Abandonada y HUMILLADA por la familia de mi esposo en Bilbao, construí un IMPERIO y ahora mi cruel SUEGRA ruega por mi PERDÓN
PARTE 1: El sirimiri, las perlas y la sopa de pescado
Si alguna vez has estado en Bilbao en pleno noviembre, sabes que el frío no es una cuestión de temperatura; es una actitud. El sirimiri, esa llovizna fina y constante que parece que no moja pero que te cala hasta el tuétano, es exactamente igual que mi ex suegra, Begoña. Parece inofensiva, una señora elegante de Neguri con su collar de perlas australianas y su abrigo de paño inglés, pero si te descuidas, te congela el alma y te deja tiritando en una esquina.
Yo me llamo Carmen. Soy de Madrid, del barrio de Chamberí, de las que hablan por los codos, gesticulan hasta para pedir un café con leche y ríen a carcajadas. Y claro, cuando conocí a Iker en una feria de turismo en IFEMA, me pareció exótico. Era alto, de espaldas anchas, con esa cara de vasco noble que parece tallada en piedra de cantera y un silencio que yo, estúpida de mí, confundí con misterio. “Qué hombre tan profundo”, pensaba yo mientras nos comíamos un bocadillo de calamares. Profundo mis narices. Iker no era profundo, Iker era un pozo ciego. Un hombre que había llegado a los treinta y cinco años sin saber freír un huevo porque, para eso, ya estaba la “amatxu”.
El caso es que me enamoré. Dejé mi trabajo de coordinadora de eventos en una agencia de publicidad de medio pelo, empaqueté mi vida en cuatro maletas y me mudé al norte. El error de mi vida. O, visto en perspectiva, el mejor favor que me han hecho jamás.
La noche que todo saltó por los aires era, por supuesto, martes. Un martes asquerosamente lluvioso. Habíamos ido a cenar a la casa familiar en Getxo. Cuando digo “casa familiar”, no te imagines un chalet adosado con un jardín con gnomos; hablo de un palacete de principios del siglo XX, con muros de piedra, enredaderas que parecían tener su propio código postal y una puerta de roble macizo que pesaba más que mis pecados.
Nos abrió la chica de servicio, Rosalía, una mujer filipina a la que Begoña llamaba “la muchacha” y a la que yo le pasaba contrabando de jamón ibérico cuando la señora no miraba.
—Señora Carmen, el señor Iker ya está en el salón con doña Begoña —susurró Rosalía, recogiéndome el abrigo empapado.
Crucé el pasillo, que olía a cera de muebles antiguos y a un perfume carísimo que me recordaba a flores muertas. Al entrar en el salón principal, la escena era digna de un cuadro costumbrista sobre la depresión. Iker estaba sentado en uno de los sofás orejeros de cuero granate, mirando el fuego de la chimenea con la misma intensidad con la que una vaca mira al tren. Frente a él, Begoña.
Begoña era una mujer pequeña, huesuda, con el pelo teñido de un rubio ceniza inamovible, como si llevara un casco de laca de Elnett. Llevaba una blusa de seda con lazada al cuello y una chaqueta de tweed. Me miró de arriba abajo. Su mirada hizo un escáner completo: mis botas de agua (inapropiadas), mis vaqueros (vulgares), mi jersey de lana de rebajas (pobreza absoluta).
—Hombre, Carmen —dijo Begoña, arrastrando las sílabas con esa entonación nasal típica de las señoras que no han tocado una fregona en su vida—. Pensábamos que te habías perdido. O que te habías vuelto a Madrid. Con este tiempo que hace, los de secano no aguantáis bien.
—Buenas noches, Begoña. No, no me he perdido. Había mucho tráfico en el puente de La Salve —respondí, forzando una sonrisa que me dolió en los pómulos. Me acerqué a Iker y le di un beso en la mejilla. Él ni se inmutó. Emitió un leve gruñido que lo mismo servía para decir “hola” que “pásame la sal”.
Pasamos al comedor. La mesa estaba puesta para tres, con una vajilla de La Cartuja que, según Begoña, perteneció a no sé qué vizconde. De primer plato, sopa de pescado. Una sopa espesa, de color naranja radiactivo, que Begoña servía con la solemnidad de un sacerdote dando la comunión.
—Y bien, Carmen —empezó Begoña, mientras yo soplaba la cuchara porque la sopa estaba a temperatura de fusión nuclear—. Me ha comentado Iker que has vuelto a fracasar en tu intento de encontrar trabajo en una galería de arte.
El uso de la palabra “fracasar” no era casual. Era un dardo envenenado, untado en curare y lanzado con cerbatana.
—No he fracasado, Begoña. Simplemente me han dicho que necesitan a alguien con un nivel de euskera nativo, y yo, de momento, no paso del Egun on y el Eskerrik asko.
—Claro, claro… —suspiró ella, haciendo tintinear la cuchara contra el plato de porcelana, un sonido que me taladraba los nervios—. Es lo que tiene no ser de aquí. Que una nunca termina de… encajar. A veces pienso, y perdóname la franqueza, porque yo soy muy directa, muy vasca para mis cosas, que tú y mi Iker no tenéis lo que se dice… proyección de futuro.
Dejé la cuchara en el plato. Miré a Iker. Él estaba muy concentrado en sacar una espina de merluza de su sopa.
—¿Proyección de futuro? —pregunté, sintiendo que un calor extraño me subía por el cuello—. Llevamos tres años casados, Begoña. Creo que el futuro ya lo estamos viviendo.
—Ay, hija, no te pongas a la defensiva, que pareces una chulapa en las Vistillas —sonrió ella, mostrando unos dientes perfectos y afilados—. Lo que quiero decir es que Iker es el heredero de “Logística y Transportes Uriarte”. Necesita a su lado a alguien de su nivel. Alguien con contactos. Alguien que no tenga que buscar trabajo enviando currículums por internet, como… como los parados.
—Ama, por favor… —murmuró Iker. Fue la primera frase completa que dijo en toda la noche. Y sonó como el balido de una oveja resfriada.
—Tú calla, txikitxu, que estoy hablando yo con tu mujer —le cortó Begoña sin ni siquiera mirarle—. Mira, Carmen, vamos a dejarnos de tonterías. Los Uriarte somos una institución en Bilbao. Y tú eres… bueno, tú eres una chica simpática de Madrid, con una familia muy normalita, que trabaja de… de lo que puede. Iker se dejó llevar por la novedad, por el calentón, hablando mal y pronto. Pero las cosas caen por su propio peso.
El corazón me latía a mil por hora. No era la primera vez que Begoña me menospreciaba, pero nunca había sido tan directa, tan brutalmente quirúrgica.
—¿Qué estás intentando decirme, Begoña? Dímelo a la cara.
La señora se limpió las comisuras de los labios con una servilleta de lino bordada con las iniciales de la familia. Metió la mano en el bolsillo de su chaqueta de tweed y sacó un sobre grueso, de color crema, de esos que huelen a notaría y a dinero antiguo. Lo deslizó por encima de la mesa de caoba hasta que chocó contra mi copa de vino.
