El mar escupía muerte. No era una metáfora; en la Costa da Morte, el océano Atlántico nunca ha sido un poeta, sino un verdugo implacable. Esa noche de noviembre, el viento aullaba con la ferocidad de mil demonios desatados, golpeando los acantilados de Cabo Fisterra como si quisiera arrancar la roca misma desde sus raíces subterráneas. Xoán se aferraba al timón de su pequeña embarcación, A Lúa Negra, con los nudillos blancos y la mandíbula tensa. Las olas, muros de agua negra y espuma hirviente de más de diez metros de altura, amenazaban con tragarlo entero.
Pero Xoán no temía a la muerte. Desde hacía tres años, cuando el mar le devolvió el cadáver mutilado de su hermano menor, Brais, Xoán vivía con un pie en la tumba. A Brais no lo había matado una tormenta, ni un naufragio accidental. Lo habían ejecutado. Un tiro en la nuca y un ancla atada a los pies. El sello inconfundible de los narcos de las rías, los señores del contrabando que habían podrido las venas de Galicia con cocaína y sangre.
Un relámpago rasgó el firmamento, iluminando la negrura absoluta durante una fracción de segundo. En ese instante estroboscópico, el corazón de Xoán se detuvo.
No era una roca. No era un tronco flotante.
Allí, entre la furia del oleaje, a merced de la resaca que succionaba todo hacia el fondo del abismo, había restos de una planeadora. Los cascos de fibra de vidrio de las lanchas rápidas de los narcos, destrozados como cáscaras de nuez contra los afilados “petóns” (arrecifes ocultos). Flotando alrededor de los restos, esparcidos como confeti macabro, había fardos rectangulares envueltos en plástico negro. Cocaína. Millones de euros disolviéndose en la furia de la Costa da Morte.
Xoán giró el timón instintivamente para alejarse. Nada bueno salía de cruzarse con los negocios de los cárteles. Si los sicarios gallegos o los colombianos descubrían que había estado cerca de su cargamento perdido, su vida no valdría ni el precio de una bala.
Pero entonces, otro relámpago estalló, más brillante, más cercano. Y la vio.
Un brazo pálido, casi translúcido, se aferraba desesperadamente a un bidón de combustible a medio hundir. El mar jugaba con el cuerpo de una mujer como un gato sádico con un ratón herido, hundiéndola bajo la espuma helada y dejándola salir apenas para que tragara una bocanada de aire salado.
La lógica gritaba. El instinto de supervivencia le ordenaba dar la vuelta y huir. Salvar a alguien ligado a una narcolancha era firmar su propia sentencia de muerte. Pero los ojos de Xoán se clavaron en esa figura inerte. En su mente, por un segundo de locura, no era una desconocida; era Brais, ahogándose en la oscuridad, pidiendo auxilio mientras él no estaba allí para salvarlo.
Un rugido gutural escapó de la garganta del pescador. Con un movimiento brusco, aceleró el motor y lanzó A Lúa Negra directo hacia el vórtice de la tormenta, esquivando fardos de droga y restos de fibra de vidrio afilados como cuchillas.
Las olas golpeaban la cubierta, amenazando con volcar la barca. Xoán abandonó el timón, ató una cuerda gruesa alrededor de su cintura y, con un gancho en la mano, se asomó a la borda. El agua helada le golpeó la cara como perdigones de hielo. La mujer estaba a menos de tres metros. Su rostro estaba cubierto por una maraña de cabello negro, su piel tenía el tono azulado de la hipotermia severa. Ya no luchaba. Sus dedos estaban resbalando del bidón. Estaba cediendo a la paz letal del abismo.
—¡Aguanta! —rugió Xoán, aunque el viento silenciaba su voz—. ¡Maldita sea, no te rindas!
Se lanzó a la cubierta resbaladiza, arrojando el gancho hacia el chaleco salvavidas que la chica llevaba a medias. El metal enganchó la tela sintética con un desgarro sordo. Xoán tiró con toda la fuerza de sus músculos curtidos por años de pesca. El mar tiraba en dirección contraria, un demonio celoso que no quería soltar su presa.
Los músculos de los brazos de Xoán ardían, amenazando con desgarrarse. La vena de su cuello palpitaba peligrosamente. Con un último y agónico tirón, arrastró el cuerpo de la mujer por encima de la borda justo en el momento en que una ola colosal estrellaba el bidón de combustible contra la cubierta, destrozándolo en mil pedazos.
Cayeron juntos sobre la madera mojada. Ella no respiraba.
Xoán se apresuró a llevarla al interior de la pequeña cabina, lejos del azote del viento. La luz parpadeante del panel de instrumentos iluminó su rostro. Era joven, de una belleza salvaje, aristocrática incluso, pero ahora deformada por el frío de la muerte. Llevaba ropa cara, destrozada por las rocas. En su cuello, una gruesa cadena de oro blanco sostenía una medalla con una figura incomprensible.
—No, no, no. Conmigo no te vas a morir —masculló Xoán, presionando el pecho de la chica con ambas manos—. ¡Respira, joder, respira!
Bombeó su pecho con fuerza. Uno, dos, tres. Nada.
Le pinzó la nariz, abrió su boca pálida y exhaló el aire caliente de sus pulmones en los de ella. El sabor a sal, a sangre y a océano llenó sus sentidos. Volvió a bombear. La desesperación se transformaba en rabia. No iba a permitir que la Costa da Morte se cobrara otra vida esta noche.
