El CHICO QUE ME ARRUINÓ LA VIDA en el instituto de Madrid AHORA ES MI JEFE y mi oscuro secreto sigue INTACTO
Parte 1: El madrugón, la Línea 10 y el apocalipsis en diferido
Si alguien me hubiera dicho a las seis y media de la mañana, mientras me peleaba con el despertador y la persiana atascada de mi piso en Vallecas, que ese día iba a mirar a los ojos al mismísimo diablo vestido con un traje de Massimo Dutti, probablemente me habría dado la vuelta y habría seguido durmiendo hasta el año que viene. Pero claro, el universo tiene un sentido del humor nefasto, retorcido y, sobre todo, muy, muy madrileño.
Era mi primer día en “Sinergia y Foco”, una de esas agencias de publicidad de marketing digital que se habían instalado en un edificio acristalado y pretencioso del Paseo de la Castellana. Llevaba tres años encadenando contratos precarios, aguantando a jefes que creían que “pagar en visibilidad” era una moneda de cambio legal, y sobreviviendo a base de tápers de lentejas de mi madre y café de máquina que sabía a neumático quemado. Este trabajo era mi billete dorado. Un sueldo que me permitía, por fin, dejar de compartir piso con una estudiante de Bellas Artes que acumulaba tazas sucias bajo la cama, un puesto de Senior Copywriter, y un seguro médico privado. El puto sueño español.
Recuerdo perfectamente el trayecto en metro. Línea 1, transbordo en Tribunal, Línea 10 hasta Nuevos Ministerios. Era pleno septiembre, ese momento del año en Madrid en el que por la mañana hace un frío que te hiela los huesos y a mediodía el asfalto derrite las suelas de los zapatos. Yo iba embutida en una americana que me había costado la mitad de mis ahorros en las rebajas de El Corte Inglés, sudando ligeramente, apretujada contra la puerta de cristal del vagón mientras un señor a mi lado leía el Marca con una intensidad que daba miedo. Repasaba mentalmente mi discurso de presentación. “Hola, soy Clara, vengo con muchas ganas de aportar valor estratégico”. No, muy pedante. “Hola, soy Clara, lista para romperla”. No, muy flipada. Al final decidí que sonreír y no tropezarme con mis propios pies sería un logro suficiente.
Llegué al edificio con quince minutos de antelación. El vestíbulo olía a ambientador caro, a madera pulida y a éxito. Subí en un ascensor que iba tan rápido que me dejó el estómago en la planta baja. Planta catorce. Las puertas se abrieron y me encontré frente a un paraíso millennial: paredes de ladrillo visto, luces de neón con frases motivacionales en inglés del tipo “Think outside the box”, mesas de ping-pong que nadie usaba pero que quedaban genial en las fotos de la web, y gente joven tecleando en MacBooks con auriculares de cancelación de ruido.
Me recibió Silvia, la responsable de Recursos Humanos. Era una chica de mi edad, vestida con zapatillas de plataforma y un vestido de flores, que hablaba a una velocidad de vértigo y usaba la palabra “superguay” cada tres frases.
—¡Clara! ¡Qué guay que ya estés aquí! —exclamó, dándome dos besos con tanta energía que casi me disloca el cuello—. Tienes una pinta estupenda, superprofesional. Ven, te voy a enseñar tu sitio, te presento a un par de compis y luego vamos directas a la sala de juntas. Hoy es la reunión mensual de estado de cuentas y el nuevo Director Creativo Ejecutivo, que acaba de llegar de la sede de Londres, va a hacer su presentación oficial. Es un crack, ya verás. Vas a flipar con él.
Si hubiera sabido lo literal que iba a ser esa última frase, habría salido corriendo por las escaleras de emergencia.
Dejé mis cosas en mi nueva mesa, que tenía vistas a la ciudad —un lujo que me hizo casi llorar de emoción— y seguí a Silvia hacia la sala de juntas, una pecera de cristal inmensa en el centro de la oficina. Ya había unas veinte personas sentadas alrededor de una mesa de roble macizo. Me senté discretamente en una esquina, cerca de la puerta, por si acaso. El ambiente era distendido, la gente bromeaba, bebía café en tazas de diseño y comentaba el fin de semana. Yo me limitaba a sonreír y asentir, intentando absorber cada detalle, cada nombre, cada dinámica de poder.
De repente, la puerta se abrió de par en par. El murmullo de la sala se apagó como si alguien hubiera desenchufado la radio.
—Chicos, perdonad el retraso. El tráfico en la M-30 es una locura, ya sabéis —dijo una voz masculina. Una voz profunda, segura, con esa cadencia arrastrada tan pija, tan característica, que hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal antes de siquiera levantar la vista.
Conocía esa voz. Mi cerebro reptiliano conocía esa voz. Era la voz que había protagonizado mis pesadillas durante al menos cinco años. La voz que me gritaba “¡Aparta, croqueta!” en los pasillos del Instituto San Isidro.
Levanté la mirada, casi a cámara lenta, rezando a todos los dioses en los que no creía para que mi oído me hubiera traicionado. Pero no. La vida no es así de generosa.
Allí estaba. Hugo Montenegro.
El tiempo se congeló. Literalmente sentí cómo la sangre abandonaba mi cabeza y bajaba hacia mis pies, dejándome mareada, con un zumbido sordo en los oídos. Hugo Montenegro. El terror de 3º de la ESO. El sociópata engominado de 1º de Bachillerato. El chico que hizo de mi adolescencia un infierno tan absoluto y minucioso que mis padres tuvieron que llevarme a terapia y sacarme del instituto en el último trimestre para que pudiera terminar el curso a distancia.
Estaba más alto, claro. Tenía la mandíbula más marcada, el pelo peinado hacia atrás con un estilo desenfadado pero que gritaba “peluquería de ochenta euros”, y un traje gris marengo que le sentaba como un guante. Había perdido la agresividad adolescente en el rostro, sustituyéndola por la sonrisa deslumbrante y carismática de un tiburón corporativo.
—Para los que no me conocen, soy Hugo Montenegro, vuestro nuevo Director Creativo Ejecutivo —dijo, apoyando las manos en la cabecera de la mesa y mirando a todos con una seguridad aplastante—. Vengo de liderar el equipo de cuentas internacionales en Londres, pero tenía unas ganas locas de volver a casa. De volver a Madrid, a los bocatas de calamares y a este solazo.
Alguien en la sala soltó una risita complaciente. Yo estaba hiperventilando.
Mi pecho subía y bajaba a una velocidad alarmante. Agarré el bolígrafo que había sobre la mesa con tanta fuerza que los nudillos se me pusieron blancos. Quería meterme debajo de la silla. Quería que un meteorito impactara contra el Paseo de la Castellana en ese preciso instante. ¿Cómo era posible? ¿Cómo había llegado este infraser, este maltratador psicológico de manual, a ser mi jefe? El mundo laboral era una broma macabra.
—Quiero que sepáis que mi política es de puertas abiertas —continuaba Hugo, paseándose por la sala con las manos en los bolsillos, derrochando encanto—. No creo en las jerarquías piramidales de la vieja escuela. Aquí somos un equipo. Una familia. Si tenéis una idea, venís y me la contáis. Si tenéis un problema, lo solucionamos juntos. Quiero sinergia, quiero creatividad sin barreras y, sobre todo, quiero que vengáis a currar con una sonrisa.
“Una sonrisa”, pensé, sintiendo el ácido gástrico subirme por la garganta. Este era el mismo tipo que me encerró en el cuarto de la limpieza durante la fiesta de graduación y apagó la luz, sabiendo perfectamente que yo le tenía fobia a la oscuridad. El mismo tipo que hackeó la cuenta de correo del instituto para enviar a todos los alumnos un poema ridículo que yo había escrito en mi diario íntimo, destrozando mi reputación social para siempre. Y ahora me pedía “sinergia”.
—Veo caras nuevas por aquí —dijo de pronto, deteniendo su paseo y barriendo la mesa con la mirada.
El corazón me dio un vuelco. Se estaba acercando. Pasó por delante de un chico de diseño, luego por delante de la chica de cuentas, y finalmente, sus ojos se posaron en mí.
Me encogí instintivamente, preparándome para el golpe. Para la burla. Para el reconocimiento cruel. “¡Hombre, la pringada de la clase! ¡La croqueta!”. Me preparé para ser aniquilada públicamente en mi primer día de trabajo.
Hugo me miró de arriba abajo. Entrecerró los ojos un milímetro. La sala estaba en silencio, esperando que continuara.
Y entonces, el hijo de puta sonrió. Una sonrisa amplia, cálida, completamente vacía de reconocimiento.
—Tú eres la nueva incorporación de copy, ¿verdad? —preguntó, con un tono amable y profesional que casi me hace escupir el alma.
Tragué saliva, incapaz de articular palabra. Asentí como un muñeco de salpicadero.
—Clara, ¿me equivoco? —Silvia, desde el otro lado de la mesa, asintió vigorosamente para confirmar—. Clara, bienvenida al equipo. He leído tu portfolio. Tienes un tono muy fresco, muy irónico. Me gusta mucho. Creo que vas a encajar de maravilla en la cuenta de la nueva cerveza que estamos lanzando. Necesitamos exactamente esa mala leche tuya.
Se quedó mirándome un segundo más, esperando una respuesta. Yo abrí la boca, pero solo salió un sonido ahogado, algo así como el chillido de un ratón pisado.
—G-gracias —conseguí balbucear, con la voz temblorosa, sonando como si tuviera doce años y estuviera a punto de llorar en la pizarra.
Hugo me dedicó un guiño amistoso y siguió hablando sobre los KPI’s del trimestre, los objetivos de engagement y toda esa palabrería de marketing que de repente me sonaba a chino.
No se acordaba de mí.
La comprensión me golpeó con la fuerza de un tren de mercancías. Hugo Montenegro, el chico que me había arruinado la vida de las maneras más creativas y crueles posibles, el causante de mis terrores nocturnos y de mi incapacidad crónica para confiar en los hombres, no tenía ni la más remota idea de quién era yo. Yo era un trauma fundacional en mi propia existencia, pero para él, yo solo había sido un martes cualquiera. Un pasatiempo tan insignificante que ni siquiera había dejado huella en su memoria a largo plazo.
