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Descubrí en mi PEOR MOMENTO que mis íntimos amigos USARON MI IDENTIDAD en Valencia para dejarme con una DEUDA IMPOSIBLE

Descubrí en mi PEOR MOMENTO que mis íntimos amigos USARON MI IDENTIDAD en Valencia para dejarme con una DEUDA IMPOSIBLE

Parte 1: El Burofax y el Bocadillo de Chopped

Era martes. Un martes de esos que te pesan en el alma desde que pones un pie en el suelo. El calor en mi piso —si es que se le puede llamar piso a una caja de cerillas orientada al sur en la que el sol entra a matar desde las doce del mediodía— era insoportable. Estaba en la cocina, en calzoncillos, sudando como un pollo asado, intentando decidir si el chopped que llevaba abierto en la nevera desde el jueves pasado había cruzado ya la línea entre “comestible” y “arma biológica”. Decidí que, con mi cuenta bancaria marcando la gloriosa cifra de doce euros con treinta céntimos, mi estómago iba a tener que ser valiente.

Estaba en mi peor momento. La empresa de diseño gráfico en la que llevaba currando tres años como falso autónomo había cerrado de la noche a la mañana. El jefe, un tipo que siempre iba con trajes de lino y hablaba de “sinergias”, se fugó a Andorra dejando pufos por todas partes. Yo me quedé con una mano delante y otra detrás, tirando de ahorros hasta que los ahorros se convirtieron en calderilla. Llevaba semanas comiendo pasta con tomate frito de marca blanca y buscando ofertas de trabajo en InfoJobs que pedían “cinco años de experiencia, máster en neurociencia y disponibilidad para trabajar fines de semana por el salario mínimo”. Una maravilla.

Justo cuando le daba el primer bocado al sándwich de chopped dudoso, sonó el timbre. No era el sonido corto y amistoso del vecino que viene a pedir sal. Era un timbrazo largo, sostenido, de esos que traen malas noticias. Me asomé por la mirilla. Un tipo con un chaleco reflectante y cara de odiar su vida, su trabajo y el universo en general, sostenía una tablet y un sobre.

—¿Javier Torres? —preguntó el cartero cuando abrí la puerta, mirándome de arriba abajo. Supongo que mi aspecto de náufrago en ropa interior no inspiraba mucho respeto.

—Soy yo —dije, masticando con desgana.

—Burofax. Firme aquí, por favor.

El corazón me dio un vuelco. Un burofax nunca es para decirte que has ganado un crucero por las Bahamas. Un burofax es Hacienda, es un despido, o es una demanda. Firmé con un garabato tembloroso, cogí el sobre y cerré la puerta. El remitente ponía: “Créditos Levante Inmediato S.A.”. Fruncí el ceño. Yo no había pisado Levante en la vida, y mucho menos había pedido un crédito. Pensé que sería publicidad agresiva, pero la textura del papel y el sello certificado decían lo contrario.

Me senté en el sofá, apartando unos calzoncillos limpios que no había doblado, y abrí el sobre. Leí la primera línea. Luego la segunda. Luego dejé el bocadillo en el plato porque sentí que la poca sangre que me quedaba en el cuerpo se me iba a los pies.

“Estimado Sr. Torres. Nos ponemos en contacto con usted para reclamar el pago inmediato de la deuda contraída con nuestra entidad con fecha 14 de agosto del año en curso, cuyo importe principal, sumado a los intereses de demora, asciende a la cantidad de 45.320,50 euros.”

Cuarenta y cinco mil trescientos veinte euros. Con cincuenta céntimos.

Solté una carcajada histérica. Una risa seca, de esas que suenan a locura transitoria. —¡Cuarenta y cinco mil pavos! —grité al salón vacío—. ¡Si no tengo para comprarme unos calcetines sin agujeros!

Seguí leyendo. El documento detallaba que el préstamo se había concedido para la “reforma integral de un local comercial” en el barrio de Ruzafa, en Valencia. Adjuntaban una copia de mala calidad del DNI del solicitante. Era mi DNI. Mi foto, mi nombre, mi número. Pero la firma que había debajo era un garabato absurdo que no se parecía en nada a la mía.

Empecé a hiperventilar. Cogí el móvil con las manos sudorosas y busqué el número de la empresa. Me saltó una maquinita que me tuvo diez minutos escuchando la sintonía de Vivaldi en versión midi, destrozándome los tímpanos, hasta que una voz femenina y monocorde me atendió.

—Créditos Levante, le atiende Vanessa, ¿en qué puedo ayudarle?

—Vanessa, por el amor de Dios, me acaba de llegar un burofax reclamándome cuarenta y cinco mil euros. Esto es un error. Yo no he pedido nada. Yo vivo en Madrid, no he ido a Valencia en mi vida y no tengo ningún local en Ruzafa. ¡Me han robado la identidad!

—Un momento, señor Torres, compruebo sus datos —Vanessa tecleó algo con una parsimonia que me estaba matando—. A ver… Sí, consta aquí su DNI, su número de la Seguridad Social, y un certificado de empadronamiento temporal en Valencia. Todo avalado por la firma presencial en nuestra sucursal.

—¡Que esa firma no es mía! ¡Que me han suplantado! ¿Quién avalaba esto?

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