—Aquí tienes los papeles del divorcio. Redactados por el bufete del señor Aranguren. Hemos sido muy generosos. Hay una cláusula que te garantiza un pago único de diez mil euros para que puedas rehacer tu vida. Y te he comprado un billete en el Alvia para mañana a las diez de la mañana, de vuelta a Atocha. En primera clase, por supuesto. No somos unos salvajes.
Me quedé mirando el sobre como si fuera una tarántula. Luego levanté la vista y clavé mis ojos en Iker. Mi marido. El hombre con el que compartía cama, el hombre al que le curaba las resacas, el hombre al que le había planchado las camisas durante tres años porque no sabía encender una plancha de vapor sin quemarse los dedos.
—Iker… —mi voz tembló, no por miedo, sino por una indignación que me ahogaba—. ¿Tú sabes algo de esto? ¿Estás de acuerdo con esto?
Iker dejó de mirar la sopa. Me miró a mí. Sus ojos eran dos pozos de agua estancada. Se rascó la nuca, un gesto que hacía siempre que estaba nervioso, y suspiró.
—A ver, Carmen… Es que… la ama tiene razón. No pegamos. Tú eres muy… de gritar. Y aquí somos más tranquilos. Además, la ama ha hablado con el padre de Ainhoa, la de los Astilleros Zubizarreta, y parece que… bueno, que habría una sinergia muy buena para la empresa si Ainhoa y yo… ya sabes.
—¿Sinergia? —grité. Me puse de pie tan rápido que la silla pesada de madera tallada se volcó hacia atrás y cayó al suelo con un estruendo que hizo vibrar las copas de cristal de Bohemia—. ¡Me estás dejando porque tu madre te ha organizado una boda corporativa con la hija de un astillero para tener “sinergias”! ¡Eres un miserable! ¡Y tú! —señalé a Begoña, que me miraba con una expresión de absoluto aburrimiento, como si estuviera viendo un documental sobre insectos palo—. ¡Tú eres una bruja clasista y amargada!
—Baja el tono, que vas a despertar a los vecinos, ordinaria —dijo Begoña, cruzándose de brazos—. Los diez mil euros son más de lo que verías en tu vida trabajando de cajera. Firma los papeles, recoge tus cosas del piso de Indautxu —porque el piso está a nombre de la empresa, te recuerdo— y vete. Se acabó el cuento de Cenicienta, querida.
No lloré. Os lo juro por lo más sagrado que no solté ni una lágrima. El cabreo que tenía dentro me habría servido para fundir acero. Agarré el sobre crema, lo abrí, saqué el billete de tren y los papeles del divorcio. Los rompí por la mitad. Luego en cuatro pedazos. Luego en ocho. Y se los tiré a la cara a Iker. Los trocitos de papel cayeron sobre su sopa de pescado como una nevada ridícula.
—Métete tus diez mil euros y tu billete en primera clase por donde te quepan, Begoña. Y tú, Iker, espero que seas muy feliz con Ainhoa y sus barcos. Eres tan pequeño, tan poca cosa, que necesitas a tu madre para que te limpie hasta los mocos.
Me di la vuelta y salí del comedor. Rosalía estaba en el pasillo, con los ojos como platos, temblando.
—Señora Carmen… —susurró.
—Tranquila, Rosalía. Cuídate mucho. Y escúpeles en el café de mi parte.
Salí a la calle. El sirimiri había evolucionado a una tormenta en toda regla. No llevaba paraguas. El viento del Cantábrico me golpeó la cara con furia, pero yo caminaba por las calles de Getxo, dejando atrás las mansiones de los millonarios, sintiendo que, por primera vez en tres años, podía respirar de verdad. Me habían echado. Me habían humillado, me habían tratado como basura, como a un perro callejero al que le das una patada.
Pero no sabían una cosa. No conocían a las mujeres de mi familia. Mi abuela sacó adelante a cinco hijos vendiendo churros en la posguerra. A mí, Begoña Uriarte no me iba a enterrar.
Caminé bajo la lluvia hasta la estación de metro de Areeta. Estaba empapada, no tenía trabajo, no tenía marido, y en un par de días no tendría casa. Pero tenía una mala leche que, madre mía, habría movido montañas.
PARTE 2: El barro, la humedad y el olor a aceite frito
Esa misma noche metí toda mi ropa en bolsas de basura industriales porque no tenía suficientes maletas. Me llevé mis abrigos, mis libros, mis zapatos y, por pura venganza, me llevé la cafetera italiana de aluminio, sabiendo que a Iker le iba a dar un síncope por la mañana cuando no pudiera hacerse su expreso descafeinado. Que se lo hiciera su madre con las perlas.
A la mañana siguiente, Bilbao amaneció con un cielo de color panza de burro. Yo me había instalado temporalmente en una pensión en Bilbao la Vieja, el barrio que los modernos llaman “Bilbi”, un sitio que estaba a medio camino entre la gentrificación hípster y la decadencia más absoluta. Mi habitación olía a lejía barata y a humedad crónica. Tenía una cama que crujía con solo mirarla y una ventana que daba a un patio interior donde una vecina tendía unas bragas del tamaño de paracaídas.
Allí estaba yo. Carmen, 31 años, divorciada exprés, con exactamente 2.450 euros en mi cuenta bancaria, cortesía de mis ahorros. Podría haberme vuelto a Madrid, claro. Mamá me habría acogido, me habría hecho un cocido madrileño con todos sus avíos y me habría dicho “ya te lo dije, hija, que esos vascos con tanto dinero son muy raros”. Pero no. Volver era darles la razón. Volver era admitir que Begoña había ganado. Y yo prefería comer gravilla antes que darle esa satisfacción a la bruja de Getxo.
Pasé la primera semana llorando, no por Iker —que a esas alturas ya me parecía un pelele sin sangre—, sino por la humillación, por la sensación de haber sido usada y desechada. Me alimenté a base de pintxos de tortilla de un bar de abajo y litros de café.
Un día, mirando la pared desconchada de mi habitación, me acordé de mi abuela Rosa. Ella siempre decía: “Carmencita, cuando el mundo se ponga feo, tú fríelo”. Mi abuela era una filósofa de la fritura. Hacía las mejores croquetas de Madrid. Unas croquetas que lloraban bechamel cuando las abrías, con un crujiente perfecto, hechas con paciencia, nuez moscada, y un jamón que, aunque fuera de sobre, ella lo trataba como si fuera Joselito.
Bajé al mercado de La Ribera. El mercado de abastos más grande de Europa, un templo de vitrales y luz sobre la ría. Me fui al puesto de Patxi, un carnicero que tenía los antebrazos como jamones y una cara de estar cabreado con el universo desde que nació.
—¿Qué quieres, neska? —me soltó Patxi, limpiando un cuchillo del tamaño de un machete caníbal.
—Quiero un kilo de carrilleras ibéricas, hueso de jamón del bueno, medio kilo de morcilla, y quiero que me cuentes por qué estás tan enfadado con la vida —le contesté, plantándome frente al mostrador con los brazos en jarras.