Por un lado, sentí un alivio inmenso. No iba a despedirme. No iba a humillarme delante de todos. Podía conservar el trabajo, el sueldo, el seguro médico.
Por otro lado, sentí una rabia tan profunda, tan volcánica y asfixiante, que casi me echo a llorar de pura impotencia. ¿Cómo se atrevía a no recordarme? ¿Cómo se atrevía a ser amable, a alabar mi trabajo, a comportarse como un puto ser humano decente después de lo que me había hecho?
Y lo peor de todo, lo verdaderamente aterrador, no era solo su amnesia selectiva. Era mi propio secreto. Porque si él llegaba a recordar quién era yo, tal vez también recordaría el final de nuestra historia. Y si eso pasaba, no solo me quedaría sin trabajo. Probablemente acabaría en la cárcel.
Parte 2: El reencuentro y la amnesia selectiva del demonio
La reunión duró una hora y media. Noventa minutos de tortura psicológica en los que tuve que escuchar la voz de Hugo desgranando estrategias de marketing con la misma cadencia persuasiva que usaba a los dieciséis años para convencer a los profesores de que no había sido él quien había metido petardos en las papeleras del pasillo. Cada vez que decía palabras como “empatía con el usuario” o “valores de marca”, yo sentía unas ganas irrefrenables de levantar la mano y gritar: “¡Este tío tiró mi mochila por la ventana del segundo piso a un charco de barro solo porque le miré mal!”.
Pero me quedé callada. Completamente rígida en mi silla, asintiendo cuando los demás asentían, riendo débilmente cuando él hacía algún chiste corporativo sin gracia que todos reían a carcajadas. El síndrome de Estocolmo de la oficina ya estaba en pleno apogeo.
Cuando por fin dio por terminada la reunión, todos se levantaron en un alboroto de sillas arrastradas y charlas animadas. Yo recogí mi cuaderno —en el que solo había dibujado espirales neuróticas en lugar de tomar notas— y me dispuse a huir hacia mi mesa. Solo quería sentarme, ponerme los cascos y fingir que no existía.
—Clara, un momento, por favor.
La voz me frenó en seco en el marco de la puerta. Se me heló la sangre. Me giré despacio, sintiendo la madera crujir bajo mis pies. Hugo estaba recogiendo su portátil, con la americana desabrochada, luciendo esa actitud de prepotencia relajada que tan bien dominaba.
—Dime —respondí, intentando que mi voz sonara neutra, profesional, adulta. Nada de balbuceos. Era una mujer de veintiocho años con un máster en Comunicación, por el amor de Dios. No la adolescente aterrorizada con aparato dental y acné.
Hugo se acercó a mí. Su colonia era cara, de esas que huelen a madera y a cítricos, y me provocó una punzada de náusea. Se apoyó en el marco de la puerta, bloqueándome la salida, mirándome con esa intensidad de depredador que siempre había tenido.
—Quería darte la bienvenida personalmente —dijo, sonriendo con la boca cerrada—. Sé que el primer día siempre es un caos, pero he estado revisando tu prueba de acceso y de verdad creo que tu perfil es justo lo que le faltaba al departamento. Tienes un sarcasmo… muy madrileño. Me gusta.
—Gracias, Hugo —dije, casi escupiendo su nombre. Me costaba mantenerle la mirada. Sus ojos eran del mismo marrón claro que recordaba, pero ahora tenían unas finas líneas de expresión en las esquinas. ¿Cómo podía parecer tan normal? ¿Tan inofensivo?
—De hecho, me suenas muchísimo —añadió de repente, ladeando la cabeza y entrecerrando los ojos.
Mi corazón dejó de latir. El tiempo se paró de nuevo. Aquí estaba. El momento de la verdad. El momento en que su disco duro interno terminaba de procesar mis facciones y asociaba la mujer que tenía delante con la niña a la que le hacía la vida imposible. “Clara Fernández”, pensé. “Clara Fernández, la del flequillo recto y las gafas de culo de vaso. La que lloraba en el baño del pabellón de deportes”.
—¿Ah, sí? —logré decir, con un hilo de voz, sintiendo que iba a vomitar el desayuno allí mismo, sobre sus inmaculados zapatos de cuero.
—Sí… —Hugo se rascó la barbilla, pensativo—. ¿Tú no habrás trabajado en McCann? ¿En la campaña de Campofrío del año pasado?
Solté el aire que llevaba conteniendo durante treinta segundos en un suspiro tembloroso.
—Eh… no. No, nunca he estado en McCann. Estaba en una agencia más pequeña, en Malasaña.
—Ah, pues te habré confundido. Será que tienes una de esas caras. Ya sabes, que resultan familiares —rio por lo bajo, restándole importancia con un gesto de la mano—. En fin, lo dicho. Bienvenida a bordo, Clara. Te he asignado un proyecto directamente conmigo para empezar. Quiero que le demos una vuelta de tuerca a la campaña de Mahou de este invierno. Pásate por mi despacho sobre las doce y te hago el briefing.
Y sin más, se dio la vuelta y se alejó por el pasillo, saludando a unos y a otros con palmadas en la espalda.
Me quedé allí plantada, petrificada. No solo no me recordaba, sino que ahora iba a tener que trabajar mano a mano con él. Iba a tener que verle la cara todos los putos días. Iba a tener que escuchar sus opiniones, aguantar sus correcciones, reírme de sus gracias por exigencias del guion corporativo.
Fui hasta mi mesa, me dejé caer en la silla ergonómica y saqué el móvil con manos temblorosas. Abrí el chat de Marta, mi mejor amiga desde la universidad, la única que conocía con todo lujo de detalles la leyenda negra de mis años en el San Isidro.
Yo: Marta. Aborta misión. Código rojo. Apocalipsis.
Marta: ¿Qué pasa? ¿Te han despedido ya? ¿Has tirado el café sobre el router de la oficina?
Yo: Es Hugo.
Marta: ¿Qué Hugo?
Yo: HUGO MONTENEGRO. El anticristo. El demonio de Tasmania de la ESO. ES MI JEFE.
Pasaron unos segundos agónicos en los que vi el indicador de “escribiendo…” aparecer y desaparecer varias veces.
Marta: ¡JODER! ¡ME ESTÁS JODIENDO! ¡DIME QUE ES UNA BROMA!
Yo: No lo es. Es el Director Creativo Ejecutivo. Acaba de darme la bienvenida. Está buenísimo, va vestido como un pincel y finge ser un líder moderno y empático.
Marta: Hostia puta, Clara. ¿Te ha reconocido?
Yo: NO. No tiene ni puta idea de quién soy. Me ha dicho que “le sueno” pero pensaba que era de otra agencia.
Marta: Madre del amor hermoso. ¿Y qué vas a hacer? ¡Tienes que irte de ahí! ¡Dimite! ¡Huye a México!
Yo: ¡No puedo dimitir! ¿Tú sabes lo que cobro aquí? ¡Tengo seguro dental, Marta! ¡Me acaban de dar un Mac que cuesta más que mi coche!
Marta: Pero tía, te vas a volver loca. Vas a tener un ataque de pánico cada vez que te pida un informe.
Yo: Lo sé. Estoy al borde del infarto. Pero hay algo peor.
Me detuve, con los pulgares flotando sobre el teclado de la pantalla. Miré a mi alrededor, asegurándome de que nadie estaba cotilleando mi móvil.
Yo: Marta, si algún día recuerda quién soy… si junta las piezas… y recuerda el final de curso de 2º de Bachillerato… me mete en la cárcel.
Marta: Ay, Dios. La Vespa. Aún no me creo que hicieras eso.
Yo: Fue un accidente. Más o menos.
Guardé el móvil apresuradamente cuando vi que mi compañero de mesa, un chico con barba de leñador y gafas de pasta llamado Marcos, se acercaba con un café.
—¿Todo bien, compañera? —me preguntó, sentándose a mi lado y tecleando en su ordenador—. Te veo un poco pálida. ¿El discurso de Hugo te ha abrumado? Es un poco intenso, pero el tío es un genio. Ha ganado dos leones en Cannes.
—¿Dos leones? Qué bien… —murmuré, forzando una sonrisa de maniquí. Yo lo que quería era que lo devoraran dos leones reales.
—Sí. La verdad es que hemos tenido suerte. El jefe anterior era un capullo amargado, pero Hugo es un soplo de aire fresco. Mola mazo trabajar con él. Es súper comprensivo. Si tienes cualquier problema de ansiedad o estrés, se lo dices y el tío te da margen. Es muy de cuidar la salud mental del equipo.
Tuve que morderme el labio inferior tan fuerte para no soltar una carcajada histérica que casi me hago sangre. ¿Hugo Montenegro cuidando la salud mental de alguien? El mismo tío que, durante dos años, se dedicó metódicamente a destruir la mía. Recuerdo el día que puso superglue en el asiento de mi pupitre. O la vez que robó mis apuntes de Historia, los escaneó, cambió las fechas de todos los acontecimientos importantes y me los volvió a meter en la mochila el día antes de Selectividad. Si yo sacaba un 10 en resiliencia hoy en día, era porque me había forjado en el yunque de su crueldad sociopática.
—Me alegro de oírlo —mentí, abriendo un documento de Word en blanco y mirando la pantalla fijamente para evitar seguir la conversación.
Las horas hasta el mediodía pasaron en una especie de neblina disociativa. Leí briefings de marcas de cerveza, de bancos que querían parecer “jóvenes y dinámicos”, de aseguradoras que usaban memes caducados. Pero mi mente no estaba allí. Mi mente estaba en un bucle temporal, saltando entre el presente en la oficina pija y el pasado en el patio del instituto, donde el eco de sus risas y las de sus amigos aún resonaba en mis tímpanos.
A las doce menos cinco, mi teléfono de sobremesa parpadeó con una luz roja. La extensión del despacho de dirección.
—Clara —dijo la voz de Hugo, clara y profesional a través del altavoz—. ¿Te vienes a mi despacho y vemos lo de Mahou?
—Voy para allá —respondí. Mi voz sonó rasposa, como si me hubiera tragado un puñado de arena.
