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¿Qué Pasó con los Hijos de Arnaldo Ochoa La Historia que Pocos Conocen

 

En ese momento, nadie en Cuba sabía que la esposa y los tres hijos del general Arnaldo Ochoa, el héroe militar más condecorado del país, acababan de presenciar como Fidel Castro ordenaba su ejecución en menos de 48 horas, lo que esa familia vivió durante los 35 años siguientes, la forma en que fueron perseguidos, aislados y finalmente obligados a huir de Cuba.

 y lo que hoy revelan sobre la verdadera razón por la que Fidel mató a su esposo y padre. Es una historia de traición, supervivencia y secretos que el régimen cubano ha intentado enterrar durante más de tres décadas. Maite Ochoa tenía 42 años cuando soldados del ejército cubano llegaron a su casa a las 11 de la noche. Su esposo, el general Arnaldo Ochoa, no estaba.

 había sido llamado a una reunión urgente en el Ministerio de Defensa esa tarde. Los soldados no explicaron nada, solo dijeron, “Venga con nosotros, es urgente.” Maité dejó a sus tres hijos con su madre y fue con los soldados. La llevaron a un edificio del gobierno en La Habana. La hicieron esperar en una sala oscura durante 3 horas.

 Finalmente, un oficial entró. Le dijo algo que Maité nunca olvidaría. Su esposo ha sido arrestado. Está acusado de narcotráfico. Será juzgado mañana. Maité no lo podía creer. Narcotráfico, su esposo, el héroe de Angola, el general más respetado de Cuba. Tiene que ser un error, dijo el oficial. La miró con frialdad. No es un error.

 Y será mejor que usted y sus hijos cooperen si quieren sobrevivir. Esa fue la primera amenaza. No sería la última. Pero lo más impactante era que Maité no sabía que su esposo ya había sido condenado antes de que comenzara el juicio, que todo era un montaje y que en menos de 48 horas sería viuda. Antes de continuar, necesitamos conocer a esta familia.

Arnaldo Ochoa, 56 años, general de división, héroe de la guerra de Angola, el militar más condecorado de Cuba después de los hermanos Castro. leala a Fidel durante 30 años. Maité Ochoa, 42 años. Esposa de Arnaldo durante 20 años. Maestra de primaria, mujer discreta, alejada de la política. Los hijos. Arnaldo Junior, 18 años.

 Recién graduado de secundaria. Quería ser ingeniero. Patricia, 15 años. Estudiante brillante, soñaba con estudiar medicina. Gabriela, 12 años. La más pequeña adoraba a su padre, una familia normal, una familia feliz. Hasta el 12 de julio de 1989, el juicio comenzó al día siguiente. Fue transmitido por televisión nacional. Todo Cuba lo vio.

 Maité y sus hijos estaban en la sala. Los habían obligado a asistir. Para que vean lo que pasa con los traidores, les dijeron. El fiscal acusó a Ochoa de narcotráfico, de trabajar con carteles colombianos, de traicionar a la revolución. Ochoa negó todo. Dijo que había seguido órdenes, que todo lo que hizo fue conocimiento de sus superiores, que nunca traicionó a Cuba.

 Pero nadie lo escuchó, o más bien nadie quiso escucharlo. El juicio duró 2 días. El veredicto culpable. La sentencia muerte por fusilamiento. Y justo en este punto todo cambió porque cuando leyeron la sentencia, Arnaldo Junior gritó desde la sala, “Mi padre no es un traidor.” Los guardias lo sacaron a la fuerza. Maité intentó detenerlos, también las sacaron.

Las dos hijas menores lloraban aterrorizadas. Esa fue la última vez que vieron a Arnaldo vivo. Arnaldo Ochoa fue ejecutado por fusilamiento el 13 de julio de 1989 a las 6:30 a. No le permitieron ver a su familia una última vez. No le dieron tiempo para escribir cartas de despedida. Todo fue rápido, brutal, diseñado para enviar un mensaje.

 A las 7:00 a, un oficial llegó a la casa de Maité. Le entregó un sobre. Su esposo ha sido ejecutado. Aquí está el certificado de defunción. Tienen 24 horas para abandonar esta casa. Maité abrió el sobre con manos temblorosas. El certificado decía Arnaldo Ochoa Sánchez, fallecido, 13 de julio de 1989. Causa ejecución por traición.

 Sus hijos estaban en la sala. Arnaldo Junior tenía 18 años, pero en ese momento parecía un niño. Patricia de 15 estaba en shock. Gabriela de 12 no dejaba de preguntar, “¿Cuándo vuelve papá?” Maité tuvo que decirles la verdad. Su padre estaba muerto, ejecutado como un criminal. “Todavía no sabes lo que está por venir, porque eso fue solo el comienzo de su pesadilla.

 Les dieron 24 horas para abandonar su casa. una casa que habían construido juntos, donde habían criado a sus hijos, donde habían sido felices. La madre de Maité los acogió en su pequeño apartamento, pero incluso allí no estaban seguros, porque ser la familia de un traidor en Cuba era como tener una enfermedad contagiosa. Los vecinos dejaron de hablarles, los amigos desaparecieron.

Arnaldo Junior fue expulsado de la universidad antes de empezar. Patricia fue transferida a otra escuela, lejos de sus amigas. Gabriela era acosada en el colegio. Los otros niños la llamaban hija de traidor. Maité perdió su trabajo como maestra. Le dijeron que no era apropiado que alguien de su familia trabajara con niños.

 No podían conseguir trabajo, no podían conseguir comida extra en las tiendas donde todo estaba racionado. No podían viajar fuera de la Habana, eran prisioneros en su propio país. Para un momento, no te pierdas este detalle. Porque Maité comenzó a recibir visitas regulares de oficiales de seguridad del estado.

 Cada semana un oficial llamado Capitán Rodríguez visitaba el apartamento de Maité. Le hacía preguntas. Siempre las mismas preguntas. Su esposo le dijo algo antes de morir. Dejó documentos, cartas, grabaciones. ¿Habla con periodistas extranjeros? Planea abandonar Cuba? Maité respondía no a todo porque era la verdad. Arnaldo no le había dicho nada, no había dejado nada y ella no hablaba con nadie porque nadie quería hablar con ella.

 Pero el capitán Rodríguez seguía viniendo y cada visita era una amenaza implícita. “Sus hijos son jóvenes, decía. Tienen futuro. Sería una pena que ese futuro se arruinara por decisiones incorrectas.” Maite entendía el mensaje. Silencio. ¿O sus hijos pagarían? Arnaldo Junior, Patricia y Gabriela crecieron con el peso de un apellido que había pasado de ser motivo de orgullo a motivo de vergüenza.

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