Patxi me miró sorprendido. En Bilbao no se suele entrar a la gente con esa frescura. Luego soltó una carcajada que sonó como un trueno.
—¡Hostia, qué carácter! Toma las carrilleras. A ver qué haces con ellas, madrileña.
Volví a la pensión, le pedí a la dueña —una señora encantadora que se llamaba Mertxe y fumaba Ducados como si no hubiera un mañana— que me dejara usar la cocina comunitaria. Y me puse a cocinar. Estuve seis horas frente al fuego. Hice una masa de croquetas de carrillera al vino tinto, y otra tanda de croquetas de morcilla con compota de manzana reineta. Fusión pura. Mi herencia madrileña y el producto vasco.
Al día siguiente, metí las croquetas en tuppers y me fui a recorrer los bares del Casco Viejo. No las tabernas de toda la vida, que esas son muy suyas con sus recetas, sino los bares nuevos, esos que tenían bombillas colgando de cables negros y camareros con barba de leñador que te servían cervezas artesanales con sabor a pino.
Entré en “El Txoko Hípster” (no se llamaba así, se llamaba Burdin, pero para mí era el txoko hípster). El dueño, un chaval llamado Unai con gafas de pasta y una camisa de cuadros, me miró con desdén.
—Mira, Unai, corazón —le dije, sacando un tupper—. Yo sé que tú aquí vendes pulled pork y tostadas de aguacate ecológico, pero te aseguro que tus clientes modernos llorarían lágrimas de felicidad si probaran estas croquetas de carrillera. Pruébala. Es gratis. Si no te gusta, me voy y no me vuelves a ver el pelo.
Unai cogió la croqueta con desconfianza. Le dio un bocado. Cerró los ojos. Yo vi cómo la bechamel perfecta, oscura y melosa de la carrillera, se le derretía en la boca.
—Joder… —murmuró Unai—. ¿Qué brujería es esta?
—Magia negra, cariño. Magia negra de Chamberí. Te las dejo a cincuenta céntimos la unidad. Las puedes vender a dos euros y medio.
Ese día vendí cien croquetas. Al final de la semana, le estaba haciendo croquetas a cuatro bares del Casco Viejo. Me levantaba a las cinco de la mañana en la cocina de Mertxe, freía, empaquetaba y repartía. Olía a fritanga todo el santo día. Mi pelo, mi ropa, mi alma, todo olía a aceite de girasol y nuez moscada.
Al mes, alquilé un local minúsculo en la calle San Francisco. No era más que un pasillo con una campana extractora y un mostrador que daba a la calle. Le puse un cartel pintado a mano que decía: “La Croquetería de Carmen. Fritura y Descaro”.
La gente empezó a hacer cola. Resulta que, en una ciudad donde la gastronomía es una religión, si haces algo con una calidad excepcional, te respetan. Yo no hacía pintxos minimalistas con esferificaciones de aceituna. Yo hacía unas croquetas del tamaño de un puño, crujientes por fuera, con un panko japonés que descubrí por accidente, y unos rellenos que volvían loca a la gente: txangurro al cava, queso Idiazábal con nueces, rabo de toro, boletus con trufa…
Contraté a dos chicas del barrio para que me ayudaran a bolear. Luego contraté a cuatro. Luego a diez. El local de San Francisco se me quedó pequeño en seis meses. Patxi, el carnicero gruñón, se convirtió en mi proveedor oficial de carne y mi consejero financiero no oficial.
—Estás forrándote, neska —me decía Patxi mientras tomábamos un zurito en el bar de la esquina—. Pero necesitas abrir un local grande. En el centro. Donde los estirados de Indautxu puedan ir a dejarse los cuartos.
Yo pensaba en Begoña. En la sopa de pescado radiactiva. En los diez mil euros que me quiso tirar a la cara. Y sabía que Patxi tenía razón. No me bastaba con sobrevivir. Quería un imperio. Quería que mi nombre estuviera en todas las calles de esta maldita ciudad lluviosa que me había acogido y expulsado al mismo tiempo.
Fui al banco con mis cuentas. El director del banco, un señor calvo y sudoroso, miró mis números, miró mi ropa —que seguía siendo modesta, yo no soy de gastar en tonterías— y me dio el crédito sin pestañear. “Señora Carmen”, me dijo, “sus croquetas generan más liquidez que una empresa tecnológica”.
Y así fue como empezó la locura.
PARTE 3: El imperio, la Gran Vía y la caída de la casa Uriarte
Cinco años. Eso fue lo que tardé en convertir a “La Croquetería de Carmen” en “Carmen & Cía”. Cinco malditos años trabajando de sol a sol, sin vacaciones, sin fines de semana, viviendo a base de café, estrés y la pura adrenalina de ver crecer mi negocio.
Dejé el pisito de alquiler de Bilbao la Vieja y me compré un ático en el Ensanche, con vistas a la plaza Moyúa. Ya no olía a aceite frito; ahora olía a Tom Ford y a éxito. Había abierto seis locales en Bilbao, dos en San Sebastián, tres en Vitoria, y acababa de firmar una franquicia en el Barrio de Salamanca en Madrid. Mis croquetas se vendían en envases de diseño sostenible, me hacían entrevistas en El Correo y en revistas de gastronomía de tirada nacional, y hasta un cocinero con tres estrellas Michelin dijo públicamente que mis croquetas de txangurro eran “un hito en la reinterpretación de la cocina tradicional”.
Para celebrarlo, decidí abrir mi buque insignia, el flagship store que dicen los modernos, en plena Gran Vía de Bilbao. Era un local inmenso, de techos altos con molduras, suelo de mármol blanco y negro, vitrinas doradas como si vendiéramos joyas de Cartier, y una barra de degustación donde servíamos nuestras “croquetas de autor” maridadas con champán francés y txakoli premium.
La fiesta de inauguración fue el evento social del año. Invité a todos: al alcalde, a los críticos gastronómicos, a los empresarios locales. Patxi, mi fiel carnicero, vino con un traje de chaqueta que le quedaba tres tallas pequeño y se bebió cuatro copas de Moët Chandon antes de que cortáramos la cinta. Estaba pletórica. Llevaba un vestido verde esmeralda, unos tacones de infarto, y una sonrisa que me daba la vuelta a la cara.
Pero, mientras yo subía como la espuma, las noticias que me llegaban del otro lado de la ría, de los elitistas barrios de Getxo, eran muy distintas.
Resulta que “Logística y Transportes Uriarte”, la gran empresa familiar de mi exmarido Iker y mi adorada suegra Begoña, había tomado un par de decisiones catastróficas. Iker, en un alarde de genialidad empresarial —nótese la ironía, por favor—, había convencido a su madre para invertir el patrimonio familiar en una flota de camiones eléctricos de una startup escandinava que resultó ser una estafa piramidal. Para cubrir el agujero, pidieron préstamos. Y cuando las cosas fueron mal, pidieron más préstamos para pagar los préstamos.