Me levanté, alisé mi americana, me aseguré de que no me temblaban las manos —mucho— y caminé hacia su despacho. Era una pecera de cristal aún más grande que la sala de juntas, ubicada en la esquina del edificio, con unas vistas espectaculares de todo el skyline de Madrid. Hugo estaba de espaldas a la puerta, hablando por el móvil y mirando por la ventana.
Llamé suavemente a la puerta de cristal con los nudillos. Él se giró, me hizo un gesto con la mano para que pasara, e indicó una silla de diseño minimalista frente a su escritorio mientras se despedía por teléfono.
—…sí, claro, dile a los de producción que no bajamos de ese presupuesto. Un abrazo, chao. —Colgó el teléfono y se dejó caer en su sillón de piel, cruzando las piernas y mirándome con esa puta sonrisa deslumbrante—. Bueno, Clara. Siéntate, por favor. ¿Qué tal la primera mañana? ¿Te están tratando bien los chicos?
—Sí, todo estupendo. Muy acogedor todo —dije, sentándome en el borde de la silla, con la espalda recta como una tabla de planchar.
—Me alegro. Verás, te he llamado porque necesito que entremos a matar con este proyecto. Tenemos que presentar la campaña de invierno la semana que viene y lo que ha hecho el equipo hasta ahora me parece… aburrido. Muy corporativo. Necesito calle. Necesito Madrid. Necesito algo que la gente lea en una marquesina en Gran Vía y se sienta identificada. Y al leer tu prueba, vi que tú tienes esa chispa.
—Gracias —repetí. Parecía un disco rayado.
—No te pongas nerviosa, mujer —dijo Hugo de repente, inclinándose hacia delante y apoyando los codos en la mesa—. Estás muy tensa. Aquí no comemos a nadie. Quiero que hablemos de tú a tú. Somos de la misma quinta, ¿no? ¿Cuántos años tienes?
—Veintiocho —contesté, sintiendo un sudor frío recorrer mi nuca.
—¡Igual que yo! —exclamó, como si acabara de descubrir el bosón de Higgs—. Qué casualidad. ¿De qué parte de Madrid eres?
El interrogatorio había comenzado. El campo de minas. Tenía que mentir, esquivar, cambiar de tema. Si le decía que era de la zona de Arganzuela, empezaría a preguntar por el instituto.
—Soy… de Vallecas —mentí a medias, diciendo dónde vivía ahora.
—Vallecas, mola. Barrio obrero, gente auténtica. Yo soy de centro, zona Retiro, pero bueno, nadie es perfecto —bromeó, guiñando un ojo.
Dios, qué asco me daba su falsa modestia.
—Bueno, al lío —continuó, abriendo un iPad y deslizando unos PDFs por la pantalla—. La idea de la campaña gira en torno a los “reencuentros”. Ya sabes, invierno, frío, te reencuentras con viejos amigos en un bar tomándote unas cañas. Nostalgia, buen rollo, perdonar viejas rencillas. Todo muy emocional. Quiero que escribas tres conceptos creativos basados en esa premisa. Gente que se reencuentra después de mucho tiempo y se da cuenta de que las cosas malas del pasado ya no importan.
Me quedé helada. Parpadeé un par de veces, incapaz de procesar la ironía cósmica de la situación. ¿Me estaba pidiendo el tío que me hizo bullying durante años que escribiera una campaña sobre lo bonito que es reencontrarse con alguien del pasado y perdonar? Esto no era una casualidad. Esto era el karma riéndose en mi puta cara con un megáfono.
—¿Reencuentros? —repetí, estúpidamente.
—Sí. Ya te digo, tirar de la fibra sensible. Imagina, no sé, dos amigos que se pelearon en el instituto por una tontería y se vuelven a ver a los treinta en un bar, se ríen de lo gilipollas que eran y brindan con una Mahou. Ese rollo. ¿Te ves capaz de sacar algo potente por ahí?
Le miré fijamente a los ojos. Busqué cualquier rastro de malicia, cualquier indicio de que sabía quién era yo y estaba jugando conmigo al gato y al ratón. Pero no. Su mirada era completamente sincera, profesional, entusiasta. No lo sabía. Realmente no lo sabía. Y, en su burbuja de privilegio y narcisismo, él probablemente creía que sus años de instituto fueron una época dorada de compañerismo, ignorando por completo el rastro de cadáveres emocionales que había dejado a su paso.
—Sí —dije, y por primera vez en todo el día, mi voz sonó firme, afilada por una rabia repentina que me subió desde el estómago—. Creo que puedo escribir algo muy realista sobre reencontrarse con gente del pasado.
—¡Esa es la actitud! —Hugo dio una palmada en la mesa y se levantó, agarrando su chaqueta del respaldo de la silla—. Me encanta tu energía, Clara. De verdad. Oye, se me está cerrando el estómago. ¿Te bajas a por un café conmigo? Invito yo. Así me cuentas un poco de tu trayectoria y hacemos un poco de team building.
El pánico volvió a apoderarse de mí. Un café. A solas. En una cafetería. Fuera del entorno seguro y lleno de testigos de la oficina.
—Yo… tengo que empezar con esto… —intenté excusarme, señalando vagamente la pantalla de mi ordenador vacía a través del cristal.
—Tonterías, los mejores conceptos salen con cafeína en sangre —insistió, caminando ya hacia la puerta y abriéndola para mí—. Venga, no me digas que no. Que si no, voy a pensar que te caigo mal en tu primer día.
“Me caes como una patada en el útero”, pensé, pero me levanté, forcé una sonrisa que probablemente parecía más una mueca de dolor, y le seguí hacia los ascensores.
Parte 3: El primer “marrón” y el café de la tortura
Bajamos en el ascensor en un silencio tenso, al menos por mi parte. Hugo estaba ocupado revisando correos en su iPhone, tarareando una canción de indie pop que sonaba por el hilo musical. Yo me dediqué a mirar fijamente los números del panel digital, deseando que los cables se rompieran y nos precipitáramos al vacío. Hubiera sido un final más digno que lo que estaba a punto de pasar.
Salimos a la calle. El contraste entre el aire acondicionado polar del edificio y el calor sofocante del septiembre madrileño fue como una bofetada en la cara. Cruzamos el Paseo de la Castellana esquivando patinetes eléctricos y ejecutivos apurados, hasta llegar a una cafetería de especialidad de esas donde los camareros llevan delantal de cuero, barbas perfectamente perfiladas y te miran con superioridad si pides leche de vaca normal en lugar de bebida de avena orgánica.
—Dos cortados, por favor. Uno con leche de soja y sacarina para la señorita, y el mío normal —pidió Hugo, apoyándose en la barra de madera rústica y sacando la cartera.
Me quedé mirándolo, estupefacta.
—¿Cómo sabes que tomo leche de soja y sacarina? —pregunté, sin poder ocultar la alarma en mi voz. ¿Me recordaba? ¿Se acordaba de mis intolerancias de mierda que me hicieron vomitar en el viaje de fin de curso de 4º de la ESO?
Hugo se rió, guardando el ticket en el bolsillo de la chaqueta.
—Tranquila, no soy vidente. Es estadística. Sois todas iguales en las agencias. Copywriter, moderna, de veintitantos, trabajando en Malasaña… Es de cajón. Si no era soja, era avena.
Respiré. Solo era un capullo con ínfulas de sociólogo de mercadillo.
—Pues has acertado —dije secamente.
Nos sentamos en una mesa alta junto al ventanal, observando el tráfico denso de la calle. Yo abrazaba mi taza de café como si fuera un salvavidas en medio del océano, intentando que mis manos dejaran de temblar. El silencio se prolongó unos segundos incómodos.
—Y cuéntame, Clara —empezó Hugo, removiendo su café con parsimonia—. ¿Qué te apasiona? Fuera del trabajo, digo. Me gusta conocer a la gente de mi equipo. Saber qué les mueve.
—Bueno… leo mucho. Escribo. Voy al cine. Lo típico. —Respuestas cortas, genéricas. No le des munición al enemigo.
—¿Escribes? ¿El qué? ¿Relatos, poesía?
—Relatos, sobre todo. —Mentira, escribía críticas mordaces en Letterboxd y quejas larguísimas al ayuntamiento de Madrid por la recogida de basuras en mi barrio, pero no iba a decirle eso.
—Qué guay. A mí me encantaba escribir de chaval. Luego la vida te lleva por otros derroteros y acabas redactando manifiestos de marca para detergentes —sonrió con un toque de melancolía que me pareció tan falso como un billete de tres euros—. Pero bueno, uno nunca olvida sus pasiones del instituto, ¿verdad?
El instituto. La palabra clave. Sentí un pinchazo de sudor frío en las axilas.
—Supongo que no —murmuré, tomando un sorbo de café hirviendo que me quemó la lengua, pero el dolor físico era un alivio bienvenido.
—De hecho, mi mejor época fue el instituto —continuó él, con la mirada perdida en la espuma de su café, en modo nostálgico total—. Iba al San Isidro, en la zona centro. No sé si lo conoces.
Tragué saliva, sintiendo que el café se me atascaba en el esófago.
—He… oído hablar de él.
—Era la hostia. Un colegio público de los de toda la vida. Teníamos una pandilla increíble. Éramos los reyes del mambo, la verdad. Supongo que éramos un poco cabroncetes, ya sabes cómo son los chavales a esa edad, las hormonas por las nubes, haciendo el gamberro… pero sin maldad. Pura diversión.
“Sin maldad”, pensé, apretando la taza hasta que mis nudillos crujieron. “Sin maldad era llamar a mi madre desde una cabina pública para decirle que me habían pillado robando en El Corte Inglés, solo para ver cómo ella llegaba llorando al instituto. Sin maldad era escupir en mi bocadillo de tortilla todos los putos martes”.
—Claro. Diversión de chavales —repetí mecánicamente, con un tono tan plano que cualquier persona con inteligencia emocional habría detectado el sarcasmo a un kilómetro de distancia. Pero Hugo estaba demasiado ocupado escuchándose a sí mismo.
—Sí. Aunque, bueno, no todo fue de color de rosa. Hubo una movida muy jodida en el último año. —La expresión de Hugo se ensombreció, y por un momento, vi un destello de ira genuina en sus ojos. Dejó la cucharilla sobre el platito con un golpe seco.
Oh, Dios mío. Estaba a punto de hablar de eso. El secreto.
