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El ángel de los viñedos de Rioja descubre la fría verdad tras su adopción de ensueño

El ángel de los viñedos de Rioja descubre la fría verdad tras su adopción de ensueño

Parte 1

A Lucía la llamaban “el ángel de los viñedos” antes incluso de que ella supiera distinguir una cepa de un arbusto con pretensiones. El apodo se lo puso Julián, el encargado de mantenimiento de la finca Vega-Alzaga, una mañana de octubre, cuando la niebla todavía se agarraba a las hileras de viñas como una sábana mal tendida.

Lucía había llegado a La Rioja tres meses antes con una maleta azul, dos pares de botas, un cuaderno de tapas blandas y una fe exagerada en las segundas oportunidades. Tenía veintitrés años, los ojos grandes de quien ha aprendido a observar antes que a hablar, y esa manera de sonreír que no pedía nada, pero que parecía disculparse por ocupar espacio.

La finca Vega-Alzaga era de esas que salían en revistas caras, de las que tienen más piedra que una catedral y más silencio que una reunión de vecinos cuando alguien pregunta quién ha dejado la basura fuera del contenedor. La casa principal se alzaba sobre una loma suave, rodeada de viñedos perfectamente alineados, cipreses teatrales y una fuente que no servía para nada salvo para que las visitas dijeran:

—Qué maravilla, parece la Toscana.

Y entonces doña Beatriz Vega-Alzaga, la dueña de la finca, corregía con una sonrisa helada:

—La Toscana querría parecerse a La Rioja, querida.

Lucía escuchó esa frase el primer día y pensó que aquella mujer tenía una seguridad admirable. Con el tiempo aprendería que no era seguridad, sino costumbre de mandar hasta sobre el viento.

Los Vega-Alzaga la habían adoptado legalmente después de una larga historia que en los periódicos locales sonaba preciosa. “Prestigiosa familia bodeguera abre su hogar a joven sin raíces familiares”. “Un gesto de amor en el corazón del vino riojano”. “La heredera inesperada de una casa histórica”. El artículo que más emocionó a Lucía incluía una foto suya en el patio de la finca, entre Beatriz y su marido, don Ramiro, ambos vestidos con tonos crema, como si hubieran nacido dentro de un catálogo de decoración. Ella aparecía en medio con un vestido sencillo y una sonrisa temblorosa.

—Pareces una virgen de pueblo, hija —le dijo Carmen, la cocinera, al ver la foto en el periódico.

—¿Eso es bueno?

—Depende. Si te ponen flores, bien. Si te sacan en procesión, corre.

Carmen era una mujer baja, redonda, con los brazos fuertes de quien había amasado pan, levantado ollas y frenado dramas familiares con una mirada. Llevaba treinta años trabajando en la finca y conocía a los Vega-Alzaga mejor que sus propios espejos.

—No hagas caso —añadió mientras metía una bandeja de pimientos al horno—. Tú estás muy mona. Demasiado mona para esta casa, si me preguntas.

—Nadie te ha preguntado, Carmen —dijo don Ramiro entrando en la cocina con un periódico bajo el brazo.

—Ya, pero contesto igual. Es mi don.

Don Ramiro soltó una risa breve. Era un hombre alto, de bigote cuidado y chalecos que parecían tener más herencia que algunas familias. A Lucía le caía bien. O, al menos, le daba pena de una forma cariñosa. Parecía vivir con miedo de arrugar las cortinas.

—Lucía, querida —dijo él—, Beatriz quiere verte en el salón.

Lucía se limpió las manos en el delantal.

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