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Creían Que Su Amor Adolescente Podía Superarlo Todo Hasta Que La Inmadurez Los Llevó Directo A Un JUICIO Desastroso Y Humillante En Málaga

Creían Que Su Amor Adolescente Podía Superarlo Todo Hasta Que La Inmadurez Los Llevó Directo A Un Juicio Desastroso Y Humillante En Málaga

PARTE 1

Lucía y Dani estaban convencidos de que lo suyo no era un amor normal. No. Lo suyo, según ellos, era “de película”. De película de esas que empiezan con una canción indie sonando mientras dos personas se miran en una feria de barrio, una sostiene un algodón de azúcar y la otra intenta hacerse el interesante apoyado en una farola que, para colmo, está recién pintada.

Se conocieron en Málaga, en una tarde de junio en la que el calor no caía del cielo, sino que parecía salir directamente del suelo como si toda la ciudad estuviera encima de una tostadora gigante. Lucía tenía dieciocho años recién cumplidos, una melena rizada imposible de domesticar y una forma de hablar que hacía que hasta pedir una botella de agua sonara a declaración dramática.

Dani tenía diecinueve, una moto de segunda mano que arrancaba cuando quería, tres camisetas negras que él juraba que eran diferentes y una confianza en sí mismo que no siempre estaba relacionada con sus capacidades reales.

La primera vez que hablaron fue en la playa de la Misericordia, durante una quedada de amigos de amigos de conocidos, ese tipo de reunión en la que nadie sabe exactamente quién ha invitado a quién, pero todos acaban comiendo patatas fritas de la misma bolsa.

Lucía estaba intentando abrir una lata de refresco con una uña recién pintada.

—No puedo creer que una lata me esté humillando públicamente —dijo, mirando el metal como si fuera un enemigo histórico.

Dani, que pasaba por allí con una pelota bajo el brazo y la seguridad torpe de quien ha ensayado mentalmente su entrada, se acercó.

—¿Quieres que lo intente yo?

Lucía lo miró de arriba abajo.

—¿Tú eres experto en latas?

—Tengo una trayectoria sólida.

—¿Cuántas has abierto?

—Hoy, ninguna. En mi vida, varias.

Lucía le dio la lata.

Dani la cogió con solemnidad, como si estuviera a punto de desactivar un artefacto. Tiró de la anilla. La anilla se rompió. La lata siguió cerrada.

Hubo un silencio.

 

Lucía parpadeó.

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