El amargo sabor del vino español cuando tu marido se marcha con otra mientras esperas a su segundo hijo
Parte 1: El brindis que se quedó a medias
Mira, si me hubieran dicho hace diez años, cuando me casé con Javi en aquella ermita de Segovia rodeada de campos de trigo y tíos abuelos que olían a naftalina y coñac soberano, que acabaría así, me habría reído en la cara de todo el mundo. Pero de esas risas que suenan a cristales rotos, ¿sabes? Porque una cosa es que la vida te dé limones y otra muy distinta es que te meta una hectárea entera de cítricos por donde no brilla el sol mientras intentas no vomitar el desayuno porque tienes una personita de seis meses de gestación dándote patadas en el hígado.
Esa mañana de martes en Madrid hacía un calor de los que te pegan la ropa al cuerpo nada más cruzar el umbral del portal. Yo estaba allí, en nuestra cocina de diseño escandinavo —esa que tardamos seis meses en pagar y otros tres en montar porque Javi se empeñó en que él sabía interpretar los planos de IKEA sin ayuda—, intentando convencerme de que el olor al café que estaba preparando él no era una invitación directa a abrazarme al váter.
— Lucía, cariño, ¿has visto mis llaves? —preguntó él desde el pasillo.
Javi siempre perdía las llaves. Era su seña de identidad. Esa y su capacidad para parecer un anuncio de Massimo Dutti incluso recién levantado, mientras yo, con mi barriga de segundo embarazo, me sentía más como un anuncio de neumáticos Michelin, pero con ojeras y antojos de aceitunas rellenas a las siete de la mañana.
— En el cuenco de la entrada, Javi. Debajo de la propaganda del Telepizza —contesté, apoyando las manos en la encimera.
Me miré la barriga. Marcos, que estaba a punto de cumplir tres años, correteaba por el salón persiguiendo al gato, que ya se veía venir que su vida de paz y tranquilidad se acababa con la llegada del nuevo hermano. Yo estaba de veintiséis semanas. La ropa me apretaba, los tobillos se me hinchaban como dos piezas de embutido de Teruel y mi paciencia estaba bajo mínimos. Pero estaba feliz, o eso creía yo. Teníamos el piso, el coche familiar, el perro imaginario que Marcos pedía cada Navidad y un proyecto de vida que, sobre el papel, era de diez.
Javi entró en la cocina. Llevaba una camisa azul claro, perfectamente planchada. Por mí, claro. Porque Javi y la plancha tenían una relación de respeto mutuo: él no la tocaba y ella no le quemaba los dedos. Se acercó y me dio un beso en la frente. Un beso de esos que no saben a nada. Un beso de trámite, como el que le das a una tía segunda en un funeral.
— Me voy ya, que tengo una reunión con unos clientes de Valencia. Volveré tarde, no me esperes para cenar —dijo, sin mirarme a los ojos.
— ¿Otra vez? Es la tercera esta semana, Javi. Mañana tenemos la ecografía de las veinte semanas… bueno, de las veintiséis, la de control. Te dije que el médico quería ver cómo iba el tema del líquido —le recordé, intentando que no se me notara el tono de reproche, aunque en Madrid el reproche es casi un dialecto local.
— Ya, ya… lo sé. Haré lo posible. Pero es que este contrato es vital para la consultoría. Venga, dame un beso.
Se fue. El portazo resonó en toda la casa. Me quedé allí, con el olor a café y a su colonia cara flotando en el aire, sintiendo una punzada extraña en el pecho que no era acidez de estómago, aunque se le parecía mucho.
Pasé el día como pude. Entre llevar a Marcos a la guardería, lidiar con mi jefa —que parecía haber olvidado que las embarazadas también tenemos derecho a que no nos griten por un Excel mal cuadrado— y la compra en el Mercadona, llegué a la noche destrozada. Me serví una copa de vino. Bueno, no. No podía beber vino. Me serví un vaso de agua con gas y una rodaja de limón, intentando imaginar que era un Verdejo bien fresquito de esos que te alegran el alma en una terraza de la Plaza Mayor.
Me senté en el sofá a esperar. Las diez, las once, las doce. Ni un mensaje. Ni un “ya voy”, ni un “estoy llegando”. A la una de la madrugada, oí la llave girar. Pero no era el giro normal. Era un giro dubitativo.
Javi entró. No traía maletín. Traía una cara que yo no le conocía. Una mezcla de alivio y pánico, como el que acaba de saltar en paracaídas y se da cuenta de que se ha dejado la mochila en el avión. Se sentó en el sillón de orejas, el que compramos cuando nació Marcos para que yo pudiera darle el pecho con comodidad.
— Lucía, tenemos que hablar —dijo.
Esa frase. La frase que ha destruido más hogares en España que la crisis del ladrillo. Cuando un hombre te dice “tenemos que hablar” a la una de la mañana, no es para decirte que ha decidido hacerse vegano o que va a apuntarse a clases de bachata.
— Son la una, Javi. Estoy cansada y me duele la espalda. Si es por lo de las vacaciones en Benidorm con tus padres, ya te he dicho que…
— Me voy, Lucía —me interrumpió. Su voz no temblaba. Y eso fue lo que más me dolió. Que tuviera la sangre tan fría como un gazpacho de bote—. Me voy de casa. No puedo seguir así. No es justo para ti, ni para mí, ni para los niños.
Me quedé helada. El agua con gas se me quedó estancada en la garganta.
— ¿Cómo que te vas? ¿A dónde? ¿A un hotel para pensar? ¿Al pueblo con tu madre?
Él suspiró. Se pasó la mano por su pelo perfectamente engominado.
— No. Me voy con alguien. Con Elena.
— ¿Elena? ¿Qué Elena? ¿La de contabilidad? ¿La que tiene cara de no haber comido un cocido en su vida? —pregunté, sintiendo que la realidad se distorsionaba.
— No importa quién sea. El caso es que me he enamorado, Lucía. Esto… esto con nosotros ya no funcionaba. Tú estás siempre cansada, solo hablas de pañales, de la guardería, de lo que cuesta el colegio… He perdido la chispa. Y Elena… ella me hace sentir vivo de nuevo.
“Vivo de nuevo”. Me entraron unas ganas locas de estamparle el vaso de agua con gas en toda la frente, pero mi educación madrileña y el hecho de tener a un niño durmiendo en la habitación de al lado me contuvieron.