Apreté las piernas bajo la mesa, sintiendo que un ataque de pánico nivel cinco se estaba gestando en mi pecho.
—¿Ah, sí? —pregunté, como si me importara una mierda. Como si yo no fuera la protagonista en las sombras de esa anécdota.
—Sí, tío. Una putada inmensa. Yo tenía una Vespa clásica. Una Primavera del 78, roja, impoluta. Era de mi abuelo. Llevaba dos años restaurándola pieza a pieza en el garaje con mi viejo. Era mi orgullo, mi vida. Iba con ella a todas partes.
Yo asentí lentamente, con los ojos fijos en él, recordando perfectamente la puta moto. Recuerdo cómo aceleraba en la puerta del instituto, haciendo el máximo ruido posible, para que todas las niñas lo miraran embobadas mientras él se fumaba un Marlboro apoyado en el manillar.
—Pues un mes antes de terminar segundo de Bachillerato, algún hijo de puta la destrozó.
La palabra flotó en el aire entre nosotros. “Hijo de puta”. Qué curioso escucharle insultar a su verdugo, sin saber que lo tenía sentada enfrente, bebiendo leche de soja con sacarina.
—¿La destrozó? —pregunté, forzando un tono de sorpresa y empatía—. ¿Tuviste un accidente?
—¡Qué va! Fue un acto de vandalismo puro y duro —Hugo apretó los puños. Su voz había perdido el tono melifluo de jefe guay y se había vuelto ronca y agresiva. El viejo Hugo asomando la patita—. La dejé aparcada en la calle de atrás del instituto, donde los cubos de basura, porque llegaba tarde a un examen de Filosofía. Cuando salí… alguien le había metido fuego. Le habían metido un puto trapo ardiendo en el depósito de gasolina. Explotó. Quedó en el chasis. Carbonizada.
El relato era exacto. Tal y como yo lo recordaba.
—Joder. Qué putada —logré decir, sintiendo que la culpa, adormecida durante diez años, volvía a asomar la cabeza, mezclándose de forma tóxica con mi odio hacia él.
—Fue una movida gorda. Vino la policía, los bomberos. Casi arde un árbol. Nunca pillaron al culpable. El director pensaba que habían sido unos niñatos del barrio de al lado con los que habíamos tenido una trifulca la semana anterior, pero nunca se pudo demostrar nada. Mi padre me echó una bronca de campeonato, estuve castigado todo el verano sin salir… Me jodieron el año, Clara. Te lo juro. Si algún día me entero de quién fue el desgraciado que me hizo eso, te prometo que le arruino la vida. Así te lo digo.
El silencio cayó como una losa de plomo sobre la mesa. Me quedé mirándole, paralizada por el terror puro.
Porque la verdad, la jodida, patética y humillante verdad, es que no habían sido los niñatos del barrio de al lado.
Había sido yo.
Yo, Clara Fernández, la empollona invisible, la víctima perfecta.
Había sido el día que, delante de toda la clase, él decidió coger mi mochila, sacar el paquete de compresas de tela que mi madre me obligaba a usar por mis alergias, y colgarlas como banderines en la pizarra justo antes de que entrara el profesor de Matemáticas. Todo el mundo se rio. Yo salí corriendo del aula, llorando a mares, con el sonido de sus carcajadas resonando en mis oídos.
En un estado de furia ciega, de humillación absoluta, salí del instituto y fui hacia el callejón de atrás a fumarme un cigarro tembloroso a escondidas. Vi la Vespa roja. Su orgullo. Su vida. Estaba apoyada contra la pared.
No lo pensé. No planeé una venganza de mente maestra. Simplemente vi un papel de periódico tirado en el suelo, lo encendí con mi mechero Clipper, desenrosqué la tapa metálica del depósito de la Vespa, metí el papel ardiendo, y eché a correr hacia la boca de metro de Puerta de Toledo como si me persiguiera el mismo diablo.
Oí la explosión sorda cuando ya estaba bajando las escaleras mecánicas. Me pasé tres semanas sin dormir, esperando que la policía llamara a mi puerta. Pero nunca lo hicieron. Era el crimen perfecto porque yo era la persona menos sospechosa del mundo. Era invisible.
Y ahora, diez años después, el dueño de la Vespa carbonizada era mi jefe, el hombre que pagaba mi sueldo, el hombre que me miraba fijamente a los ojos en una cafetería pija de la Castellana diciendo que le arruinaría la vida al culpable.
—Vaya historia —conseguí decir, esbozando una sonrisa torcida, sintiendo que el corazón me iba a salir por la boca—. Pero bueno, eso es cosa del pasado. Como lo de la campaña de Mahou, ¿no? El pasado se queda atrás.
Hugo suspiró profundamente, relajando los hombros y pasándose una mano por el pelo, volviendo a su papel de joven ejecutivo comprensivo.
—Tienes razón. No sé por qué te he soltado este rollo. Me he puesto intenso. Perdona, Clara. Es que hay cosas que te marcan.
“Dímelo a mí, gilipollas”, pensé, bajando la mirada hacia el poso de mi café.
—No te preocupes. Todos tenemos traumas del instituto.
—Exacto. —Hugo miró su reloj de pulsera caro y se bebió su café de un trago—. Bueno, vámonos arriba, que a la una tengo una call con los inversores y tú tienes que empezar a pensar en esa campaña de reencuentros felices.
Me levanté despacio, sintiendo las piernas como gelatina. Caminamos de vuelta a la oficina en silencio. Mi mente trabajaba a mil por hora. No podía renunciar. El dinero era demasiado bueno y, por primera vez en mi vida profesional, sentía que estaba en una agencia donde realmente podía ascender si demostraba lo que valía. Pero el precio era altísimo. Trabajar cada día bajo la atenta mirada de mi mayor torturador, sabiendo que si alguna vez juntaba las piezas del rompecabezas, mi carrera y mi libertad estarían acabadas.
Llegamos a mi mesa. Marcos me hizo un gesto con la mano, preguntando mudamente cómo había ido. Yo le levanté el pulgar en un gesto automático, fingiendo normalidad.
Hugo se paró a mi lado antes de seguir hacia su despacho.
—Por cierto, Clara —dijo, bajando un poco la voz y acercándose a mí—. Este fin de semana tenemos que viajar a Barcelona. Hay un shooting de prueba para un spot regional y quiero que vengas para supervisar los textos en vivo. Salimos el viernes a primera hora en el AVE. Te paso los billetes por la intranet.
—¿A Barcelona? ¿Contigo? —La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera frenarla, cargada de un pánico evidente.
Hugo frunció el ceño, divertido.
—Sí, conmigo. El jefe y su nueva estrella creativa. Un viaje de negocios. ¿Algún problema? ¿Tienes planes?
—No. No, claro que no. Ningún problema. Será… estupendo —mentí, sintiendo que la soga se cerraba un poco más alrededor de mi cuello.
—Genial. Ve preparando la maleta. Va a ser un viaje muy intenso. —Me guiñó un ojo por segunda vez en el día y se marchó silbando por el pasillo.
Me dejé caer en mi silla y abrí el documento de Word en blanco de la campaña de Mahou. Título: “Reencuentros”.
“Imagina reencontrarte con el cabrón que te hizo la vida imposible en el instituto”, escribí en la pantalla. “Imagina que ahora es tu jefe. Imagina que viajas con él a quinientos kilómetros por hora en un tren. Y ahora imagina cuánto tiempo tardarías en abrir la puerta del AVE en marcha para tirarlo a las vías”.
Borré las frases apresuradamente. Respiré hondo.
Esto iba a ser un infierno. Pero si había sobrevivido al Instituto San Isidro, podía sobrevivir a Sinergia y Foco. Solo tenía que mantener el secreto. Sonreír. Escribir eslóganes bonitos. Y rezar para que Hugo Montenegro, el sociópata amnésico, nunca, nunca descubriera que la mujer que se sentaba a su lado en el tren era la misma que había convertido en cenizas el mayor tesoro de su adolescencia.
Parte 4: El cierre del círculo, el AVE a Barcelona y la supervivencia
Los siguientes dos días en la oficina fueron una clase magistral de disociación psicológica. Había desarrollado una técnica infalible: cada vez que Hugo me hablaba, yo enfocaba la mirada justo por encima de su hombro izquierdo, mirando la pared o la cristalera de su despacho, y fingía que estaba interactuando con un holograma. Un holograma muy guapo, muy carismático, pero un holograma al fin y al cabo.
El problema era que el maldito holograma resultaba ser un genio de la publicidad. Y eso me jodía aún más. Si hubiera sido un jefe mediocre, un enchufado sin talento, mi complejo de superioridad me habría servido de escudo. Pero no. Sus críticas a mis primeros bocetos de la campaña de Mahou eran agudas, precisas y, lamentablemente, acertadas.
—Clara, esto es muy poético —me había dicho el miércoles por la tarde, señalando mi texto en la pantalla con su bolígrafo Montblanc—. Pero le falta barro. Le falta la sensación de que estos dos tíos llevan quince años sin verse y se están perdonando una putada gorda. Tiene que doler un poco antes de que te entre el calorcito de la cerveza. ¿Me entiendes?
Yo asentí, tragándome el bilis. Sabía perfectamente cómo dolía una “putada gorda”. Podía escribir una enciclopedia sobre ello. Reescribí el copy con tanta rabia reprimida que las teclas del Mac crujían. Cuando se lo enseñé al día siguiente, Hugo lo leyó en silencio durante un minuto eterno, se giró hacia mí y sonrió de esa forma que hacía que las chicas de cuentas se derritieran.
—Joder, Clara. Esto es brillante. Tienes un talento acojonante para hurgar en las miserias humanas.
“Y tú para provocarlas”, quise decirle, pero me limité a dar las gracias con una sonrisa tensa.
El viernes por la mañana llegó demasiado rápido. A las siete en punto estaba en la estación de Atocha, arrastrando una pequeña maleta de cabina y sosteniendo un café aguado en la mano libre. La estación estaba abarrotada de ejecutivos con traje y turistas adormilados. Busqué el panel de salidas. AVE a Barcelona Sants, 07:30. Vía 4.