Ainhoa, la hija del dueño de los astilleros con la que Begoña había arreglado la “boda corporativa” de Iker, demostró ser mucho más lista que todos ellos. Al ver que el barco de los Uriarte se hundía, canceló el compromiso a dos meses del altar. Alego “incompatibilidad de caracteres”, lo que en el idioma de Neguri significa “estáis más tiesos que la mojama y no me voy a arruinar con vosotros”.
Las voces corrían. Bilbao es una ciudad grande, pero el círculo de la alta sociedad es un pañuelo donde todo el mundo se suena los mocos. Se rumoreaba que el banco les había embargado varias naves industriales. Se rumoreaba que Begoña había tenido que despedir a Rosalía, la muchacha filipina, y a todo el personal de servicio, quedándose sola en el palacete con Iker. Se rumoreaba, incluso, que habían puesto a la venta la vajilla de La Cartuja y los cuadros buenos.
Yo escuchaba estas historias desde mi despacho en la Torre Iberdrola. Un despacho con paredes de cristal desde donde veía el museo Guggenheim brillar bajo el sol raro de Bilbao. Me servía un café de mi máquina italiana súper automática de seis mil euros y, os voy a ser sincera, me reía. Una risa floja, suave, deliciosa. No soy mala persona, de verdad que no, pero hay algo profundamente poético en el karma. Es como un boomerang que tarda años en volver, pero cuando vuelve, te arranca la cabeza.
Un martes por la mañana —siempre ocurren estas cosas los martes, maldita sea— mi asistente personal, un chico finísimo de Deusto llamado Borja, entró en mi despacho con cara de haber visto un fantasma.
—Carmen… —titubeó Borja, ajustándose sus gafas de montura invisible—. Hay… hay dos personas en recepción que insisten en verte. Les he dicho que no tienen cita, pero la señora es muy… persistente. Dice que es tu suegra. Bueno, tu ex suegra.
Levanté la vista del informe de ventas trimestral de la sucursal de San Sebastián. Sentí un pequeño latigazo en el estómago, una mezcla de sorpresa y anticipación salvaje.
—¿Begoña? ¿Y viene sola?
—Viene con un señor alto, un poco… encorvado. Se le ve sudoroso —describió Borja, con una mueca de desagrado. Iker. Evidentemente.
Miré mi reloj rolex (sí, me compré un rolex, ¿pasa algo?, me lo había ganado friendo dos millones de croquetas). Eran las once de la mañana.
—Borja, querido. Diles que estoy en una llamada con inversores de Nueva York. Que se sienten en la sala de espera. Tráeles un café de la máquina de cápsulas, no de la buena, la de la salita del fondo. Y déjalos hervir a fuego lento durante… digamos, cuarenta y cinco minutos.
—Como ordenes, jefa —Borja sonrió con complicidad y salió del despacho.
Me levanté de mi silla ergonómica de cuero blanco y caminé hacia el ventanal. Bilbao estaba a mis pies. La ría serpenteaba gris y majestuosa. Recordé la noche en la que caminé bajo la lluvia, llorando de rabia, con los pedazos de los papeles de divorcio metidos en el bolsillo de mi chaqueta mojada. Recordé la mirada de desprecio de Begoña, su voz nasal, su crueldad gratuita.
Fui al espejo del baño de mi oficina. Me retoqué el pintalabios rojo. Me atusé el pelo, que ahora llevaba en un corte bob impecable que me costaba cien euros mensuales en la mejor peluquería de Moyúa. Me ajusté mi chaqueta de traje de corte italiano.
Estaba lista. Había esperado este momento durante mil ochocientos veinticinco días. No iba a desaprovechar ni un solo segundo.
Volví a mi escritorio, abrí mi portátil, fingí estar tecleando algo importantísimo y, exactamente a los cuarenta y cinco minutos, le envié un mensaje a Borja: “Que pasen”.
La puerta del despacho se abrió. Y allí estaban.
PARTE 4: La redención, el perdón y el último brindis
Si no hubiera sabido quiénes eran, casi habría sentido lástima. Casi.
Begoña entró primero, seguida de Iker. Begoña llevaba el mismo traje de tweed que usaba años atrás, pero algo en ella se había encogido. Ya no irradiaba esa superioridad cortante, esa energía de reina madre. Su pelo rubio ceniza, antes un casco perfecto de laca, mostraba unas raíces canosas que denotaban falta de mantenimiento, de presupuesto, o de ambas cosas. Iker, por su parte, estaba medio calvo. El pelo ralo se le pegaba a la frente por el sudor. Había engordado, llevaba un traje que le tiraba de las costuras y tenía la postura de un perro apaleado.
Ninguno de los dos se atrevía a mirar directamente el lujo despampanante de mi oficina, pero yo veía cómo sus ojos se desviaban hacia los muebles de diseño, el arte en las paredes y la inmensa alfombra persa que pisaban.
—Buenos días, Begoña. Iker —dije, sin levantarme. Mi tono fue gélido, profesional, el mismo que usaría con un comercial que intenta venderme tóner para la impresora—. Borja me ha dicho que habéis insistido mucho en verme sin cita. Tengo la agenda muy apretada, así que, por favor, sentaos y sed breves.
Begoña tragó saliva. Se sentó al borde de una de las sillas de visitas, manteniendo el bolso —un viejo Loewe que había conocido tiempos mejores— apretado contra su pecho como si fuera un escudo. Iker se dejó caer en la otra silla, mirando al suelo.
—Carmen… —empezó Begoña. Su voz ya no era nasal y altanera; era fina, quebradiza. Le temblaban un poco las manos—. Te… te veo estupenda. Las cosas te han ido… muy bien, por lo que veo en la prensa.
—Las cosas me han ido exactamente como me merezco, Begoña. A base de mucho trabajo y de no pisar a nadie. Pero no habéis venido a felicitarme por mis portadas en revistas de economía, ¿verdad? Vamos al grano.
Iker levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos.
—Carmen, por favor… no nos hables así —murmuró él, con esa voz pastosa de siempre—. Estamos pasando por un momento muy difícil.
Levanté una ceja.
—Oh, ¿un momento difícil, Iker? Vaya. ¿Se te ha estropeado la cafetera exprés en Getxo? Porque si es eso, te recuerdo que la mía me la llevé cuando me echasteis a la calle lloviendo a cántaros.
Begoña cerró los ojos un momento, como si la frase le hubiera dado una bofetada física.
—Nos hemos equivocado, Carmen —dijo la señora, y os juro que vi cómo le costaba articular cada sílaba. Era como si estuviera escupiendo clavos—. Iker tomó malas decisiones en la empresa. El banco nos ha embargado los camiones. Hemos tenido que hipotecar la casa familiar por tercera vez. Estamos al borde del concurso de acreedores. De la ruina total.
Me recosté en mi silla, cruzando los dedos sobre la mesa de cristal.
—Sigo sin ver qué tiene que ver eso conmigo. Ya no soy tu nuera. No soy parte de la familia. Y, si no recuerdo mal, tus palabras exactas fueron que yo era una “chulapa ordinaria” sin “proyección de futuro”. ¿Te acuerdas, Begoña? Porque yo lo tengo grabado a fuego en el cerebro.