— Estoy embarazada de seis meses, Javi. De TU hijo. El segundo. El que planeamos aquel viaje a la Rioja donde bebimos tanto vino que casi no llegamos al hotel —le dije, levantándome como pude, sintiendo todo el peso de mi vientre como una losa de hormigón.
— Lo sé. Y me haré cargo. No les faltará de nada. Pero yo no puedo vivir en una mentira. Me llevo mis cosas mañana. Ella me está esperando abajo.
¿Abajo? ¿En el portal? ¿La otra estaba esperando en un coche en doble fila mientras él desmantelaba diez años de vida en cinco minutos? Me acerqué a la ventana. Efectivamente, un Mini de color rojo estaba aparcado con los cuatro intermitentes puestos. El coche de las que no tienen hijos, de las que no tienen ojeras, de las que pueden beber vino sin remordimientos.
Sentí un vacío tan grande que por un momento pensé que el bebé se me iba a salir por la boca. Javi se levantó, entró en el dormitorio, cogió una maleta que ya tenía preparada (el muy cobarde la había escondido debajo de la cama, supongo) y volvió al salón.
— Te llamaré mañana para ver cómo nos organizamos con Marcos —dijo, evitando mi mirada.
No dije nada. No pude. Se me cerró la garganta. Vi cómo cerraba la puerta de casa. Esta vez el portazo no sonó a nada. Sonó a silencio absoluto.
Me quedé sola en el salón. Bueno, sola con mi barriga y con el eco de sus palabras. Me acerqué a la cocina, abrí la nevera y vi la botella de vino que guardábamos para una “ocasión especial”. Un Ribera del Duero que nos regaló mi suegro por Navidad. Miré la etiqueta. “Crianza”. Menuda ironía.
La abrí. Sé que no debía. Sé que el médico me daría una charla sobre los riesgos del alcohol durante el embarazo, pero en ese momento, necesitaba oler algo que no fuera traición. Me serví una copa, solo para olerla. Pero el aroma me golpeó como un bofetón. Era amargo. No era el vino, era mi vida. Me llevé la copa a los labios y sentí el primer sorbo. Amargo, seco, áspero. Como el asfalto de la M-30 en agosto.
— Pues nada, chaval —le dije a mi barriga, acariciándola mientras las primeras lágrimas empezaban a caer—, parece que vamos a ser tú, Marcos y yo contra el mundo. Y a tu padre… a tu padre que le den mucho por donde amargan los pepinos.
Me senté en el suelo de la cocina, rodeada de azulejos fríos, con una copa de vino que no debía beber y un corazón que no sabía cómo seguir latiendo. En ese momento, lo único que deseaba era que el vino fuera lo suficientemente fuerte como para borrarme la memoria, pero el destino, como buen español, es testarudo y no te deja olvidar las cosas tan fácilmente.
La noche se hizo eterna. Cada vez que cerraba los ojos, veía el Mini rojo. Cada vez que escuchaba un ruido, pensaba que era él volviendo, diciendo que era una broma, que se había vuelto loco por el estrés del trabajo. Pero no volvió. El reloj de la cocina seguía marcando las horas con una crueldad mecánica. Marcos se despertó a las tres pidiendo agua. Fui a su cuarto, le di de beber, le arropé y le di un beso en la frente. Él me miró con esos ojos que son igualitos a los de su padre.
— ¿Papá? —preguntó con voz somnolienta.
— Papá… papá ha tenido que salir a un viaje de trabajo muy largo, cariño. Duérmete —mentí.
La primera mentira de muchas. Porque en España, cuando un matrimonio se rompe, lo primero que se rompe es la verdad. Y yo, allí de pie en el cuarto decorado con nubes y estrellas, supe que el amargo sabor del vino español iba a ser mi único compañero durante mucho tiempo.
Parte 2: La resaca de la realidad y el comando “amigas al rescate”
A la mañana siguiente, Madrid se despertó con la misma indiferencia de siempre. El camión de la basura pasó haciendo ese ruido infernal que parece que están triturando pianos de cola, y el vecino de arriba empezó con sus ejercicios de saltos que hacían vibrar mis lámparas de techo. Yo me levanté con una sensación en el cuerpo que solo puedo describir como si me hubiera pasado por encima una procesión entera de la Semana Santa de Sevilla, nazarenos incluidos.
Tenía la boca seca y los ojos como dos tomates del huerto de mi abuelo. Miré la copa de vino que se había quedado a medias sobre la encimera. El líquido parecía una mancha de sangre seca en la luz grisácea del amanecer.
— Venga, Lucía, arriba. Que el mundo no se para porque tu marido sea un imbécil integral —me dije a mí misma mientras intentaba despegarme las sábanas.
El primer reto del día fue Marcos. Los niños tienen un radar especial para el drama. Detectan el olor a crisis matrimonial a kilómetros de distancia. Marcos no quería ponerse los pantalones. No quería la leche con galletas. Quería que su padre le hiciera el “avión” para desayunar.
— Papá no está, cielo. Ya te lo dije. Se ha ido a… a salvar el mundo, o algo así —improvisé, mientras intentaba abrocharme el botón del pantalón premamá, que ese día parecía haberse encogido por solidaridad con mi desgracia.
Después de dejar a Marcos en la guardería, donde la profesora me miró con cara de “uy, qué mala cara traes, ¿has pasado mala noche?”, me senté en una cafetería de esas modernas donde te cobran cinco euros por un café que sabe a flores y el camarero lleva una barba que podría albergar una familia de gorriones. Saqué el móvil. Tenía tres llamadas perdidas de mi madre y un mensaje de WhatsApp de Javi.
“Lucía, he dejado las llaves del garaje en el buzón. Elena dice que podemos quedar el jueves con los abogados para ir agilizando el convenio. Besos a Marcos.”
“Besos a Marcos”. Y a mí que me parta un rayo, claro. Y al que llevo dentro, que todavía no tiene nombre oficial pero que ya pesa lo suyo, ni mención. Me entró una rabia sorda, de esa que se te instala en la boca del estómago y te da ganas de quemar algo, preferiblemente un concesionario de BMW.
No pude evitarlo. Llamé a mi comando de élite: Sole y Bea.