De repente, el cuerpo de la mujer tuvo una convulsión violenta. Giró la cabeza hacia un lado y tosió un torrente de agua de mar mezclada con bilis y sangre. Sus pulmones emitieron un silbido agudo y agónico mientras tomaba su primera bocanada de aire real. Sus ojos se abrieron de golpe. Eran de un color verde oscuro, como el musgo en las profundidades del bosque gallego, dilatados por el terror absoluto.
Miró a Xoán sin verlo, temblando incontrolablemente, presa del shock.
—Tranquila —susurró Xoán, envolviéndola apresuradamente en una manta de lana gruesa y sucia que olía a gasoil y pescado—. Estás a salvo. Te tengo.
Ella intentó hablar, pero solo de sus labios temblorosos salió un balbuceo incomprensible antes de que sus ojos se volvieran a cerrar, perdiendo el conocimiento. Xoán la miró por un largo momento. Sabía que al subirla a su barco acababa de cambiar el rumbo de su vida para siempre. Arrancó los motores a máxima potencia, huyendo del cementerio de fardos de cocaína, con un cadáver viviente a bordo y el peligro pisándole los talones.
La cabaña de Xoán estaba incrustada en la ladera de un acantilado cerca de Muxía, invisible desde la carretera, un refugio de piedra construido por su abuelo. Allí la llevó, cargándola en brazos a través del barro y la lluvia torrencial.
Durante tres días y tres noches, la línea entre la vida y la muerte fue tan fina como un hilo de pescar. Xoán no durmió. Mantuvo el fuego de la chimenea ardiendo como una fragua, frotó sus extremidades heladas para reactivar la circulación, y le administró a la fuerza caldos calientes cada vez que recuperaba a medias la consciencia. En sus delirios causados por la fiebre, ella murmuraba cosas incomprensibles en una mezcla de castellano e italiano. Mencionaba nombres, números, hablaba de fuego y traición.
En la mañana del cuarto día, la tormenta finalmente amainó, dejando un cielo gris plomo y un mar que respiraba con pesadez, como un monstruo exhausto tras la masacre.
Xoán estaba sentado en una vieja mecedora de madera frente al fuego, tallando un trozo de madera de deriva con su navaja. El sonido de la manta arrastrándose lo hizo detenerse.
Ella estaba despierta. Sentada en el catre, con las rodillas encogidas contra su pecho, la manta envolviéndola como un sudario. Su mirada verde estaba fija en él. Había perdido la capa de terror ciego, reemplazada por una confusión profunda, aguda, defensiva.
—¿Dónde estoy? —Su voz era ronca, rasposa por el agua salada y la fiebre, pero innegablemente firme. El acento era refinado, no era de los pueblos de la costa.
—En mi casa. Cerca de Muxía. —Xoán cerró la navaja y la guardó en el bolsillo de sus pantalones de lona—. Te saqué del mar hace cuatro días. Tu lancha se hizo pedazos contra las rocas.
Los ojos de la mujer se abrieron un poco más, escudriñando la pequeña estancia de piedra, las redes colgando de las vigas de madera, el olor a salitre y humo. Luego se miró las manos, temblorosas y magulladas.
—No recuerdo… —susurró, llevándose las manos a la cabeza—. No recuerdo nada. Ni mi nombre. Ni por qué estaba en ese mar. Solo… solo recuerdo el agua. El frío. El pánico de ahogarme en la oscuridad.
Xoán la observó en silencio. La amnesia postraumática era común tras experiencias cercanas a la muerte. Parte de él, la parte egoísta y prudente, agradecía que no recordara nada. Si ella no sabía quién era, los dueños de la cocaína flotante tal vez tampoco supieran que había sobrevivido.
—Te llamaré Sabela por ahora —dijo él, levantándose lentamente para no asustarla, y acercándose con un cuenco de barro—. Significa ‘promesa’ en gallego. La promesa de que hoy no te ibas a morir. Toma esto, es caldo de pescado. Te devolverá el color a la cara.
Ella aceptó el cuenco con manos vacilantes. Sus dedos rozaron los de Xoán. Estaban callosos, ásperos, marcados por anzuelos y sal; los de ella, a pesar de los cortes recientes, tenían la suavidad de alguien que nunca había trabajado físicamente un solo día en su vida.
—Gracias —murmuró ella, dando un pequeño sorbo. El calor del líquido pareció derretir una capa de hielo dentro de su pecho. Levantó la mirada—. ¿Tú eres…?
—Xoán. Soy pescador.
—Me salvaste la vida, Xoán. Arriesgaste la tuya por una desconocida.
—El mar nos debe demasiado a los de aquí. No iba a dejar que se llevara a otra persona. —Las palabras salieron más amargas de lo que pretendía. La imagen de Brais parpadeó en su mente, haciendo que su mandíbula se tensara.
Las semanas siguientes fueron un extraño milagro suspendido en el tiempo. Aislados en la cabaña, protegidos por los vientos implacables y la geografía escarpada, Xoán y la mujer a la que llamaba Sabela comenzaron a forjar un vínculo nacido de la supervivencia.
A medida que ella recuperaba sus fuerzas, empezó a ayudar en las tareas de la casa. Aprendió a limpiar el pescado que Xoán traía del mar, a remendar las redes rotas, a preparar la lareira (el fuego tradicional gallego). Aunque sus movimientos al principio eran torpes, demostraba una inteligencia aguda y una determinación feroz.