Y allí estaba él, de pie junto al control de seguridad. Llevaba unos vaqueros oscuros, unas zapatillas blancas impecables y un jersey de cuello alto de cachemira azul marino que lo hacía parecer el puto James Bond de rebajas. Estaba hablando por teléfono, riéndose a carcajadas. Respiré hondo tres veces, contando hasta diez para calmar el ritmo cardíaco. Me acerqué, dispuesta a empezar mi actuación de “empleada modelo y distante”.
Hugo me vio acercarme, colgó el teléfono y me recibió con una sonrisa radiante.
—¡Hombre, Clara! Ya pensaba que te habías arrepentido y me dejabas tirado. ¿Preparada para conquistar Barcelona?
—Preparada para trabajar, sí —respondí, pasando mi billete por el escáner del torno.
Subimos al tren y buscamos nuestros asientos en Preferente. Por supuesto que íbamos en Preferente. El ego de este tío no cabía en clase Turista. Nos sentamos frente a frente, separados por una pequeña mesa plegable. Mientras el tren arrancaba suavemente, dejando atrás los túneles oscuros de Madrid para salir a la llanura manchega, saqué mi portátil, dispuesta a levantar un muro de cristal de pantallas y documentos de Excel entre nosotros.
—Oye, Clara, relájate un poco —dijo Hugo, cerrando suavemente la tapa de mi portátil con dos dedos—. Son las siete y media de la mañana. Ya habrá tiempo de currar en el set. Háblame de ti. Llevamos una semana trabajando juntos y siento que eres un misterio. Eres como una caja fuerte.
Le miré con incredulidad. ¿Yo era un misterio? Yo era el libro abierto más jodido que jamás había pisado sus dominios.
—No hay mucho que contar —me encogí de hombros, intentando mantener la voz casual—. Chica de barrio, estudió Periodismo y Publicidad, se dio cuenta de que el periodismo no daba para comer, y acabó escribiendo frases para vender cerveza y seguros de coche. Fin de la historia.
Hugo se recostó en su asiento, cruzando los brazos detrás de la nuca y estudiándome con esos ojos marrones que, desgraciadamente, sabían leer a las personas demasiado bien.
—No te creo. Debajo de todo ese cinismo y esa fachada de chica dura de Vallecas, hay mucha tela que cortar. Tus textos tienen demasiada rabia contenida para ser de alguien aburrido.
—A lo mejor es que el mundo en general me da mucha rabia —repliqué, casi sin pensar.
Él se echó a reír. Una risa franca, sonora.
—Me caes muy bien, Fernández. Eres la primera persona en esa oficina que no me hace la pelota descaradamente. Marcos, el de diseño, ayer casi se ofrece a limpiarme los zapatos con la lengua. Me agobia mucho la gente sin personalidad.
Apreté las mandíbulas. Era fascinante. Era capaz de insultar a su propio equipo en la misma frase en la que me halagaba a mí, todo mientras exudaba un carisma tóxico al que era casi imposible no sucumbir si no conocías su verdadera naturaleza.
El camarero de Renfe pasó con el carrito de los desayunos. Hugo pidió un café doble y un cruasán. Yo pedí un té verde, sintiendo que mi estómago estaba demasiado cerrado por la tensión como para admitir algo sólido.
Durante las siguientes dos horas, el viaje fue una tortura silenciosa y extrañamente civilizada. Hablamos de la industria publicitaria en España, de los festivales, de la evolución de las redes sociales. A regañadientes, tuve que admitir para mis adentros que el tipo era inteligente. Tenía una visión del mercado que yo, con toda mi prepotencia indie, ni siquiera había rozado. Hablar con él de trabajo era estimulante. Y eso me hacía sentir sucia. Me sentía como si estuviera traicionando a la Clara de dieciséis años, a la niña que se escondía en los baños del instituto para evitar que le escupieran chicle en el pelo.
Llegamos a Barcelona pasadas las diez de la mañana. El rodaje era en un antiguo almacén restaurado en Poblenou. El caos habitual de focos, cables gruesos como serpientes, modelos guapísimos bebiendo cerveza falsa y ayudantes de producción corriendo histéricos.
Yo me coloqué detrás del combo del director, revisando en tiempo real que los actores pronunciaran las frases del guion con la entonación exacta. Hugo estaba a mi lado, susurrándome comentarios al oído, ajustando planos con el director de fotografía, moviéndose por el set como pez en el agua.
En un momento de descanso, hacia las cuatro de la tarde, salimos a la parte trasera de la nave a respirar un poco. Hugo encendió un cigarrillo rubio, ofreciéndome uno. Lo rechacé con un gesto de cabeza.
—Está quedando espectacular, Clara. El tono es perfecto. Tienes un instinto brutal para esto —dijo, expulsando el humo hacia el cielo nublado de Barcelona—. En serio. Si seguimos así, este invierno lo reventamos. Y me aseguraré de que tu nombre esté en los créditos de las piezas principales.
Le miré. Estaba relajado, la corbata aflojada, el pelo ligeramente despeinado por el viento de la costa. En ese momento, despojado de la armadura corporativa y del estrés de Madrid, se veía humano. Demasiado humano. Me pregunté, por una fracción de segundo, si la gente realmente cambiaba. Si el chico que torturaba a los débiles por diversión se había convertido, de alguna manera retorcida, en un adulto funcional y justo.
Pero entonces, mientras lo miraba, el karma, o el destino, o la simple mala suerte, decidió que la comedia de enredos había durado suficiente.
El móvil de Hugo sonó en su bolsillo. Lo sacó y miró la pantalla. Puso los ojos en blanco.
—Joder. Es el plasta de mi primo. Dame un segundo, Clara. Este gilipollas no sabe cuándo rendirse.
Deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el teléfono a la oreja.
—Dime, Carlos. Sí, ya te he dicho que no pienso ir a la puta cena de exalumnos del San Isidro. Que paso, tío. Que hace diez años que salimos de allí.
El mundo se detuvo. Otra vez. El corazón me dio un salto tan fuerte contra las costillas que pensé que me iba a desmayar sobre los adoquines del callejón.
—Sí, ya sé que va a ir todo el mundo —continuaba Hugo, paseándose en círculos y gesticulando con la mano libre, completamente ignorante del ataque de pánico que se estaba gestando a un metro de él—. Pero es que no me apetece verle el careto al gordo de Marcos, ni a la pija de laura, ni… joder, ¿cómo se llamaba la rarita esa a la que le hacíamos la vida imposible? La de las gafas. ¿Clara? Sí, la Pringada. Joder, qué asco de tía, ¿te acuerdas cuando le colgamos las compresas en la pizarra? Qué risas, macho.
El aire desapareció. Mis pulmones se convirtieron en papel de lija.
—Ya te digo. Menudo bicho raro era. Aunque bueno, ella no era tan mala, el verdadero hijo de puta fue el que me quemó la Vespa. Ese día se me acabó la empatía con el mundo. En fin, que no voy. Chao.
Colgó. Guardó el móvil en el bolsillo y se giró hacia mí, soltando un largo suspiro, con esa sonrisa despreocupada que ahora me parecía la máscara del diablo.
—Perdona. Movidas familiares. ¿En qué estábamos?
Me quedé mirándole. Mi mente estaba en blanco. No había procesado ni la mitad de lo que acababa de escuchar, pero la frase “Clara, la Pringada, qué asco de tía” flotaba en el aire frente a mis narices como un cartel de neón ensangrentado.
No había cambiado. No había madurado. Seguía siendo exactamente el mismo trozo de mierda narcisista e inhumano que era a los dieciséis años, solo que ahora usaba trajes caros y palabras de moda en inglés. Para él, mi trauma, mis ataques de ansiedad, los años de terapia, seguían siendo una anécdota divertida para contar por teléfono a su primo. “Qué risas, macho”.
La rabia, esa rabia antigua, negra y densa que había mantenido enterrada durante años y que había resurgido el lunes por la mañana, finalmente ebulló, rompiendo todos los diques de mi autocontrol profesional. Ya no me importaba el sueldo. Ya no me importaba el Mac. Ya no me importaba el seguro dental privado.
Le miré directamente a los ojos. Sus estúpidos y engreídos ojos marrones.
—Estábamos en que la campaña está quedando espectacular —dije. Mi voz era fría, monótona, cortante como el hielo—. Porque el concepto funciona. Los reencuentros, perdonar el pasado… Funciona porque es una puta mentira de marketing que le vendemos a la gente.
Hugo frunció el ceño, confundido por el cambio repentino en mi tono.
—¿Qué dices? Clara, ¿te encuentras bien? Estás pálida.
Di un paso hacia él. No me encogí. No balbuceé. Por primera vez en mi vida, no me sentí como la víctima. Me sentí como la verdugo.
—Sí, estoy perfectamente. —Alcé la barbilla, sosteniéndole la mirada con una intensidad que le obligó a retroceder un milímetro—. De hecho, me acabo de acordar de una historia muy graciosa sobre el instituto. Ya que a ti te gustan tanto esas anécdotas nostálgicas.
—¿De tu instituto? —Hugo sonrió, pero la sonrisa no llegó a sus ojos. Había algo en mi postura que le incomodaba profundamente—. Venga, suéltalo.
—Sí. Verás, en mi instituto también había un niñato insufrible. Un auténtico capullo, un abusón de manual que se creía el rey del mundo porque tenía una moto. Una moto clásica, roja, que su abuelito le había ayudado a restaurar.
El rostro de Hugo perdió la sonrisa instantáneamente. Toda la relajación desapareció de su cuerpo, poniéndose tenso como la cuerda de un arco. La confusión en sus ojos dio paso a la sorpresa y luego, lentamente, al horror.
—¿De qué coño me estás hablando, Clara? —preguntó, con la voz un tono más grave y amenazante.
Yo mantuve mi posición, impasible.
—A ese chico le encantaba humillar a una compañera. Le encantaba hacerle llorar. Le llamaba “pringada”, le colgaba las cosas íntimas en la pizarra. Ya sabes, “cosas de chavales sin maldad”. Y un día, esa compañera se cansó. Salió por la puerta trasera del instituto llorando, vio la moto, vio un papel de periódico, y pensó: “Qué calor hace en Madrid. A esta Vespa le vendría bien un poco de brisa”.