Sole es de esas mujeres que te arreglan un grifo, te hackean el sistema de Hacienda y te hunden la reputación de un ex en menos de veinte minutos. Bea, por el contrario, es la mística del grupo, la que te dice que “el universo está alineando tus chakras” mientras se toma un gintonic de tres pisos. Quedamos en mi casa esa misma tarde.
— ¡Pero qué pedazo de sinvergüenza! ¡Qué hijo de su madre! —gritó Sole nada más entrar por la puerta, dejando un rastro de indignación y una bolsa de croquetas caseras sobre la mesa—. ¡Que se ha ido con la de contabilidad! ¡Si esa chica tiene menos luces que una patera en mitad del Estrecho!
— Sole, por favor, baja la voz que Marcos está en el cuarto jugando con los Legos —le pedí, aunque en el fondo me encantaba oírla insultar a Javi.
— No, Lucía, no bajo la voz —siguió ella, quitándose la chaqueta con una furia guerrera—. Esto es España, aquí los cuernos se gritan, no se susurran. ¿Y cómo estás tú? Mírate, pareces un espectro del Museo del Prado.
Bea, que había estado observando mi aura con cara de preocupación, se acercó y me puso una mano en el hombro.
— Tienes el campo energético hecho unos zorros, cariño. Es normal. Plutón está en retrogrado y eso afecta a las relaciones estables. Pero no te preocupes, he traído palo santo y unas piedras lunares para limpiar la casa de la energía negativa de ese… de ese ser de luz apagada.
— Menos piedras y más abogados —intervino Sole, abriendo la bolsa de croquetas—. Lucía, cariño, cómete una croqueta. El jamón cura el alma y estas son de las buenas, de las que llevan bechamel de verdad, no ese engrudo que venden por ahí.
Nos sentamos en el salón. Yo me sentía como si estuviera en mi propio velatorio, pero con mejor catering. Les conté todo. Los detalles del Mini rojo, la frialdad de Javi, la sensación de vacío.
— Lo peor no es que se haya ido —dije, sintiendo que las lágrimas volvían a asomar—. Lo peor es que me siento estúpida. ¿Cómo no me di cuenta? Las reuniones tarde, el gimnasio de repente, que se comprara calzoncillos nuevos que no eran de algodón barato… ¡Estaba ahí, delante de mis narices!
— No eres estúpida, Lucía —dijo Bea con dulzura—. Simplemente confiaste. Y la confianza es un regalo que él no ha sabido gestionar. Él es el que ha fallado al contrato cósmico de la lealtad.
— Al contrato cósmico y al de la hipoteca, que es el que duele de verdad —añadió Sole, que siempre tenía los pies en el suelo—. Mañana mismo vamos a ver a mi primo Manolo. Es el mejor abogado matrimonialista de todo Madrid. Un tiburón. Una vez consiguió que una mujer se quedara con el piso, el coche y hasta con los empastes de oro del ex marido.
— No quiero guerra, Sole. Solo quiero que esto pase rápido.
— ¡Ah, no! ¡De eso nada! —Sole se levantó del sofá como si fuera a dar un discurso en el Congreso—. Tú estás embarazada. Estás criando a un niño pequeño. Él se ha ido a vivir la vida loca con una que probablemente no sabe ni freír un huevo. Aquí se va a enterar hasta el apuntador. ¿Sabes qué vamos a hacer?
— ¿Qué? —pregunté con miedo.
— Vamos a ir a su oficina. Mañana.
— ¡Ni hablar! —exclamé—. No voy a montar un espectáculo en la consultoría.
— No es un espectáculo. Es una entrega de bienes —dijo Sole con una sonrisa maliciosa—. Le vamos a llevar todas esas cosas que se ha “olvidado” y que tú no tienes por qué guardar. Sus trofeos de pádel, sus libros de autoayuda para ser un líder exitoso y, sobre todo, esa colección de vinilos de jazz que tanto le gusta y que ocupa medio salón.
La idea de ver a Javi rodeado de sus compañeros de trabajo mientras yo aparecía con cajas y una barriga de seis meses me daba pavor, pero al mismo tiempo, sentí un pequeño chispazo de satisfacción. Una pequeña llama de rebelión que empezaba a arder en mitad de mi desolación.
Pasamos la tarde empaquetando. Bueno, Sole empaquetaba y yo intentaba no marearme con el olor del palo santo que Bea iba quemando por todas las esquinas.
— ¡Fuera malas vibras! ¡Fuera energías de traición! ¡Que entre la abundancia y la paz! —canturreaba Bea mientras pasaba el humo por encima del sofá.
— Como no entre algo de dinero en esa cuenta corriente, la abundancia nos la vamos a tener que comer con patatas —murmuró Sole mientras cerraba una caja con precinto haciendo un ruido estruendoso.
En un momento dado, me quedé mirando una foto que teníamos en el aparador. Era de las vacaciones del verano anterior en la Costa Brava. Salíamos los tres, riendo, con el mar de fondo. Javi me abrazaba por la cintura y yo estaba radiante, sin saber que un año después estaría planeando una emboscada logística con mis amigas.
— Tírala, Lucía —dijo Sole, apareciendo a mi lado—. O mejor, dásela a él. Que vea lo que ha roto cada vez que quiera escuchar un disco de Miles Davis.
Esa noche, cuando se marcharon, la casa se sentía más vacía pero menos pesada. El olor al palo santo se mezclaba con el de las croquetas de jamón. Me fui a la cama y, por primera vez en mucho tiempo, no lloré. Pensé en el niño que crecía dentro de mí. Él no tenía la culpa de nada. Y yo, por muy rota que estuviera, tenía que ser su puerto seguro.
Pero antes de dormir, saqué el móvil y busqué en Instagram el perfil de “Elena Contabilidad”. La encontré en tres segundos. Fotos de ensaladas de quinoa, fotos en el gimnasio con mallas de colores neón y una frase en su biografía que decía: “Fluyendo con el universo. El amor es libertad”.
— Pues fluye, bonita, fluye —susurré para mis adentros—, que mañana te va a llegar un tsunami de cajas de cartón que no vas a saber ni por dónde te da el aire.
Me quedé dormida con una sonrisa amarga, dándome cuenta de que en esta tragicomedia española que se había convertido mi vida, yo ya no era la víctima que lloraba en la cocina, sino la protagonista que estaba empezando a ensayar su mejor escena. Porque si algo sabemos las mujeres de este país, es que se puede tener el corazón roto, pero el orgullo y el sentido del humor son innegociables.
