¡DRAMA EN IBIZA! Las vacaciones soñadas con amigos se convierten en un infierno al encontrar un billete de avión comprado en secreto para la mejor amiga del grupo.
Parte 1
Clara siempre había pensado que la palabra “vacaciones” sonaba a promesa. A promesa de piel salada, de desayunos tardíos, de no mirar el reloj y de decir “mañana lo hacemos” aunque no hubiera nada concreto que hacer mañana. En su cabeza, Ibiza era eso: luz blanca sobre paredes encaladas, sandalias abandonadas junto a una piscina infinita, risas de amigos de toda la vida y Diego, su Diego, apoyando una mano en su cintura mientras decía alguna tontería con esa cara de niño que había aprendido a usar para que todo el mundo le perdonara cualquier cosa.
Lo que Clara no sabía era que, antes de que terminara el primer día, la palabra “vacaciones” iba a sonar más bien a “simulacro emocional con vistas al mar”.
La villa la había encontrado Sergio, que era el típico amigo que no sabía hacer la compra sin olvidar el pan, pero luego encontraba alojamientos espectaculares en internet como si trabajara para una revista de lujo. Estaba a las afueras de Santa Eulària, en una cuesta desde la que se veía el Mediterráneo como una sábana azul extendida hasta el infinito. Tenía piscina, terraza, cocina enorme, tres habitaciones dobles y una hamaca blanca que todos decidieron fotografiar antes de usar, porque en ese grupo nadie hacía nada sin documentarlo primero.
—Esto es una fantasía —dijo Lucía, soltando la maleta en mitad del salón—. O sea, oficialmente estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.
—Como siempre, pero con mejor luz —respondió Sergio.
Diego entró detrás de Clara con dos bolsas de supermercado colgando de cada brazo y una expresión dramática de sacrificio.
—He cargado con hielo, tomates, pan, cerveza sin alcohol, agua, hummus y una cosa que Lucía ha jurado que era “imprescindible” y que parece comida de tortuga.
—Es edamame, cateto —dijo Lucía desde la cocina.
—Pues que sepas que el edamame pesa como un remordimiento.
Clara se rio. Le gustaba ese ambiente. Le gustaba que Diego se llevara tan bien con sus amigos. Le gustaba que Lucía, su mejor amiga desde la universidad, pudiera meterse con él sin que sonara raro. Los tres se conocían desde hacía años, aunque Diego había llegado al grupo más tarde, cuando Clara lo presentó en una cena en Malasaña y Lucía dijo, después de verlo cortar una croqueta con cuchillo y tenedor:
—Es mono, pero tenemos que trabajarle la calle.
Desde entonces, Diego había sido aceptado como uno más. Bueno, como uno más con tendencia a perder las gafas de sol y a contar anécdotas demasiado largas.
El grupo completo lo formaban seis: Clara, Diego, Lucía, Sergio, Marta y Javi. Marta era la más organizada y había traído un Excel impreso con posibles restaurantes, calas, beach clubs y una columna titulada “gastos emocionales”, que nadie entendió pero todos respetaron. Javi, su novio, era un sevillano adoptado por Madrid que siempre parecía estar a punto de empezar una sobremesa aunque fueran las nueve de la mañana.
—Yo solo digo una cosa —anunció Javi nada más llegar—. Si hemos venido a Ibiza para dormir ocho horas, nos vamos ahora mismo a un balneario de Guadalajara y tan contentos.
—Tú vas a dormir ocho horas porque roncas como un tractor abandonado —dijo Marta.
—Eso no es roncar. Eso es presencia.
La primera tarde fue perfecta de una manera casi ofensiva. Se bañaron en la piscina, discutieron durante veinte minutos sobre quién se quedaba con la habitación que tenía baño propio, se hicieron fotos en grupo con poses que empezaron normales y acabaron con Sergio intentando levantar a Javi como si fueran una pareja de patinaje artístico, y abrieron una bolsa de patatas que desapareció antes de que nadie reconociera haberla empezado.
Clara estaba feliz. De verdad. Tenía esa felicidad relajada de los momentos en los que todo parece encajar. Diego le había dado un beso en el hombro mientras ella miraba el mar desde la terraza.
—Estás muy guapa.
—Eso me lo dices porque llevo vestido blanco y parece que soy parte de la decoración.
—También.
—Qué romántico.
—Soy un poeta de piscina.
Clara se giró y le abrazó. Diego olía a crema solar, a sal y a ese perfume suyo que siempre parecía más caro de lo que era.
—Me hacía falta esto —dijo ella.
—A mí también.
Y por un segundo, solo por un segundo, Clara sintió que el mundo era sencillo.
El problema llegó con la cena.
No con la cena en sí, porque aún no existía, sino con la reserva. Marta había encontrado un restaurante precioso en Dalt Vila, con terraza, luces pequeñas colgando y platos que en las fotos parecían diseñados por arquitectos. Había que reservar online, y como el móvil de Clara estaba cargando en la habitación y el de Marta tenía la pantalla rota desde Semana Santa, Clara hizo lo más normal del mundo: pidió prestado el portátil de Diego.
—Amor, ¿me dejas tu Mac un segundo? Voy a reservar lo de esta noche.
Diego estaba en la piscina, con medio cuerpo dentro del agua y unas gafas de sol que no eran suyas.
—Claro. Está en la mesa del salón. La contraseña es la de siempre.
—¿La de siempre es tu cumpleaños o la del Atleti?
—Clara, por favor, soy un adulto funcional.
—Entonces la del Atleti.
—La del Atleti, sí.
Lucía, tumbada en una hamaca junto a la piscina, soltó una carcajada sin levantar la vista de su revista.
—Ese hombre tiene la seguridad digital de un bar de carretera.
—No juzgues, que tú usas el nombre de tu perro para todo —le gritó Diego.
—Porque Pocholo merece ser inmortal.
Clara entró en el salón riéndose. El aire acondicionado le dio en la cara como una bendición. En la mesa estaba el portátil de Diego, abierto pero en reposo. Al tocar el teclado, la pantalla se iluminó. Pidió la contraseña. Clara la escribió. Abrió el navegador. Buscó el restaurante. Entró en la página de reservas. Todo normal.
Hasta que dejó de serlo.
Mientras intentaba confirmar la mesa para seis, apareció en una esquina del navegador una pestaña de correo abierta. Clara no tenía intención de mirar. No era de esas personas que revisan conversaciones ajenas ni buscan señales donde no las hay. En realidad, siempre había presumido de confiar en Diego. Pero la pestaña estaba ahí, abierta, con un asunto visible en la bandeja principal.
“Confirmación de compra: vuelo Madrid-París.”
Clara se quedó quieta.
No fue un movimiento dramático. No soltó un grito. No tiró el portátil. No sonó música de violines desafinados, aunque habría sido apropiado. Simplemente se quedó con los dedos suspendidos sobre el teclado, como si alguien hubiera pulsado pausa en su cuerpo.
Madrid-París.
El mes siguiente.
Diego no le había dicho nada de París.
Quizá era por trabajo. Quizá era una sorpresa. Quizá había comprado algo para sus padres. Quizá la aerolínea mandaba correos raros. Quizá, quizá, quizá.
La mente de Clara empezó a construir excusas con la rapidez desesperada de quien intenta tapar una gotera con servilletas.
No debería abrirlo.
No debería.
Pero el asunto estaba ahí. Y debajo, en la vista previa, se veía una línea.
“Pasajera: Lucía Ramos.”
Clara sintió que el aire acondicionado dejaba de funcionar aunque seguía sonando. El salón se hizo enorme, blanco, silencioso. Fuera, junto a la piscina, Lucía seguía tumbada en su hamaca, con un sombrero de paja sobre la cara y una pierna cruzada sobre la otra. Diego estaba en el agua, diciendo algo a Sergio que hizo reír a todos.
Clara abrió el correo.
No porque quisiera convertirse en detective. No porque disfrutara invadiendo la intimidad de nadie. Lo abrió porque su cuerpo lo hizo antes de pedirle permiso a su conciencia.
Ahí estaba. Billete de avión. Madrid a París. Salida: viernes del mes siguiente. Regreso: domingo. Dos noches. Nombre de pasajera: Lucía Ramos. Comprador: Diego Valverde.
Clara leyó los datos una vez.
Luego otra.
Luego una tercera, como si en alguna de esas lecturas el nombre pudiera cambiar por el suyo, por el de la madre de Diego, por el de un compañero de trabajo, por el de cualquier ser humano que no estuviera a quince metros, untándose crema solar en los hombros.