Hugo estaba blanco como la pared del almacén. Abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Sus ojos iban de mi cara a mis manos y de vuelta a mi cara, procesando, uniendo diez años de piezas inconexas en menos de un segundo.
—¿Eres tú? —susurró, con un hilo de voz que apenas se oyó por encima del ruido del tráfico a lo lejos—. ¿Tú eres la Clara de la clase de Ciencias? ¿Tú me quemaste la moto?
Le sonreí. No fue una sonrisa amable de oficina. Fue la sonrisa de una loba enseñando los dientes. Una sonrisa llena de toda la crueldad que él me había enseñado.
—Fue una explosión preciosa, Hugo. De verdad. Una pena que no pudieras verla desde primera fila.
El silencio que siguió a esa declaración fue lo más denso y satisfactorio que había experimentado en toda mi vida. Hugo Montenegro, el Director Creativo Ejecutivo de Sinergia y Foco, el terror de mi adolescencia, estaba allí de pie, temblando visiblemente, con la mandíbula desencajada, mirándome como si fuera el monstruo de Frankenstein que él mismo había construido.
Se llevó una mano al pelo, tirando de él, respirando de forma agitada.
—¡Estás loca! ¡Hija de puta, eras tú! ¡Tú me arruinaste la vida ese puto año! —gritó, pero no se acercó. Había miedo en sus ojos. Miedo genuino hacia mí.
—No, Hugo. Tú me arruinaste la vida durante tres años. Yo solo te quité un juguete de mierda —repliqué, dándome la vuelta, sintiendo que me quitaba una mochila de trescientos kilos de la espalda.
Comencé a caminar hacia la puerta de la nave industrial para volver al set, escuchando sus pasos apresurados detrás de mí.
—¡Te voy a despedir! ¡En cuanto pisemos Madrid, estás en la puta calle, loca de mierda! ¡Y voy a ir a la policía!
Me detuve en seco y me giré despacio hacia él. El pobre idiota aún no había entendido las reglas del juego que él mismo había instaurado en la oficina.
—Hazlo —le desafié, cruzándome de brazos—. Ve a la policía a denunciar que hace diez años una compañera de clase de dieciséis quemó tu moto sin dejar ni una sola prueba y porque te acaba de hacer una confesión sin testigos. Seguro que el comisario se echa unas risas. Y despídeme. Hazlo el lunes. Pero te aseguro, querido jefe, que si me despides, le contaré a todos los socios de la agencia que el gran Hugo Montenegro, el adalid de la salud mental corporativa, es un psicópata abusador, y que todo su talento creativo lo está sacando de robarme mis putas ideas.
Hugo se quedó clavado en el suelo, con los puños cerrados, la vena del cuello a punto de estallar, pero sin pronunciar una sola palabra. Sabía que yo tenía razón. Estábamos atrapados. En un equilibrio del terror perfecto. Él era mi jefe y podía hacerme la vida imposible en el trabajo, pero yo era la dueña de su humillación secreta y de su mejor campaña del año.
—¿Qué pasa, Hugo? —le pregunté, ladeando la cabeza y usando el mismo tono meloso y condescendiente que él había usado toda la semana—. ¿No hay sinergia? ¿No íbamos a fomentar el perdón y los reencuentros?
Di media vuelta definitiva y abrí la pesada puerta de metal del almacén. El ruido del set, las luces, el griterío del director me envolvieron de nuevo. Fui directamente a mi silla junto al monitor, abrí el guion y preparé mi bolígrafo rojo.
Sabía que los próximos meses, o tal vez años, en Sinergia y Foco iban a ser una guerra psicológica fría, sucia y absolutamente agotadora. Pero ya no era la presa asustada. Ahora jugaba con blancas, y por primera vez en la historia de nuestro retorcido vínculo, las reglas las marcaba yo.
Saqué el móvil, abrí el chat de Marta y tecleé rápidamente antes de que Hugo volviera a entrar en el set con el rabo entre las piernas:
Yo: Marta. Ha habido un ligero cambio de planes. El apocalipsis se cancela. Acabo de confesar lo de la Vespa.
Marta: ¡¿QUÉ?! ¡ESTÁS MUERTA! ¡HUYE!
Yo: Tranquila. A partir de hoy, yo soy la puta ama de esta agencia.
Parte 5: El viaje de vuelta, el vagón del silencio y la digestión del karma
Si el viaje de ida a Barcelona había sido una clase magistral de falsa camaradería y tensión oculta, el trayecto de vuelta en el AVE del sábado por la tarde fue lo más parecido a estar encerrada en un submarino nuclear soviético a punto de implosionar.
El rodaje del viernes había terminado en un estado de profesionalidad tan forzada que casi podías ver las costuras del universo descosiéndose a nuestro alrededor. Hugo no me había vuelto a dirigir la palabra fuera de las instrucciones estrictamente necesarias para el spot. Se limitó a asentir, a mirar los monitores con el ceño fruncido y a beber agua con gas como si quisiera ahogarse en ella. Yo, por mi parte, me dediqué a hacer mi trabajo con una eficacia militar, saboreando cada segundo de su evidente tormento interno.
Llegamos a la estación de Sants con el tiempo justo. Subimos al tren y, por un error de cálculo o pura ironía de Renfe, nuestros asientos volvían a estar enfrentados, mesa de por medio.
Hugo se dejó caer en su butaca con la gracia de un saco de escombros. Llevaba unas gafas de sol oscuras que no se quitó a pesar de estar dentro del vagón, y se puso los AirPods de cancelación de ruido con tanta fuerza que temí que se los incrustara en el cerebro. No abrió el portátil. No sacó el móvil. Simplemente cruzó los brazos sobre el pecho y giró la cabeza hacia la ventana, mirando el paisaje industrial de las afueras de Barcelona como si fuera la cosa más fascinante del mundo.
Yo, en un alarde de absoluta chulería que no sabía que tenía dentro, saqué mi Mac, lo abrí, me conecté al Wi-Fi del tren y me puse a teclear. De vez en cuando, levantaba la vista por encima de la pantalla solo para observarle.
Ver a Hugo Montenegro reducido a un manojo de nervios y resentimiento mudo era, sinceramente, mejor que cualquier terapia cognitivo-conductual que hubiera pagado en los últimos diez años. El hombre que se paseaba por la oficina de la Castellana como si fuera el mismísimo Don Draper, ahora parecía un niño castigado sin postre.
Al cabo de una hora, pasando por Zaragoza, el camarero del tren se acercó con el carrito.
—¿Desean tomar algo? —preguntó el hombre, con esa amabilidad aséptica de los empleados de transporte.
Hugo ni se inmutó. Tuve que darle un golpecito en la espinilla con la punta de mi bota por debajo de la mesa. Pegó un respingo, se quitó un auricular y me fulminó con la mirada por encima de las gafas de sol.
—Te están hablando, jefe —dije, con una sonrisa tan dulce que podría haber provocado diabetes.
Hugo apretó la mandíbula, giró hacia el camarero y pidió un whisky con hielo. A las seis de la tarde. En un AVE. Estaba claro que el chaval no estaba gestionando bien la caída de su imperio mental.
—Yo tomaré una tónica, por favor —pedí.
Cuando el camarero se marchó, Hugo se quitó las gafas de sol, revelando unas ojeras incipientes, y se bebió la mitad del whisky de un solo trago. El hielo tintineó contra el cristal.
—¿Te diviertes, Fernández? —masculló, con la voz ronca, inclinándose hacia delante para que nadie más en el vagón pudiera oírle.
Dejé de teclear. Cerré la tapa del portátil a medias y apoyé los codos en la mesa.
—Muchísimo. Hacía años que un viaje en tren no se me pasaba tan rápido.
—Eres una psicópata. Lo sabes, ¿verdad? —Susurró, señalándome con el dedo índice, que le temblaba ligeramente—. Has estado toda la semana sentada a mi lado, riéndote de mis gracias, aceptando mis putos cafés, sabiendo perfectamente que fuiste tú la que me destrozó la moto. Eres de hielo.
Solté una carcajada breve y seca. No pude evitarlo.
—¿Yo soy de hielo? Hugo, tú me encerravas en taquillas. Tú hiciste que me cambiara de ruta para ir a casa durante dos años para que no me tiraras huevos desde el balcón de tu amigo Mateo. Me llamabas “croqueta” todos los putos días de mi vida. ¿Y tienes los santos ovarios de decirme a mí que soy una psicópata por quemarte un trozo de chatarra que arregló tu abuelo?
Él parpadeó, desconcertado.
—Yo… éramos críos. Era el instituto. Todos hacíamos el gilipollas. No era personal.
—Para ti no era personal. Era tu maldito pasatiempo de los martes por la tarde —repliqué, bajando el tono de voz pero afilando cada palabra como un cuchillo jamonero—. Para mí era mi vida. Así que no te atrevas a darme lecciones de moralidad ahora porque te haya reventado la burbuja de nostalgia pija en la que vives.
Hugo se quedó en silencio, mirando su vaso de whisky. La arrogancia le había abandonado por completo, dejando paso a una especie de confusión infantil. Se frotó la cara con ambas manos y soltó un suspiro largo y pesado.
—¿Qué quieres? —preguntó finalmente, mirándome con una mezcla de cansancio y derrota—. ¿Quieres que dimita? ¿Quieres mi puesto? ¿Quieres chantajearme con un aumento de sueldo? Dímelo ya y acabamos con esta tortura.
Me recosté en la butaca, cruzando las piernas. Lo evalué por un momento. La verdad es que no quería su puesto. Dirigir a veinte personas neuróticas no entraba en mis planes de vida. Tampoco quería que dimitiera; cobrar mi nómina a fin de mes y tener ese seguro dental que me permitía arreglarme el estropicio que tenía en las muelas del juicio era mi prioridad.
—No quiero nada de eso —dije, con calma—. Me gusta mi puesto de copy. Me gusta mi sueldo. Y, sorprendentemente, me gusta la campaña de Mahou.
—¿Entonces?