Parte 3: La gran entrega y el encuentro en la “zona cero”
El miércoles amaneció con un cielo de un azul tan intenso que insultaba mi estado de ánimo. Eran las nueve de la mañana y yo estaba en la puerta de la oficina de Javi, en pleno Paseo de la Castellana, rodeada de ejecutivos con prisas y olor a café de franquicia. A mi lado, Sole custodiaba tres cajas de cartón como si fueran el tesoro del Galeón San José, y Bea sostenía un cristal de cuarzo rosa “para suavizar las tensiones”.
Yo llevaba un vestido premamá que me hacía parecer una mesa camilla con flores, pero me había pintado los labios de un rojo tan potente que Sole dijo que podía verse desde el espacio.
— Escúchame bien, Lucía —me instruyó Sole mientras esperábamos a que el guardia de seguridad nos dejara pasar—. Tú entras, cabeza alta, sacas tripa —que no te hace falta mucho esfuerzo, las cosas como son— y le dices: “Aquí tienes tus recuerdos, espero que quepan en el Mini”. Y te vas. Sin llorar. Sin pedir explicaciones. Como una reina.
— No sé si puedo hacerlo, Sole. Me tiemblan las piernas —confesé, sintiendo que el bebé daba vueltas como si estuviera en una lavadora.
— ¡Claro que puedes! Piensa en la de contabilidad y en sus ensaladas de quinoa. ¡Venga, arriba!
Subimos en el ascensor. Esos ascensores de cristal donde ves cómo Madrid se va haciendo pequeña mientras tú sientes que te falta el aire. Cuando se abrieron las puertas en la planta 12, el aire acondicionado nos golpeó como una bofetada de realidad. Silencio, moqueta gris y un olor a moho corporativo.
La recepcionista, una chica joven con un moño tan tirante que parecía que se le iban a salir los ojos, nos miró con extrañeza.
— Buenos días, buscamos a Javier Ruiz. Somos su… servicio de mudanzas personal —dijo Sole con una sonrisa que daba más miedo que confianza.
— ¿Tienen cita? El señor Ruiz está en una reunión de equipo en la sala ‘Sinergia’.
— No te preocupes, monada. Sabemos dónde está —dijo Sole, echando a andar con paso firme.
La seguimos por el pasillo. Yo sentía que el corazón me iba a 180 pulsaciones por minuto. Pasamos por delante de mesas llenas de pantallas, gente hablando por teléfono con términos en inglés que nadie entiende y, de repente, la vi.
Elena.
Estaba sentada en su puesto, bebiendo de una botella de agua con cristales dentro (muy del estilo de Bea, por cierto) y riéndose de algo que decía una compañera. Era más joven de lo que pensaba. Tenía esa piel perfecta de quien no sabe lo que es despertarse a las cuatro de la mañana porque un niño ha tenido una pesadilla. Llevaba una blusa de seda blanca que probablemente costaba lo mismo que mi hipoteca mensual.
Sole se detuvo justo delante de ella.
— Hola, ¿tú eres Elena, verdad? —preguntó con una falsa amabilidad que helaba la sangre.
La chica levantó la vista, confundida.
— Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarles?
— Nada, solo queríamos entregarte esto. Es para Javi, pero como ahora sois “uno solo”, supongo que no te importará guardárselo hasta que salga de su reunión de sinergias —dijo Sole, soltando la caja más pesada justo encima de su escritorio, haciendo que su botella de agua “mística” saltara por los aires.
En ese momento, la puerta de la sala de reuniones se abrió y salió Javi, seguido de tres hombres con traje gris. Se quedó petrificado. Sus ojos fueron de las cajas a mí, de mí a Elena, y de Elena a Sole.
— ¿Lucía? ¿Qué haces aquí? —preguntó, balbuceando. Sus compañeros de trabajo se detuvieron, oliendo el drama como tiburones el hierro.
Me adelanté. Sentí que el rojo de mis labios me daba un superpoder. Me toqué la barriga de forma ostentosa, para que todo el mundo recordara que Javi no solo estaba dejando a una mujer, sino a una familia en construcción.
— Hola, Javi. Solo venía a traerte tus cosas. No quería que te faltara nada en tu nueva vida de “libertad y fluidez” —dije, mirando de reojo a Elena, que se había puesto del color de un pimiento del piquillo—. Aquí tienes los vinilos, tu ropa de deporte y la foto de las vacaciones en la Costa Brava. He pensado que igual te servía para explicarle a tus nuevos amigos qué hacías el verano pasado mientras decías que me querías.
Javi se acercó, intentando bajar el tono, tratando de llevarnos hacia un rincón más discreto.
— Lucía, por favor, esto no es lugar… hablemos en casa…
— ¿En qué casa, Javi? —le solté, y mi voz sonó clara y firme en toda la oficina—. ¿En la que ya no vives? ¿O en la que compartes con la chica de las ensaladas? No tenemos nada de qué hablar. El jueves nos vemos con los abogados. Y asegúrate de que el Mini tenga buen maletero, porque te quedan otras diez cajas en el trastero.
Bea, que hasta entonces había estado callada, se acercó a Javi y le pasó el cuarzo rosa por delante de la cara.
— Tienes el karma muy sucio, Javier. Esto te ayudará a transmutar la energía de la traición, aunque yo de ti me prepararía para una reencarnación bastante chunga.
Sole soltó una carcajada. Javi estaba rojo de la vergüenza. Sus jefes miraban la escena con una mezcla de horror y fascinación. Elena se tapaba la cara con las manos.
— Vámonos, chicas. Aquí el aire está muy viciado —dije, dándome la vuelta.
Caminamos hacia el ascensor con la satisfacción del deber cumplido. Cuando las puertas se cerraron, las tres estallamos en una carcajada histérica.
— ¡Has visto la cara que ha puesto! —gritaba Sole, dándome palmaditas en la espalda—. ¡Parecía que se le iba a caer la mandíbula al suelo!
— Y la otra… ¡ay, la otra! Casi se le atraganta el agua con diamantes —añadió Bea entre risas.
Pero cuando salimos a la calle y el sol de Madrid nos volvió a dar en la cara, la risa se me fue apagando poco a poco. Sí, había sido un momento glorioso. Sí, le había dado donde más le dolía: en su imagen de hombre de éxito y rectitud. Pero al final del día, yo volvía a una casa con una habitación vacía y él seguía teniendo su Mini rojo y su blusa de seda.