Y entre el trabajo, el silencio de la soledad y el sonido omnipresente del oleaje rompiendo contra las rocas, la chispa de la atracción se encendió, alimentada por el aislamiento.
Una tarde, mientras una densa niebla engullía la costa, ocultando el mundo exterior y convirtiendo la cabaña en el único universo existente, Xoán estaba sentado reparando un motor fuera de borda. Sabela se acercó, envuelta en un grueso jersey de lana de Xoán que le quedaba inmenso, haciéndola lucir vulnerable y al mismo tiempo terriblemente hermosa.
—A veces me asusto, Xoán —confesó ella, sentándose a su lado en el suelo de madera—. Cierro los ojos y siento que mi mente es un abismo tan negro como ese océano. ¿Y si era alguien horrible? ¿Y si hay gente buscándome… gente a la que he hecho daño?
Xoán dejó caer la llave inglesa. Se giró hacia ella, mirando profundamente en esos ojos verdes que se habían convertido en su faro en las últimas semanas. Había pasado tres años muerto por dentro, una cáscara vacía impulsada por la rutina y el rencor, pero la presencia de esta mujer había hecho que su corazón bombeara sangre caliente de nuevo.
—No me importa quién eras —dijo Xoán, su voz grave, impregnada de una sinceridad abrumadora—. Solo me importa quién eres ahora. Aquí. Conmigo.
Sabela levantó la mano y, con un toque suave que contrastaba con la brutalidad del entorno, acarició la mejilla áspera del pescador. Xoán cerró los ojos, inclinándose hacia su toque, dejando escapar un suspiro tembloroso.
Sin necesidad de más palabras, él tomó su rostro entre sus manos ásperas y la besó. Fue un beso desesperado, hambriento, cargado de toda la tensión acumulada, del miedo a la muerte y de la celebración de la vida. Sabela respondió con igual ferocidad, enredando sus manos en el cabello salado de Xoán, atrayéndolo hacia ella.
Allí, sobre las tablas crujientes de la cabaña, con el rugido del Atlántico como única música de fondo, se amaron con una pasión cruda y elemental. Hicieron el amor como si el mundo fuera a acabarse al amanecer, aferrándose el uno al otro para no ser arrastrados por la marea de sus propios pasados oscuros. Durante esos meses, “Sabela” olvidó sus miedos, y Xoán, por primera vez, dejó de escuchar los ecos del disparo que mató a su hermano.
Se convirtieron en un solo ser, respirando el mismo aire salado, compartiendo el mismo refugio de piedra. Una vida sencilla, perfecta, construida sobre el olvido.
Pero el océano, al igual que los narcos de Galicia, nunca olvida. Y tarde o temprano, siempre viene a cobrar sus deudas.
Era a finales de enero. Xoán había bajado al pueblo de Muxía para vender la captura de la semana y comprar provisiones. El ambiente en la taberna del puerto, “O Percebeiro”, estaba inusualmente tenso. Los pescadores hablaban en susurros nerviosos, lanzando miradas furtivas hacia la puerta.
Xoán se acercó a la barra, pidiendo su habitual café con gotas de aguardiente. El viejo cantinero, Antón, se lo sirvió con mano temblorosa.
—¿Qué demonios pasa hoy, Antón? Parecéis un rebaño de ovejas que ha visto al lobo —preguntó Xoán, frunciendo el ceño.
Antón se inclinó por encima de la barra, bajando la voz hasta un susurro rasposo.
—Es el cártel, Xoán. La gente de Alejandro Vargas está peinando toda la costa. Desde Fisterra hasta A Coruña. Han venido hombres trajeados de Vigo. Sicarios.
El nombre golpeó a Xoán con la fuerza de un martillazo en el cráneo. Alejandro Vargas. El patriarca del cártel más sanguinario de las rías. El hombre que, tres años atrás, había dado la orden de ejecutar a Brais por haberse negado a usar su furgoneta frigorífica para mover un cargamento de hachís.
—¿Qué buscan? —preguntó Xoán, sintiendo que la sangre se le helaba en las venas. La imagen de los fardos de cocaína flotando en la tormenta volvió a su mente con una claridad aterradora.
—No buscan droga, rapaz. —Antón tragó saliva sonoramente—. Buscan a una persona. Hubo un ajuste de cuentas hace meses en alta mar. Una lancha rápida explotó en medio de la tormenta de noviembre. Murieron cuatro hombres. Pero dicen… dicen que la hija del jefe iba a bordo. Que intentaba escapar del país con documentos que incriminaban a las altas esferas del clan. Vargas ofrece medio millón de euros a quien le entregue a su hija, viva o muerta.
Xoán sintió que el suelo de la taberna desaparecía bajo sus pies. Un pitido agudo silenciaba el barullo del bar.
—¿Tienen… tienen fotos de la chica? —logró articular Xoán, su garganta seca como lija.
Antón asintió, sacando un periódico local arrugado de debajo del mostrador. La portada no hablaba de drogas ni cárteles, sino de una “joven empresaria desaparecida en el mar”.
Xoán miró la fotografía.
El aire abandonó sus pulmones de golpe. El mundo se detuvo.
Ahí estaba ella. El cabello perfectamente peinado, luciendo joyas caras, una sonrisa fría y calculadora en sus labios. No había amnesia en esos ojos, no había vulnerabilidad. Era la mirada de una heredera del imperio del crimen. El pie de foto rezaba: Valeria Vargas, última vez vista en Vilagarcía de Arousa.