—¿Clara? —gritó Marta desde fuera—. ¿Has reservado?
Clara cerró el correo con tanta rapidez que casi se pilló un dedo con la tapa del portátil, aunque eso era físicamente imposible.
—¡Sí! ¡Ahora voy!
Su voz sonó demasiado aguda. Como una flauta con ansiedad.
Respiró hondo. Intentó pensar. No podía salir con cara de funeral porque todos la notarían. Marta tenía un radar emocional de madre gallega. Sergio era despistado, pero incluso él se daría cuenta si Clara aparecía blanca como una servilleta de hotel. Y Lucía… Lucía la conocía demasiado bien.
Clara confirmó la reserva sin recordar qué hora había elegido. Apagó la pantalla. Se miró en el reflejo oscuro del portátil. Tenía la cara de una mujer que acababa de ver cómo le cambiaban el guion de la vida sin avisar.
—Venga, Clara —susurró para sí misma—. Tú puedes.
Pero no sonó convincente. Sonó como cuando alguien dice “solo será una copa” en una boda.
Salió a la terraza con una sonrisa que le quedó puesta como una pegatina mal alineada.
—Reservado —dijo.
—¿A qué hora? —preguntó Marta.
Clara parpadeó.
—A una hora normal.
—Eso no es una hora, cariño.
—A las nueve y media —improvisó Clara, porque era una hora que siempre funcionaba en España para cenar y para evitar conversaciones incómodas hasta más tarde.
—Perfecto —dijo Diego desde la piscina—. Ven, métete un rato.
Clara miró el agua. Miró a Diego. Miró a Lucía.
Lucía levantó el sombrero y sonrió.
—¿Todo bien, reina?
Reina.
Clara notó que algo dentro de ella hacía un ruido parecido al de un plato rajándose.
—Sí, sí —respondió—. Todo genial.
—Pues vente al agua, que pareces la gerente del hotel.
—Ahora voy. Voy a por… a por una cosa.
—¿Qué cosa? —preguntó Sergio.
Clara lo miró con ojos de “no me hagas esto”.
—Una cosa, Sergio.
—Vale, vale. Una cosa. Muy específico. Me gusta. Misterio ibicenco.
Clara volvió al interior de la casa y se encerró en el baño del pasillo. Apoyó las manos en el lavabo y se inclinó hacia el espejo.
No llores.
No aquí.
No ahora.
No con todos fuera.
No con Lucía a dos metros de tu novio.
El espejo le devolvió una cara extraña. Seguía siendo ella, pero con una grieta que no sabía dónde colocar. Intentó ordenar los hechos. Diego había comprado un vuelo a París para Lucía. No para ella. Para Lucía. Lo había hecho en secreto. El viaje era el mes siguiente. Dos noches. Fin de semana. París.
París, la ciudad que Diego siempre decía que estaba sobrevalorada porque “todo el mundo va para hacerse fotos mirando cruasanes”. París, donde Clara le había dicho varias veces que le gustaría ir en otoño. París, que de repente era una palabra con forma de bofetada.
Sacó el móvil, pero no sabía a quién escribir. ¿A quién se le manda un mensaje que diga “creo que mi novio ha comprado un billete a París para mi mejor amiga mientras estamos todos de vacaciones en Ibiza y ahora tengo que salir a fingir que no quiero lanzarme al mar con una piedra emocional atada al tobillo”?
A nadie. Eso no cabe en WhatsApp sin parecer una señora de telenovela.
Respiró otra vez. Se mojó la nuca. Se obligó a sonreír. La sonrisa seguía siendo espantosa, pero había mejorado de “he visto un fantasma” a “me ha sentado mal el gazpacho”.
Cuando volvió a la terraza, Diego la recibió con una mirada cariñosa.
—¿Seguro que estás bien?

Clara se sentó en el borde de la piscina y metió los pies en el agua.
—Sí. Solo tengo un poco de calor.
—Pues en Ibiza, en agosto, qué raro —dijo Javi—. Yo pensaba que veníamos a por niebla escocesa.
Marta le dio un manotazo cariñoso en el brazo.
—Déjala, pesado.
Lucía se incorporó en la hamaca.
—Te noto rara.
Clara sintió el impulso animal de decirle: “Y yo a ti te noto con vuelo a París.” Pero no lo hizo. Se limitó a levantar una ceja, como si la rareza fuera un accesorio veraniego.
—Será el sol.
—Ponte crema —dijo Lucía—. Luego te quemas y pareces un langostino con ansiedad.
Clara sonrió.
—Gracias por cuidar de mí.
La frase salió dulce. Demasiado dulce. Tan dulce que si alguien hubiera prestado atención habría oído el veneno chocar contra los dientes.
Diego nadó hasta ella y apoyó los brazos en el borde.
—Esta noche vamos a pasarlo bien, ¿vale?
Clara le miró. Sus ojos eran los mismos de siempre. Tranquilos. Cálidos. Capaces de pedir perdón antes incluso de saber qué había hecho mal. Y eso fue lo peor. Que nada en su cara parecía culpable. Nada. Ni una sombra. Ni un tic. Ni una gota de nerviosismo.
—Claro —dijo Clara—. Lo vamos a pasar fenomenal.
Y por dentro, en un lugar que nadie podía ver, empezó el primero de los tres días más largos de su vida.
Parte 2
La cena en Dalt Vila tuvo todo lo que una cena en Ibiza debe tener para que seis madrileños se sientan momentáneamente aristócratas: una terraza con vistas, camareros vestidos de lino, platos que llegaban con flores comestibles y una cuenta que provocó en Sergio un silencio religioso.
—Yo respeto el precio —dijo él mirando el menú—, pero me gustaría que la lubina me explicara su proyecto de vida.
—No pidas lubina —respondió Marta—. Pide algo normal.
—Aquí no hay nada normal. Mira esto: “tomate de autor”. ¿Desde cuándo firma contratos el tomate?
Javi levantó su copa.
—Brindo por el tomate autónomo.
Todos rieron. Clara también. O al menos emitió un sonido que pertenecía a la familia de la risa. Se sentó entre Diego y Marta, justo enfrente de Lucía, porque el universo, además de cruel, tenía sentido del humor.
Lucía estaba guapísima. Eso fue otra cosa que molestó a Clara. No porque su amiga no pudiera estarlo, sino porque la belleza de Lucía esa noche parecía una prueba más presentada por la fiscalía. Llevaba un vestido verde, el pelo recogido con descuido perfecto y unos pendientes pequeños que brillaban cada vez que giraba la cabeza. Clara llevaba un conjunto blanco que por la tarde le había parecido elegante y ahora le parecía el uniforme oficial de la humillación silenciosa.
—¿Qué pedimos para compartir? —preguntó Diego.
—Yo quiero las croquetas de jamón ibérico —dijo Javi.
—Estamos en Ibiza —se quejó Marta—. Pide algo local.
—El jamón es local de mi corazón.
—Eso no existe.
—En mi corazón sí.
Clara miraba el menú sin leer. Las letras se mezclaban. “Tartar”, “calamar”, “berenjena”, “vuelo a París”, “Lucía Ramos”, “comprador Diego Valverde”. Todo parecía parte de la misma carta absurda.
—Clara, ¿tú qué quieres? —preguntó Diego.
Quiero saber por qué has comprado un billete a París para mi mejor amiga.
—Lo que pidáis está bien.
—Eso no vale —dijo Lucía—. Tú siempre tienes opinión gastronómica.
—Hoy estoy flexible.
—Eso me preocupa más que si me dijeras que has decidido hacerte runner —añadió Sergio.
Clara dejó el menú sobre la mesa.
—Pues quiero croquetas.
Javi señaló a Clara como si hubiera encontrado una aliada en una guerra histórica.
—La mujer sabe.
—Y quiero berenjena. Y calamar. Y pan. Mucho pan.
—Eso es una cena o un refugio emocional —dijo Marta.
Clara cogió su copa de agua.
—Las dos cosas.
Diego le rozó la rodilla bajo la mesa. Un gesto pequeño, íntimo, cotidiano. Clara se tensó apenas un segundo. Luego se obligó a no apartarse. Si lo hacía, él preguntaría. Si preguntaba, ella explotaría. Y no quería explotar allí, entre turistas alemanes, velas aromáticas y tomate con aspiraciones artísticas.
—¿Estás cansada? —le susurró Diego.
—Un poco.
