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El CHICO QUE ME ARRUINÓ LA VIDA en el instituto de Madrid AHORA ES MI JEFE y mi oscuro secreto sigue INTACTO

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El CHICO QUE ME ARRUINÓ LA VIDA en el instituto de Madrid AHORA ES MI JEFE y mi oscuro secreto sigue INTACTO

Parte 1: El madrugón, la Línea 10 y el apocalipsis en diferido

Si alguien me hubiera dicho a las seis y media de la mañana, mientras me peleaba con el despertador y la persiana atascada de mi piso en Vallecas, que ese día iba a mirar a los ojos al mismísimo diablo vestido con un traje de Massimo Dutti, probablemente me habría dado la vuelta y habría seguido durmiendo hasta el año que viene. Pero claro, el universo tiene un sentido del humor nefasto, retorcido y, sobre todo, muy, muy madrileño.

Era mi primer día en “Sinergia y Foco”, una de esas agencias de publicidad de marketing digital que se habían instalado en un edificio acristalado y pretencioso del Paseo de la Castellana. Llevaba tres años encadenando contratos precarios, aguantando a jefes que creían que “pagar en visibilidad” era una moneda de cambio legal, y sobreviviendo a base de tápers de lentejas de mi madre y café de máquina que sabía a neumático quemado. Este trabajo era mi billete dorado. Un sueldo que me permitía, por fin, dejar de compartir piso con una estudiante de Bellas Artes que acumulaba tazas sucias bajo la cama, un puesto de Senior Copywriter, y un seguro médico privado. El puto sueño español.

Recuerdo perfectamente el trayecto en metro. Línea 1, transbordo en Tribunal, Línea 10 hasta Nuevos Ministerios. Era pleno septiembre, ese momento del año en Madrid en el que por la mañana hace un frío que te hiela los huesos y a mediodía el asfalto derrite las suelas de los zapatos. Yo iba embutida en una americana que me había costado la mitad de mis ahorros en las rebajas de El Corte Inglés, sudando ligeramente, apretujada contra la puerta de cristal del vagón mientras un señor a mi lado leía el Marca con una intensidad que daba miedo. Repasaba mentalmente mi discurso de presentación. “Hola, soy Clara, vengo con muchas ganas de aportar valor estratégico”. No, muy pedante. “Hola, soy Clara, lista para romperla”. No, muy flipada. Al final decidí que sonreír y no tropezarme con mis propios pies sería un logro suficiente.

Llegué al edificio con quince minutos de antelación. El vestíbulo olía a ambientador caro, a madera pulida y a éxito. Subí en un ascensor que iba tan rápido que me dejó el estómago en la planta baja. Planta catorce. Las puertas se abrieron y me encontré frente a un paraíso millennial: paredes de ladrillo visto, luces de neón con frases motivacionales en inglés del tipo “Think outside the box”, mesas de ping-pong que nadie usaba pero que quedaban genial en las fotos de la web, y gente joven tecleando en MacBooks con auriculares de cancelación de ruido.

Me recibió Silvia, la responsable de Recursos Humanos. Era una chica de mi edad, vestida con zapatillas de plataforma y un vestido de flores, que hablaba a una velocidad de vértigo y usaba la palabra “superguay” cada tres frases.

—¡Clara! ¡Qué guay que ya estés aquí! —exclamó, dándome dos besos con tanta energía que casi me disloca el cuello—. Tienes una pinta estupenda, superprofesional. Ven, te voy a enseñar tu sitio, te presento a un par de compis y luego vamos directas a la sala de juntas. Hoy es la reunión mensual de estado de cuentas y el nuevo Director Creativo Ejecutivo, que acaba de llegar de la sede de Londres, va a hacer su presentación oficial. Es un crack, ya verás. Vas a flipar con él.

Si hubiera sabido lo literal que iba a ser esa última frase, habría salido corriendo por las escaleras de emergencia.

Dejé mis cosas en mi nueva mesa, que tenía vistas a la ciudad —un lujo que me hizo casi llorar de emoción— y seguí a Silvia hacia la sala de juntas, una pecera de cristal inmensa en el centro de la oficina. Ya había unas veinte personas sentadas alrededor de una mesa de roble macizo. Me senté discretamente en una esquina, cerca de la puerta, por si acaso. El ambiente era distendido, la gente bromeaba, bebía café en tazas de diseño y comentaba el fin de semana. Yo me limitaba a sonreír y asentir, intentando absorber cada detalle, cada nombre, cada dinámica de poder.

De repente, la puerta se abrió de par en par. El murmullo de la sala se apagó como si alguien hubiera desenchufado la radio.

—Chicos, perdonad el retraso. El tráfico en la M-30 es una locura, ya sabéis —dijo una voz masculina. Una voz profunda, segura, con esa cadencia arrastrada tan pija, tan característica, que hizo que un escalofrío me recorriera la espina dorsal antes de siquiera levantar la vista.

Conocía esa voz. Mi cerebro reptiliano conocía esa voz. Era la voz que había protagonizado mis pesadillas durante al menos cinco años. La voz que me gritaba “¡Aparta, croqueta!” en los pasillos del Instituto San Isidro.

Levanté la mirada, casi a cámara lenta, rezando a todos los dioses en los que no creía para que mi oído me hubiera traicionado. Pero no. La vida no es así de generosa.

Allí estaba. Hugo Montenegro.

El tiempo se congeló. Literalmente sentí cómo la sangre abandonaba mi cabeza y bajaba hacia mis pies, dejándome mareada, con un zumbido sordo en los oídos. Hugo Montenegro. El terror de 3º de la ESO. El sociópata engominado de 1º de Bachillerato. El chico que hizo de mi adolescencia un infierno tan absoluto y minucioso que mis padres tuvieron que llevarme a terapia y sacarme del instituto en el último trimestre para que pudiera terminar el curso a distancia.

Estaba más alto, claro. Tenía la mandíbula más marcada, el pelo peinado hacia atrás con un estilo desenfadado pero que gritaba “peluquería de ochenta euros”, y un traje gris marengo que le sentaba como un guante. Había perdido la agresividad adolescente en el rostro, sustituyéndola por la sonrisa deslumbrante y carismática de un tiburón corporativo.

—Para los que no me conocen, soy Hugo Montenegro, vuestro nuevo Director Creativo Ejecutivo —dijo, apoyando las manos en la cabecera de la mesa y mirando a todos con una seguridad aplastante—. Vengo de liderar el equipo de cuentas internacionales en Londres, pero tenía unas ganas locas de volver a casa. De volver a Madrid, a los bocatas de calamares y a este solazo.

Alguien en la sala soltó una risita complaciente. Yo estaba hiperventilando.

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