La mujer que amaba, la mujer con la que compartía su cama, su pan, su alma… era Valeria Vargas. La carne y sangre del hombre que ordenó ponerle una bala en el cerebro a su hermano Brais.
El mareo lo dominó. Agarró la barra con fuerza para no caer. Las piezas encajaron en su cabeza con una crueldad matemática: la ropa de diseño destrozada, la medalla de oro blanco —el símbolo de Santa Muerte que los sicarios de Vargas llevaban—, su instinto agudo, la amnesia selectiva. ¿Era realmente amnesia, o la actuación más brillante de una víbora para asegurar su supervivencia mientras su padre masacraba a quienes la ayudaran?
Salió de la taberna tropezando, ignorando los llamados de Antón. Corrió hacia su vieja furgoneta. La lluvia había comenzado a caer de nuevo, fina y helada, lavando el polvo del cristal pero incapaz de limpiar la negrura que acababa de devorar el corazón de Xoán.
Condujo de vuelta a la cabaña como un loco, patinando en el barro de los caminos forestales. Su mente era un campo de batalla donde el amor más puro se enfrentaba a un odio volcánico, ciego y antiguo. Ella era una Vargas. Ella era el enemigo. Su familia había destruido la suya.
Detuvo la furgoneta bruscamente a cien metros de la cabaña. Sacó de la guantera el viejo revólver .38 que guardaba desde la muerte de Brais. El metal frío en su mano se sentía pesado, cargado de justicia cósmica.
Avanzó hacia la puerta de madera, la lluvia empapando su ropa. Empujó la puerta con violencia.
La cabaña estaba iluminada por la luz cálida del fuego. Olía a guiso de patatas y pescado. “Sabela”—Valeria— estaba de espaldas a él, en la pequeña mesa de madera. Llevaba el pelo recogido, canturreando una vieja melodía gallega que Xoán le había enseñado.
Al escuchar el golpe de la puerta, se giró con una sonrisa radiante que iluminó la habitación.
—Has vuelto temprano, mi amor… —La frase murió en sus labios.
Sus ojos verdes bajaron de la mirada enloquecida de Xoán al cañón oscuro del revólver .38 que apuntaba directamente a su pecho.
La sonrisa de Valeria se borró. No hubo confusión en su rostro, ni gritos de pánico. Por un instante, el velo de “Sabela” cayó por completo, y la hija del capo de la mafia gallega se asomó a sus ojos: fría, calculadora, comprendiendo instantáneamente la situación.
—Lo sabes —susurró ella. Su voz ya no era la de una mujer asustada. Era grave, serena.
Xoán apretó los dientes, las lágrimas mezclándose con el agua de lluvia en su rostro. El cañón del arma temblaba imperceptiblemente.
—Tú eres Valeria Vargas —escupió Xoán, como si el nombre tuviera veneno—. Tu padre asesinó a mi hermano. Y tú… tú me has estado mintiendo todo este tiempo. Fingiendo amnesia. Usándome para esconderte.
Valeria no retrocedió. A pesar de tener un arma apuntándola, dio un paso hacia él.
—Al principio no mentí, Xoán. Te lo juro. El golpe en la cabeza, el frío… me borró todo. Durante los primeros dos meses, fui Sabela. Fui tuya. Totalmente tuya. —Su voz se quebró ligeramente, mostrando una fisura en su armadura de hierro—. Pero hace tres semanas… cuando encontré tu vieja radio de onda corta. Escuché las transmisiones de la policía y los pesqueros. Escuché mi nombre. Y todo volvió de golpe. La sangre, los disparos en el barco, la traición de los lugartenientes de mi padre que intentaron matarme porque no quería seguir con el negocio de la sangre.
—¡Mentira! —gritó Xoán, quitando el seguro del revólver con un clic metálico que resonó en la pequeña cabaña como un trueno—. Eres una Vargas. Llevas la traición en la sangre. Eres una víbora. Has estado planeando cómo matarme antes de que te descubriera, ¿verdad?
—¡Si quisiera matarte, Xoán, lo habría hecho hace semanas mientras dormías! —gritó ella a su vez, las lágrimas brotando finalmente de sus ojos verdes—. ¡Te amo, maldita sea! Me quedé porque te amo. Porque la vida aquí, en esta cabaña miserable, limpiando pescado y oliendo a humo, es más real, más pura que cualquier cosa que haya conocido en mi mundo de mansiones y sicarios. Me quedé sabiendo que si mi padre me encuentra, te matará. Y si tú descubrías quién era, me matarías tú.
El silencio que siguió a su confesión fue ensordecedor, solo roto por el crujir de los troncos en el fuego. Xoán mantenía el arma levantada. Su dedo acariciaba el gatillo. Solo tenía que aplicar dos kilos de presión, y el alma de Brais descansaría en paz. Era la justicia de la Costa da Morte. Ojo por ojo. Sangre por sangre.
Miró a la mujer frente a él. La asesina potencial. La hija del monstruo. La mujer que había curado las heridas de su alma. La mujer a la que amaba con una intensidad que le desgarraba las entrañas.
—Xoán… —susurró Valeria, acercándose lentamente hasta que el cañón del revólver tocó la lana de su jersey, justo sobre su corazón—. Si no puedes perdonarme por la sangre que corre por mis venas, entonces aprieta el gatillo. Prefiero morir aquí, a manos del único hombre que he amado, que volver a ser el monstruo en el que mi padre quería convertirme.