—¡Era una estúpida! —estalló Begoña, soltando el bolso. Sus ojos se llenaron de lágrimas, lágrimas reales, desesperadas—. Fui una clasista, una soberbia, una ignorante. Te juzgué por tu origen, por no tener un apellido vasco rimbombante, por no venir de una familia con dinero. Y aparté a mi hijo de la única mujer que lo quiso por lo que era y no por su herencia. Y ahora… ahora no nos queda nada. Todo mi círculo social, toda esa gente de Neguri, nos ha dado la espalda. Si no tienes dinero aquí, eres invisible. Me evitan en el Club Jolaseta. No me saludan por la calle.
Iker sollozó. Literalmente. Un hombre de cuarenta años, de metro ochenta y cinco, lloriqueando en mi despacho.
—Carmen… hemos venido a pedirte perdón. A suplicarte, si hace falta —continuó Begoña, inclinándose hacia adelante, casi arrastrándose metafóricamente—. Sé que tu empresa está en plena expansión nacional. Sé que estás buscando naves logísticas para tu distribución, lo leí en Expansión. Nosotros… a nosotros nos queda una nave grande en Zamudio. Es la última propiedad libre de cargas. El banco nos la quita el mes que viene si no pagamos un millón de euros. Te la vendemos. Por el precio de la deuda. Ni un euro más. O cómpranos la empresa entera, absorbe nuestras rutas… Haz lo que quieras. Te lo ruego, Carmen. Por lo que un día nos unió. No nos dejes en la calle. Te pido perdón. Te pido perdón por todo. De rodillas, si quieres.
El silencio en el despacho fue sepulcral. Solo se escuchaba el leve zumbido del aire acondicionado.
Miré a la mujer que me había hecho sentir como un insecto. Miré al hombre que no tuvo el valor de defenderme. Podía haber sido cruel. Podía haber llamado a seguridad y haberlos echado a patadas, hacerles exactamente lo mismo que me hicieron a mí.
Pero no. Porque yo no soy Begoña Uriarte. Yo soy Carmen, la nieta de Rosa la churrera de Vallecas. Yo tengo clase, pero de la de verdad, de la que se lleva por dentro.
Abrí un cajón de mi escritorio. Saqué una tarjeta de contacto de mi director financiero, un tipo de Deusto más frío que el hielo. La deslicé sobre la mesa hacia Begoña. La tarjeta blanca, gruesa, elegante.
—No quiero tu empresa rota, Iker. Y desde luego, no quiero hacerme cargo de vuestros desastres. Pero da la casualidad de que sí necesito una nave en Zamudio para mis cocinas centrales.
Begoña miró la tarjeta como si fuera un billete de lotería premiado.
—Llama a este número. Es mi director de operaciones. Hará una tasación justa de la nave de Zamudio. Os la compraremos a precio de mercado. Probablemente os dé para pagar la deuda y que os quede algo para mudaros a un piso pequeño en Barakaldo. El palacete de Getxo… me temo que tendrás que despedirte de él, Begoña.
La señora asintió frenéticamente.
—Sí, sí, claro. Lo que sea. Gracias, Carmen… Dios mío, gracias. No te merecíamos.
—No. No me merecíais —afirmé, levantándome por fin. Me abotoné la chaqueta y los miré desde mi metro sesenta y cinco como si midiera dos metros de altura—. Y, Begoña, que te quede una cosa muy clara: no te compro la nave por lástima, ni porque os perdone, ni por lo que nos “unió”. Te la compro porque es un buen negocio para mi imperio. Yo los negocios los separo de los sentimientos. Algo que a Iker, por lo visto, nunca le enseñasteis.
Iker agachó la cabeza aún más, si es que eso era anatómicamente posible.
—Ahora coged la tarjeta y marchaos. Tengo que seguir gestionando la proyección de futuro que, según tú, no tenía. Ah, y Begoña… —añadí, cuando ya estaban a punto de salir por la puerta de cristal.
La señora se giró, con los ojos hinchados y el rímel (barato, esta vez) corrido por las mejillas.
—¿Sí?
—El día que nos divorciamos, me ofreciste diez mil euros para que me fuera a rehacer mi vida —sonreí, una sonrisa de depredador alfa—. Si cuando os mudéis al pisito de Barakaldo no llegáis a fin de mes, me mandas un email. Yo no te ofrezco diez mil. Te ofrezco un puesto de fregaplatos en la cocina de mi local de Indautxu. Y te lo digo en serio, el sueldo es por convenio, muy digno. Las chulapas de Madrid pagamos bien.
Begoña no dijo nada. Se le desencajó la mandíbula, pero asintió lentamente, tragándose el último gramo de orgullo que le quedaba en el cuerpo, bajó la vista y salió detrás de su hijo.
La puerta se cerró.
Me quedé sola de nuevo en el despacho. Suspiré. Fui hasta el pequeño bar de diseño que tenía camuflado en un mueble de caoba. Me serví una copa de vino tinto de la Rioja Alavesa, un reserva maravilloso. Caminé de nuevo hacia el gran ventanal. Afuera, en Bilbao, acababa de empezar a llover. Otra vez el sirimiri. Pero esta vez, las gotas chocaban contra el cristal blindado de mi despacho, inofensivas, incapaces de tocarme.
Levanté la copa hacia el cielo plomizo de la ciudad.
—Por ti, abuela Rosa —susurré al vacío—. Y por las malditas croquetas.
Di un sorbo. El vino sabía a gloria. Sabía a justicia. Y sobre todo, sabía a victoria absoluta. Porque a veces, la mejor venganza no es un plato que se sirve frío. La mejor venganza es una croqueta perfecta, hirviendo, crujiente, que te explota en la cara y te demuestra quién manda aquí. Y en esta ciudad, la reina soy yo. Fin de la historia.
PARTE 5: El mandil, la lejía y el orgullo triturado
Yo pensaba que mi historia había terminado aquel martes lluvioso en mi despacho de la Torre Iberdrola. Pensaba que la humillación de Begoña y el patetismo de Iker eran el broche de oro perfecto para mi venganza servida en bandeja de plata. Pero la vida, que es más retorcida que un sacacorchos, me tenía preparada una segunda temporada.
Pasaron tres meses. El invierno bilbaíno había dado paso a una primavera tímida, de esas que te engañan con un rayito de sol a las doce del mediodía y a las cinco de la tarde te tiran una granizada que te abolla el coche. Mi imperio croquetero seguía viento en popa. Habíamos inaugurado la nave de Zamudio —sí, la nave de los Uriarte—, que ahora era una cocina central puntera, impoluta, donde cien personas boleaban miles de croquetas al día con precisión militar.
Un jueves por la mañana, mientras yo repasaba unos escandallos de la nueva receta de croquetas de txipirones en su tinta, Borja, mi asistente, entró en el despacho. Llevaba una tablet en la mano y una expresión que mezclaba el terror con la hilaridad.