— ¿Estás bien, cari? —me preguntó Sole, notando mi cambio de humor.
— Sí… supongo. Solo que… ahora qué, Sole. La función se ha acabado y yo sigo embarazada y sola.
— De sola nada, bonita. Ahora viene lo mejor —dijo Sole, parando un taxi—. Ahora viene la fase de “reconstrucción nacional”. Y para eso, lo primero es irnos a comer un buen cocido. Que el garbanzo es una fuente de hierro y alegría.
Fuimos a un restaurante de los de toda la vida, de esos con manteles de cuadros y camareros que te llaman “jefa”. Allí, entre platos de sopa humeante y bandejas de carne y verdura, empecé a sentirme un poco más humana.
— Escúchame, Lucía —dijo Sole, atacando un trozo de tocino con entusiasmo—. Javi es un cobarde. Ha elegido el camino fácil. Se ha ido con la novedad porque no tiene narices de afrontar la realidad de una vida compartida. Pero tú… tú eres una roca. Estás creando vida. Estás tirando del carro con Marcos. Eres mucho más mujer de lo que esa Elena será en tres vidas.
— Además —añadió Bea, bebiendo un sorbo de vino (ella sí podía)—, el universo te ha quitado un lastre. Javi era una energía estancada. Ahora tienes espacio para algo nuevo.
— Lo nuevo es un bebé que nace en tres meses, Bea. No creo que tenga mucho espacio para “energías nuevas” que no lleven pañal —dije con un suspiro.
— Pues ese bebé va a ser tu motor. Y Marcos también —sentenció Sole—. Y nosotras no te vamos a dejar ni un minuto.
Esa tarde, cuando volví a casa después del banquete, me encontré con un silencio diferente. Ya no era un silencio pesado y triste. Era un silencio de espera. Marcos estaba durmiendo la siesta en casa de mi madre, así que tenía la casa para mí sola.
Me senté en el suelo de la futura habitación del bebé. Había cajas de ropa de Marcos que tenía que revisar, la cuna que había que montar… Sentí una pequeña patada.
— Hola, tú —susurré, acariciándome la barriga—. Siento todo este lío. Pero te prometo una cosa: tu madre es una guerrera de Madrid. Y aunque ahora todo parezca un desastre, vamos a estar bien.
De repente, sonó el teléfono. Era un número desconocido.
— ¿Dígame?
— ¿Lucía? Soy la madre de Javi.
Mi suegra. La mujer que consideraba que su hijo era un santo bajado del cielo y que yo tenía suerte de que se hubiera fijado en una “chica de barrio” como yo.
— Hola, Concha. Supongo que ya te habrás enterado —dije, preparándome para la defensa.
— Me he enterado, sí. Javi me ha llamado llorando. Dice que le has montado un escándalo en la oficina. Lucía, por Dios, ¿qué formas son esas? Hay que mantener la compostura…
— ¿La compostura, Concha? —la interrumpí, sintiendo que la rabia volvía a subirme por la garganta—. Tu hijo me ha dejado embarazada de seis meses por una compañera de trabajo. Se ha ido de casa por la noche, sin avisar, dejando a su hijo de tres años durmiendo. ¿Y tú me hablas de compostura?
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
— Javi está confundido, Lucía. El estrés, el trabajo… ya sabes cómo es de sensible.
— No está confundido, Concha. Está siendo un egoísta. Y si esperas que me quede en casa llorando mientras él “fluye con el universo”, vas lista. Dile a tu hijo que si quiere ver a Marcos, que empiece por portarse como un hombre.
Colgué. Me temblaban las manos, pero me sentía increíblemente bien. Por primera vez en mi vida, le había plantado cara a mi suegra. El amargo sabor del vino español empezaba a transformarse en algo más parecido a un café cargado: fuerte, necesario y despertador.
La batalla legal empezaba el jueves, pero la batalla por mi propia vida la acababa de ganar yo misma ese miércoles por la tarde, entre restos de cocido y llamadas de suegras indignadas. Madrid seguía rugiendo fuera, pero dentro de mi casa, el aire empezaba a limpiarse de verdad.
Parte 4: La cosecha de la libertad y el nuevo aroma del hogar
Llegó el jueves, el día de la temida reunión con los abogados. El despacho de Manolo, el primo de Sole, estaba en una zona noble de Madrid, de esas con portales de madera labrada y porteros con uniforme que te saludan como si fueras la Infanta Elena.
Sole me acompañó, por supuesto. Llevaba un traje de chaqueta rojo “de guerra” y un maletín donde, según ella, guardaba pruebas de que Javi se había gastado dinero común en cenas románticas con la de contabilidad.
— Tranquila, Lucía. Tú solo asiente y pon cara de “madre coraje abandonada”. Del resto se encarga el tiburón —me susurró mientras subíamos en un ascensor que olía a cera de muebles caros.
Manolo resultó ser un hombre pequeño, con gafas de montura de oro y una mirada tan afilada que parecía que podía leerte el testamento solo con verte entrar.
— Buenos días, doña Lucía. No se preocupe, me ha contado Sole la situación. Es un caso de manual de “crisis de los cuarenta con agravante de falta de escrúpulos” —dijo mientras nos señalaba unas sillas de cuero verde.
A los pocos minutos aparecieron Javi y su abogado, un tipo estirado que no paraba de mirar el reloj. Javi evitó mi mirada. Se le veía cansado, con el traje un poco arrugado. Al parecer, la vida de “libertad” con Elena no incluía servicios de lavandería gratuitos.
La reunión fue tensa. Se habló de activos, pasivos, regímenes de visitas y pensiones alimenticias. Javi intentó negociar a la baja, alegando que “el mercado de la consultoría estaba flojo”. Ahí fue cuando Manolo sacó los colmillos.
— Mire, señor Ruiz —dijo Manolo, apoyando los codos en la mesa—, su cliente ha abandonado el hogar conyugal estando su esposa embarazada de seis meses. Eso, ante un juez en España, tiene un nombre y no es precisamente “reestructuración de activos”. O aceptan los términos de mi clienta —que incluyen la casa, una pensión digna para los dos niños y el coche familiar— o nos vemos en el juzgado de familia, donde le aseguro que la imagen de su cliente va a quedar más dañada que una paella con chorizo.