Xoán sollozó. Un grito de dolor animal escapó de su garganta, desgarrándose en el aire. Bajó el arma bruscamente, dejándola caer al suelo de madera con un estruendo pesado. Cayó de rodillas, ocultando el rostro entre sus manos ásperas, abrumado por el peso de la decisión que acababa de tomar.
Había elegido el amor sobre la sangre. Había elegido traicionar la memoria de su hermano.
Valeria cayó de rodillas frente a él y lo abrazó desesperadamente, enterrando su rostro en el cuello húmedo del pescador. Lloraron juntos, entrelazados en el suelo de la cabaña, sabiendo que habían cruzado el punto de no retorno.
Pero la paz duró menos de un latido.
Un sonido estridente, mecánico y amenazador, cortó el aire desde el exterior de la cabaña. El ruido de motores potentes acercándose. Neumáticos todoterreno triturando la grava del camino de acceso. Y luego, el chirrido de frenos. No era un coche. Eran tres.
Valeria se separó de Xoán de golpe, su rostro empalideciendo hasta adquirir el tono de la cera. Su entrenamiento, los instintos de supervivencia criados en las sombras del narcotráfico, se activaron instantáneamente. Recogió el revólver del suelo y se acercó a la pequeña ventana, asomándose apenas unos milímetros.
En el exterior, bajo la lluvia, seis hombres fuertemente armados descendían de tres todoterrenos negros. Llevaban chalecos tácticos y rifles de asalto. En el centro del grupo, protegiéndose de la lluvia con un gran paraguas negro que sostenía un sicario, estaba un hombre de traje oscuro, con el cabello canoso peinado hacia atrás y un bastón con empuñadura de plata.
Alejandro Vargas. El diablo había llegado a Muxía.
—Nos han encontrado —susurró Valeria, su voz vacía de cualquier emoción, transformada en puro instinto—. Alguien en el pueblo debió seguirte, Xoán.
Xoán se levantó, limpiándose las lágrimas de la cara, sus músculos tensándose para el combate. La tristeza había sido reemplazada por una rabia fría y homicida. Allí estaba el asesino de Brais. En su propia tierra.
—Hay una escotilla bajo la alfombra. Lleva a una cueva natural que da directamente al mar, debajo del acantilado. Allí tengo un viejo bote con motor —dijo Xoán rápidamente, agarrando su escopeta de caza de doble cañón de encima de la chimenea y metiéndose un puñado de cartuchos en los bolsillos—. Huye, Valeria.
—No voy a dejarte aquí para que te maten —siseó ella, aferrando el revólver con ambas manos.
—No seas estúpida. Si te atrapan, volverás a ser su princesa de sangre. O te torturarán por intentar escapar. Yo conozco esta tierra. Yo los detendré. —Xoán la agarró por los hombros, mirándola a los ojos con fiereza—. Te amo. Ahora, vete.
Antes de que Valeria pudiera protestar, una ráfaga de fuego automático destrozó la puerta de madera de la cabaña, enviando astillas volando como metralla mortal por toda la habitación. Xoán empujó a Valeria al suelo brutalmente.
El primer sicario asomó la cabeza por el hueco de la puerta destrozada. Xoán no dudó. Levantó la escopeta y apretó el gatillo. El estruendo fue ensordecedor. El impacto de la perdigonada a quemarropa levantó al hombre del suelo, arrojándolo hacia atrás contra el barro del exterior.
—¡Están disparando! ¡Acribillad la puta cabaña! —se escuchó gritar a una voz ronca desde fuera.
Inmediatamente, una lluvia de balas de grueso calibre atravesó las paredes de piedra y madera como si fueran de papel. Xoán y Valeria se arrastraron por el suelo hacia la alfombra, esquivando los disparos que destrozaban los muebles, la vajilla y la vida que habían construido allí.
Xoán arrancó la alfombra, revelando una pesada trampilla de madera con argolla de hierro. Tiró de ella con todas sus fuerzas, abriendo el agujero negro que descendía hacia las entrañas del acantilado, oliendo a humedad y salitre intenso.
—¡Baja! —gritó Xoán, empujando a Valeria hacia la oscuridad.
Ella bajó los primeros peldaños de piedra resbaladiza y se detuvo, extendiendo la mano hacia él.
—¡Ven conmigo! —suplicó, con lágrimas en los ojos.
Xoán la miró una última vez. La luz del fuego moribundo iluminaba su rostro curtido. Le dedicó una sonrisa triste, la sonrisa de un hombre que sabe que su tiempo se ha acabado, pero que ha encontrado la paz en su condena.
—Alguien tiene que cubrir la huida. Busca A Lúa Negra en la ensenada. Pon rumbo a Portugal. No pares por nada.
—¡No, Xoán, por favor!
—¡Prométeme que vivirás! —rugió él, con una voz que ahogó el sonido de los disparos—. ¡Sabela! ¡Promételo!
—Lo prometo —sollozó ella, entendiendo finalmente que no había salvación posible para los dos.
Xoán cerró la trampilla de golpe, sellando a Valeria en la oscuridad, protegiéndola. Empujó un pesado arcón de madera sobre la escotilla para ocultarla y retrasar a los asesinos.
Se puso en pie, con la escopeta en la mano, recargando los cañones humeantes. La puerta principal terminó de ceder bajo los disparos, cayendo hacia dentro de la cabaña. A través del humo y el polvo, las figuras negras de los sicarios entraron en tromba.
Xoán se plantó en medio de la habitación, firme como un peñasco de la Costa da Morte contra el temporal. Ya no era un pescador escondiéndose del dolor. Era un guerrero gallego cobrándose la sangre de su hermano.
