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El amargo sabor del aceite en Andalucía: cuando una esposa exige el exilio de la mujer que lo dio todo

El amargo sabor del aceite en Andalucía: cuando una esposa exige el exilio de la mujer que lo dio todo

Parte 1

El sol de julio en Jaén no es un sol cualquiera; es un castigo bíblico que cae a plomo sobre los olivares, derritiendo el asfalto y obligando a los lagartos a buscar la sombra con urgencia existencial. En la cocina de la almazara de la familia Mendieta, el aire se podía cortar con un cuchillo de sierra. No solo por el calor sofocante que el viejo aparato de aire acondicionado —un aparato ruidoso que sonaba como un tractor antiguo y solo movía el aire caliente de un lado a otro— era incapaz de mitigar, sino por la tensión que se respiraba entre las tres personas presentes.

Manolo, con la camisa de lino medio desabrochada y un manchón de grasa de tractor en el brazo, miraba fijamente el fondo de su taza de café con leche, que ya se había quedado frío. A su lado, su esposa, Beatriz, mantenía los brazos cruzados, la espalda tan recta como una estaca de olivo nuevo y una expresión que mezclaba la indignación con el triunfo de quien se sabe poseedor de la verdad absoluta. Frente a ellos, sentada al otro lado de la mesa de madera robusta, estaba doña Encarna.

Doña Encarna no era una empleada cualquiera. Había entrado a trabajar en la finca cuando el padre de Manolo aún tenía pelo y las aceitunas se recogían a mano, una a una, con espuertas de esparto. Había limpiado la casa, curado las heridas de las rodillas de Manolo cuando era un crío, cocinado los potajes de vigilia que resucitaban a un muerto y, sobre todo, defendido el honor de la marca de aceite familiar frente a intermediarios con más picaresca que vergüenza. Sin embargo, para Beatriz, todo ese currículum de lealtad valía lo mismo que un duro sevillano de madera.

—Que no, Manolo, que por ahí no paso —sentenció Beatriz, rompiendo el silencio con un tono de voz que pretendía ser pausado pero que vibraba con la fuerza de una saeta mal cantada—. Una cosa es que esta mujer tenga un apego comprensible a las tierras y otra muy distinta es que pretenda mangonear en mi casa, decidir qué cortinas se ponen en el salón de la finca y, encima, decirme a mí cómo tengo que organizar el catering para la presentación de la nueva cosecha. Hasta aquí hemos llegado. O se va ella al pueblo, bien jubilada con su paga, o me vuelvo yo a Madrid mañana mismo con las niñas. Tú verás lo que te pesa más.

Manolo tragó saliva. Miró a su mujer, luego a Encarna, y finalmente al techo, buscando una inspiración divina que no llegaba. El dilema era de proporciones épicas en Andalucía: elegir entre la esposa legítima, una madrileña de pura cepa que consideraba que el campo estaba bien para el fin de semana pero que la civilización terminaba en la M-30, y la mujer que encarnaba la mismísima alma de la almazara.

—Beatriz, por el amor de Dios, no exageres —alcanzó a decir Manolo, con la voz un tanto quebrada—. Encarna solo dijo que el salmorejo que querías poner de primero era un sacrilegio porque llevaba vinagre de módena. Y, seamos justos, cariño, ponerle módena al salmorejo en Jaén es motivo de excomunión. Eso lo sabe hasta el apuntador.

—¡A mí no me hables de excomuniones gastronómicas! —saltó Beatriz, dando un golpe seco con el nudillo en la mesa—. Es una cuestión de jerarquía. Yo soy la esposa del propietario. Ella es… la que limpia las cubas y lleva las cuentas de la cuadrilla. No puede ser que cada vez que yo proponga una innovación para modernizar el negocio, esta señora me mire como si yo fuera una ignorante que acaba de bajarse del autobús de la capital.

Doña Encarna, que hasta ese momento había permanecido inmóvil, con las manos nudosas y curtidas por el campo entrelazadas sobre su delantal impoluto, levantó la vista. No había ira en sus ojos, sino una profunda y amarga decepción, el tipo de tristeza de quien ve que el árbol que ha regado durante cuarenta años es talado por alguien que no sabe ni distinguir una aceituna picual de una cornicabra.

