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Raúl Castro confesó 60 años después: Yo envié al Che Guevara, y no me arrepiento.

 

En ese momento, nadie sabía que el hermano menor de Fidel Castro había guardado durante 60 años el secreto más explosivo sobre Cheegev Vara, lo que él finalmente reveló cambiaría para siempre la forma en que el mundo entiende la relación entre los tres hombres más poderosos de la revolución cubana. Marzo de 2024, la Habana Cuba.

 Raúl Castro, de 93 años, se sienta frente a la cámara por primera vez en décadas. Sus manos ya no tiemblan como antes, están firmes sostenidas por el peso de seis décadas de silencio. Durante 60 años ha guardado un secreto que ni siquiera su hermano Fidel se atrevió a confesar públicamente. Ahora, antes de que el tiempo le quite la voz, va a contar la verdad sobre Chegevara.

 La gente cree que Fidel y Elche Chea eran hermanos inseparables. Dice con voz pausada pero clara, “Pero yo estuve ahí. Yo vi lo que pasó entre ellos. Yo tomé las decisiones que nadie más se atrevió a tomar. Y ahora, antes de irme, voy a contar porque Chegevara tuvo que irse de Cuba, pero lo más impactante era que lo que Raúl estaba por revelar no solo cambiaría la narrativa oficial de la separación del Cheé, sino que expondría décadas de una guerra silenciosa entre dos visiones opuestas de la revolución.

Una guerra donde él mismo fue el estratega invisible, el hermano que operaba en las sombras mientras Fidel brillaba bajo los reflectores. Una guerra que terminó con la partida del hombre más puro de la revolución. Retrocedamos a 1959. La revolución cubana acababa de triunfar. Las calles de La Habana estaban llenas de júbilo, de esperanza, de la sensación embriagante de que todo era posible.

 Fidel Castro, de 33 años, era el rostro visible del triunfo, pero a su lado había dos hombres fundamentales, Cheegevara, el médico argentino convertido en comandante de 31 años con sus ojos intensos y su idealismo inquebrantable. Y Raúl Castro, el hermano menor de apenas 28 años, callado, pragmático, el hombre que prefería actuar desde las sombras desde el principio.

 Raúl notó algo que nadie más veía. era peligroso, no porque fuera violento o cruel, sino porque era puro, demasiado puro para la política, demasiado idealista para el poder. Che creía genuinamente que la revolución debía expandirse por toda América Latina de inmediato. Creía que el dinero debía desaparecer, que los trabajadores debían motivarse solo por amor a la causa que Cuba debía desafiar tanto a Estados Unidos como a la Unión Soviética si era necesario.

 Raúl, en cambio, entendía algo que Chen nunca quiso aceptar. Las revoluciones no se sostienen con poesía, se sostienen con alianzas, con pragmatismo, con la capacidad de hacer concesiones cuando es necesario. Y en 1959, Cuba necesitaba la Unión Soviética. Necesitaba su petróleo, su dinero, sus armas.

 Sin los soviéticos, la revolución moriría en meses. Los primeros años fueron de convivencia tensa. Fidel atrapado entre su hermano y su amigo. Intentaba mantener el equilibrio. Chef fue nombrado presidente del Banco Nacional de Cuba y luego ministro de Industria. Raúl se quedó como ministro de defensa y comandante del ejército en público.

 Los tres sonreían juntos en privado. Las diferencias comenzaban a hervir. Che implementaba sus teorías económicas, eliminó los incentivos materiales. Creía que los cubanos trabajarían más duro por convicción revolucionaria que por dinero. Las fábricas comenzaron a producir menos, la economía se tambaleaba. Raúl observaba en silencio tomando notas.

 Esperando el momento adecuado para hablar con su hermano, Che viajaba constantemente. China, Argelia, la Unión Soviética, el tercer mundo. En cada viaje su retórica se volvía más radical. Criticaba a los soviéticos por su revisionismo, por haberse vuelto burgueses, por traicionar los principios del comunismo puro. Y cada crítica que Che hacía en el extranjero, Raúl la escuchaba en La Habana a través de informes de inteligencia.

 Cada palabra era una piedra más en el camino hacia la separación inevitable. Pero el verdadero quiebre comenzó en octubre de 1962. La crisis de los misiles. El mundo entero contuvo la respiración. Durante 13 días, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética se miraban al borde de una guerra nuclear. Y en el centro de todo estaba Cuba con misiles soviéticos apuntando hacia territorio estadounidense.

 Fidel convocó una reunión de emergencia. Solo tres hombres estaban en esa habitación. Fidel, Che y Raúl. Afuera el mundo temblaba, adentro se libraba otra batalla. Che se puso de pie. Fidel, si los americanos atacan. Debemos responder con todo. Debemos usar los misiles nucleares. Es la única forma de demostrar que la revolución no se doblega ante el imperialismo.

 Raúl sintió que la sangre se le lava. Eso es un suicidio dijo con voz fría. Si lanzamos esos misiles, Kube desaparece del mapa. No habrá revolución que defender porque no habrá cubanos vivos para defenderla. Ch lo miró con desprecio. Tú siempre piensas en sobrevivir, Raúl, pero algunas causas valen más que la supervivencia.

 Mejor morir de pie que vivir de rodillas. Y Raúl respondió con una calma que solo él podía mantener en esos momentos. El problema, Che, es que tú estás dispuesto a morir, pero también estás dispuesto a que 11 millones de cubanos mueran contigo. Eso no es valentía, eso es fanatismo. Fidel guardó silencio durante largos minutos, miró a su amigo, miró a su hermano, finalmente habló.

 “Che, entiendo tu punto, pero Raúl tiene razón. No podemos sacrificar a todo el pueblo cubano por un gesto heroico. Voy a negociar con Huschop.” Che salió de la habitación sin decir palabra y en ese momento Raúl supo que la amistad entre Fidel y el Che había comenzado a fracturarse. Lo que nadie sabía era que esa grieta solo se haría más profunda con el tiempo.

 Los meses siguientes fueron de silencio tenso. Jesejía en su puesto, pero su influencia sobre Fidel disminuía. Raúl, en cambio, se volvía cada vez más indispensable. Era él quien manejaba las relaciones con Moscú. era el quien organizaba el ejército. Era el quien poco a poco construía el andamiaje real del poder, mientras Che escribía discursos idealistas que cada vez menos gente escuchaba.

 En 1964, Cheviajó a las Naciones Unidas. Su discurso fue incendiario, criticó a Estados Unidos, pero también criticó a la Unión Soviética por su supuesta traición al comunismo verdadero. Cuando las grabaciones llegaron a La Habana, Raúl las escuchó en silencio. Luego fue al despacho de su hermano Fidel. Esto no puede continuar.

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