—Entonces, a partir de ahora, vamos a trabajar juntos. Pero de verdad. Se acabaron los monólogos motivacionales vacíos. Se acabaron las correcciones condescendientes. Vas a tratarme con el puto respeto que me merezco como profesional, y yo, a cambio, voy a hacerte ganar ese premio del Club de Creativos que tanto ansías. Y si en algún momento intentas pasarte de listo, o hacerme la cama frente a Recursos Humanos, te juro por lo más sagrado que publico un hilo en Twitter con todo lujo de detalles sobre el gran Hugo Montenegro, el abusador de menores del San Isidro, y etiqueto a todas las marcas con las que trabajamos.
Tragó saliva. Sabía que la cultura de la cancelación en el mundo publicitario era un arma de destrucción masiva. Una acusación fundamentada de bullying sostenido podía dinamitar su flamante carrera en cuestión de horas.
—Un pacto de no agresión —murmuró, asintiendo lentamente.
—Un pacto de destrucción mutua asegurada —corregí—. Como en la Guerra Fría. Tú tienes el poder jerárquico, yo tengo el botón nuclear de tu reputación. Estamos en paz.
Hugo apuró el resto de su whisky. Me miró fijamente durante un largo minuto, evaluando mis palabras, buscando alguna fisura en mi determinación. No la encontró.
—De acuerdo, Fernández —dijo finalmente, con una media sonrisa retorcida que no auguraba nada bueno, pero que aceptaba las reglas del juego—. Veremos cuánto aguantas la presión en primera línea. El lunes a las nueve te quiero en mi despacho. Vamos a reescribir la presentación de la campaña entera. Ya que eres tan valiente, la vas a presentar tú a los directivos de la marca.
—Perfecto. —Abrí mi portátil de nuevo—. Lávate los dientes antes de la reunión, que el whisky te deja un aliento espantoso.
El resto del viaje lo hicimos en un silencio espeso, pero ya no era un silencio de terror. Era el silencio de dos francotiradores calculando la distancia y la velocidad del viento antes de apretar el gatillo.
Parte 6: Lunes de trincheras y el arte de la guerra pasivo-agresiva
El lunes por la mañana, la oficina de Sinergia y Foco me pareció un lugar completamente diferente. Los neones, el futbolín, las frases de “Think outside the box”… todo lo que el primer día me había parecido intimidante, ahora me parecía el decorado de cartón piedra de una obra de teatro escolar en la que yo me había convertido en la directora de escena.
Llegué a las ocho y media. Marcos, mi compañero de mesa con barba de leñador, ya estaba allí, debatiéndose con un diseño en Illustrator y bebiendo un batido de proteínas de color dudoso.
—Hombre, Clara. ¡Qué cara de fin de semana intenso traes! —me saludó, girando en su silla ergonómica—. ¿Qué tal el rodaje en Barcelona con el jefazo? ¿Es tan intenso currando en directo como parece?
Dejé mi mochila sobre la mesa y encendí el Mac.
—Intenso es una palabra que se queda corta, Marcos. Digamos que hemos… estrechado lazos. Hemos sentado las bases de una nueva sinergia.
Marcos parpadeó, sin captar el sarcasmo nivel Dios que destilaba mi comentario.
—Qué guay. Oye, pues a ver si se le pega algo de tu buen rollo, porque ha entrado hace diez minutos con una cara de perro que no se la pisa. Le ha pegado un grito a Silvia la de Recursos Humanos porque la máquina de café no tenía granos de arábica, que flipas.
Sonreí para mis adentros. Hugo estaba gestionando el trauma divinamente, por lo que veía.
A las nueve en punto, mi extensión de teléfono parpadeó. Era él. No me hizo falta ni contestar. Cogí mi cuaderno, un bolígrafo y caminé hacia su pecera de cristal.
Entré sin llamar. Hugo estaba de pie frente a la cristalera, mirando el tráfico de la Castellana con las manos en los bolsillos. No se giró al oír la puerta.
—La reunión con los de Mahou es el jueves a las once —dijo, sin decir “hola” ni “buenos días”—. Tienen unas expectativas brutales. He convencido a los de Cuentas de que el enfoque de los reencuentros, con tu toque… “oscuro”, es lo que necesitamos. Pero no están del todo seguros. Creen que es arriesgado.
—Es publicidad. Si no es arriesgado, es un folleto del Carrefour —respondí, sentándome en la silla de diseño sin que me lo pidiera.
Hugo se giró lentamente. Tenía unas ojeras formidables, como si no hubiera dormido en todo el fin de semana. Seguramente había estado repasando mentalmente todos y cada uno de los episodios de bullying de nuestra adolescencia, intentando encontrar algún resquicio legal por el que demandarme.
—Tienes cuarenta y ocho horas para montar un guion que les haga llorar, reír y querer comprarse un pack de veinticuatro latas. Y lo vas a exponer tú. Yo solo haré la introducción. Si fracasas, si los directivos de marketing rechazan la idea, el fracaso es tuyo. Yo me lavo las manos.
Era una trampa de manual. Me estaba lanzando a los leones. Si la campaña triunfaba, la agencia se llevaba el mérito y él, como Director Creativo, la medalla. Si se hundía en la presentación, él podría decirle a los clientes: “Ya os avisé de que esta copy junior era demasiado atrevida, mil disculpas, os presento mi plan B”.
—Vale —dije simplemente.
Hugo frunció el ceño. Se esperaba que me achantara. Que lloriqueara y le pidiera que me ayudara a preparar el pitch.
—¿”Vale”? ¿Sin más? Clara, no sé si entiendes la presión de esto. Son tíos con cincuenta años que llevan toda la vida vendiendo cerveza. No les valen las chorradas modernas. Tienes que convencerles con el estómago, no con la cabeza.
—Hugo, relájate —le interrumpí, apoyando los codos en la mesa y mirándole directamente a los ojos con la seguridad de quien no tiene absolutamente nada que perder—. Se me da muy bien convencer desde el estómago. Voy a escribir un texto tan jodidamente bueno sobre el perdón y las segundas oportunidades que van a salir de aquí queriendo abrazar a su peor enemigo.
Él apretó los labios, formando una línea fina. Detestaba que no le tuviera miedo. Detestaba que mi sumisión se hubiera esfumado en el aire de Barcelona.
—Más te vale. Porque como hagamos el ridículo el jueves, tu botón nuclear no te va a salvar de que te hunda la carrera en todas las agencias de este país. Pacto de no agresión o no, si la cagas, te vas.
—No la voy a cagar. Ahora, si me disculpas, tengo un guion brillante que escribir.
Me levanté y salí del despacho, cerrando la puerta con una suavidad calculada.
Los siguientes dos días fueron una inmersión total en la escritura. Me enchufé los auriculares, puse una lista de reproducción de rock melancólico de los noventa y dejé que todo el resentimiento, la ironía y el dolor que Hugo Montenegro me había causado se canalizaran a través de mis dedos hacia el teclado.
La campaña giraba en torno a dos amigos de la adolescencia que se habían distanciado por una traición imperdonable. El guion describía el momento en que se cruzaban accidentalmente en un bar de mala muerte de Madrid en pleno invierno, diez años después. Las miradas esquivas. El silencio denso. El orgullo intacto. Y luego, el momento de quiebre. El momento en el que uno de ellos, simplemente, pedía dos cañas y empujaba una por la barra hacia el otro, sin decir una palabra.
No era un perdón mágico. No era un abrazo de película americana. Era un perdón crudo, realista, a la española. Un “eres un cabrón, me hiciste mucho daño, pero hace mucho frío ahí fuera y la vida es muy corta para seguir odiándote”.
El miércoles a última hora de la tarde, le envié el PDF a Hugo. Estaba recogiendo mis cosas para irme a casa cuando vi que salía de su despacho con su portátil bajo el brazo. Caminó hasta mi mesa. Marcos ya se había ido. Estábamos prácticamente solos en la planta.
Hugo se apoyó en mi escritorio. Su rostro era ilegible.
—Lo he leído —dijo, en voz baja.
—¿Y bien? —pregunté, metiendo el cargador en la mochila.
—Es… es exactamente lo que pedían. Es impecable.
Tragué saliva. Que él admitiera aquello de forma tan directa era un síntoma de que el texto realmente funcionaba.
—La frase final… “El pasado quema, pero el presente está helado”. —Hugo repitió el eslogan de la campaña, mirándome con una intensidad extraña, casi vulnerable—. ¿Es un mensaje para mí?
Me colgué la mochila al hombro y le sostuve la mirada.
—No te des tanta importancia, Hugo. Es un mensaje para vender botellines.
Él esbozó una sonrisa lánguida y asintió.
—Mañana a las diez y media en la sala de juntas. Ven con tu mejor cara. Nos jugamos el bonus de Navidad, Fernández.
—Hasta mañana, jefe.
Parte 7: La presentación, los trajes caros y el órdago final
El jueves amaneció con un cielo plomizo y una lluvia fina, el clásico “chirimiri” madrileño que te empapa sin que te des cuenta y te deja el pelo como un estropajo. Me puse unos pantalones de pinzas negros, una blusa de seda blanca que no me ponía desde la graduación de la universidad, y me recogí el pelo en un moño tirante. Mirándome al espejo del diminuto baño de mi piso en Vallecas, me dije a mí misma: “Has sobrevivido a la pubertad con acné quístico y a Hugo Montenegro. Puedes enfrentarte a cuatro señores trajeados que huelen a puro”.
Llegué a la oficina a las diez. El ambiente estaba tenso. Silvia corría por los pasillos con bandejas de pastas de té y botellas de agua Perrier. En la sala de juntas, la pantalla gigante proyectaba el logo de Sinergia y Foco junto al de Mahou.
Hugo estaba repasando sus notas en la cabecera de la mesa. Llevaba un traje azul marino impecable, sin corbata, proyectando esa imagen de creativo rebelde pero confiable que tanto gustaba a las corporaciones.
—¿Nerviosa? —me preguntó, sin levantar la vista del papel cuando me senté a su lado.
—Solo si tú lo estás —respondí, abriendo mi cuaderno.
A las once menos cinco, entraron los clientes. Eran cuatro. El Director de Marketing, un hombre de unos cincuenta y tantos con el pelo canoso y un reloj que costaba más que mi vida entera; dos ejecutivos de cuentas con caras de pocos amigos, y una mujer joven, la Brand Manager, que parecía ser la que cortaba el bacalao de verdad.
