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El camarero que sirvió por error el anillo de compromiso a la persona equivocada en plena Puerta del Sol

El camarero que sirvió por error el anillo de compromiso a la persona equivocada en plena Puerta del Sol

Parte 1

A Diego le habían dicho muchas veces que trabajar en una terraza de la Puerta del Sol era como hacer prácticas en un aeropuerto, pero con más palomas y menos instrucciones claras. En su primer día en la cafetería La Campanada, situada a dos pasos del Kilómetro Cero y a tres de cualquier grupo de turistas que anduviera buscando “la estatua del oso ese”, Diego descubrió que la frase no era una exageración. Allí todo el mundo iba con prisa, con hambre, con el móvil en alto o con una confusión vital considerable.

La terraza estaba llena desde antes de las seis. En una mesa, dos señores discutían si el café solo de Madrid sabía más fuerte que el de Valencia. En otra, una familia de Cuenca intentaba hacerse una foto con el cartel de Tío Pepe de fondo, aunque el hijo adolescente salía siempre mirando a una paloma. En la mesa más cercana a la puerta, una mujer con gafas de sol enormes hablaba por teléfono con una intensidad que hacía pensar que estaba negociando la paz mundial, aunque en realidad estaba diciendo:

—No, Mari Carmen, te estoy diciendo que el vestido beige no es beige, es tristeza en tela.

 

Diego llevaba una hora y media trabajando y ya había pedido perdón diecisiete veces. Dos a una señora porque le había traído leche fría en vez de caliente. Una a un señor porque le había llamado “caballero” y el señor se había sentido antiguo. Cuatro a su encargado, Ismael, que tenía una forma de mirarle como si Diego fuera un jarrón caro colocado al borde de una mesa.

—Diego —le dijo Ismael, sujetando una libreta de comandas como si fuera un documento confidencial del Estado—, mira, chaval, lo importante aquí es no perder la calma.

—Sí, sí, la calma la tengo.

—No la tienes.

—Bueno, la estoy buscando.

—Pues búscala rápido, porque la mesa doce ha pedido tres cañas, una sin alcohol, una con limón y una que no sabe si con limón o sin limón porque está “en un proceso”.

Diego tragó saliva.

—¿En un proceso de qué?

—De tocarme los nervios, probablemente. Anda, tira.

La Campanada era una cafetería con pretensiones de elegancia madrileña, aunque su elegancia dependía mucho de la hora. A las cinco era un sitio agradable donde tomar café y tartas con vistas al bullicio. A las siete se convertía en una coreografía de camareros esquivando mochilas, turistas perdidos, señoras con bolsas y jóvenes que querían una mesa “con luz bonita para el reel”. El dueño decía que era “encanto urbano”. Ismael decía que era “un circo con sillas”.

Diego no había querido empezar su carrera como camarero en un sitio tan céntrico. Él había imaginado algo más tranquilo, quizá un bar de barrio donde los clientes habituales dijeran “lo de siempre” y él, después de tres semanas, supiera qué era “lo de siempre”. Pero su primo Nico conocía al primo de una prima del dueño, y en Madrid eso era prácticamente una oposición aprobada.

 

—Tú sonríe —le había dicho Nico—. Si sonríes, la gente perdona.

—¿Y si me equivoco?

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