—Mire usted, doña Beatriz —dijo Encarna, arrastrando las palabras con ese acento pausado y rotundo de la sierra—. Yo no le quito a usted sus estudios ni sus carreras de Madrid. Pero este aceite que usted ve aquí, el que paga los caprichos de las niñas y los viajes de verano, no se hace con ordenadores ni con ideas modernas de esas de diseño. Se hace con riñones, con madrugones a bajo cero en enero y con conocer cada palmo de esta tierra. Si yo le digo que el catering que quiere traer es una pantomima que va a dejar en ridículo el apellido Mendieta ante los compradores de Italia, no lo digo por fastidiarla a usted. Lo digo porque me duele el negocio tanto o más que a su marido.

—¿Lo ves, Manolo? ¿Lo estás oyendo? —Beatriz se puso de pie, gesticulando con las manos—. ¡Vuelve a hacerlo! Habla como si la almazara fuera suya. ¡Exijo el exilio inmediato de esta mujer de las propiedades de la familia! Que se quede en su casa del pueblo, que se le pague lo que la ley diga, pero no la quiero ver pisando este suelo ni un día más. Si mañana cuando empiece la molienda de prueba ella está aquí, yo me largo.

Manolo se llevó las manos a la cabeza. Sabía que Beatriz no faroleaba. Cuando se ponía cerril, era capaz de armar un cisma familiar que ríete tú del de la Iglesia de Inglaterra. Pero despedir o desterrar a Encarna era como arrancarle el motor al tractor en mitad de la cosecha. La molienda de prueba comenzaba al amanecer del día siguiente, y los compradores internacionales llegaban en menos de una semana. La tensión cómica del momento era casi palpable: un hombre atrapado entre el norte y el sur, entre el progreso urbanita y la tradición más indomable del olivar andaluz.


Parte 2

La noche en la finca no trajo el alivio del frescor, sino un calor pegajoso que invitaba a la vigilia. Manolo daba vueltas en la cama matrimonial de sábanas de hilo, esquivando la mirada gélida de Beatriz, que fingía leer una revista de decoración en su tableta digital. Cada suspiro de Manolo era respondido por un carraspeo de advertencia por parte de su esposa.

—Si crees que con dar suspiros de cordero degollado vas a solucionar esto, vas lista, Manuel —dijo Beatriz sin levantar la vista de la pantalla—. La decisión está tomada. Es una cuestión de dignidad. Esa mujer me ha desafiado delante del capataz y de los mecánicos. Me ha llamado “la del norte” con un retintín que se ha escuchado hasta en los cerros de Úbeda.

—Cariño, que Encarna habla así con todo el mundo. Al mismísimo obispo le dijo que tenía cara de no haber probado un buen gazpacho en su vida cuando vino a bendecir la cooperativa —intentó mediar Manolo, buscando el lado cómico de la situación para rebajar los humos—. Es su forma de ser. Es rústica, es de la tierra.

—No me valen los costumbrismos decimonónicos, Manuel. Mañana a primera hora quiero ver el finiquito redactado. Si no, llamo a la mudanza.

Sabiendo que la discusión estaba perdida en el terreno conyugal, Manolo se levantó sigilosamente a las cinco de la mañana, antes de que el sol empezara a castigar el horizonte. Se vistió con la ropa de faena y bajó a la nave principal de la almazara. Esperaba encontrar el lugar desierto, pero el olor a café recién hecho y el zumbido de la tolva de recepción le indicaron que el enemigo no dormía.

Allí estaba Encarna, con su bata de trabajo gris, revisando los engranajes de la limpiadora de aceituna con una linterna pequeña entre los dientes. Al ver entrar a Manolo, se quitó la linterna y lo miró con una mezcla de lástima y reproche paternal.

—Has dormido poco, Manuel. Tienes las ojeras como dos rodajas de berenjena —dijo la anciana, sirviéndole una taza de café en un vaso de cristal de esos de nocilla—. Tómate esto, que te va a hacer falta para el cuerpo.

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