Hubo apretones de manos, sonrisas falsas, chistes sobre el tráfico en la M-30 y el clima de mierda. Una vez sentados, el Director de Marketing, que se llamaba Don Arturo, tomó la palabra.
—Bueno, Hugo. Ya sabes cómo funciona esto. Se acerca el invierno, la campaña navideña de Loterías se lo va a llevar todo por delante, y nosotros necesitamos destacar. Necesitamos que la gente elija Mahou en los bares cuando hace frío. Hemos visto vuestros primeros bocetos y… nos faltaba garra. Esperamos que hoy tengáis algo más contundente.
Hugo se levantó, desplegando todo su arsenal de encanto y magnetismo. Habló durante diez minutos sobre estrategias de impacto, penetración de mercado y el valor emocional de la marca. Lo hizo tan bien que casi me olvido de que era un sociópata. Pero entonces, llegó el momento crítico.
—…y por eso, hemos decidido darle un giro completo al concepto —continuó Hugo, paseándose detrás de las sillas—. No queremos hablar de familias felices cenando pavo. Queremos hablar de la gente real. De los reencuentros ásperos. Del perdón difícil. Y para desarrollar esta idea, he confiado en nuestra nueva Senior Copywriter, Clara Fernández. Ella ha parido el alma de esta campaña, y creo que es justo que sea ella quien os la presente.
Hugo se sentó, cediéndome el escenario, con una mirada que decía claramente: “Tu turno, salta sin red”.
Me levanté despacio. Sentí el peso de las cinco miradas clavadas en mí. El estómago me dio un vuelco, pero apreté los puños bajo la mesa hasta que las uñas se me clavaron en las palmas. Respiré hondo.
Empecé a hablar.
No miré la pantalla. Les miré a ellos a los ojos. Les conté la historia de los dos amigos. Les hablé de cómo el orgullo es la barrera más grande del ser humano, de cómo a veces preferimos perder a alguien antes que dar el brazo a torcer. Les describí el frío de la calle de Madrid, el vaho en los cristales del bar, el sonido metálico de una lata al abrirse.
—La cerveza no es el milagro que arregla sus problemas —dije, bajando el tono de voz para crear intimidad en la enorme sala de cristal—. La cerveza es solo la excusa. Es la bandera blanca. Cuando tú empujas una caña hacia la persona que te ha hecho daño, no estás diciendo “lo olvido todo”. Estás diciendo “te perdono lo suficiente como para beber contigo hoy”. Ese es un mensaje que nadie en España está dando. Es un mensaje de madurez, de calle, de verdad. “El pasado quema, pero el presente está helado”.
Silencio.
Terminé la presentación y me quedé de pie. El silencio en la sala de juntas fue tan largo que llegué a pensar que me había pasado de frenada. Que era demasiado oscuro. Que me iban a despedir en directo.
Don Arturo, el Director de Marketing, se frotó la barbilla. Miró a la Brand Manager. Ella asintió imperceptiblemente.
Don Arturo se recostó en la silla y soltó una carcajada ronca.
—Joder. Joder, qué bueno es.
Solté el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Es crudo —continuó Don Arturo, señalándome con el bolígrafo—. Es jodidamente crudo. Me gusta. Me gusta mucho, Clara. Tiene esa mala leche madrileña que hace que la gente preste atención en el bar. Hugo, cabrón, tenías razón. Esta chica tiene un instinto cojonudo.
Hugo sonrió, asintiendo con la cabeza, asumiendo parte del éxito como si él me hubiera entrenado personalmente en las artes Jedi del copywriting.
—Sabía que os iba a encantar, Arturo. Creemos que podemos rodarlo la primera semana de noviembre y…
El resto de la reunión fue un torbellino de logística, presupuestos y fechas de entrega, pero la victoria ya estaba asegurada. Habíamos vendido la campaña. Yo había vendido la campaña.
Cuando los clientes se marcharon, acompañados por los pelotas de Cuentas hasta los ascensores, Hugo y yo nos quedamos solos en la sala de juntas. El silencio volvió a caer entre nosotros, pero esta vez era distinto. La adrenalina del pitch aún flotaba en el aire.
Me dejé caer en mi silla, exhausta. Me dolía la cabeza, los pies me mataban dentro de los zapatos formales, pero sentía una euforia que nunca había experimentado.
Hugo estaba recogiendo los vasos de agua vacíos. De repente, se detuvo, se apoyó en la mesa y me miró.
—Lo has bordado —dijo, y por primera vez en toda la semana, su tono sonó genuinamente honesto, sin ironía, sin arrogancia corporativa.
—Lo sé —respondí, cerrando mi cuaderno—. Te lo dije.
Él soltó una risita seca y se sentó en la silla de Don Arturo.
—Eres buena, Fernández. Muy buena. Peligrosamente buena.
—Tú tampoco lo haces mal, para ser el tipo que me robó los apuntes de Selectividad —contraataqué, incapaz de dejarlo pasar.
Hugo hizo una mueca, como si hubiera mordido un limón. Se frotó la nuca.
—Oye… sobre eso. Sobre… todo.
Levanté una ceja, esperando. ¿Iba el Anticristo a pedir perdón? ¿Iba el cielo a abrirse y a llover ranas sobre el Paseo de la Castellana?
—Mira, Clara. No te voy a mentir. Sigo pensando que lo de la Vespa fue una putada desproporcionada —empezó, lo cual era un comienzo pésimo para una disculpa—. Pero… he estado dándole vueltas estos días. A lo del instituto. A las cosas que hacíamos. Que hacía yo.
Se calló, buscando las palabras. Le costaba horrores. Su ego no estaba diseñado para la introspección ni para la culpa.
—Éramos unos cabrones. Yo era un cabrón contigo. Supongo que… supongo que en mi cabeza, tú eras simplemente un blanco fácil. No te veía como a una persona real. Te pido perdón por ello. Fui un gilipollas.
Me quedé mirándole, estupefacta. Las palabras “te pido perdón” en la boca de Hugo Montenegro sonaban como si estuviera hablando en arameo. Era torpe, estaba a la defensiva, y claramente le escocía el orgullo, pero lo había dicho.
Respiré hondo. ¿Perdonaba eso tres años de terror psicológico? Ni de broma. ¿Iba a borrar de mi mente la imagen de mis compresas colgadas en la pizarra? Jamás. Pero la venganza de la Vespa, la tensión de esta semana, y haberle demostrado que yo era mejor que él en el puto terreno de juego que él dominaba, había equilibrado la balanza de una forma enfermiza y catártica.
—Acepto tus disculpas, Hugo —dije lentamente—. Y yo… bueno, siento lo de tu moto. Era una Vespa muy bonita. Antes de arder, claro.
Hugo soltó una carcajada. Una carcajada real, sonora, que hizo eco en las paredes de cristal de la sala. Yo también sonreí. Era una situación tan absurda, tan grotesca, que la única respuesta lógica era la risa.
Parte 8: Cervezas amargas y el pacto de no agresión
Esa tarde, la oficina era un jolgorio. Silvia había pedido pizzas y cervezas para celebrar que Mahou había comprado la campaña. La gente brindaba, la música sonaba en los altavoces del departamento de diseño, y hasta Marcos el leñador se animó a intentar jugar al ping-pong, tirando la mitad de las pelotas por la ventana.
Yo estaba apoyada en una columna, bebiendo una Mahou —por supuesto— directamente del botellín, observando el circo romano. Hugo estaba en el centro, bromeando con el equipo de arte, pero de vez en cuando nuestras miradas se cruzaban a través de la sala.
Ya no había terror en mi pecho. Había una especie de respeto retorcido. Él sabía quién era yo, yo sabía de lo que era capaz, y ambos sabíamos que juntos, creativamente, éramos una puta bomba de relojería. El chico que me arruinó la vida se había convertido en mi jefe, y yo, de una forma extraña, me había convertido en su peor pesadilla y en su mejor activo.
Cerca de las nueve de la noche, la gente empezó a desfilar hacia sus casas. Me quedé recogiendo mi mesa, apagando el Mac y guardando mis cuadernos.
Hugo salió de su despacho, ya con la chaqueta de cuero puesta, listo para irse. Se acercó a mi mesa.
—Buen trabajo hoy, Clara. De verdad —dijo, deteniéndose a un metro de distancia.
—Gracias, jefe.
—Oye, unos cuantos nos vamos a tomar la última a un bar de Tribunal. ¿Te vienes?
Parpadeé, sorprendida. El instinto de supervivencia adolescente me gritó “¡Huye!”, pero la mujer adulta, la que acababa de salvarle el culo en una presentación millonaria, se lo pensó dos veces.
Le miré. Miré su chaqueta cara, su pelo perfecto, su sonrisa de tiburón corporativo que ahora, curiosamente, me parecía inofensiva. Le tenía cogido por las pelotas, literal y metafóricamente. Y él lo sabía.
—No, gracias, Hugo. Mañana madrugo. Tengo que pensar en la adaptación de la campaña para redes sociales —decliné, colgándome la mochila al hombro.
Él asintió, sin parecer ofendido.
—Claro. Descansa. Nos vemos mañana en las trincheras.
—Nos vemos mañana. Y Hugo… —le llamé cuando ya se daba la vuelta.
—¿Sí?
—Si alguna vez se te ocurre volver a robarme una idea o intentar dejarme mal en una reunión, recuerda que los coches de hoy en día arden mucho más rápido que las Vespas del 78. Y tu Audi del garaje me parece un objetivo precioso.
Hugo se quedó paralizado un segundo. Luego, lentamente, esbozó esa sonrisa torcida suya, levantó las manos en señal de rendición y me guiñó un ojo.
—Oído cocina, Fernández. Buenas noches.
Le vi caminar por el pasillo y desaparecer en el ascensor.
Salí a la calle, al frío nocturno del Paseo de la Castellana. Respiré hondo el aire contaminado de Madrid, que en ese momento me supo a gloria pura. Bajé las escaleras del metro en Nuevos Ministerios, sonriendo como una idiota.
Mi oscuro secreto seguía intacto para el mundo, pero ya no me pesaba. Porque a veces, el universo tiene un sentido del humor nefasto, retorcido y muy madrileño, pero si sabes jugarle las cartas de vuelta y tienes a mano un mechero Clipper… hasta el diablo acaba trabajando para ti.