—Carmen, jefa, tienes que ver esto —dijo Borja, pasándome la pantalla—. Ha entrado un correo en el buzón genérico de Recursos Humanos. Lo ha filtrado la jefa de personal porque pensaba que era una broma pesada de alguna radio local.
Agarré la tablet. El correo venía de una dirección llamada [email protected]. El asunto era: “Disponibilidad inmediata. Referencia: Oferta de Indautxu”.
Comencé a leer y sentí que se me dilataban las pupilas.
“Estimada doña Carmen:
Me dirijo a usted en relación a la oferta de empleo que me extendió verbalmente hace unos meses para el puesto de limpieza y fregado en su sucursal de la plaza de Indautxu. Las circunstancias económicas de mi unidad familiar han sufrido un… reajuste imprevisto, y me veo en la necesidad de aceptar su propuesta. Soy una mujer meticulosa, con un alto estándar de limpieza (siempre he supervisado a mi servicio doméstico con mano de hierro) y aprendo rápido. Espero sus indicaciones.
Atentamente, Begoña Uriarte.”
Solté una carcajada que resonó contra los cristales de mi oficina.
—No me lo puedo creer. ¡Borja, no me lo puedo creer! ¡La bruja de Neguri está pidiendo fregar sartenes!
—¿Qué hacemos, jefa? —preguntó Borja, ajustándose las gafas—. ¿Le decimos que el puesto está cubierto? ¿La mandamos a freír espárragos, literalmente?
Me levanté, caminé por el despacho y me froté la barbilla. En mi cabeza, un ángel y un demonio debatían a gritos. El ángel me decía que ya la había humillado bastante, que la dejara en paz. El demonio, que hablaba con el acento castizo de mi abuela Rosa, me decía: “¡Dale el estropajo, Carmencita, que se le van a pelar las manos!”.
—Ni hablar. Si Begoña Uriarte quiere fregar, va a fregar. Llama a Maite, la encargada del local de Indautxu. Dile que mañana a las siete de la mañana tiene una nueva pinche de limpieza. Que la trate como a una más. Ni un privilegio, pero tampoco putadas innecesarias. Que gane el sueldo por convenio.
Al día siguiente, a las nueve de la mañana, no pude resistir la tentación. Me puse unas gafas de sol enormes, un abrigo de paño y me fui al local de Indautxu. Entré por la puerta de servicio, que daba directamente a la cocina.
Allí estaba Maite, una mujer de Bermeo con brazos de estibador y un carácter que asustaba a los inspectores de sanidad. Y al fondo, frente a un fregadero industrial de acero inoxidable del tamaño de una bañera, estaba Begoña.
Llevaba un pantalón negro de chándal (algo que en ella debía de ser equivalente a ir desnuda por la calle), una camiseta blanca de algodón, y encima, el mandil verde fosforito con el logo de “Carmen & Cía”. Llevaba el pelo recogido en una coleta tirante y calzaba unos zuecos de goma negros homologados para hostelería.
La observé desde la distancia. Estaba peleando con una olla exprés de cincuenta litros donde habíamos cocido rabo de toro. La grasa estaba pegada. Begoña frotaba con un estropajo de aluminio, con los guantes amarillos resbalando por la espuma. Su respiración era agitada. Cada vez que frotaba, murmuraba algo entre dientes. Me acerqué sigilosamente.
—¡Cagon la leche, la madre que parió a la vaca, al rabo y a la grasaza esta de los cojones! —gruñía Begoña.
Me quedé helada. Jamás, en los tres años que estuve casada con su hijo, la había escuchado decir una palabrota. La señora que decía que decir “joder” era de plebeyos, estaba maldiciendo como un marinero en un puerto comercial.
—Buenos días, Begoña —dije, apoyándome en el marco de la puerta de la cámara frigorífica.
Pegó un respingo y casi se le cae la olla al suelo. Se giró, con una gota de sudor (y probablemente de agua sucia) resbalándole por la nariz.
—Carmen. Señora Carmen, perdón —corrigió rápidamente.
—Veo que te estás adaptando bien al puesto. Esa olla necesita más codo. El rabo de toro es muy traicionero.
Ella miró la olla, luego me miró a mí. Vi en sus ojos un destello de la antigua Begoña, ese orgullo clasista a punto de estallar, pero lo reprimió. Tragó saliva, asintió y volvió a meter las manos en el agua hirviendo.
—Se hará como usted diga. No dejaré ni una mancha.
Me di media vuelta y fui a hablar con Maite.
—¿Qué tal la nueva? —le pregunté en voz baja.
Maite se encogió de hombros, limpiándose las manos en un trapo.
—Lenta de cojones, jefa. Y al principio me ha pedido que si le podía poner “música clásica” para ambientar el fregadero. Le he puesto un disco de Platero y Tú a todo volumen. Pero, oye, no se queja. Lleva dos horas dale que te pego y no ha chistado.
Salí del local sintiendo una mezcla rarísima. Estaba disfrutando, claro, pero también me di cuenta de algo: Begoña estaba desesperada de verdad. Si había llegado al punto de fregar la grasa de mis ollas, es que en su casa no había ni para pipas.
PARTE 6: El emprendedor de pacotilla y la rebelión de las rabas
Mientras Begoña se dejaba las huellas dactilares en mis cocinas de Indautxu, la pregunta obvia era: ¿dónde estaba Iker? ¿Dónde estaba mi exmarido, el heredero, el hombre de negocios incomprendido?
La respuesta me llegó un par de semanas después por medio de Borja, que además de ser mi asistente, funcionaba como la KGB de Bilbao.
—Jefa, vas a alucinar —me dijo Borja, entrando en mi despacho con un café matcha que se empeñaba en beber para sentirse moderno—. Tu ex ha abierto un bar.
Escupí el agua mineral que estaba bebiendo.
—¿Un bar? ¿Iker? ¡Si no sabe distinguir un microondas de una freidora de aire! ¿Con qué dinero?
—Al parecer, vendieron los muebles antiguos del palacete de Getxo. Han alquilado un cuchitril en el barrio de Deusto. Se llama “Deconstrucción Uriarte”. Según el Instagram que ha abierto (y que tiene catorce seguidores, incluyéndome a mí desde una cuenta falsa), hacen “cocina molecular vasca de vanguardia”.
La curiosidad mató al gato, pero a mí me dio la vida. Aquel mismo viernes, le dije a mi actual pareja —un arquitecto encantador llamado Mikel que me trataba como a una reina y sabía hacer unas lentejas estupendas— que teníamos que ir a cenar a Deusto.
El local de Iker era un despropósito. Había pintado las paredes de un gris cemento tristísimo. Las mesas eran de palés reciclados (pero de los que te astillan los pantalones) y las sillas eran de metal frío. Había tres personas en todo el bar, y dos de ellas parecían estar a punto de llorar.
Nos sentamos en una esquina. Iker no estaba a la vista. Un camarero jovencito, con cara de no haber cobrado en su vida, se nos acercó con un menú impreso en un papel reciclado que parecía papel higiénico.
