Carmen, un iPhone de última generación con funda de piel vegana, vibró sobre el mármol de Carrara. No fue una vibración corta. Fue una vibración larga, insistente, pesada, como el sonido de un tractor arrancando en una mañana de helada. Carmen sintió que el estómago se le encogía hasta alcanzar el tamaño de una nuez. Conocía esa vibración. Había asignado un patrón específico a un grupo de WhatsApp que le quitaba el sueño, el apetito y las ganas de vivir.

Miró la pantalla de reojo.

Grupo: LOS PRIMOS (40 participantes)

Paco (Primo tractor): ¡Carmencita! ¡Dile a tu marqués que vaya soltando la mosca!

Carmen cerró los ojos, respiró hondo y desbloqueó la pantalla.

Paco (Primo tractor): Que se me ha jodido la junta de la culata del John Deere, prima. Y ya sabes que sin tractor no hay cosecha, y sin cosecha el tío Anselmo se nos muere de un disgusto, y si el tío Anselmo se nos muere de un disgusto, a ver quién le explica a tu marido de dónde salimos todos.

Carmen tecleó a la velocidad de la luz, con los dedos temblorosos.

Carmen: Paco, por el amor de Dios, te ingresé tres mil euros la semana pasada para las ruedas. ¿Qué haces con el dinero? ¿Comértelo?

Prima Loli (La de las comuniones): Carmela, cariño, no te pongas así con tu primo que está el pobre apurado. Oye, aprovechando que estás en línea. El Kevin hace la comunión el mes que viene. He mirado un salón de banquetes en el pueblo de al lado. Nos sale por ocho mil, pero claro, incluye fuente de chocolate y castillo hinchable. Como sé que eres la madrina (de corazón), te paso el IBAN.

Carmen: Loli, el Kevin tiene catorce años. ¡Ya hizo la comunión tres veces!

Prima Loli: ¡Esta es la confirmación, mujer! Es que me lío con los sacramentos. Pero tú suelta la pasta, que para eso te has casado con el dueño del Monopoly.

El corazón de Carmen latía desbocado. Cuarenta. Cuarenta primos hermanos, segundos y terceros, todos procedentes de un recóndito pueblo de la España vaciada donde el barro llegaba hasta las rodillas nueve meses al año y el cotilleo era el principal motor económico. Borja no sabía nada de ellos. Borja creía que Carmen era una huérfana solitaria, criada por una tía abuela bohemia que ya había fallecido, una mujer que se había forjado a sí misma en la soledad de los paisajes del sur. Esa fue la narrativa que ella había construido para resultar misteriosa y atractiva. La “novia de barro”, la llamó la prensa rosa catalana en un artículo poético sobre sus orígenes humildes, sin saber que el barro del que hablaban era literal y venía acompañado de una manada de parientes con una moralidad financiera cuestionable.

—¡Carmela, mi amor! —la voz de Borja resonó desde el pasillo, alegre y vibrante—. ¿Qué te parece si este fin de semana cogemos el velero y nos perdemos por Menorca? Solo tú y yo, lejos del mundanal ruido.

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