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Dueña de una gran mansión en Valencia se hace pasar por la nueva sirvienta y descubre el CRUEL SECRETO de la futura esposa de su heredero

Dueña de una gran mansión en Valencia se hace pasar por la nueva sirvienta y descubre el CRUEL SECRETO de la futura esposa de su heredero

PARTE 1: El nacimiento de “Lola” y el poliéster asfixiante

El sol de julio en Valencia no perdona, y menos aún si tienes sesenta y dos años, una cuenta bancaria con más ceros de los que puedes contar de un solo vistazo, y llevas puesto un uniforme de sirvienta hecho de un poliéster tan infame que debería estar prohibido por la Convención de Ginebra.

Doña Carmen de la Vega, viuda de un magnate del sector cítrico y dueña absoluta de Villa Azahar —una mansión en Rocafort que dejaba a las casas de las revistas de decoración a la altura del betún—, se miró en el espejo del cuarto de plancha. El cuarto de plancha. Un lugar de su propia casa que, hasta esa misma mañana, Carmen pensaba que era un mito urbano, como el monstruo del lago Ness o la puntualidad de los trenes de cercanías.

—Rosario, por el amor de Dios, dime que esto no me hace gorda —dijo Carmen, tirando del dobladillo de un vestido gris marengo que le picaba en zonas del cuerpo que prefería no mencionar.

Rosario, el ama de llaves que llevaba trabajando para la familia treinta años y que conocía a Carmen mejor que su propio ginecólogo, se cruzó de brazos y soltó un bufido que resonó en la pequeña habitación llena de olor a suavizante.

—Doña Carmen, con todos los respetos que le tengo a usted y a su difunto marido, que en gloria esté… está usted haciendo el ridículo. Parece un pingüino con sofocos. Quítese ese trapo antes de que nos vea don Carlos.

—¡Carlos no va a ver nada porque Carlos está en Madrid en una convención de no sé qué demonios de criptomonedas! —Carmen se ajustó el delantal blanco, atándolo con un nudo rabioso a la cintura—. Y deja de llamarme Doña Carmen. A partir de hoy, y hasta que acabe este fin de semana, soy Lola. Una mujer de pueblo, trabajadora, viuda también, y con un poco de sordera.

—Sordera la que me va a entrar a mí de escuchar tantas tonterías —murmuró Rosario, poniendo los ojos en blanco—. ¿Se puede saber qué mosca le ha picado? ¿Desde cuándo la señora de la casa se disfraza de asistenta para espiar a su propia nuera? Esto parece un culebrón venezolano de la sobremesa, de verdad se lo digo.

Carmen suspiró, dejándose caer en un taburete de plástico. Las rodillas le crujieron ligeramente. El calor húmedo de Valencia se colaba por la ventana entreabierta, trayendo el canto de las chicharras y el aroma de los pinos y los naranjos de su inmenso jardín. Pero a Carmen no le importaba el jardín. Le importaba su hijo. Carlos, su niño del alma, su heredero, un hombre de treinta y cinco años brillante para los negocios pero con la inteligencia emocional de un lechugo cuando se trataba de mujeres.

Y luego estaba ella. Valeria.

Solo pensar en ese nombre hacía que a Carmen se le revolviera el estómago. Valeria. Veintiocho años, rubia de bote —Carmen lo sabía porque reconoció las raíces en la última cena de Navidad—, con un currículum que consistía básicamente en “influencer de estilo de vida” y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Carlos estaba ciegamente enamorado. Había anunciado la boda hacía un mes. Pero el instinto de Carmen, ese radar de madre que nunca falla y que está más afilado que un cuchillo jamonero, le decía que algo olía a podrido, y no era la paella que se había dejado en la nevera la semana pasada.

—No es espiar, Rosario. Es… hacer una auditoría de campo —se justificó Carmen, levantando la barbilla con altivez, aunque el efecto se perdía un poco por culpa de la cofia ridícula que llevaba en la cabeza—. Esa mosquita muerta se cree que ha dado el braguetazo del siglo. Delante de Carlos es todo “ay, mi amor”, “ay, qué bonito”, pero el otro día, cuando se creía que no la escuchaba, oí cómo le hablaba por teléfono a una de sus amiguitas. Se refería a mi casa como “el caserón de la vieja”. ¡Mi casa! ¡Un chalet diseñado por uno de los mejores arquitectos de la Comunidad Valenciana!

—Bueno, vieja no es usted, pero el gotelé de la sala de estar de arriba sí que pide un repaso —apuntó Rosario, sin inmutarse.

—¡Rosario! ¡Céntrate! —la reprendió Carmen, poniéndose en pie de un salto—. El caso es que Valeria viene a pasar el fin de semana aquí sola. Carlos llega el domingo por la noche. Es la oportunidad perfecta. Ella cree que yo me he ido al balneario de Archena con mis amigas de la canasta. No sabe que le he dado el fin de semana libre a la mitad del servicio y que la nueva “chica de los recados” soy yo.

Rosario negó con la cabeza, santiguándose rápidamente.

—Ay, Virgen de los Desamparados, danos paciencia. Que la dueña de una fortuna de no sé cuántos millones vaya a estar fregando retretes para ver qué dice una niñata…

—Yo no voy a fregar ningún retrete —aclaró Carmen, horrorizada—. Para eso estás tú. Yo solo voy a servirle el té, pasarle la escoba por encima y escuchar. Quiero ver cómo trata al servicio. La verdadera cara de una persona se ve en cómo trata a los que considera inferiores. Y Valeria tiene pinta de ser de las que chasquean los dedos para pedir un cortado.

En ese preciso momento, el sonido agudo del timbre del portón principal resonó por toda la casa. Era un timbre clásico, un “ding-dong” resonante y solemne. Carmen sintió un latigazo de adrenalina pura, mezclado con el terror absoluto de ser descubierta.

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