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Detrás de los muros blancos de Andalucía, un hijo recibe rosas mientras el otro carga con las espinas del odio

Detrás de los muros blancos de Andalucía, un hijo recibe rosas mientras el otro carga con las espinas del odio

Parte 1

En Villaclara de la Sierra, que no salía en los mapas grandes pero sí en las conversaciones de las señoras con abanico, todo el mundo sabía dos cosas: que las paredes se encalaban antes de Semana Santa aunque no hiciera falta, y que en la casa de los Alarcón había más secretos que macetas en una calle de Córdoba.

La casa estaba en la parte alta del pueblo, justo donde la cuesta empezaba a ponerse chula, de esas que cuando las subes con bolsas del mercado te hacen prometer que vas a apuntarte al gimnasio, aunque luego lo más cerca que estás del deporte es levantar la tapa de una olla. Era una vivienda enorme, blanca como una promesa recién dicha, con rejas negras, patio interior, limonero, azulejos antiguos y una puerta de madera que sonaba como si cada vez que se abría estuviera anunciando una tragedia con educación.

Aquella mañana, el pueblo entero parecía estar preparado para una postal. Las paredes brillaban bajo el sol, las buganvillas caían como mantones sobre los balcones y las vecinas barrían la puerta de sus casas con más energía que si estuvieran limpiando la conciencia de media provincia.

—Hoy hay jaleo en casa de los Alarcón —dijo la Paca, apoyada en la escoba.

—¿Hoy nada más? —respondió la Mari, que tenía una capacidad sobrenatural para aparecer donde hubiera una conversación jugosa—. En esa casa hay jaleo hasta cuando rezan el rosario.

—Dicen que vuelve Rafael.

La Mari abrió los ojos como si le hubieran dicho que Mercadona iba a regalar jamones.

—¿Rafael? ¿El niño bonito?

—El mismo. El de las camisas planchadas con esperanza.

Rafael Alarcón era, desde pequeño, el orgullo oficial de la familia. Alto, guapo, con esa sonrisa de anuncio de aceite de oliva caro, había aprendido a entrar en una habitación como si el suelo le debiera dinero. No era mala persona exactamente. Ese era el problema. Los malos claros son más fáciles de odiar. Rafael era amable cuando convenía, encantador con las visitas, educado con los curas y muy dado a decir “yo no me meto” justo después de meterse hasta el codo.

Su hermano, Mateo, era otra historia.

Mateo había nacido dos años después, una tarde de levante raro, cuando las nubes se sentaron encima del pueblo y nadie sabía si iba a llover o a caerse el cielo entero. Su madre, Carmen, siempre decía que Mateo llegó sin hacer ruido. Y quizá por eso la familia decidió escucharlo poco desde el principio.

Don Alonso Alarcón, el padre, era un hombre de bigote serio, bastón decorativo y frases que caían como puertas cerrándose. Había heredado tierras, una bodega pequeña y una manera antigua de entender la familia: uno brillaba, otro obedecía, y las mujeres mantenían la paz aunque se les partiera el alma en silencio.

—Rafael tiene presencia —decía Don Alonso cuando alguien preguntaba por sus hijos.

—¿Y Mateo? —preguntaban a veces.

—Mateo es… distinto.

En Villaclara, “distinto” podía significar cualquier cosa. Que uno leía mucho. Que no iba a misa todos los domingos. Que prefería arreglar radios antes que hablar de fútbol. Que tenía la mala costumbre de mirar a los ojos cuando le mentían.

Mateo tenía treinta y un años y unas manos de hombre que había trabajado más de lo que le correspondía. No era feo, ni mucho menos. Tenía el rostro más serio que Rafael, los ojos oscuros, el pelo siempre algo despeinado, como si el viento le tuviera cariño. Cuando sonreía, que era poco, se le iluminaba la cara de una manera que incomodaba a quienes preferían tenerlo siempre en la sombra.

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