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Descubre un chat secreto en su universidad de Madrid donde su grupo íntimo planeaba arruinar su futuro por completo

Descubre un chat secreto en su universidad de Madrid donde su grupo íntimo planeaba arruinar su futuro por completo

Parte 1

A Lucía Jiménez siempre le había parecido que las bibliotecas universitarias tenían algo de estación de tren. No por los libros, ni por el silencio, ni por esa gente que caminaba con cara de estar cargando mentalmente una oposición, sino por la sensación de que todo el mundo estaba a punto de irse a alguna parte. Unos iban hacia un examen, otros hacia una ruptura sentimental, otros hacia un café de máquina que sabía a arrepentimiento con notas de plástico caliente.

Aquella mañana de martes, la biblioteca central de su universidad en Madrid estaba llena hasta los radiadores. Fuera llovía con esa lluvia madrileña que no decide si caer o quedarse suspendida en el aire para fastidiarte el pelo igual. Dentro olía a apuntes subrayados, abrigo húmedo y ansiedad académica.

Lucía tenía delante tres carpetas, dos bolígrafos, una botella de agua que llevaba abierta desde el día anterior y una presentación de fin de grado que, en teoría, debía cambiarle la vida. En teoría, porque en la práctica estaba intentando que la diapositiva número doce no pareciera diseñada por un concejal en 2008.

—No, no, no —murmuró, inclinándose hacia la pantalla de su portátil—. ¿Por qué te mueves tú sola? ¿Quién te ha dado permiso, tabla?

La tabla, como era habitual en las tablas de PowerPoint, no respondió. Simplemente se desplazó medio centímetro hacia la derecha con una arrogancia insoportable.

Frente a ella, Paula mordisqueaba un croissant envuelto en una servilleta como si el concepto “prohibido comer en la biblioteca” perteneciera a una civilización antigua.

—Tía, respira —dijo Paula con la boca medio llena—. Es una presentación, no una operación a corazón abierto.

—Para mí sí. Si esto sale bien, tengo recomendación para el máster de investigación. Si sale mal, acabo haciendo prácticas eternas en alguna oficina donde me llamen “la chica de los excels”.

—Pues serías una chica de los excels monísima.

Lucía la miró por encima de la pantalla.

—Paula, no me ayudes.

Paula levantó las manos en señal de paz y sonrió con esa sonrisa suya que siempre parecía recién estrenada. Era guapa de una manera fácil, como si se levantara ya peinada y con un filtro natural de Instagram aplicado en la cara. Lucía, en cambio, llevaba desde las siete de la mañana intentando que su flequillo no pareciera una protesta sindical.

Eran amigas desde primero de carrera. Bueno, más que amigas: formaban parte del grupo. Ese grupo que se había consolidado a base de cafés en Moncloa, trabajos hechos a última hora, audios de WhatsApp de más de cuatro minutos y dramas sentimentales analizados como si fueran casos clínicos. Estaban Paula, Sara, Marta, Nico y Lucía. Cinco personas que habían sobrevivido juntas a profesores imposibles, asignaturas con nombres más largos que el temario y a una excursión académica a Segovia en la que Nico se mareó en el autobús después de comerse tres napolitanas.

Para Lucía, ellos eran su pequeña familia madrileña. Ella venía de Valladolid, aunque llevaba tanto tiempo en Madrid que ya se quejaba de la línea 6 con propiedad de residente. Paula era de Chamberí y tenía una habilidad sobrenatural para conocer cafeterías “cuquis” donde un café costaba como una hipoteca pequeña. Sara era de Getafe, rápida hablando, rápida juzgando y rápida encontrando fallos ajenos. Marta era de Alcalá, dulce en apariencia, de esas que decían “yo no quiero meterme” justo antes de meterse hasta la cocina. Y Nico era de Carabanchel, gracioso, despistado, con el don de hacer reír incluso a un bedel a las ocho de la mañana.

Lucía confiaba en ellos. A veces demasiado.

El problema empezó con algo tan sencillo como una batería agotada.

—Me cago en todo —dijo Lucía, viendo cómo su portátil parpadeaba con una crueldad casi humana—. Me queda un uno por ciento.

—Enchúfalo.

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