Apretó el gatillo de la escopeta por segunda vez, y el infierno se desató en la cabaña.
(La historia continuará…)
El estruendo de la escopeta dentro de la reducida cabaña de piedra fue ensordecedor, un trueno atrapado en una caja de zapatos. El segundo sicario, un hombre corpulento con el rostro marcado por cicatrices de viruela, recibió la descarga completa en el pecho. La fuerza del impacto lo levantó del suelo, lanzándolo hacia atrás con la brutalidad de un muñeco de trapo estrellándose contra sus compañeros, que intentaban entrar en tromba por el marco destrozado de la puerta. La sangre salpicó las paredes de piedra caliza, mezclándose con el polvo, la madera astillada y el humo acre de la pólvora.
Xoán no se detuvo a contemplar su obra. Con movimientos mecánicos, nacidos de la adrenalina pura y el instinto primario de supervivencia, “quebró” la escopeta de doble cañón. Los dos cartuchos vacíos saltaron por los aires, tintineando al caer sobre la madera ensangrentada. Sus dedos, ásperos y callosos, extrajeron dos nuevos cartuchos rojos de su bolsillo y los introdujeron en las recámaras con un chasquido metálico que sonó como una sentencia de muerte.
—¡Fuego de cobertura! ¡Cribadlo, maldita sea! —rugió una voz desde el exterior. Era una voz nasal, aguda, cargada de furia.
De repente, la cabaña se convirtió en un infierno. Las balas de los fusiles de asalto atravesaron las ventanas, la puerta, e incluso las partes más delgadas de las paredes de madera que daban al oeste. El aire se llenó de un silbido letal. Los platos de cerámica, las tazas donde Sabela había tomado café aquella misma mañana, la radio de onda corta, todo estalló en mil pedazos. Xoán se arrojó detrás de la pesada mesa de roble macizo que su abuelo había construido cincuenta años atrás. La madera crujía y se astillaba bajo el impacto continuo de los proyectiles de grueso calibre, pero resistía, ofreciéndole un precario escudo.
Tendido en el suelo, con el corazón latiéndole en las sienes como un martillo neumático, Xoán cerró los ojos un segundo. Sabela. Valeria. Imaginó a la mujer descendiendo por la fría oscuridad de la cueva, alejándose de aquel matadero. Vive. Solo vive, rezó en silencio.
El fuego cesó abruptamente. El eco de los disparos se desvaneció, dejando paso al zumbido agudo en los oídos de Xoán y al sonido implacable de la lluvia y el viento azotando la costa.
—¡Sabemos que estás ahí, pescador! —gritó la misma voz nasal—. ¡Alejandro Vargas quiere hablar contigo! ¡Tira el arma y sal con las manos en la nuca!
Xoán escupió sangre; una astilla de madera le había rozado la mejilla, dejando un corte profundo. Sonrió. Era una sonrisa torcida, sin alegría, la sonrisa de un lobo acorralado.
—¡Ven a buscarme tú, escoria! —rugió Xoán en respuesta, asomando el cañón de su escopeta por un lateral de la mesa y disparando a ciegas hacia la puerta. Un grito de dolor le confirmó que había alcanzado a alguien en una pierna.
Pero no le dieron tiempo a recargar. Dos objetos oscuros y cilíndricos volaron a través de la ventana rota y cayeron rodando por el suelo de madera, deteniéndose a escasos metros de la mesa. Granadas aturdidoras.
Xoán apenas tuvo tiempo de abrir la boca y cubrirse los oídos antes de que el mundo explotara en un destello de luz blanca y cegadora, seguido de un estruendo que pareció fracturarle el cráneo. Perdió el equilibrio, el sentido de la orientación, y la escopeta resbaló de sus manos adormecidas. Su visión era un lienzo blanco atravesado por manchas negras; sus oídos solo percibían un pitido ensordecedor.
Sintió, más que vio, cómo unas botas pesadas irrumpían en la cabaña. Unas manos rudas lo agarraron por el cuello de su grueso jersey de lana y lo arrastraron por el suelo con brutalidad, apartándolo de la mesa. Un golpe seco y contundente, probablemente la culata de un rifle, se estrelló contra su sien izquierda. El dolor fue tan intenso que le provocó náuseas. Xoán cayó de rodillas, medio inconsciente, luchando por mantenerse despierto.
Cuando su visión comenzó a aclararse, el humo de las granadas se estaba disipando. Estaba de rodillas en el centro de lo que antes era su hogar, ahora reducido a ruinas humeantes. Cuatro hombres con chalecos tácticos lo rodeaban, apuntándole a la cabeza con sus armas. Y frente a él, impasible, impecablemente vestido con un traje a medida a pesar del barro y la lluvia, estaba el diablo en persona.
Alejandro Vargas.
El capo del narcotráfico gallego era un hombre de unos sesenta años, de figura espigada pero imponente. Su cabello blanco contrastaba con sus ojos negros, fríos como la obsidiana, pozos sin fondo donde no existía la piedad. Se apoyaba en su bastón con empuñadura de plata, observando a Xoán con la misma indiferencia con la que un entomólogo observa a un insecto ensartado en un alfiler.
—Brais —murmuró Xoán, la sangre goteando de su barbilla—. Eres el asesino de mi hermano Brais.
Vargas ladeó la cabeza ligeramente, como si intentara recordar una anécdota trivial.