—Luego nos vamos pronto.
—Sí.
—Te quiero.
Clara sintió un pinchazo tan absurdo que casi se rio. Qué facilidad tenía la gente para decir cosas grandes mientras escondía cosas enormes.
—Yo también —respondió.
Y lo dijo porque era verdad. Ese era el problema. Que no había dejado de quererlo en el instante de ver el correo. Ojalá. Ojalá el amor tuviera interruptor. Ojalá uno pudiera leer “Pasajera: Lucía Ramos” y decir “perfecto, asunto cerrado, mi corazón dimite”. Pero no. El corazón es más torpe. Se queda ahí, como un invitado que no entiende que la fiesta se ha terminado.
La cena avanzó entre bromas, platos compartidos y conversaciones que Clara escuchaba como si vinieran de otra mesa. Sergio contó que una vez había intentado ligar diciendo que trabajaba en “consultoría estratégica” y la chica le había respondido que eso sonaba a “Excel con tristeza”. Marta explicó que había leído una noticia sobre parejas que se separaban después de viajar juntas porque las vacaciones revelaban incompatibilidades. Javi dijo que eso era normal, porque nadie debería ver a su pareja buscando sitio para aparcar en una ciudad desconocida.
—Ahí sale la verdad de una persona —dijo—. Tú crees que amas a alguien hasta que lo ves decir “ahí cabe” delante de un hueco de medio metro.
Lucía se rio, y Diego la miró un segundo.
Fue solo un segundo.
Pero Clara lo vio.
Y como ya estaba mirando desde un lugar roto, ese segundo se convirtió en prueba, sentencia y documental de Netflix.
—¿Qué pasa? —preguntó Marta bajito.
Clara se giró.
—Nada.
—No me mientas, que te conozco desde que llevabas flequillo universitario.
—Precisamente por eso deberías tener compasión.
—Tienes cara de estar aguantando algo.
Clara tragó saliva. Marta era su otra amiga íntima, pero no era Lucía. No compartían secretos con la misma frecuencia, aunque sí una lealtad tranquila, de esas que no hacen ruido pero están. Por un instante pensó en contárselo. Levantarse, ir al baño con ella, soltarlo todo entre azulejos caros y jabón con olor a higuera.
Pero entonces miró a Lucía. Lucía estaba explicándole a Javi que no, que un pareo no podía considerarse “ropa formal aunque lo llevara con seguridad”. Diego sonreía. El grupo estaba entero. Si Clara abría esa caja ahora, la cena se rompería. Las vacaciones se romperían. Todo se rompería.
Y, cobarde o prudente, no supo distinguirlo, decidió esperar.
—Me ha dado un bajón de cansancio —dijo.
Marta la observó durante un segundo más.
—Vale. Pero no te compro la versión entera.
—La versión entera está en preventa.
—Pues avísame cuando salga.
Clara sonrió con gratitud. Aquello fue lo más cerca que estuvo de llorar esa noche.
Al volver a la villa, el grupo decidió que aún era pronto para dormir, porque en España “pronto” puede significar perfectamente la una de la madrugada si hay terraza. Pusieron música baja, encendieron unas luces junto a la piscina y abrieron una botella de vino que Sergio había comprado “porque la etiqueta era bonita”.
—Eso es criterio vinícola —dijo Diego.
—Mejor que el tuyo, que eliges por precio y luego finges notar frutos rojos.
—Yo noto frutos rojos.
—Tú notas oferta.
Clara se sentó en un sofá exterior con una manta sobre las piernas, aunque hacía calor. Lucía se dejó caer a su lado.
—Ahora sí, dime —dijo.
Clara miró al frente.
—¿Qué?
—Qué te pasa.
—Nada, Lucía.
—Clara.
Ese “Clara” tenía historia. Lo había oído en baños de discoteca, en bibliotecas, en estaciones de tren, en domingos de resaca y en crisis laborales. Lucía sabía poner su nombre de una forma que significaba “no me tomes por idiota”. Antes, eso habría sido refugio. Ahora era un cuchillo pequeño.
—Estoy rara, ya está —dijo Clara—. Me ha pegado el viaje.
—Si quieres mañana hacemos plan tranquilo.
—No hace falta.
—De verdad. Podemos quedarnos aquí. Piscina, comida, siesta, cotilleo.
Cotilleo.
Clara casi se atraganta con su propia respiración.
—Suena bien.
Lucía apoyó la cabeza en su hombro durante un segundo, como había hecho mil veces.
—Te quiero, tía.
Clara cerró los ojos.
No hagas eso.
No me quieras ahora.
No me toques como si nada.
—Y yo —dijo, con la voz más baja de lo que quería.
Al otro lado de la terraza, Diego hablaba con Sergio y Javi sobre si era posible hacer una barbacoa al día siguiente sin incendiar la isla. Marta miraba algo en su móvil, probablemente revisando reseñas de calas como quien estudia oposiciones.
Clara observó a Diego. Intentó recordar si había habido señales. Mensajes ocultos. Risas raras. Excusas. Cambios. Viajes de trabajo. Tardes en las que él llegaba tarde. Comentarios de Lucía. Miradas. Pequeños silencios. Nada claro. O quizá todo había estado ahí y ella había preferido no verlo.
Porque esa es la crueldad de la sospecha: una vez aparece, reescribe el pasado. Una cena de hace meses deja de ser una cena. Una broma deja de ser una broma. Un “qué guapa estás” dicho a una amiga se convierte en un expediente judicial. El recuerdo ya no es memoria, es interrogatorio.
Diego se acercó y se sentó a los pies de Clara.
—Mañana he pensado que podríamos ir a una cala cerca de Sant Josep. Me han dicho que es preciosa.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Clara demasiado rápido.
Diego parpadeó.
—Un compañero del trabajo. ¿Por?
—Por nada.
Lucía los miró. Clara sintió su mirada como una linterna.
—Yo voto por cala preciosa —dijo Javi—. Pero con chiringuito. La naturaleza sin croquetas está sobrevalorada.
—Mañana cala —decidió Marta—. Salimos a las diez.
Todos protestaron a la vez.
—A las diez es de madrugada —dijo Sergio.
—Estamos de vacaciones —añadió Lucía.
—Precisamente por eso. Si salimos tarde no aparcamos.
—Marta, de verdad, tienes alma de guardia civil de aparcamiento —dijo Javi.
—Y gracias a eso no vivimos todos en el caos.
La conversación siguió. Clara participó lo justo. Se rió cuando tocaba. Respondió cuando la miraban. Besó a Diego en la mejilla cuando él se lo pidió con un gesto tonto. Fingió.
Esa noche, en la habitación, Diego se quedó dormido rápido. Siempre lo hacía. Decía que era un don. Clara, en cambio, se quedó despierta mirando el techo de vigas blancas. Oía la respiración de Diego a su lado. Oía risas lejanas de alguna fiesta en otra villa. Oía el mar, o quizá lo imaginaba.
A las tres y veinte de la madrugada, se levantó despacio y fue al baño. Se sentó en el suelo frío, con la espalda contra la pared, y buscó vuelos Madrid-París en el móvil. No sabía por qué. Tal vez quería comprobar que existía. Que no lo había imaginado. Que no era un malentendido digital provocado por el sol, el vino y un universo con mala leche.
El vuelo existía.
La aerolínea existía.
El horario existía.
Clara apagó el móvil.
Se abrazó las rodillas.
Y lloró sin hacer ruido, como lloran las personas que no quieren que nadie venga a consolarlas porque la persona que podría hacerlo es parte del motivo.
Al día siguiente, la cala era preciosa. Naturalmente. Porque la vida, cuando decide ser cruel, pone decorado de postal.
El agua era transparente, las rocas doradas, el cielo azul sin una nube. Marta estaba satisfecha porque habían encontrado aparcamiento. Javi se proclamó “hombre mediterráneo” después de ponerse una camisa abierta que le hacía parecer vendedor de pulseras. Sergio trajo una nevera portátil que perdió una rueda a los cinco minutos. Lucía extendió su toalla junto a la de Clara como siempre.
—Hoy te quiero ver relajada —dijo.
Clara se quitó las gafas de sol.
—¿Y si no me relajo?
—Te echo al agua.
—Violencia acuática.
—Terapia balear.
Diego llegó con dos cafés fríos del chiringuito.
—Para mis chicas favoritas —dijo, entregando uno a Clara y otro a Lucía.
Mis chicas favoritas.
Clara miró el vaso en su mano. Luego a Diego. Luego a Lucía.
