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Un campesino pobre ayudó a El Mencho sin saber quién era… Lo que pasó años después…

 

Cuando Roberto Méndez le dio refugio en su humilde choza de adobe a un hombre herido que encontró tirado en el camino de terracería aquella noche de tormenta en las montañas de Michoacán, jamás imaginó que acababa de salvarle la vida al criminal más peligroso de México. Y cuando tres días después curó sus heridas con remedios caseros y lo ayudó a escapar antes de que llegaran los militares, tampoco sabía que ese favorcaría para siempre.

 Lo que este campesino de 28 años no podía imaginar es que 6 años después ese mismo hombre regresaría a buscarlo y esta vez no sería para agradecerle. Y antes de continuar, me gustaría saber desde dónde nos están escuchando. México, Estados Unidos, Colombia, España. Déjenlo en los comentarios. La noche del 23 de marzo del 2013, Roberto Méndez regresaba caminando a su casa después de trabajar todo el día en el campo de don Esteban Rojas, un terrateniente que le pagaba 150 pesos por jornada.

Roberto tenía 28 años. La piel morena curtida por el sol, manos callosas de trabajar la tierra desde niño y una espalda encorbada por cargar costales de maíz. Era delgado, casi desnutrido, de estatura baja, con ojos café profundos. Usaba aguaraches desgastados, pantalón de mezclilla remendado y camisa de manta.

Vivía en una pequeña comunidad de apenas 20 familias en las montañas de Michoacán. Un lugar tan olvidado que ni siquiera tenía nombre oficial. La gente lo llamaba simplemente el rincón. No había electricidad, no había agua potable, no había caminos pavimentados, solo casas de adobe con techos de lámina, milpas donde la tierra daba lo justo para sobrevivir y un silencio que solo rompían los grillos y el viento entre los pinos.

Roberto vivía con su esposa Lucía, de 26 años, y sus dos hijos, Carlitos de seis y la pequeña Ana de tres. Su casa era de dos cuartos, uno donde dormían todos en petates sobre el piso de tierra y otro que servía de cocina con fogón de leña. No tenían refrigerador, no tenían televisión, apenas tenían lo necesario para comer cada día.

Roberto trabajaba de sol a sol en los campos de otros. Lucía vendía tortillas hechas a mano en el pueblo más cercano, a dos horas caminando. Esa noche había llovido todo el día, una tormenta fuerte que convirtió los caminos en ríos de lodo. Roberto caminaba empapado con la única linterna que tenían, que ya casi no daba luz.

Eran las 9 de la noche y la oscuridad en las montañas era total. Solo el sonido de la lluvia golpeando las hojas y el lodo succionando sus huches con cada paso. Estaba a medio kilómetro de su casa cuando escuchó algo extraño, un gemido, un sonido humano entre los arbustos al lado del camino.Un campesino humilde ayudó a El Mencho sin saber quien era... lo que pasó  años después... - YouTube

 Roberto se detuvo, apuntó su linterna hacia donde venía el sonido. Ahí, tirado boca abajo en el lodo, medio cubierto por ramas, estaba un hombre. Roberto se acercó cautelosamente. El hombre estaba consciente, pero apenas. Tenía sangre en la camisa, sangre que la lluvia intentaba lavar, pero que seguía brotando.

 Sus ojos estaban abiertos, mirando a Roberto con dolor y algo más, algo que años después reconocería como peligro puro. “Ayúdame”, murmuró el hombre con voz ronca. Roberto dudó por un segundo. En las montañas de Michoacán, en el 2013, encontrar a un hombre herido en medio de la noche no era algo inusual. La zona estaba en plena guerra entre cárteles.

Los templarios controlaban la región con mano de hierro. Había balaceras, había enfrentamientos con el ejército, había cuerpos que aparecían en los caminos. La gente había aprendido a no preguntar, a no involucrarse, a fingir que no veían nada. Pero Roberto no era así. Su padre le había enseñado que un hombre de bien ayuda al prójimo sin importar quién sea.

La vida es dura para todos, mi hijo le decía su padre antes de morir. Pero eso no es excusa para perder la humanidad. Roberto se arrodilló junto al hombre. ¿Qué le pasó, señor? Me dispararon, dijo el hombre entre dientes. Necesito esconderme. Vienen por mí. Roberto miró hacia ambos lados del camino.

 La lluvia seguía cayendo fuerte. No se veía a nadie. No se escuchaba nada más que la tormenta. ¿Puede caminar? No lo sé. Ayúdame a levantarme. Roberto puso el brazo del hombre sobre sus hombros y lo ayudó a ponerse de pie. El hombre era más alto que él, más pesado, más fuerte a pesar de estar herido.

 Roberto sintió el peso contra su cuerpo delgado. Caminaron lentamente por el camino en lo dado. Cada paso era una agonía para el hombre herido que apretaba los dientes para no gritar. Roberto lo sostenía con toda su fuerza, sintiendo la sangre caliente del desconocido empapar su camisa. Tardaron 20 minutos en recorrer medio kilómetro. Cuando finalmente llegaron a la choza de Roberto, Lucía estaba esperando junto a la puerta con una vela encendida.

Sus ojos se abrieron como platos cuando vio a su esposo llegar con un desconocido ensangrentado. Roberto, ¿qué hiciste? Lo encontré en el camino. Está herido. Necesita ayuda. Lucía miró al hombre herido, luego a su esposo. Conocía esa mirada en Roberto. Era la misma mirada que tenía cuando recogía perros callejeros heridos, cuando ayudaba a los vecinos, aunque ellos no tuvieran con qué pagar.

 Su esposo tenía un corazón demasiado grande para este mundo cruel. Mételo”, dijo finalmente. Entre los dos acostaron al hombre en el único petate disponible, el que usaban Roberto y Lucía. Los niños dormían en el otro cuarto, ajenos a lo que estaba pasando. Roberto encendió más velas. Con la luz pudo ver mejor al hombre.

 Tenía unos 45 años. Cara ancha, bigote, piel morena. Su ropa era buena. cara, no era ropa de campesino. Llevaba botas de piel que costaban más que todo lo que Roberto ganaba en un mes. Y tenía dos heridas de bala, una en el costado izquierdo, otra en el hombro. “Necesito sacarle las balas”, dijo Lucía con voz firme. Ella había aprendido curanderismo de su abuela.

Había atendido heridas antes, aunque nunca heridas de bala. ¿Tienes con qué?, preguntó el hombre mirándola fijamente. Tengo agujas, hilo, alcohol de caña y plantas medicinales. El hombre asintió. Hazlo, pero rápido, no tenemos mucho tiempo. Tiempo para qué, preguntó Roberto. El hombre lo miró con esos ojos que parecían calcular, medir, decidir cuánto podía confiar.

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