Javi palideció. Miró a su abogado, que simplemente se encogió de hombros. Al final, firmó. Firmó todo. Cuando salimos de allí, yo sentía que me quitaban una mochila llena de piedras de encima.
— ¿Estás bien? —preguntó Javi, interceptándome en el portal.
Me detuve. Le miré. Ya no veía al hombre del que me enamoré en Segovia. Veía a un extraño que se había asustado de la vida real.
— Estoy mucho mejor que hace tres días, Javi —le contesté—. Espero que valga la pena. Todo esto. La de contabilidad, el Mini, el perderte ver crecer a tus hijos cada día… espero que realmente sea el paraíso que buscabas.
No esperé respuesta. Me subí al taxi con Sole y nos fuimos.
Pasaron los meses. El verano en Madrid fue un infierno de calor, pero yo lo pasé rodeada de gente que me quería. Mi madre se mudó conmigo las últimas semanas, Bea venía a hacerme masajes con aceites esenciales y Sole se encargaba de que no me faltara de nada, desde pañales hasta cotilleos de la oficina de Javi (aparentemente, Elena ya se estaba quejando de que Javi era “demasiado intenso”).
Una tarde de finales de agosto, nació Hugo. Fue un parto rápido, como si él también tuviera prisa por llegar y ayudarme a completar el equipo. Cuando me lo pusieron en el pecho, sentí que el círculo se cerraba.
Javi vino al hospital. Traía un ramo de flores enorme y una cara de arrepentimiento que se le veía a leguas. Se quedó mirando a Hugo, que dormía plácidamente.
— Es precioso, Lucía —dijo con la voz entrecortada.
— Sí, lo es. Se parece a su hermano —contesté con calma.
— Yo… Lucía, las cosas con Elena no están yendo muy bien. Ella dice que no está preparada para esta “responsabilidad”… que ella quería otra cosa…
Le miré y, por primera vez en mucho tiempo, sentí lástima.
— Javi, eso ya no es mi problema. Tú elegiste tu camino. Ahora Hugo y Marcos son mi prioridad. Puedes venir a verlos cuando quieras, como acordamos. Pero no esperes que guarde un sitio para ti en la cena. Ese sitio ya está ocupado por mi nueva vida.
Se fue cabizbajo, dejando las flores en un jarrón de plástico. Yo me quedé allí, con mi hijo en brazos, mirando por la ventana del hospital las luces de Madrid.
Unas semanas después, cuando ya estábamos instalados en casa, Sole y Bea vinieron a verme. Trajeron una botella de vino. Pero no era cualquier vino. Era un blanco gallego, ligero, chispeante y lleno de luz.
— Ahora sí, Lucía —dijo Sole, descorchando la botella—. Hugo ya está aquí, tú estás estupenda y ese imbécil está viviendo en un estudio de veinte metros cuadrados porque la de contabilidad le ha dado la patada. Es hora de brindar.
Me serví una copa pequeña. Me la llevé a la nariz. Ya no olía a amargura. Olía a mar, a flores frescas, a mañana de domingo sin despertador. Di un sorbo. Estaba delicioso.
— ¿A qué sabe? —preguntó Bea con curiosidad.
Me reí, mirando a Marcos que jugaba con un camión en el suelo y a Hugo que dormía en el capazo.
— Sabe a libertad, chicas. Sabe a saber que puedo con todo. Y sobre todo… sabe a que en España, aunque el vino sea amargo a veces, siempre puedes encontrar una cosecha nueva que te devuelva la sonrisa.
Esa noche, cuando se fueron, me quedé sola en el salón. Pero ya no era una soledad triste. Era la paz de quien ha sobrevivido a la tormenta y ha descubierto que sabe navegar. Me tomé el último sorbo de vino y brindé en silencio por mí, por mis hijos y por todas las mujeres que, en mitad del caos, encuentran la fuerza para pintarse los labios de rojo y seguir adelante.
Porque al final, el sabor de la vida no depende del vino que te sirvan, sino de con quién decidas compartir la botella. Y yo, por fin, había elegido la mejor compañía posible: a mí misma.
Madrid seguía ahí fuera, ruidosa y caótica, pero dentro de mi casa, por fin, olía a hogar de verdad. Un hogar sin mentiras, sin “sinergias” y con todo el amor del mundo. Y ese, amigos míos, es un sabor que ningún Mini rojo podrá superar jamás.
Como soy un modelo de lenguaje de IA, tengo ciertas limitaciones en la extensión de las respuestas en un solo turno. Para cumplir con tu petición de 4.000 palabras adicionales en español, manteniendo la calidad, el humor local de Barcelona y la riqueza de los diálogos, vamos a estructurar esta continuación en una “Segunda Parte” completa de la novela, dividida en nuevos capítulos que exploran las consecuencias del estallido en la Catedral.
Aquí tienes la continuación detallada, retomando la historia justo donde quedó la liberación de Nerea.
Parte 5: El despertar del ave fénix (con una copa de cava)
Si alguien me hubiera dicho que el silencio podía escucharse, me habría reído en su cara. Pero ahí estaba yo, tres días después de la “Tormenta de las Cuentas”, sentada en mi salón de Gràcia. Sin el murmullo constante de los rezos de Encarna, el piso parecía haber ganado metros cuadrados. Era como si la mala vibra de mi suegra hubiera ocupado un espacio físico, una especie de niebla densa que ahora, por fin, se había disipado.
Me levanté y fui a la cocina. Abrí la nevera. Estaba vacía, salvo por un bote de aceitunas, media botella de cava que me había regalado mi amiga Montse y un yogur caducado. Sonreí. Durante años, esa nevera había estado llena de las cosas que le gustaban a “el nen”: embutidos de Vic, postres lácteos que Encarna decía que eran buenos para el calcio de Jordi, y nada de picante, porque a la señora le daba ardor.
— “A tomar por saco el calcio de Jordi”, dije en voz alta, y mi voz retumbó en las paredes blancas.
Me serví una copa de cava a las once de la mañana. ¿Es un poco pronto? Quizás. ¿Me importa? Ni lo más mínimo. En Barcelona, el “esmorzar de forquilla” es una institución, y yo me estaba dando un banquete de libertad.
Pero la paz, como todo lo bueno en esta ciudad, dura lo que tarda en llegar un mensaje de WhatsApp. El móvil vibró sobre la mesa. Era Montse.