—Qué detalle —dijo.
—Estoy generoso.
—Ya se ve.

Diego frunció el ceño, apenas. Había notado el tono. Claro que lo había notado. Clara no era tan buena actriz. En su defensa, nadie debería verse obligado a interpretar “novia feliz en cala paradisíaca mientras su pareja compra escapadas secretas a su mejor amiga”.
—¿He hecho algo? —preguntó Diego bajito cuando Lucía se levantó para ir al agua.
Clara sintió que una respuesta se le subía a la garganta como una ola.
Sí.
Has comprado un billete a París para Lucía.
Has hecho que todo este viaje parezca una obra de teatro barata.
Has convertido a mi mejor amiga en una pregunta.
Has conseguido que una cala de Ibiza me parezca una sala de espera del dentista.
Pero dijo:
—No.
—Clara.
—No empieces.
—Solo pregunto.
—Pues no.
Diego la miró, confundido. Y esa confusión, si era falsa, era brillante. Si era real, era peor.
—Vale —dijo él—. Estoy aquí si quieres hablar.
Clara se rio sin humor.
—Qué bien.
—¿Qué significa eso?
—Nada, Diego. Todo significa nada últimamente.
Él se quedó callado. Lucía volvió del agua, empapada, sonriente.
—Está buenísima. Clara, ven.
Clara se levantó. No por ganas, sino porque si se quedaba allí un segundo más, gritaría. Caminó hacia el mar con Lucía. El agua le llegó a los tobillos, luego a las rodillas, luego a la cintura. Estaba fría al principio, luego perfecta.
—Ahora sí pareces viva —dijo Lucía.
Clara la miró. El sol le daba en la cara. Lucía era su amiga. Su amiga. La persona que le había llevado sopa cuando tuvo gripe. La que la había acompañado a comprar un vestido para una entrevista importante. La que había llorado con ella cuando murió su abuelo. La que sabía qué helado elegirle sin preguntar.
—¿Tú me contarías siempre la verdad? —preguntó Clara.
Lucía dejó de chapotear.
—¿Qué?
—Nada. Una pregunta.
—Pues depende. Si la verdad es que ese bikini no te queda bien, te diría que pruebes otro con tacto. Si la verdad es que tu ex era un imbécil, te lo diría sin tacto.
—Hablo en serio.
Lucía la observó.
—Sí. Te la contaría.
Clara quiso creerla. Durante un segundo, quiso muchísimo creerla.
—Vale.
—¿Me estás asustando?
—No.
—Clara, ¿ha pasado algo con Diego?
El nombre de Diego flotó entre ellas como una medusa.
—No lo sé —dijo Clara.
Lucía abrió la boca, pero Sergio apareció nadando con una torpeza monumental.
—¡Chicas! ¡He pisado algo raro! Si muero, decidle a mi madre que la clave de Netflix es la de siempre.
—No vas a morir por pisar una piedra —dijo Lucía.
—Tú no lo sabes. Ibiza es muy espiritual. Igual era una piedra con intención.
La conversación se rompió. Clara no supo si agradecerlo o maldecirlo.
Aquella tarde, mientras todos dormían la siesta en la villa, Clara hizo algo que nunca pensó que haría: revisó el comportamiento de su mejor amiga como quien analiza un informe de auditoría. Lucía salía al jardín, miraba el móvil, sonreía. ¿A quién escribía? Diego estaba en la cocina, preparando café. ¿Habían cruzado miradas? ¿Habían hablado a solas? ¿Era normal que Lucía dijera “gracias, Diegui” cuando él le pasó una taza? ¿Desde cuándo le llamaba Diegui? ¿Siempre? ¿Nunca? ¿Acababa de inventarlo?
La cabeza de Clara era ya un juzgado sin juez y con demasiadas pruebas circunstanciales.
Por la noche, decidieron salir a tomar algo por el puerto. Clara se maquilló con una precisión casi militar. Si iba a sufrir, al menos sufriría con eyeliner simétrico.
Diego entró en el baño mientras ella se pintaba los labios.
—Estás espectacular.
—Gracias.
—Me estás evitando.
Clara cerró el pintalabios.
—No.
—Sí.
—Estoy cansada.
—Llevas cansada desde ayer.
—Pues será que descanso fatal.
Diego apoyó un hombro en el marco de la puerta.
—Clara, mírame.
Ella lo miró.
—¿Qué?
—No sé qué pasa, pero me duele que me hables así.
Aquello fue demasiado. A Clara le tembló la boca, pero no de tristeza, sino de una risa amarga que se negó a salir.
—Te duele.
—Sí.
—Qué interesante.
—¿Por qué dices eso?
—Por nada.
—Otra vez por nada.
—Sí, Diego. Por nada. Todo por nada. Qué palabra tan útil, ¿verdad?
Él se acercó.
—Si he hecho algo, dímelo.
Clara lo miró de cerca. Podía decirlo. Ahí. En ese baño con olor a crema, colonia y mentira. Podía preguntarle. Podía acabar con la tortura.
Pero entonces oyó la voz de Lucía desde el pasillo.
—¿Estáis listos? ¡El taxi llega en cinco!
Clara se apartó.
—Vamos.
Diego la siguió con la mirada.
—Esto no va a desaparecer por no hablarlo.
Clara abrió la puerta.
—Hay cosas que desaparecen muy bien cuando se hacen en secreto.
Diego se quedó quieto.
—¿Qué?
—Que el taxi llega en cinco.
Y salió al pasillo con el corazón golpeándole las costillas como si quisiera abandonar el cuerpo por su cuenta.
Parte 3
La segunda noche en Ibiza tuvo menos magia y más alcohol social, aunque Clara se mantuvo en el terreno prudente del agua con gas porque desconfiaba de lo que su boca pudiera hacer si bajaba la guardia. Fueron a un local cerca del puerto, con luces cálidas, música comercial y gente que parecía haber nacido sabiendo apoyarse en barras sin parecer cansada.
Javi, a los diez minutos, ya estaba hablando con un italiano sobre paellas.
—No puedes venir a España y decirme que la paella lleva chorizo —decía con indignación diplomática—. Eso es como ponerle ketchup a una abuela.
—Javi, déjalo —pidió Marta.
—No puedo. Hay líneas rojas.
Sergio intentaba pedir seis bebidas y acabó encargando algo azul que nadie había solicitado.
—Esto sabe a colonia de adolescente —dijo Lucía tras probarlo.
—Pues en carta ponía “experiencia marina” —respondió Sergio.
—Claro. Marina de gasolinera.
Clara se apoyó junto a una mesa alta. Diego estaba a su lado, silencioso. Desde la conversación del baño, algo había cambiado. Ya no intentaba disimular del todo. La miraba con preocupación, pero también con una impaciencia creciente. Clara conocía esa expresión: Diego odiaba los conflictos sin nombre. Necesitaba abrirlos, tocarlos, entenderlos. Ella, en cambio, ahora mismo prefería guardarlos en una caja, sentarse encima y esperar que explotaran en el momento más inconveniente posible. Era una estrategia pésima, pero emocionalmente coherente.
Lucía se acercó con dos vasos de agua.
—Toma. Te he traído agua porque estás con cara de necesitar o hidratación o un abogado.
Clara cogió el vaso.
—Gracias.
—¿Vas a decirme ya qué te pasa?
Diego, que estaba a su lado, se tensó. Clara notó que ambos la miraban al mismo tiempo. Parecían dos personas esperando un veredicto que ella aún no sabía pronunciar.
—No aquí —dijo Clara.
Lucía frunció el ceño.
—Entonces sí pasa algo.
—He dicho que no aquí.
—Vale.
Por primera vez desde que encontró el correo, Lucía pareció asustada de verdad. No culpable, no sospechosa, sino asustada. A Clara eso la confundió. ¿Era posible actuar tan bien? ¿Era posible que no supiera nada? ¿Cómo podía no saber que Diego había comprado un billete a su nombre? Quizá él se lo había regalado y ella aún no lo había recibido. Quizá lo sabría pronto. Quizá lo sabía ya y estaba fingiendo. Quizá Clara iba a perder la cabeza antes de volver a Madrid.
—Me voy fuera un momento —dijo.
Salió del local y se apoyó en una pared de piedra. El aire nocturno era cálido. La calle olía a perfume, mar y fritura cara. Pasó un grupo de chicas riendo, luego una pareja discutiendo en voz baja, luego un señor con camisa de lino que parecía haber invertido demasiado en pulseras.
