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El chef estrella de Madrid confunde los ingredientes del crítico más temido y desata un caos nacional

El chef estrella de Madrid confunde los ingredientes del crítico más temido y desata un caos nacional

Parte 1

A las ocho y doce de la tarde, en el restaurante La Cúpula de Serrano no cabía ni un suspiro más. Las mesas estaban perfectamente alineadas, las copas brillaban como si alguien las hubiese pulido con lágrimas de unicornio y los camareros caminaban por la sala con esa expresión tan madrileña de “aquí no pasa nada, pero como se caiga una cucharilla arde Chamberí”.

En la cocina, sin embargo, sí pasaba algo.

Pasaba mucho.

Pasaba demasiado.

—¿Dónde está el aceite de humo de encina? —preguntó el chef Damián Robledo, levantando la voz sin gritar del todo, que era su forma habitual de gritar cuando había clientes importantes.

—En la mesa fría, chef —contestó Sonia, su segunda de cocina, mientras emplataba tres cigalitas con una pinza tan fina que parecía sacada de un quirófano de lujo.

 

—No, Sonia. Eso es el aceite de oliva arbequina con nostalgia de tomate.

—Chef, eso no existe.

—Existe desde que lo hemos cobrado a veintiocho euros el chorrito.

Sonia no respondió porque tenía cosas más importantes que hacer, como evitar que un becario de cocina pusiera microbrotes de cilantro encima de un postre de chocolate.

—¡Mario! —gritó ella—. ¿Tú has leído alguna vez una comanda?

Mario, un chico de veintidós años con cara de haber pedido prácticas en una cafetería tranquila y haber acabado en una guerra con delantales, se quedó congelado con unas pinzas en la mano.

—Ponía “brotes”, chef.

—Ponía “brotes de amaranto”, no “lo que encuentres verde y te dé confianza”.

Damián Robledo no escuchaba. Tenía los ojos fijos en la puerta que separaba la cocina del comedor, como si al otro lado hubiese aparecido Hacienda con una libreta. Esa noche no era una noche cualquiera. Esa noche venía Aurelio Santacruz, el crítico gastronómico más temido de España, el hombre capaz de hundir un restaurante con una frase de doce palabras y de levantar otro con una mención en su columna dominical.

Aurelio Santacruz no escribía reseñas. Dictaba sentencias.

Había dicho de un restaurante de Malasaña que “la cocina era honesta, pero quizá demasiado honesta, como un cuñado en Nochebuena”. Desde entonces, el local se reconvirtió en tienda de velas artesanales.

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