“Nerea, tía, ¿has visto el Facebook del grupo ‘Vecinos de Gràcia’? Alguien colgó un vídeo de la movida en la Catedral. Se ha hecho viral en el barrio. Te llaman ‘La Justiciera del Nácar’. Tenemos que quedar YA.”
Resoplé. Sabía que en la era de los móviles no te puedes pelear en público sin que alguien lo use para ganar seguidores. Busqué el grupo y ahí estaba. El vídeo tenía una calidad pésima, pero se veía perfectamente el momento en que el rosario de Encarna estallaba y yo mandaba a Jordi a pastar barro. Los comentarios eran oro puro: “Ole tú, reina”, “Esa suegra es la que sale en mis pesadillas”, “Justicia poética en el Gótico”.
Dejé el móvil. No quería ser una celebridad local por mi desgracia matrimonial, pero oye, mejor ser la heroína que la cornuda silenciosa.
De repente, llamaron a la puerta. No era el timbre de abajo, era la puerta del rellano. Mi corazón dio un vuelco. ¿Había vuelto Jordi? ¿Había conseguido Encarna una copia de las llaves que yo no sabía que existía? Agarré el bote de aceitunas como si fuera una granada de mano y me acerqué a la mirilla.
Era un hombre con uniforme azul. El mensajero. Abrí con precaución.
— “¿Nerea Santos? Traigo una notificación judicial. Firme aquí.”
Era la respuesta de Jordi. O mejor dicho, de su abogado. El “arquitecto de éxito” no había tardado ni cuarenta y ocho horas en sacar los dientes. Abrí el sobre con las manos temblorosas. No era una demanda de divorcio amistosa, no. El tío pedía la propiedad compartida del piso —que yo había ayudado a pagar con la herencia de mi abuela, por cierto— y, lo que era más fuerte, solicitaba una compensación por “daños morales” hacia su madre, alegando que el incidente de la Catedral le había causado a Encarna un cuadro de ansiedad aguda.
— “Ansiedad aguda… ¡la que me daba ella a mí con su clic-clic-clic!”, grité al pasillo vacío.
Me senté en el sofá, el cava ya no sabía tan bien. Jordi quería guerra. No solo me había engañado con la rubia de Galvany, no solo me había mentido en la cara mientras su madre le cubría, sino que ahora quería quitarme mi refugio.
En ese momento, mi instinto de supervivencia, ese que tenemos las tías de Barcelona que hemos sobrevivido a huelgas de metro, turistas en Las Ramblas y alquileres abusivos, se activó. Llamé a Carlos, un antiguo amigo de la facultad que ahora era un abogado de esos que no tienen alma, pero sí muchos contactos.
— “Nerea, cariño, me he enterado de lo tuyo por el vídeo. Menudo ‘swing’ tienes rompiendo rosarios”, dijo Carlos al descolgar.
— “Déjate de bromas, Carlos. Jordi quiere el piso y dice que su madre tiene ansiedad.”
— “Escúchame bien: Jordi es un aficionado. En este país, el que golpea primero golpea dos veces, pero el que tiene las pruebas, golpea hasta que el otro pide clemencia. ¿Tienes todavía el vídeo de la rubia? ¿Y la libreta de la vieja?”.
— “El vídeo sí. La libreta… se la dejé a ella en la almohada. Pensé que sería un gesto dramático de despedida.”
Hubo un silencio al otro lado de la línea.
— “Nerea… el drama es para el teatro. Para el juzgado necesitamos papel. Pero no te preocupes. Si ella la tiene, la usaremos. Escucha, mañana vamos a ir a su despacho. Sin avisar. Vamos a hacer una ‘visita técnica’ antes de que empiece a mover fondos.”
Esa noche no pude dormir bien. Soñé con rosarios gigantes que me perseguían por la Vía Layetana. Me desperté sudando, con el sonido de las campanas de Santa María del Mar en la cabeza. Pero cuando amaneció y vi la luz del sol entrando por la ventana de mi ático, supe que no iba a dar ni un paso atrás.
Parte 6: Infiltración en el Eixample
A las diez de la mañana, Carlos y yo estábamos en la puerta del estudio de arquitectura de Jordi, en pleno Eixample. El edificio era modernista, de esos con techos de cuatro metros y molduras que parecen tartas de boda. Jordi siempre decía que su despacho proyectaba “solidez y elegancia”. Yo pensaba que proyectaba “presupuesto inflado y ego”.
Carlos iba impecable, con un traje gris que costaba más que mi coche y un maletín de cuero que olía a victoria. Yo me había puesto mi mejor “look” de mujer de negocios que no tiene nada que perder: americana negra, vaqueros oscuros y unos tacones que hacían un ruido autoritario contra el mármol.
Entramos sin llamar a la recepcionista. La chica, una tal Mireia que siempre me había caído bien porque era la única que trabajaba allí de verdad, se quedó blanca al verme.
— “Nerea… Jordi está en una reunión. No sé si puede…”, tartamudeó.
— “No te preocupes, Mireia. No venimos a tomar café”, dijo Carlos con una sonrisa gélida.
Empujamos la puerta de la sala de juntas. Y ahí estaba la escena del crimen. Jordi estaba sentado a la cabecera de la mesa, pero no estaba solo. A su lado, con un vestido rosa palo que le sentaba como a un Cristo dos pistolas, estaba ella: la rubia de Galvany. Y al otro lado, como un guardián de la moral en horas bajas, estaba Doña Encarna, con un collar de perlas que sustituía al rosario perdido y una cara de oler algo podrido.
— “¿Qué cojones hacéis aquí?”, saltó Jordi, levantándose de golpe. “Esto es un lugar de trabajo”.
— “Y esto es una notificación de que tu ‘estrategia’ del piso compartido se va a ir por el desagüe, Jordi”, dije yo, cruzándome de brazos.
Encarna me miró con sus ojos de lagartija.
— “Mírala, el demonio en persona. Por tu culpa mi hijo no duerme, Nerea. Eres una víbora”.
— “Y usted es una cómplice, Encarna. ¿Cómo va la ansiedad? La veo muy recuperada para estar aquí ayudando a su hijo a arruinar a la mujer que la cuidó cuando no podía ni ir al baño sola”, repliqué.
La rubia, que se llamaba Sandra (me enteré por la placa que tenía sobre la mesa, resulta que era la decoradora del nuevo proyecto), intentó intervenir.
— “Escucha, Nerea, entiendo que estés dolida, pero esto es un negocio…”.
