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El amargo sabor del vino español cuando tu marido se marcha con otra mientras esperas a su segundo hijo

El amargo sabor del vino español cuando tu marido se marcha con otra mientras esperas a su segundo hijo

Parte 1: El brindis que se quedó a medias

Mira, si me hubieran dicho hace diez años, cuando me casé con Javi en aquella ermita de Segovia rodeada de campos de trigo y tíos abuelos que olían a naftalina y coñac soberano, que acabaría así, me habría reído en la cara de todo el mundo. Pero de esas risas que suenan a cristales rotos, ¿sabes? Porque una cosa es que la vida te dé limones y otra muy distinta es que te meta una hectárea entera de cítricos por donde no brilla el sol mientras intentas no vomitar el desayuno porque tienes una personita de seis meses de gestación dándote patadas en el hígado.

Esa mañana de martes en Madrid hacía un calor de los que te pegan la ropa al cuerpo nada más cruzar el umbral del portal. Yo estaba allí, en nuestra cocina de diseño escandinavo —esa que tardamos seis meses en pagar y otros tres en montar porque Javi se empeñó en que él sabía interpretar los planos de IKEA sin ayuda—, intentando convencerme de que el olor al café que estaba preparando él no era una invitación directa a abrazarme al váter.

— Lucía, cariño, ¿has visto mis llaves? —preguntó él desde el pasillo.

Javi siempre perdía las llaves. Era su seña de identidad. Esa y su capacidad para parecer un anuncio de Massimo Dutti incluso recién levantado, mientras yo, con mi barriga de segundo embarazo, me sentía más como un anuncio de neumáticos Michelin, pero con ojeras y antojos de aceitunas rellenas a las siete de la mañana.

— En el cuenco de la entrada, Javi. Debajo de la propaganda del Telepizza —contesté, apoyando las manos en la encimera.

Me miré la barriga. Marcos, que estaba a punto de cumplir tres años, correteaba por el salón persiguiendo al gato, que ya se veía venir que su vida de paz y tranquilidad se acababa con la llegada del nuevo hermano. Yo estaba de veintiséis semanas. La ropa me apretaba, los tobillos se me hinchaban como dos piezas de embutido de Teruel y mi paciencia estaba bajo mínimos. Pero estaba feliz, o eso creía yo. Teníamos el piso, el coche familiar, el perro imaginario que Marcos pedía cada Navidad y un proyecto de vida que, sobre el papel, era de diez.

Javi entró en la cocina. Llevaba una camisa azul claro, perfectamente planchada. Por mí, claro. Porque Javi y la plancha tenían una relación de respeto mutuo: él no la tocaba y ella no le quemaba los dedos. Se acercó y me dio un beso en la frente. Un beso de esos que no saben a nada. Un beso de trámite, como el que le das a una tía segunda en un funeral.

— Me voy ya, que tengo una reunión con unos clientes de Valencia. Volveré tarde, no me esperes para cenar —dijo, sin mirarme a los ojos.

— ¿Otra vez? Es la tercera esta semana, Javi. Mañana tenemos la ecografía de las veinte semanas… bueno, de las veintiséis, la de control. Te dije que el médico quería ver cómo iba el tema del líquido —le recordé, intentando que no se me notara el tono de reproche, aunque en Madrid el reproche es casi un dialecto local.

— Ya, ya… lo sé. Haré lo posible. Pero es que este contrato es vital para la consultoría. Venga, dame un beso.

Se fue. El portazo resonó en toda la casa. Me quedé allí, con el olor a café y a su colonia cara flotando en el aire, sintiendo una punzada extraña en el pecho que no era acidez de estómago, aunque se le parecía mucho.

Pasé el día como pude. Entre llevar a Marcos a la guardería, lidiar con mi jefa —que parecía haber olvidado que las embarazadas también tenemos derecho a que no nos griten por un Excel mal cuadrado— y la compra en el Mercadona, llegué a la noche destrozada. Me serví una copa de vino. Bueno, no. No podía beber vino. Me serví un vaso de agua con gas y una rodaja de limón, intentando imaginar que era un Verdejo bien fresquito de esos que te alegran el alma en una terraza de la Plaza Mayor.

Me senté en el sofá a esperar. Las diez, las once, las doce. Ni un mensaje. Ni un “ya voy”, ni un “estoy llegando”. A la una de la madrugada, oí la llave girar. Pero no era el giro normal. Era un giro dubitativo.

Javi entró. No traía maletín. Traía una cara que yo no le conocía. Una mezcla de alivio y pánico, como el que acaba de saltar en paracaídas y se da cuenta de que se ha dejado la mochila en el avión. Se sentó en el sillón de orejas, el que compramos cuando nació Marcos para que yo pudiera darle el pecho con comodidad.

— Lucía, tenemos que hablar —dijo.

Esa frase. La frase que ha destruido más hogares en España que la crisis del ladrillo. Cuando un hombre te dice “tenemos que hablar” a la una de la mañana, no es para decirte que ha decidido hacerse vegano o que va a apuntarse a clases de bachata.

— Son la una, Javi. Estoy cansada y me duele la espalda. Si es por lo de las vacaciones en Benidorm con tus padres, ya te he dicho que…

— Me voy, Lucía —me interrumpió. Su voz no temblaba. Y eso fue lo que más me dolió. Que tuviera la sangre tan fría como un gazpacho de bote—. Me voy de casa. No puedo seguir así. No es justo para ti, ni para mí, ni para los niños.

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