—Brais… Ah, sí. El joven idealista de la furgoneta frigorífica. Una lástima. El marisco no da tanto dinero como la mercancía colombiana, pescador. Tu hermano fue un estúpido obstinado. Al igual que tú. —Vargas dio un paso adelante, la punta de plata de su bastón golpeando las tablas de madera—. Pero no he venido a hablar de fantasmas del pasado. He venido a buscar algo que me pertenece. ¿Dónde está mi hija?
Xoán levantó la mirada. El odio puro, destilado y concentrado que irradiaban sus ojos hizo que incluso dos de los sicarios tensaran sus agarres en las armas.
—Se la tragó el mar —escupió Xoán—. La misma noche de la tormenta. Vi cómo se hundía. Solo encontré restos de la lancha.
Vargas suspiró, un sonido sibilante y cansado. Levantó el bastón y, con un movimiento rápido como el de una serpiente atacando, golpeó brutalmente el rostro de Xoán. El pescador cayó de espaldas, la nariz rota, la sangre brotando a borbotones, ahogándolo.
—No me insultes con mentiras de taberna, pescador —dijo Vargas con voz suave, letal—. Mis hombres rastrearon los movimientos de tu furgoneta. Interceptamos las compras inusuales que has estado haciendo. Ropa de mujer, medicinas. Sé que Valeria sobrevivió. Sé que estaba aquí. El fuego aún está caliente. El olor a perfume de mi hija, mezclado con esta miseria, aún flota en el aire.
Vargas hizo un gesto con la mano. Dos sicarios levantaron a Xoán del suelo y lo obligaron a arrodillarse de nuevo, tirando de sus brazos hacia atrás hasta dislocarle casi los hombros.
—Voy a preguntártelo una última vez, y dependiendo de tu respuesta, te cortaré los dedos uno a uno o simplemente te volaré los sesos ahora mismo. ¿Dónde. Está. Valeria?
Xoán sonrió, mostrando los dientes teñidos de rojo.
—A estas horas… ya está lejos, Vargas. Fuera de tu alcance. Y espero que viva lo suficiente para ver cómo tu imperio de mierda se derrumba.
El rostro de Vargas se contorsionó en una máscara de pura rabia. Hizo una señal afirmativa a uno de sus lugartenientes. El hombre sacó un cuchillo de caza de filo dentado.
—Córtale la lengua. Ya no me sirve para hablar. Luego buscad en cada centímetro de esta maldita montaña. No puede haber ido lejos a pie con este clima.
Mientras el sicario se acercaba a Xoán con el cuchillo brillando a la luz de las linternas, bajo la cabaña, en las entrañas de la tierra, Valeria corría a ciegas.
El túnel olía a muerte antigua y salitre. Valeria bajaba los escalones de piedra volcánica tropezando, resbalando, desgarrándose las manos y las rodillas contra las paredes húmedas. La oscuridad era absoluta. El rugido del mar se hacía cada vez más ensordecedor a medida que descendía hacia la cueva natural.
En su mente, la imagen de Xoán quedándose atrás se repetía en un bucle agónico. La puerta cerrándose. El arcón de madera bloqueando la salida. El sonido ahogado de los disparos de escopeta, seguido de la ráfaga ensordecedora de armas automáticas.
Está muerto, le gritaba una voz fría en su interior, la voz de su entrenamiento, la voz de Valeria Vargas. Lo han matado para salvarte a ti. Sigue corriendo.
Pero otra voz, una nueva, frágil pero infinitamente más poderosa, la voz de Sabela, sollozaba: No puedes dejarlo. No puedes huir mientras él sangra por ti.
Llegó al final del túnel y sus botas se hundieron en agua helada hasta los tobillos. Estaba en la caverna oculta. La luz débil y plateada de la luna, filtrándose entre las nubes tormentosas, iluminaba la gran abertura que daba directamente al agitado mar de la Costa da Morte. Flotando en las aguas oscuras, atado a una gruesa argolla de hierro, estaba A Lúa Negra, el barco de Xoán. Y a su lado, una lancha fueraborda más pequeña, utilizada para moverse por los estrechos entre las rocas.
Valeria corrió hacia la lancha. Tenía el motor listo, los depósitos llenos. Podía escapar. Conducir por la costa hacia el sur, cruzar la frontera con Portugal antes del amanecer. Tenía las cuentas ocultas en Suiza memorizadas, contactos en Sudamérica que su padre desconocía. Podría desaparecer para siempre, comenzar una nueva vida. Ser libre.
Puso un pie en la embarcación. El bamboleo del mar la desestabilizó. Miró hacia la negrura del océano. Era libre. Xoán le había comprado esa libertad con su sangre.
Las lágrimas de Valeria se detuvieron de golpe. Su respiración, antes errática y aterrorizada, se volvió lenta y profunda.
La imagen del rostro de su padre —arrogante, intocable, un monstruo que devoraba vidas para alimentar su ego y su cuenta bancaria— apareció en su mente. Alejandro Vargas siempre ganaba. Él dictaba quién vivía, quién moría, quién amaba y a quién se le arrebataba todo.
—No esta vez —susurró Valeria en la oscuridad de la cueva.
Retiró el pie de la lancha. Retrocedió hacia la cueva. La libertad sin Xoán no era libertad; era una prisión de culpa eterna. Si huía ahora, su padre habría ganado de nuevo. Habría destruido lo único puro y real que Valeria había tocado en toda su existencia.
Sus ojos, acostumbrados ya a la penumbra, buscaron en los rincones de la cueva. Conocía los hábitos de Xoán. Sabía que allí abajo no solo guardaba aparejos de pesca.
