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¡DRAMA EN IBIZA! Las vacaciones soñadas con amigos se convierten en un infierno al encontrar un billete de avión comprado en secreto para la mejor amiga del grupo.

¡DRAMA EN IBIZA! Las vacaciones soñadas con amigos se convierten en un infierno al encontrar un billete de avión comprado en secreto para la mejor amiga del grupo.

Parte 1

Clara siempre había pensado que la palabra “vacaciones” sonaba a promesa. A promesa de piel salada, de desayunos tardíos, de no mirar el reloj y de decir “mañana lo hacemos” aunque no hubiera nada concreto que hacer mañana. En su cabeza, Ibiza era eso: luz blanca sobre paredes encaladas, sandalias abandonadas junto a una piscina infinita, risas de amigos de toda la vida y Diego, su Diego, apoyando una mano en su cintura mientras decía alguna tontería con esa cara de niño que había aprendido a usar para que todo el mundo le perdonara cualquier cosa.

Lo que Clara no sabía era que, antes de que terminara el primer día, la palabra “vacaciones” iba a sonar más bien a “simulacro emocional con vistas al mar”.

La villa la había encontrado Sergio, que era el típico amigo que no sabía hacer la compra sin olvidar el pan, pero luego encontraba alojamientos espectaculares en internet como si trabajara para una revista de lujo. Estaba a las afueras de Santa Eulària, en una cuesta desde la que se veía el Mediterráneo como una sábana azul extendida hasta el infinito. Tenía piscina, terraza, cocina enorme, tres habitaciones dobles y una hamaca blanca que todos decidieron fotografiar antes de usar, porque en ese grupo nadie hacía nada sin documentarlo primero.

—Esto es una fantasía —dijo Lucía, soltando la maleta en mitad del salón—. O sea, oficialmente estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.

—Como siempre, pero con mejor luz —respondió Sergio.

Diego entró detrás de Clara con dos bolsas de supermercado colgando de cada brazo y una expresión dramática de sacrificio.

—He cargado con hielo, tomates, pan, cerveza sin alcohol, agua, hummus y una cosa que Lucía ha jurado que era “imprescindible” y que parece comida de tortuga.

—Es edamame, cateto —dijo Lucía desde la cocina.

—Pues que sepas que el edamame pesa como un remordimiento.

Clara se rio. Le gustaba ese ambiente. Le gustaba que Diego se llevara tan bien con sus amigos. Le gustaba que Lucía, su mejor amiga desde la universidad, pudiera meterse con él sin que sonara raro. Los tres se conocían desde hacía años, aunque Diego había llegado al grupo más tarde, cuando Clara lo presentó en una cena en Malasaña y Lucía dijo, después de verlo cortar una croqueta con cuchillo y tenedor:

—Es mono, pero tenemos que trabajarle la calle.

Desde entonces, Diego había sido aceptado como uno más. Bueno, como uno más con tendencia a perder las gafas de sol y a contar anécdotas demasiado largas.

El grupo completo lo formaban seis: Clara, Diego, Lucía, Sergio, Marta y Javi. Marta era la más organizada y había traído un Excel impreso con posibles restaurantes, calas, beach clubs y una columna titulada “gastos emocionales”, que nadie entendió pero todos respetaron. Javi, su novio, era un sevillano adoptado por Madrid que siempre parecía estar a punto de empezar una sobremesa aunque fueran las nueve de la mañana.

—Yo solo digo una cosa —anunció Javi nada más llegar—. Si hemos venido a Ibiza para dormir ocho horas, nos vamos ahora mismo a un balneario de Guadalajara y tan contentos.

—Tú vas a dormir ocho horas porque roncas como un tractor abandonado —dijo Marta.

—Eso no es roncar. Eso es presencia.

La primera tarde fue perfecta de una manera casi ofensiva. Se bañaron en la piscina, discutieron durante veinte minutos sobre quién se quedaba con la habitación que tenía baño propio, se hicieron fotos en grupo con poses que empezaron normales y acabaron con Sergio intentando levantar a Javi como si fueran una pareja de patinaje artístico, y abrieron una bolsa de patatas que desapareció antes de que nadie reconociera haberla empezado.

Clara estaba feliz. De verdad. Tenía esa felicidad relajada de los momentos en los que todo parece encajar. Diego le había dado un beso en el hombro mientras ella miraba el mar desde la terraza.

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