Clara respiró. Uno, dos, tres.
Diego salió detrás de ella.
—Ya está bien.
Ella cerró los ojos.
—Diego, por favor.
—No, Clara. No “por favor”. Llevas dos días mirándome como si hubiese atropellado a tu perro.
—No tengo perro.
—Pues como si hubiese atropellado a Pocholo, el perro de Lucía. Peor todavía, porque ese perro tiene club de fans.
Clara soltó una risa involuntaria. La odió. Odiaba que Diego pudiera hacerla reír incluso en mitad de aquello.
—Dime qué pasa —insistió él.
—¿Quieres saberlo?
—Claro que quiero saberlo.
—¿Seguro?
—Sí.
Clara lo miró. La calle estaba lo bastante apartada. Nadie del grupo podía oírlos. Era el momento. Lo sintió. Su cuerpo ya no podía sostener más teatro.
—Vi el correo.
Diego se quedó inmóvil.
—¿Qué correo?
—No hagas eso.
—Clara, no sé de qué hablas.
—El correo del vuelo.
El rostro de Diego cambió. No mucho. Solo lo suficiente. Una sombra le cruzó los ojos.

—Clara…
—Madrid-París. Mes que viene. Pasajera: Lucía Ramos. Comprador: Diego Valverde.
Diego se pasó una mano por la cara.
—Vale.
—¿Vale?
—No, quiero decir… vale, entiendo cómo suena.
Clara se rio, esta vez con incredulidad.
—Perdona, ¿cómo suena? Porque igual yo estoy siendo muy de barrio y resulta que comprarle un viaje secreto a París a la mejor amiga de tu novia es una costumbre europea que me he perdido.
—No es lo que piensas.
—Qué frase tan original. ¿La compraste también con el billete?
—Clara, escúchame.
—No. Llevo dos días escuchando. Escuchando cómo te ríes con ella, cómo le traes cafés, cómo actúas como si yo estuviera loca por notar algo raro.
—Nunca he dicho que estés loca.
—No hace falta decirlo. A veces basta con poner cara de “mi novia está intensa, pobrecita”.
Diego miró hacia la puerta del local, preocupado.
—Podemos hablar en la villa.
—Ah, claro. Mejor en privado. Como los vuelos.
—No grites.
—No estoy gritando.
—Estás a punto.
—Estoy a punto de muchas cosas, Diego.
Él bajó la voz.
—Ese billete era una sorpresa.
Clara parpadeó. La palabra cayó entre ellos como una moneda falsa.
—¿Para quién?
—Para ti.
—Curioso, porque mi nombre no aparece.
—Porque Lucía iba a ayudarte.
—¿A ayudarme a qué? ¿A sentarse en mi asiento?
Diego inspiró hondo.
—Quería pedirte que nos fuéramos a París. Tú y yo. Iba a organizarlo todo. Lucía me estaba ayudando con detalles porque conoce sitios, porque estuvo allí con su hermana, porque tú siempre has dicho que querías algo especial y yo soy un desastre organizando viajes.
Clara lo miró sin pestañear.
—Diego, el billete está a nombre de Lucía.
—Lo sé.
—Qué bien que lo sepas, porque yo también lo sé y es precisamente el problema.
Él se frotó la nuca.
—El vuelo era para que ella fuera antes a preparar una cosa.
—¿Una cosa?
—Sí.
—¿Qué cosa?
Diego abrió la boca, la cerró, volvió a mirar hacia el local.
—No puedo decírtelo sin estropearlo.
Clara sintió que la rabia le subía por el pecho.
—¿Tú estás oyéndote?
—Sí, y sé que suena fatal.
—Suena a que te han pillado y estás improvisando como Sergio cuando dice que sabe cocinar.
—No estoy improvisando.
—Entonces dime qué cosa.
—No puedo.
—Claro que puedes. Lo que pasa es que no quieres.
—Porque era importante.
—¿Más importante que verme dos días tragándome la angustia como si fuera gazpacho malo?
Diego se quedó en silencio.
En ese momento, Lucía salió del local.
—¿Qué pasa? —preguntó, mirando a uno y a otra—. Marta está preguntando si volvemos o si os habéis fugado a discutir con vistas.
Clara se giró hacia ella.
—Qué oportuno.
Lucía levantó las manos.
—Vale. Me he perdido algo, claramente.
—No tanto.
Diego cerró los ojos.
—Clara, por favor.
—No, ahora estamos los tres. Perfecto. Me encanta. Muy París todo.
Lucía se puso pálida.
—¿París?
Clara la observó. Ahí estaba. Esa reacción. Pálida. Sobresaltada. ¿Culpable? ¿Sorprendida? ¿Asustada por el secreto? ¿Por el engaño? ¿Por qué demonios todos parecían tener información menos ella?
—Sí, Lucía. París. Qué ciudad tan romántica, ¿verdad?
Lucía miró a Diego.
—¿Se lo has dicho?
—No exactamente —respondió él.
Clara soltó una carcajada seca.
—No exactamente. Me encanta. Qué equipo de comunicación más sólido tenéis.
Lucía dio un paso hacia Clara.
—Tía, no es lo que parece.
—Otra. Perfecto. ¿Os habéis repartido las frases en un documento compartido?
—Clara, escucha.
—No quiero escuchar más secretos.
—No hay nada entre Diego y yo.
La frase fue directa. Clara sintió el golpe y el alivio mezclados de una forma insoportable.
—¿Entonces por qué hay un billete a tu nombre comprado por mi novio?
Lucía respiró hondo.
—Porque yo iba a volar a París para preparar una sorpresa para ti.
—¿Tú también?
—Sí.
—Qué casualidad que la explicación de los dos sea igual. Casi parece ensayada.
—Porque es verdad.
—Pues explicadme la verdad entera.
Diego miró a Lucía. Lucía miró a Diego. Ese intercambio volvió a hacerle daño a Clara.
—¿Lo ves? —dijo ella—. Esa mirada. Esa complicidad. Eso es lo que llevo dos días viendo.
Lucía apretó los labios.
—La complicidad era para no fastidiarte algo bonito.
—Pues enhorabuena, porque ha quedado precioso.
Durante unos segundos nadie dijo nada. La música del local salía amortiguada por la puerta. Dentro, alguien celebró algo con un grito. Fuera, Clara sentía que su vida estaba haciendo equilibrio sobre una cuerda absurda.
Diego se rindió primero.
—Iba a pedirte que viviéramos juntos.
Clara lo miró.
—¿Qué?
—En París no. Aquí no. Quiero decir… en Madrid. Pero quería hacerlo allí porque siempre dices que París te parece una ciudad de película aunque yo diga que está llena de gente mirando escaparates de queso.
Lucía intervino, rápida.
—Yo iba a ir antes para colocar unas cosas en un apartamento que una amiga mía alquila allí. Velas, fotos, una caja con recuerdos, esas cursiladas que tú dices que odias pero luego guardas durante años.
—También había un anillo —añadió Diego.
Clara dejó de respirar.
—¿Un anillo?
—No de boda —dijo él enseguida—. No quería asustarte. Un anillo sencillo. Como símbolo. De empezar una vida juntos. De buscar piso. De… no sé. De hacerlo bien.
Clara sintió que el suelo se movía un poco. No sabía si por emoción, rabia o agotamiento. Quizá por las tres.
—¿Y por qué no aparecía mi billete?
—Porque aún no lo había comprado. Quería asegurar primero lo de Lucía. Ella solo podía ir ese viernes por trabajo. Luego iba a comprar los nuestros.
—Eso suena increíblemente idiota.
—Lo es —admitió Diego—. Pero soy yo. ¿Qué esperabas? ¿Un plan perfecto? Una vez intenté sorprenderte con desayuno en la cama y se me cayó el café encima del edredón.
Lucía levantó un dedo.
—Y me llamó para preguntarme si las flores se compraban por unidades o por “ramillete emocional”.
Clara cerró los ojos.
No podía ser.
No podía ser que después de dos días de tormento, el problema fuera que su novio era un romántico incompetente y su mejor amiga una cómplice demasiado eficiente.
Pero tampoco podía simplemente reírse, abrazarlos y decir “ay, qué alivio”. Porque aunque no hubiera infidelidad, aunque no hubiera traición en el sentido que ella había imaginado, sí había habido secreto. Sí había habido dos días de angustia. Sí había habido una Clara llorando en el suelo del baño mientras ellos protegían una sorpresa que, desde fuera, parecía una puñalada con tarjeta de embarque.
