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El amor de mi vida me abandona por mi prima rica de Sevilla justo después de que yo pagara todas sus deudas

El amor de mi vida me abandona por mi prima rica de Sevilla justo después de que yo pagara todas sus deudas

Parte 1

La primera vez que Dani me pidió dinero, lo hizo con esa cara de cachorro mojado que le salía tan bien que habría podido estafar a medio Mercadona con una bolsa de croquetas vacía. Yo estaba cortando cebolla en la cocina, llorando por la cebolla, por la vida y porque el extractor hacía más ruido que el motor de un Seat Panda cuesta arriba. Él apareció en la puerta con el móvil en la mano, como quien trae malas noticias pero espera que haya postre.

—Clara, cariño… ¿tú sabes si el banco tarda mucho en desbloquear una cuenta?

Yo dejé el cuchillo sobre la tabla.

—¿Qué cuenta?

—La mía.

—¿La que juraste que estaba “perfectamente controlada”?

—Sí, esa. Bueno, perfectamente, perfectamente… —se rascó la nuca—. Digamos que el banco y yo tenemos distintas interpretaciones del concepto “control”.

Así empezó todo. Con una frase ridícula, un sofrito a medio hacer y yo pensando que el amor consistía en ponerse el delantal emocional y salvar al otro de sus propios desastres. Porque eso era Dani: un desastre con barba bien recortada, sonrisa de anuncio de colonia barata y la capacidad de hacerme creer que cualquier problema era temporal, pequeño y solucionable con un abrazo.

Yo llevaba tres años con él. Tres años de planes de futuro, de domingos en pijama, de discusiones por quién había dejado el tapón del champú abierto y de frases como “cuando tengamos nuestra casa” o “cuando nos casemos, invitamos solo a la gente imprescindible”, lo cual en mi familia significaba ciento veinte personas y una tía segunda que nadie sabía de dónde salía pero siempre acababa llevándose tuppers.

Dani trabajaba “en proyectos”. Esa era su manera elegante de decir que había tenido más contratos temporales que plantas secas en mi balcón. Un mes hacía diseño para una empresa de eventos, otro mes ayudaba a un amigo con una web, otro se metía en una consultoría que prometía mucho y pagaba poco. Yo, en cambio, era administrativa en una clínica dental. No era el trabajo de mis sueños, pero tenía nómina, pagas extra y una jefa que decía “equipo” cada vez que quería que nos quedáramos quince minutos más sin pagarnos.

—¿Cuánto debes? —pregunté aquella noche.

Dani se sentó en la silla de la cocina. No se sentó normal. Se dejó caer, como si el peso de la humanidad le estuviera doblando la espalda.

—No es tanto.

Cuando alguien dice “no es tanto”, siempre es tanto. Si no fuera tanto, diría la cifra directamente. Si no fuera tanto, no miraría al suelo como si el suelo acabara de revelarle el sentido de la vida.

—Dani.

—Entre una cosa y otra…

—Dani.

—Unos nueve mil.

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