— “Tú te callas, Sandra”, le cortó Carlos con una frialdad profesional. “Estamos aquí porque mi cliente tiene pruebas de que este estudio ha estado desviando fondos a cuentas personales para declarar menos ingresos de cara al divorcio. Y también tenemos testimonios de vecinos que sitúan a esta señora, Doña Encarna, realizando labores de vigilancia y acoso contra mi cliente”.
Jordi se puso de todos los colores. Miró a su madre, luego a la rubia. Estaba acorralado.
— “Eso es mentira. No tienes nada”, farfulló Jordi.
— “Tengo el vídeo de la Catedral con quinientas mil visitas, Jordi”, dije yo, acercándome a él. “Tengo las fotos de Galvany. Y tengo algo que tu madre se dejó en casa: una grabación de seguridad que puse en el salón el día que sospeché que el rosario no era para rezar”.
Mentí. No tenía ninguna grabación. Pero en el póker y en los divorcios en Barcelona, un buen farol vale más que un as de oros.
El efecto fue inmediato. Encarna palideció y empezó a buscar algo en su bolso con desesperación. Jordi se dejó caer en la silla.
— “¿Pusiste cámaras?”, susurró Encarna. “Eso es pecado, ¡es ilegal!”.
— “Más ilegal es encubrir una infidelidad sistemática y conspirar para quitarle la casa a una persona”, soltó Carlos. “Ahora, tenemos dos opciones. O firmáis un acuerdo donde Jordi renuncia a cualquier derecho sobre el piso de Gràcia y compensa a Nerea por los daños, o mañana mismo esta grabación y todos los extractos bancarios que hemos ‘analizado’ acaban en el juzgado de instrucción número 5. Y creedme, al juez le va a encantar la parte del rosario”.
El silencio que siguió fue glorioso. Se podía oír el tráfico de la calle Aragón, el pitido de un autobús y el corazón acelerado de Jordi. Sandra, la rubia, se levantó, cogió su bolso de marca y miró a Jordi con desprecio.
— “Dijiste que tu ex era una loca sin recursos, Jordi. Esto no me conviene. Llámame cuando hayas arreglado tu circo familiar”.
Y se fue. El portazo resonó en todo el edificio.
Encarna empezó a llorar, un llanto de cocodrilo, de esos que ensayan las abuelas antes de pedir un favor.
— “Hijo mío, haz algo… esta mujer nos va a dejar en la calle”.
Jordi no dijo nada. Me miró, y por primera vez en diez años, vi que no había nada detrás de esos ojos. No había amor, ni odio, solo el vacío de un hombre que se había construido sobre mentiras y que ahora veía cómo los cimientos —esos que tanto presumía de saber construir— se desmoronaban bajo sus pies.
— “Está bien”, dijo Jordi con voz rota. “Trae los papeles, Carlos. Firmaré”.
Salí del despacho sintiendo que flotaba. Carlos me dio una palmadita en el hombro.
— “Buen farol, Nerea. Casi me lo creo hasta yo”.
— “No ha sido un farol del todo, Carlos. La verdad tiene un peso que el nácar no puede aguantar”.
Parte 7: El último “clic”
Pasaron las semanas. El papeleo fue rápido porque, cuando un hombre tiene miedo de perder su prestigio en el Eixample, corre más que un galgo. El piso de Gràcia era oficialmente mío. Jordi se mudó con su madre a un piso de alquiler en Badalona. No es que Badalona esté mal, pero para alguien que se creía el rey de la Diagonal, era un golpe al ego de los que dejan cicatriz.
Una tarde de domingo, mientras terminaba de colocar unos cuadros nuevos (nada de vírgenes, solo arte abstracto y colorido), sonó mi móvil. Un número desconocido.
— “¿Dígame?”.
— “Nerea… soy yo.”
Era la voz de Encarna. Sonaba vieja, cansada, sin esa prepotencia de antes.
— “¿Qué quiere, Encarna? Ya está todo firmado.”
— “Solo quería… quería pedirte perdón. A mi manera.”
Me quedé helada. ¿La gran Encarna pidiendo perdón? ¿Se habría caído de otra procesión?
— “Jordi me ha dejado sola, Nerea. Se ha ido con otra. No es la rubia de antes, es una más joven todavía. Se ha llevado sus cosas y me ha dejado aquí, en este piso que huele a humedad. Dice que yo tengo la culpa de todo, que por mi culpa lo perdió todo en la Catedral.”
Sentí una punzada de algo que no era lástima, sino una especie de justicia triste. El monstruo que ella había criado, el niño mimado al que le había cubierto todas las faltas, finalmente se había vuelto contra ella.
— “Usted le enseñó que podía hacer lo que quisiera sin consecuencias, Encarna. No me pida a mí que me sorprenda ahora.”
— “He encontrado algo en una caja… El rosario. El de nácar. Recogí las cuentas de la plaza aquel día, una a una. He intentado volver a montarlo, pero siempre me falta una. Siempre me falta la cuenta del perdón.”
— “Pues búsquela en otra parte, Encarna. Mi cuenta con ustedes ya está saldada.”
Colgué. No sentía odio, solo una indiferencia refrescante.
Fui a la terraza. Era la hora azul en Barcelona, ese momento en que el cielo se tiñe de un color eléctrico y las luces de la Sagrada Familia se encienden a lo lejos. Me apoyé en la barandilla y respiré hondo.
Había perdido a un marido, sí. Había perdido una familia política que resultó ser una secta de hipocresía. Pero había recuperado algo mucho más valioso: a mí misma.
Miré hacia la calle. En el balcón de enfrente, una pareja joven reía mientras compartía una pizza. En la acera, un músico callejero empezaba a tocar una rumba catalana con la guitarra. La vida seguía, ruidosa, caótica y maravillosa.
Saqué del bolsillo una pequeña bolita blanca que había guardado todo este tiempo. Era una de las cuentas del rosario. La había encontrado en el fondo de mi bolso el día después de la procesión. La miré por última vez, sintiendo su tacto frío y suave.
Con un movimiento decidido, la lancé al aire. Vi cómo caía, un pequeño punto de nácar desapareciendo entre las luces de la ciudad.
— “Amén”, susurré con una sonrisa.
Y por primera vez en mi vida, no fue un rezo. Fue un decreto. Mi propia bendición en el corazón de Barcelona.