—Me habéis dejado sola con la peor versión posible de la historia —dijo al fin.
Diego bajó la mirada.
—Lo sé.
Lucía se acercó un poco.
—Lo siento muchísimo.
—No sabías que lo había visto.
—No. Pero aun así. Debí decirte algo cuando te noté rara.
—Sí.
—Pensé que era estrés, o cansancio, o que Marta te había obligado a madrugar demasiado.
Clara casi sonrió, pero no.
—Me he sentido como una imbécil.
—No lo eres —dijo Diego.
—No me interrumpas cuando estoy insultándome con razón.
—Vale.
—Gracias.
Lucía soltó una risa nerviosa. Clara la miró.
—Y tú no te rías, pasajera Ramos.
—Perdón.
—Dos días, Lucía. Dos días mirándote tomar el sol mientras yo pensaba que te ibas a París con mi novio.
—Lo sé.
—Y encima estabas estupenda.
—Eso no sé cómo disculparlo.
Clara no pudo evitarlo. Una risa pequeña se le escapó. Fue breve, rota, pero real. Diego la miró como si esa risa fuera un vaso de agua en el desierto.
—¿Entonces…? —empezó él.
Clara levantó una mano.
—No. No estamos “entonces” todavía.
—Vale.
—Necesito procesar esto.
—Claro.
—Y necesito que entendáis una cosa. Las sorpresas no pueden parecer traiciones. Es una norma básica.
Lucía asintió con solemnidad.
—Regla número uno del romanticismo: que no parezca una infidelidad low cost.
—Exacto.
Diego se llevó una mano al pecho.
—He aprendido.
—No estoy segura.
—Aprenderé más.
—Eso espero.
Marta apareció entonces en la puerta del local, con cara de sospecharlo todo y no tener paciencia para nada.
—¿Está todo bien o tengo que intervenir como adulta responsable?
Javi asomó detrás.
—Yo puedo intervenir como adulto irresponsable.
Sergio también apareció, sosteniendo el vaso azul.
—Yo no sé intervenir, pero acompaño.
Clara miró a su grupo. A Diego. A Lucía. A Marta, que ya estaba leyendo la escena con una precisión aterradora. A Javi, dispuesto a convertir cualquier drama en sobremesa. A Sergio, probablemente intoxicado por su “experiencia marina”.
Y de repente, todo le pareció tan absurdo que tuvo que apoyarse en la pared para no reír y llorar al mismo tiempo.
—Volvemos a la villa —dijo.
Marta no preguntó. Solo asintió.
—Taxi.
—Taxi —repitió Javi—. Y mañana nadie madruga.
—Eso ya lo veremos —dijo Marta.
—Marta, por favor, ha habido un acontecimiento emocional. Respeta el duelo horario.
De camino a la villa, Clara se sentó junto a la ventana. Diego no intentó cogerle la mano. Lucía tampoco habló. El taxi olía a ambientador de pino y a final de noche. Ibiza pasaba fuera en luces borrosas.
Clara miró su reflejo en el cristal.
No estaba bien.
Pero ya no estaba en la oscuridad.
Y eso, aunque no arreglaba nada del todo, le permitía respirar.
Parte 4
La mañana siguiente amaneció con una luz descarada, de esas que entran por la ventana sin pedir perdón y te obligan a recordar que el mundo sigue funcionando aunque tú hayas tenido una crisis sentimental en la puerta de un bar. Clara despertó tarde, cosa extraordinaria porque Marta solía activar la casa con una energía de monitora de campamento. Esta vez no hubo golpes en puertas ni anuncios de “chicos, si queremos sitio en la playa hay que moverse”. Solo silencio, el zumbido del aire acondicionado y Diego sentado en una silla junto a la ventana, vestido ya, con cara de no haber dormido mucho.
—Buenos días —dijo él.
Clara se incorporó despacio.
—No sé si son buenos, pero son días.
—Justo.
Hubo un silencio raro. No incómodo del todo, pero sí lleno. Como una maleta mal cerrada.
—No quería despertarte —dijo Diego.
—Gracias.
—He bajado antes. Marta está haciendo café. Javi está fingiendo ayudar. Sergio dice que tiene resaca del brebaje azul aunque bebió medio vaso. Lucía está en la terraza.
Clara apartó la sábana.
—¿Y tú?
—Yo estoy esperando a que me digas si puedo hablar o si prefieres tirarme por el balcón.
—Es un bajo.
—Lo sé, pero emocionalmente contaría.
Clara suspiró. A pesar de todo, le dolía querer sonreír. Le dolía porque una parte de ella seguía enfadada y otra parte, la muy traidora, seguía enamorada de ese idiota con iniciativa romántica y planificación criminal.
—Puedes hablar.
Diego se sentó en el borde de la cama, manteniendo una distancia prudente.
—Lo siento. Lo siento de verdad. No por que lo descubrieras, sino por haber montado algo que podía hacerte daño si lo veías a medias. Tendría que haber pensado. Tendría que haber protegido la sorpresa sin convertirla en una escena de thriller barato.
—Thriller ibicenco.
—De los malos. Con mucho lino.
Clara se frotó la cara.
—Yo también siento haberme metido en tu correo.
—No tienes que disculparte por eso.
—Sí. No estuvo bien.
—Ya, pero estaba abierto.
—Diego.
—Vale. No voy a usar eso como defensa. Suena a abogado de serie mala.
—Exacto.
Él respiró hondo.
—¿Qué pensaste exactamente?
Clara lo miró como si la pregunta fuera obvia.
—Que estabas liado con Lucía.
Diego cerró los ojos un segundo.
—Ya.
—Que os ibais a París. Que me estabais viendo la cara. Que todo el viaje era una broma cruel. Que yo era la tonta de la villa.
—No eres tonta.
—Ya lo sé. Pero me sentí así.
—Eso es lo que más me duele.
—Pues imagínate a mí.
—Me lo imagino. Fatal. Con razón.
Clara agradeció que no intentara quitarle peso. Que no dijera “pero era una sorpresa” como si eso lo arreglara todo. Que no se pusiera a la defensiva. Había aprendido algo en la noche, o quizá simplemente estaba tan cansado que no le quedaba ego disponible.
—¿De verdad querías pedirme vivir juntos? —preguntó ella.
Diego asintió.
—Sí.
—¿Y necesitabas París para eso?
—No. Necesitaba valentía. París era decoración.
Clara se quedó callada.
—Llevo meses pensando en decírtelo —continuó él—. Pero cada vez que salía el tema de pisos, alquileres, mudanzas, tú hacías bromas sobre que convivir mata el misterio.
—Porque es verdad. Nada mata más el misterio que ver a alguien desatascar una ducha.
—Lo sé. Por eso quería hacerlo especial. Quería que no sonara a “oye, compartimos gastos porque Madrid nos odia”. Quería que sonara a “quiero despertarme contigo incluso cuando no estemos de vacaciones”.
Clara bajó la mirada.
Aquello sí le tocó. Porque detrás del plan absurdo había algo real. Torpe, mal ejecutado, peligroso para la estabilidad mental de cualquiera, pero real.
—El problema —dijo ella— es que yo habría preferido una conversación en el sofá. Con pizza. Sin billetes secretos a nombre de mi mejor amiga.
—Apuntado.
—Y si alguna vez vuelves a hacer una sorpresa, quiero que haya un protocolo.
—¿Un protocolo?
—Sí. Algo tipo: “Clara, estoy organizando una sorpresa. Si ves algo raro, no pienses que soy el villano de una serie turca.”
Diego asintió muy serio.
—Puedo hacer tarjetas.
—No te burles.
—No me burlo. Lo veo útil. Tarjeta amarilla: sorpresa en curso. Tarjeta roja: no abras el correo. Tarjeta negra: Sergio está cocinando.
Clara soltó una risa. Esta vez más clara. Diego sonrió con cuidado, como quien se acerca a un gato que puede perdonarte o arañarte.
—No estás perdonado del todo —advirtió ella.
—Lo sé.
—Pero puedes invitarme a desayunar.
—Eso sí puedo hacerlo.
—Y luego hablaré con Lucía.
—Está destrozada.
—Ya.
—No quería hacerte daño.
—Lo sé. Pero lo hizo.
Diego asintió.
—Te espero abajo.
