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Descubrí que mi suegra canceló nuestro hotel en Sevilla a escondidas y la reacción de mi esposo fue increíble

Descubrí que mi suegra canceló nuestro hotel en Sevilla a escondidas y la reacción de mi esposo fue increíble

PARTE 1

La idea de ir a Sevilla no fue mía, aunque luego todo el mundo, incluida mi suegra, se comportó como si yo hubiese organizado una fuga internacional con pasaportes falsos, bigotes postizos y una mochila llena de billetes pequeños.

Fue Álvaro quien una noche, mientras cenábamos una tortilla francesa que se nos había quedado con la misma textura que una bayeta emocionalmente agotada, dejó el tenedor sobre el plato y me miró con esa cara suya de “tengo una idea romántica” que normalmente acaba significando “he comprado algo por internet sin mirar las medidas”.

—Nos vamos a Sevilla —dijo.

Yo levanté la vista del plato.

—¿A Sevilla?

—Sí.

—¿Así, sin más?

—Así, sin más no. Con hotel.

Aquello ya era otro nivel. Mi marido diciendo “con hotel” tenía la solemnidad de un rey anunciando reformas en el palacio. Llevábamos dos años casados, cinco juntos, y últimamente nuestra vida romántica consistía en discutir quién había dejado el tupper de lentejas sin tapa dentro de la nevera. No era una crisis, era más bien una de esas etapas en las que una pareja se quiere mucho, pero también sabe exactamente qué ruido hace el otro al sonarse la nariz y eso erosiona cualquier misterio.

—He pensado que nos vendría bien —añadió—. Un fin de semana. Tú y yo. Sevilla. Hotel bonito. Paseo por Triana. Tapas. Airecito del Guadalquivir. Nada de llamadas. Nada de trabajo. Nada de mi madre.

Lo último lo dijo bajando un poco la voz, como si Carmen, mi suegra, pudiera aparecer entre las servilletas.

Yo sonreí.

—¿Nada de tu madre?

—Nada.

—¿Lo prometes?

—Lo prometo.

Le miré con sospecha. Álvaro era un hombre bueno, cariñoso, inteligente y capaz de montar una estantería de IKEA sin que sobrara ninguna pieza, pero tenía un defecto de fábrica: cuando su madre llamaba, él contestaba. Siempre. Aunque estuviera duchándose. Aunque estuviera en el dentista. Aunque estuviéramos en mitad de una película y el asesino acabara de entrar en la casa.

Carmen era viuda desde hacía ocho años, y desde entonces había convertido a su hijo en una especie de centralita emocional. Le llamaba para decirle que el vecino del tercero había bajado la basura “con actitud rara”, para preguntarle si el yogur caducado el martes se podía comer el jueves, o para contarle que había visto en la tele a una presentadora con un vestido “muy poco favorecedor, hija, parece que no tiene amigas”.

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