—Arratsalde on. ¿Qué les pongo?
Miré la carta. “Bruma de bacalao al pil-pil”. “Esferas de chuletón con tierra de patata”. “Deconstrucción de rabas de la ría”.
—Ponme las rabas deconstruidas. Y un txakoli —pedí. Mikel pidió una cerveza.
Quince minutos después, el camarero volvió con un plato negro de pizarra. En el centro del plato había un charco de tinta de calamar, tres aros de calamar hervidos (sí, hervidos, blancos como la nieve) y un polvo amarillo al lado.
—Las rabas —anunció el chaval.
Mikel y yo nos miramos.
—Disculpa —le dije al camarero—. ¿Esto es una broma? Las rabas se fríen. Esto es calamar cocido con harina cruda al lado.
Antes de que el chico pudiera responder, la puerta de la cocina se abrió y salió Iker. Llevaba una chaqueta de chef negra, impoluta, y unas pinzas de emplatar en el bolsillo del pecho. Tenía la misma cara de despiste de siempre.
Al verme, se quedó paralizado. Se puso rojo, luego blanco, luego de un tono verde musgo.
—Carmen… ¿Qué haces aquí? —tartamudeó.
—He venido a probar la competencia, Iker. Aunque viendo este plato, creo que mis croquetas están a salvo. ¿Se puede saber qué es esto?
Iker se acercó a la mesa, nervioso, jugueteando con las pinzas.
—Es… es un concepto, Carmen. Tú haces comida popular. Yo busco la esencia. La textura. El cliente tiene que rebozar el calamar mentalmente.
Mikel soltó una carcajada que resonó en todo el local vacío. Yo tuve que taparme la boca con la mano para no escupir de la risa.
—Iker, corazón mío —le dije, levantándome de la silla—. En Bilbao, si le das a un tío del Athletic un plato de calamares hervidos y le dices que lo reboce con la mente, te tira el plato de pizarra a la cabeza. Esto no es vanguardia. Esto es un insulto al código penal gastronómico.
Iker se hundió. Literalmente, sus hombros cayeron. Miró su “deconstrucción” con ojos llorosos.
—No funciona, ¿verdad? —susurró, con voz rota—. Pensé que si le ponía nombres raros, la gente pagaría veinte euros por ración.
—Eso funcionaba en el año 2005, Iker. Hoy en día la gente quiere comer bien. ¿Cuánto te queda para quebrar?
—El martes no puedo pagar a los proveedores.
Meneé la cabeza. Sentí, por primera vez, algo parecido a la compasión. Era tan inútil.
—Cierra esto mañana, Iker. Vende los hornos, vende las sillas de tortura que has puesto. Y búscate un trabajo de oficinista. En logística. Que de eso se suponía que sabías algo. Deja la hostelería para los profesionales.
Dejé un billete de cincuenta euros en la mesa para cubrir la estafa de plato y las bebidas. Salimos de allí. No volví a ver ese local abierto. Al mes siguiente, había un chino que vendía fundas de móvil donde antes estaba la “Deconstrucción Uriarte”.
PARTE 7: Los tiburones de Madrid y la extraña alianza
Pasaron un par de años. La anécdota del bar de Iker quedó en el pasado. Begoña, sorprendentemente, seguía fregando platos. No solo eso: Maite la había ascendido a jefa del tren de lavado y preparadora de bases. Resulta que la señora tenía mano para picar cebolla a la velocidad de la luz sin derramar una lágrima. El trabajo físico la había adelgazado, la había endurecido y, curiosamente, le había quitado la cara de asco permanente que solía llevar por la calle.
Pero el éxito atrae a los tiburones. Y los peores tiburones no nadan en el Cantábrico; nadan por el Paseo de la Castellana en Madrid.
Se trataba del “Grupo Gastronómico Imperial”, un conglomerado monstruoso que compraba cadenas de restaurantes familiares, despedía a todo el mundo, bajaba la calidad de los ingredientes y vivía de las rentas de la marca. Llevaban seis meses acosándome. Me ofrecían barbaridades de dinero por “Carmen & Cía”. Millones. Dinero suficiente para comprarme una isla en el Caribe y jubilar a mis futuros tataranietos.
Pero yo les decía que no. Porque si vendía, sabía lo que iban a hacer: iban a cambiar el jamón ibérico por chopped, la leche entera por polvos reconstituidos, y mis croquetas iban a saber a cartón. Y eso sí que no. A la abuela Rosa no se le falta al respeto.
Un martes (siempre los malditos martes), recibí la visita del enviado del Grupo Imperial. Se llamaba Álvaro. Traje a medida, repeinado, sonrisa de depredador y un maletín de piel de cocodrilo.
—Carmen, querida —empezó Álvaro, sentándose en mi despacho sin permiso—. Hemos subido la oferta un quince por ciento. Tómalo o déjalo. Eres una chica lista de Chamberí. Sabes que no vas a ver tantos ceros en tu cuenta bancaria nunca más.
—Álvaro, querido —le respondí, imitando su tono condescendiente—. Te lo voy a decir en madrileño puro para que me entiendas: iros a hacer puñetas. No vendo. Mis empleadas tienen contratos indefinidos. Mi producto es artesanal. No voy a dejar que destruyáis lo que he levantado.
Álvaro dejó de sonreír. Cerró el maletín con un clic que sonó como un disparo.
—Cometes un error, Carmen. El Grupo Imperial no acepta un no por respuesta. Si no nos vendes por las buenas, te haremos la vida imposible. Tenemos contactos en sanidad, en los sindicatos, en la prensa. En un mes podemos hacer que parezca que tus croquetas tienen salmonela radiactiva. Te arruinaremos y la compraremos por cuatro duros. Tú decides.
Se levantó y se marchó. Me dejó con un mal cuerpo terrible. Sabía que no iba de farol. Esa gente jugaba sucio.
Al día siguiente, las cosas empezaron a ir mal. Una inspección de sanidad sorpresa y muy agresiva en nuestra cocina central de Zamudio. Nos paralizaron la producción tres horas por un tecnicismo ridículo con el etiquetado de los palés. Al día siguiente, un artículo anónimo en un blog gastronómico local acusaba a mis locales de usar aceite de palma (mentira podrida).
Estaba al borde de un ataque de nervios. Un jueves por la tarde, bajé a la zona de producción del local de Indautxu para despejar la cabeza. Solo quería ver cómo boleaban las croquetas, que para mí era como ver llover, me relajaba.
Entré en la cocina trasera. Maite no estaba. Quien estaba allí era Begoña. Estaba sentada en un taburete, pelando cincuenta kilos de huevos cocidos con una destreza que ya querría un cirujano.
—Buenas tardes, Begoña —suspiré, apoyándome en la pared de azulejos blancos.
Me miró de reojo. Se limpió las manos en el delantal.
—Tiene usted mala cara, doña Carmen. Parece que no ha dormido en tres días.
Ya me trataba de usted. Yo le había dicho que no hacía falta, pero ella insistía. Decía que en el trabajo había que mantener las jerarquías.