Cuando Diego salió, Clara se quedó unos minutos sola. Se duchó despacio, se recogió el pelo y eligió un vestido sencillo. Al mirarse en el espejo, se encontró más cansada, pero menos rota. Había algo curioso en descubrir que una historia no era la que una temía. El alivio no borraba el dolor. Solo lo cambiaba de sitio. Ya no era la herida de la traición, sino la herida de haberse sentido capaz de perderlo todo sin que nadie lo notara.
Bajó a la cocina. El grupo fingió normalidad con un nivel de incompetencia entrañable.
—Buenos días —dijo Marta, demasiado suave.
—Buenos días —respondió Clara.
Javi levantó una tostada.
—He preparado pan con tomate.
Marta lo miró.
—Lo he preparado yo.
—Yo he supervisado el aceite.
Sergio, sentado con gafas de sol dentro de la casa, murmuró:
—El azul era veneno. Lo digo para la ciencia.
Lucía estaba en la terraza, sola, con una taza de café entre las manos. Clara cogió otra taza y salió.
Durante un momento, ninguna habló. El mar al fondo seguía haciendo su trabajo, indiferente y precioso.
—Pareces una acusada esperando sentencia —dijo Clara.
Lucía sonrió apenas.
—Me siento un poco así.
—No sé si tengo toga, pero puedo improvisar con una toalla.
—Me lo merezco.
Clara se sentó frente a ella.
—Estoy enfadada.
—Lo sé.
—Mucho.
—También lo sé.
—Pero ya no creo que estés liada con Diego.
Lucía cerró los ojos, aliviada.
—Gracias a Dios. Porque solo de pensarlo me da urticaria. Diego es muy majo, pero una vez le vi guardar una sartén en la nevera.
Clara la miró.
—¿Qué?
—Sí. No sabía dónde ponerla porque estaba caliente y entró en pánico.
Clara intentó mantenerse seria. Fracasó.
—Es verdad, podría hacerlo.
—Por eso jamás tendría una aventura con él. Tengo límites.
—Lucía.
—Perdón. Humor defensivo.
Clara bebió café. Estaba fuerte, un poco amargo. Justo como la mañana.
—¿Por qué aceptaste?
—Porque pensé que era bonito. Porque Diego parecía un cachorro intentando organizar la misión más importante de su vida. Porque tú llevabas meses diciendo que estabas en un momento raro, que todo era trabajo, facturas, cansancio, y pensé que algo así te haría ilusión. Y porque soy imbécil y no imaginé que pudieras verlo antes.
—Debisteis comprar primero mi billete.
—Sí.
—O no ponerlo a tu nombre.
—También.
—O no hacer nada de esto en un portátil que me dejáis usar con la contraseña del Atleti.
Lucía bajó la cabeza.
—Eso fue negligencia de primero de secreto.
—Totalmente.
Las dos se quedaron calladas. Luego Lucía dejó la taza sobre la mesa.
—Cuando saliste ayer con esa cara, pensé que me odiabas.
—Te odié un poco.
—Justo.
—No de verdad. Pero sí odié la idea de ti. La idea de que pudieras hacerme eso.
Lucía tragó saliva.
—Nunca.
—Ya.
—Clara, yo soy muchas cosas. Dramática con los vuelos, incapaz de ahorrar, adicta a comprar velas que huelen todas igual. Pero no te haría eso.
Clara la miró. Y ahí, por fin, encontró a su amiga. No a la pasajera misteriosa de un billete. No a la figura sospechosa junto a la piscina. A Lucía. Su Lucía. Con ojeras, café y culpa verdadera.
—Te creo.
Lucía se llevó una mano al pecho.
—Vale. Porque llevaba desde anoche pensando que nuestra amistad se había ido al garete por culpa de París, ciudad que encima siempre me ha parecido carísima.
—No metas a París ahora.
—Perdón.
Clara sonrió.
—Pero tienes que prometerme algo.
—Lo que sea.
—Nunca más seas cómplice de Diego sin consultarme indirectamente.
—¿Indirectamente cómo?
—No sé. Me dices: “Clara, ¿qué opinas de las sorpresas que parecen delitos emocionales?”
—Bien. Lo anoto.
—Y si él te propone otra idea absurda, me llamas.
—Aunque sea sorpresa.
—Especialmente si es sorpresa.
Lucía asintió.
—Hecho.
Desde la cocina llegó la voz de Javi.
—¿Se puede salir o seguís en juicio?
—¡Puedes salir! —gritó Clara.
Javi apareció con una fuente de tostadas.
—Traigo pruebas.
Marta salió detrás con fruta.
—Y desayuno de verdad.
Sergio llegó el último, aún con gafas.
—Yo traigo mi presencia frágil.
Diego se quedó en la puerta, sin invadir. Clara le hizo un gesto para que saliera. Él obedeció.
El desayuno fue raro al principio, como todos los desayunos después de una crisis. Nadie sabía si hablar del tema o fingir que solo habían discutido por el aire acondicionado. Javi, incapaz de soportar los silencios, fue el primero en saltar.
—Entonces, para aclararme, ¿París era romántico o delito?
Marta le dio una patada por debajo de la mesa.
—Au.
—No seas bruto.
Clara levantó una mano.
—No. Está bien. París era romántico con ejecución delictiva.
Sergio asintió.
—Como casi todo lo francés.
—No empieces con Francia —dijo Marta.
—Yo solo digo que un país que cobra eso por un café tiene cosas que explicar.
Diego se aclaró la garganta.
—Acepto oficialmente que mi plan fue un desastre.
—No fue un desastre —dijo Javi—. Fue una experiencia inmersiva. Escape room sentimental.
—Con demasiada angustia —añadió Clara.
—Sí, sí, fatal como novio. Como guionista, ojo, tensión no faltaba.
Lucía se tapó la cara con las manos.
—Me quiero morir de vergüenza.
—No te mueras —dijo Sergio—. Tu billete no es reembolsable.
Todos la miraron.
—¿Qué? Era el chiste obvio.
Y entonces pasó algo que Clara no esperaba: se rieron. Todos. Incluso ella. Se rieron no porque todo estuviera arreglado, sino porque a veces la risa es la única forma de abrir una ventana en una habitación cargada.
El tercer día, el último completo en Ibiza, fue distinto. No perfecto, pero honesto. Cambiaron los planes. Nada de calas remotas ni beach clubs con nombres en inglés absurdo. Se quedaron en la villa. Compraron comida en un supermercado, hicieron una ensalada gigantesca que Javi bautizó como “el jardín con atún”, y pasaron la tarde en la piscina sin exigirle al día que pareciera una postal.
Clara y Diego hablaron varias veces. No una gran conversación de película, sino muchas pequeñas. En la cocina, mientras cortaban sandía. En la hamaca, con los pies rozando el suelo. En el borde de la piscina, mientras los demás jugaban a adivinar canciones tarareadas por Sergio con una falta total de talento.
—Me dio miedo preguntarte —admitió Clara en una de esas conversaciones.
—¿Por qué?
—Porque si era verdad, tenía que dejar de vivir en la versión anterior de mi vida.
Diego se quedó muy quieto.
—No quiero que tengas que sentir eso conmigo.
—Pues no me pongas en situaciones donde parezca lógico sentirlo.
—No lo haré.
—Y otra cosa.
—Dime.
—Si quieres vivir conmigo, me lo preguntas en Madrid. Sin París. Sin Lucía de avanzadilla. Sin logística de película.
Diego sonrió.
—¿Ahora?
—No. Ahora estamos en una piscina y Sergio está gritando “la de Bisbal” como si eso fuera una pista válida para cualquier canción.
—Tiene razón. Todas pueden ser de Bisbal si las cantas con suficiente giro de cuello.
Clara le dio un empujón suave.
—En Madrid.
—En Madrid.
Esa noche hicieron cena en la villa. Marta organizó la mesa con velas. Javi cocinó pasta con una confianza que no se correspondía con su habilidad, pero el resultado fue sorprendentemente comestible. Sergio preparó una playlist titulada “Ibiza sin traumas”, aunque Marta le obligó a cambiarla porque decía que el nombre era poco discreto. Lucía abrió una bolsa de patatas y anunció que era su contribución culinaria.
—Crujiente emocional —dijo.
—Aceptado —respondió Clara.
Comieron al aire libre. La piscina reflejaba las luces pequeñas. El mar era una mancha oscura al fondo. Por primera vez desde el correo, Clara sintió que podía estar allí sin fingir del todo.
Después de cenar, Diego se levantó con una copa de agua en la mano.
—Quiero decir algo.
—Ay, Dios —murmuró Lucía.
