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El día de nuestro aniversario en Andalucía, mi marido PRESENTÓ A SU AMOR OCULTO y toda la familia APLAUDIÓ LA TRAICIÓN en mi cara

El día de nuestro aniversario en Andalucía, mi marido PRESENTÓ A SU AMOR OCULTO y toda la familia APLAUDIÓ LA TRAICIÓN en mi cara

Parte 1: El peso de los volantes y el calor de Sevilla

Noventa y siete. Ese era el número exacto de horquillas que me había clavado en el cuero cabelludo para que el maldito moño bajo no se moviera ni un milímetro. Noventa y siete pedazos de metal negro que me taladraban el cráneo bajo el sol de justicia que caía sobre Sevilla aquel martes de Feria. Pero daba igual. Hoy era nuestro décimo aniversario de bodas, y yo estaba dispuesta a que todo fuera perfecto, aunque el traje de flamenca me estuviera cortando la respiración y la circulación de las extremidades inferiores.

Me miré en el espejo del recibidor de nuestro piso en Los Remedios. El vestido era una obra de arte, las cosas como son. Un diseño a medida, rojo sangre con lunares blancos del tamaño de una moneda de dos euros, ceñido hasta las rodillas y con una explosión de volantes que pesaban lo mismo que un saco de escombros. Me había costado tres meses de ahorros a escondidas y varias excusas baratas a Antonio para justificar mis ausencias durante las pruebas. Quería que se le cayera la mandíbula al suelo. Quería que me viera entrar en la caseta y recordara por qué se casó conmigo hace una década, antes de que la rutina, el sofá, y los domingos de paella en casa de su madre nos convirtieran en dos compañeros de piso que compartían gastos y cuenta de Netflix.

—Madre mía, Macarena, estás que rompes —me dije a mí misma en voz alta, intentando ignorar la gota de sudor que me bajaba por la nuca y amenazaba con arruinarme el maquillaje.

Agarré el mantoncillo blanco, me lo cuadré sobre los hombros con un par de imperdibles y salí a la calle. El trayecto hasta el Real de la Feria fue un calvario pintoresco. El albero, esa tierra amarillenta tan típica de nuestra tierra, se me pegaba a los tacones mientras esquivaba a grupos de adolescentes con litros de rebujito y a coches de caballos que levantaban nubes de polvo. Pero yo iba con la cabeza alta. Hoy era mi día. Mi aniversario. Nuestro décimo aniversario. Diez años aguantando a Antonio, que tiene el récord Guinness de dejar los calcetines hechos una bola al lado del cesto de la ropa sucia, pero no dentro. Diez años soportando a mi suegra, Doña Encarnación, una señora que tiene la increíble habilidad de soltarte un insulto con una sonrisa tan dulce que tardas tres días en darte cuenta de que te ha llamado gorda.

El plan era sencillo. Antonio había ido a la caseta temprano con su familia “para coger sitio”, según me dijo por la mañana mientras se afeitaba a la carrera. Yo le había dicho que me pasaría más tarde, que tenía que terminar un informe del trabajo. Mentira, por supuesto. Estaba en la peluquería de la Loli desde las diez de la mañana sometiéndome a un proceso de chapa y pintura digno de un Fórmula 1.

La caseta familiar se llamaba “El Rincón del Cuñao”, un nombre que le venía que ni pintado a la familia de mi marido. Estaba situada en la calle Pascual Márquez, casi al final, donde el ruido de los cacharritos y la música de las sevillanas se mezclan en una cacofonía que te deja sordo si no llevas un par de jarras de rebujito encima.

Llegué a la puerta, respiré hondo, me coloqué la flor roja en lo alto de la cabeza y aparté la cortina de rayas verdes y blancas.

Parte 2: El territorio comanche y el rebujito amargo

El interior de la caseta era un horno microondas con aroma a fritanga y a Fino. Las sillas de enea estaban distribuidas en pequeños círculos, y en el centro, al fondo, estaba el clan al completo. La familia García-López en su hábitat natural. Mi suegra, Encarna, estaba sentada en la cabecera, abanicándose con tanta furia que parecía a punto de despegar. A su lado, mi suegro, Paco, con el sombrero cordobés encajado hasta las cejas y un puro a medio fumar. Y luego estaban mis cuñados: el Javi, que se cree el lobo de Wall Street pero vende seguros de decesos; y la Mari, mi cuñada, que lleva diez años mirándome por encima del hombro porque yo “no soy de buena familia” (traducción: mi padre era fontanero y el suyo tiene una ferretería).

Caminé hacia ellos con la mejor de mis sonrisas, esperando el impacto. Esperando que Antonio se levantara, me viera con mi vestido de mil quinientos euros y me dijera que era la mujer de su vida.

Pero Antonio no estaba.

—¡Hombre, la Macarena! —soltó el Javi, dándole un sorbo a su vaso de tubo—. Ya era hora, chiquilla. Te habrás quedado a gusto durmiendo.

—Buenas tardes a todos —dije, ignorando el dardo de mi cuñado—. ¿Y Antonio?

Mi suegra detuvo el abanico en seco. Me escaneó de arriba abajo. Pude ver cómo sus ojos se clavaban en el escote, en los lunares, en los volantes. Suspiró, ese suspiro trágico que suele preceder a una de sus sentencias.

—Hija mía… —empezó Encarna, con esa voz de falsa pena—. Con ese rojo pareces un camión de bomberos. ¿No había un color más discretito para tu edad? Que ya no tienes veinte años para ir marcando tanta cadera, mujer.

Tragué saliva. Diez años de matrimonio te enseñan a tragar muchas cosas.

—Gracias por el piropo, Encarna. Es un vestido a medida. ¿Antonio dónde está? —repetí, intentando mantener la compostura mientras la tela del vestido se me pegaba a la piel por los nervios.

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