—Problemas, Begoña. Unos sinvergüenzas de Madrid quieren robarme la empresa hundiendo mi reputación. No sé cómo pararles. Tienen comprados a inspectores y a periodistas de medio pelo.
Begoña dejó el huevo cocido en el bol metálico. Me miró fijamente. Por un segundo, vi a la antigua señora de Neguri, la matriarca implacable, pero esta vez, su mirada no iba dirigida contra mí.
—¿El Grupo Gastronómico Imperial? —preguntó Begoña.
Me quedé de piedra.
—¿Cómo sabes tú eso?
—Porque el consejero delegado del Grupo Imperial es Javier Echevarría. Su familia es de Las Arenas. Veraneaban en Biarritz con nosotros. Su mujer, Asunción, es una chismosa que se dedica a jugar al bridge y a beber ginebra por las tardes en el club marítimo.
Me acerqué a ella.
—Begoña… ¿tú tienes contacto con ellos?
La señora soltó una risita seca, desprovista de alegría.
—Ellos dejaron de hablarme cuando nos arruinamos. Para esa gente, la pobreza es una enfermedad contagiosa. Pero yo lo sé todo de ellos. Sé que Echevarría tiene una sociedad en las Islas Vírgenes que no ha declarado a Hacienda, y sé qué constructor local le pagó la reforma de su chalet en Sotogrande a cambio de adjudicaciones ilícitas en los comedores escolares hace diez años.
La miré, boquiabierta. Esa mujer, con su delantal lleno de cáscaras de huevo y olor a lejía, guardaba en su cerebro un archivo de espionaje social letal.
—¿Me estás diciendo que tienes información para hundir al pez gordo que me está amenazando?
Begoña asintió lentamente.
—Carmen… usted me dio trabajo cuando mis amigas del club me giraban la cara. Me ha tratado con más justicia que mi propio marido en paz descanse, o que mi hijo, que sigue viviendo en un sofá y trabajando de repartidor de Glovo porque no da para más. Esta empresa es el pan de mi mesa. Y nadie… escúcheme bien… nadie le toca el pan a Begoña Uriarte y sale impune.
Media hora después, Begoña y yo estábamos en mi despacho. Ella me dictó nombres, fechas, cifras y escándalos del tal Echevarría. Llamé a mi equipo legal. Investigaron los datos. Eran ciertos. Al milímetro.
Al día siguiente, Álvaro, el tiburón de Madrid, volvió a mi oficina esperando mi rendición. Yo no estaba sola. A mi lado estaba mi abogado.
Le lancé una carpeta encima de la mesa de cristal.
—Álvaro, corazón. Llámalo “dossier informativo”. Tienes ahí todas las trapicheos de tu jefe, Echevarría. Las sociedades fantasma, las mordidas en Sotogrande. Si vuelve a aparecer un solo inspector de sanidad buscando polvo bajo mis neveras, o si leo un tuit más sobre mi aceite, esta carpeta se va directa a la Fiscalía Anticorrupción y a la portada de El País.
Álvaro se puso del color de la pared. Abrió la carpeta, ojeó dos páginas, tragó saliva, cogió su maletín de cocodrilo y se fue. No volvió.
PARTE 8: La matriarca de la fritura y el epílogo definitivo
La crisis con el Grupo Imperial lo cambió todo. Yo me di cuenta de que Begoña no podía estar fregando platos. Tenía un cerebro de estratega maquiavélica desaprovechado.
La llamé a mi despacho. Le quité el delantal.
—Begoña. Te asciendo. Vas a ser la Directora de Relaciones Públicas y Control de Calidad del área VIP.
Ella se arregló el cuello de la camisa blanca y me miró con una ceja levantada.
—¿Y eso qué significa, exactamente?
—Significa que hemos abierto un local “Gourmet” en la calle Ercilla. Un sitio pijo. Muy pijo. Necesito a alguien que sepa tratar a los estirados que van a venir a comerse croquetas de trufa negra a ocho euros la unidad. Alguien que los mire por encima del hombro para que se sientan importantes. Y para eso, querida Begoña, tú eres un talento natural.
Begoña sonrió. Una sonrisa de verdad.
Y vaya si funcionó. Begoña volvió a teñirse de rubio ceniza, se compró un traje de chaqueta elegante (esta vez pagado con su sueldo, no con dinero heredado), y se plantó en la puerta del nuevo local.
Era un espectáculo verla. Cuando entraban los señores de Neguri, los mismos que le habían retirado el saludo cuando se arruinó, Begoña los recibía con una altivez majestuosa.
—Hombre, Asunción —le decía a la mujer del infame Echevarría, que había ido a curiosear—. Qué sorpresa verte por aquí. Te pondré en la mesa del rincón, que sé que te gusta la discreción desde lo de los pufos de tu marido en Hacienda. Y te voy a recomendar el maridaje con el champán Ruinart. Aunque, si andáis cortos de efectivo ahora mismo, os puedo sacar un agua con gas.
Las destrozaba. Las fulminaba con una educación exquisita, y las señoras, aterradas de que Begoña contara sus secretos, pedían las botellas de champán más caras de la carta para demostrar que tenían dinero. La facturación del local VIP batió récords en el primer mes.
Iker, por su parte, encontró su lugar en el mundo. Resulta que, de tanto andar de repartidor en bicicleta, perdió veinte kilos y descubrió una pasión por el ciclismo. Ahora trabaja en una tienda de bicicletas en el Casco Viejo. Nos saludamos cordialmente cuando nos cruzamos por la calle. Es feliz arreglando cadenas y cambiando pedales, sin las presiones de ser el heredero de un imperio que nunca supo gestionar.
Ayer fue mi cumpleaños. Treinta y nueve años. Hice una cena privada en mi ático de la plaza Moyúa. Estaban mi pareja, Mikel, estaba Borja, estaba Maite la jefa de cocina, y estaba Begoña.
Sirvieron las primeras croquetas de la noche. Begoña levantó una copa de vino.
—Brindo por la jefa —dijo Begoña, mirándome a los ojos—. Por Carmen. La madrileña que vino lloviendo a Bilbao, y que en lugar de ahogarse, nos enseñó a todos a nadar.
Chocamos las copas. Yo sonreí. Miré por el ventanal gigante de mi salón. El museo Guggenheim brillaba bajo la noche. Ya no caía sirimiri. El cielo estaba despejado, cuajado de estrellas que parecían pequeños diamantes derramados sobre el Nervión.
Pensé en aquel martes en el que me tiraron los papeles del divorcio encima de la sopa de pescado radiactiva. Pensé en la pensión de mala muerte oliendo a lejía. Pensé en los millones de croquetas que había boleado con mis propias manos hasta tener callos.
Tenía razón mi abuela Rosa. Cuando el mundo se ponga feo, no llores. No te lamentes. No esperes a que venga nadie a salvarte.
Coge la sartén por el mango. Echa buen aceite. Y fríelo. Fríelo hasta que quede crujiente, dorado, y perfecto.
Y si por el camino te llevas por delante a un par de estirados, pues mira… eso que te llevas de propina.