—Tranquila, no hay más billetes —dijo él.
Javi se inclinó hacia Marta.
—Esto promete.
Diego miró a Clara.
—He aprendido que las sorpresas no deben parecer traiciones, que mi portátil necesita contraseña nueva, y que si quiero decirle algo importante a la persona que quiero, quizá lo mejor es decirlo y no montar una operación internacional con cómplices, vuelos y riesgo de colapso nervioso.
—Buen aprendizaje —dijo Marta.
—Muy completo —añadió Sergio.
Diego siguió.
—Clara, no voy a pedirte nada aquí que te ponga contra la pared. Solo quiero decirte delante de todos, porque todos han sufrido mi estupidez en mayor o menor medida, que quiero construir más vida contigo. Cuando volvamos a Madrid, hablamos. Sin presión. Sin decorado. Sin París. Con pizza, si hace falta.
Clara sintió que el pecho se le ablandaba. No como antes, no desde la ingenuidad, sino desde un lugar más adulto, más imperfecto.
—Con pizza seguro —dijo ella.
Javi levantó su vaso.
—Por la pizza, por Madrid y por no comprar vuelos sospechosos.
—Por eso —dijo Lucía.
—Y por Pocholo, que no tiene culpa de nada —añadió Sergio.
Brindaron. Clara miró a Diego. Él no sonreía como quien ya se sabe perdonado, sino como quien espera, acepta y se queda. Eso le gustó.
Más tarde, cuando todos estaban recogiendo, Lucía se acercó a Clara con el móvil en la mano.
—He cancelado el vuelo.
Clara la miró.
—¿De verdad?
—Sí. Me han dado un bono. Probablemente acabaré yendo a París dentro de seis meses con mi madre, que al menos no me provoca dramas de pareja.
—Tu madre en París sería peligrosa.
—Muchísimo. Se quejaría del precio del café en tres idiomas sin hablar ninguno.
Clara sonrió.
—Gracias.
—No por cancelarlo. Gracias por no mandarme al fondo de la piscina con una piedra decorativa.
—Lo pensé.
—Lo sé.
Se abrazaron. Fue un abrazo raro al principio, como si ambas estuvieran comprobando que el puente seguía ahí. Luego se hizo familiar. Clara cerró los ojos. La amistad, pensó, también tenía que aprender a sobrevivir a sus torpezas. Y a veces sobrevivía. No intacta, pero sí más consciente.
El último día recogieron la villa con el caos típico de los grupos que al llegar colocan todo con entusiasmo y al irse descubren que han repartido calcetines, cargadores y cremas solares como si fueran pistas de un crimen. Sergio encontró una chancla dentro de la nevera.
—No juzguéis —dijo—. La chancla buscaba frescor.
Marta revisaba habitaciones.
—¿Quién ha dejado una toalla mojada encima de mi maleta?
Silencio.
—Javi.
—No hay pruebas.
—Está tu camiseta al lado.
—Pruebas circunstanciales.
Diego cambió la contraseña del portátil allí mismo, delante de Clara.
—¿Nueva contraseña? —preguntó ella.
—No te la voy a decir.
—Bien.
—Pero te daré una pista: no es el Atleti.
—Eso ya es crecimiento personal.
Lucía pasó por detrás.
—Pon “NoComprarVuelosRaros2026”.
—Muy larga —dijo Diego.
—Mejor. Seguridad emocional y digital.
En el coche hacia el aeropuerto, Clara fue junto a la ventana otra vez. Esta vez, Diego se sentó a su lado y le ofreció la mano sin imponerla. Ella la miró un segundo. Luego la cogió.
No porque todo estuviera cerrado. No porque una conversación arreglara dos días de angustia. No porque la confianza fuera una sábana que se estira y vuelve a cubrir la cama sin arrugas. La cogió porque quería. Porque, a pesar del miedo, quería ver qué pasaba después. Porque a veces una relación no se mide por no meter nunca la pata, sino por qué haces cuando descubres que la has metido hasta la rodilla en cemento fresco.
En el aeropuerto, mientras esperaban para embarcar de vuelta a Madrid, Javi compró un bocadillo que costaba lo mismo que una cena decente en Lavapiés.
—Esto es un atraco con pan —declaró.
—Estás en un aeropuerto —dijo Marta—. Aquí el pan tiene hipoteca.
Sergio apareció con una revista de viajes.
—Mirad, reportaje de París.
Todos se quedaron quietos.
Sergio levantó la vista.
—¿Demasiado pronto?
Clara, después de un segundo, se echó a reír.
—Un poco.
Diego se tapó la cara.
—Me lo merezco.
Lucía le quitó la revista a Sergio.
—Dámela. Queda confiscada hasta nuevo aviso.
—Pero venía un artículo de croissants.
—Confiscada.
Cuando anunciaron el embarque, Clara miró por el ventanal. Un avión despegaba hacia algún lugar que no importaba. Pensó en el correo, en el baño frío, en la cena con servilleta apretada bajo la mesa, en la cala preciosa que le había parecido insoportable, en la puerta del bar donde todo explotó. Pensó también en la risa del desayuno, en la torpeza de Diego, en las lágrimas de Lucía, en Marta poniendo orden, en Javi convirtiendo el desastre en chiste y en Sergio, que probablemente seguiría años diciendo que el viaje a Ibiza había sido “muy intenso, pero bien ubicado”.
Diego se acercó a ella.
—¿Estás bien?
Clara tardó en responder.
—Estoy mejor.
—Es algo.
—Es bastante.
Él asintió.
—Cuando lleguemos a Madrid, pizza.
—Y conversación.
—Y conversación.
—Y nada de sorpresas durante un tiempo.
—Definitivamente.
Clara lo miró con una ceja levantada.
—¿Cuánto es “un tiempo” para ti?
—No sé. ¿Hasta que Sergio aprenda a cocinar?
—Eso puede ser para siempre.
—Entonces estamos seguros.
Lucía, que caminaba delante, se giró.
—Os estoy oyendo. Y apoyo la moción.
Javi levantó el bocadillo.
—Yo también. Prohibidas las sorpresas románticas internacionales salvo aprobación del comité.
—¿Qué comité? —preguntó Diego.
Marta respondió sin dudar:
—Yo.
—Tiene sentido —dijo Sergio.
Subieron al avión riéndose, cansados, con la piel algo quemada y el corazón menos ligero que al llegar, pero más sincero. Clara se sentó junto a la ventanilla. Diego a su lado. Lucía en la fila de delante, peleándose con el compartimento superior porque su bolso “cabía perfectamente” aunque claramente no cabía.
—No cabe —dijo Marta.
—Sí cabe.
—Lucía.
—Dame veinte segundos y fe.
Sergio, desde el pasillo, murmuró:
—Esto es una metáfora del viaje.
Clara apoyó la cabeza en el respaldo. Diego le rozó los dedos.
—Gracias por no rendirte del todo —dijo él muy bajo.
Ella lo miró.
—No te acostumbres a que sea tan generosa.
—No.
—Y si alguna vez me haces pasar otra vez por tres días de sonrisa falsa, te dejo en una cala sin cobertura.
—Justo.
—Con Sergio.
Diego abrió mucho los ojos.
—Eso ya es excesivo.
—Para que aprendas.
El avión empezó a moverse. Clara miró por la ventana mientras Ibiza se quedaba atrás. La isla, desde la pista, no parecía el escenario de un drama monumental. Parecía solo un lugar bonito donde la gente iba a quemarse la nariz, pagar demasiado por una ensalada y creer durante unos días que la vida podía simplificarse.
Clara ya no creía tanto en las vacaciones perfectas. Tampoco en las sorpresas perfectas. Ni siquiera en las relaciones perfectas. Pero empezaba a creer en algo quizá más útil: en hablar antes de inventar monstruos, en no organizar secretos con forma de bomba, en pedir perdón sin decorarlo demasiado y en reírse, cuando se pudiera, de la parte ridícula del desastre.
Mientras el avión levantaba el vuelo, Lucía se giró desde la fila de delante.
—Clara.
—¿Qué?
—Cuando vayamos a París algún día, iremos tú y yo primero.
Diego levantó una mano.
—Entiendo mi exclusión.
—Bien —dijo Lucía—. Has madurado.
Clara sonrió mirando por la ventana.
—París puede esperar.
Diego apretó suavemente su mano.
—Madrid primero.
—Madrid primero —repitió ella.
Y por primera vez en tres días, la frase no le sonó a resignación, sino a comienzo.