Encontró un armario de metal oxidado empotrado en la roca. Lo abrió. En su interior, alineados perfectamente, había tres bidones rojos de veinte litros de gasolina para los motores. También encontró una caja de bengalas de socorro marítimo y una caja metálica que contenía cartuchos de dinamita comercial, que algunos pescadores furtivos todavía usaban ilegalmente en la zona. Xoán se los había confiscado a unos chavales meses atrás y los había guardado allí por precaución.
El plan se formuló en la mente analítica de Valeria en fracción de segundos. No iba a huir. Iba a llevar la guerra a la puerta de Alejandro Vargas.
Tomó dos bidones de gasolina, uno en cada mano, pesados como plomo, y se colgó del hombro una bolsa de lona con las bengalas y los explosivos. Con el revólver .38 de Xoán metido en la cinturilla del pantalón, comenzó a ascender por las escaleras de piedra.
No iba a subir por la trampilla. Sabía que los hombres de su padre estarían arriba. Recordó que a mitad del túnel había una fisura natural, una chimenea estrecha en la roca que Xoán le había mostrado una vez, bromeando que era la ruta de escape de los antiguos contrabandistas de tabaco. Esa fisura salía al exterior, a la parte trasera del acantilado, justo por encima de la cabaña.
La ascensión por la chimenea fue un infierno de claustrofobia. Las rocas afiladas desgarraban su ropa y su piel. El olor a combustible de los bidones que arrastraba la mareaba, pero el odio y el amor, una mezcla volátil e imparable, la empujaban hacia arriba.
Cuando finalmente asomó la cabeza por el agujero entre los matorrales de tojo y el brezo, la lluvia le azotó el rostro. Jadeando, se arrastró fuera de la grieta. Estaba en una pequeña cornisa de piedra, diez metros por encima del techo a dos aguas de la cabaña en ruinas.
Abajo, vio los tres todoterrenos negros aparcados con las luces encendidas, iluminando la lluvia como espadas láser. Había dos sicarios vigilando el perímetro exterior, fumando y tiritando bajo el temporal. El resto estaba dentro con su padre. Y con Xoán.
Valeria se movió con el sigilo de un felino. Era una Vargas. Había sido entrenada por exmilitares israelíes que su padre había contratado durante su adolescencia, previendo que algún día los cárteles rivales intentarían secuestrarla. Sabía cómo matar, aunque hasta ahora se hubiera negado a ensuciarse las manos.
Destapó silenciosamente los dos bidones de gasolina. Los volcó con cuidado sobre la cornisa inclinada. El líquido altamente inflamable comenzó a resbalar por la pared de roca, empapando el techo de madera de la cabaña por la parte trasera, cayendo en cascada por las paredes invisibles desde la entrada principal. El viento fuerte empujaba el olor hacia el mar, ocultando la trampa.
Luego, Valeria tomó uno de los cartuchos de dinamita. Le ató un hilo resistente que sacó de su bolsillo a la mecha. Se deslizó como una sombra por la pendiente rocosa hasta quedar a escasos metros de los vehículos aparcados.
Los dos sicarios del exterior discutían sobre el frío. Uno de ellos le dio la espalda a la oscuridad.
Valeria empuñó el revólver .38. Tomó aire. El pulso firme. Apuntó al sicario que estaba más alejado, el que sostenía un rifle automático en posición de descanso.
Bang.
El disparo atravesó el rugido de la tormenta. La cabeza del sicario estalló hacia adelante y cayó desplomado sobre el barro. El segundo hombre se giró, gritando, levantando su arma ciegamente. Valeria disparó dos veces más, impactándole en el pecho. El hombre cayó contra el capó de uno de los todoterrenos, resbalando hasta el suelo, dejando un rastro de sangre en el metal oscuro.
El caos estalló. Desde dentro de la cabaña, se oyeron gritos de alerta.
—¡Están atacando! ¡Emboscada! —gritó alguien desde el interior.
Valeria no perdió un segundo. Encendió una de las bengalas de emergencia. Una luz roja, cegadora e infernal, iluminó el acantilado. Con un movimiento rápido, lanzó la bengala llameante directamente al charco de gasolina que se había acumulado en el techo de la cabaña y en el suelo de madera circundante.
El FWOOSH fue titánico. Una ola de fuego y calor abrasador se elevó hacia el cielo nocturno, desafiando a la lluvia. La parte trasera de la cabaña, empapada en combustible, se convirtió instantáneamente en una pira funeraria.
Dentro de la cabaña, Alejandro Vargas y sus hombres, que estaban a punto de torturar a Xoán, se vieron sorprendidos por el muro de llamas que devoraba las paredes a sus espaldas. El humo negro y tóxico comenzó a llenar la estancia rápidamente.
—¡Sacadme de aquí! —rugió Vargas, tosiendo, golpeando con su bastón a uno de sus propios hombres en su pánico.
Los tres sicarios que quedaban ilesos abandonaron a Xoán en el suelo y corrieron hacia la puerta principal destrozada, intentando escoltar a su jefe fuera del infierno.
Salieron tropezando, tosiendo, cegados por el humo y las llamas rojas.
Valeria estaba lista. Parada frente a los todoterrenos, iluminada por el resplandor dantesco del fuego, parecía una diosa vengativa surgida de las profundidades de la Costa da Morte. Tenía el cartucho de dinamita en la mano izquierda y un mechero Zippo en la derecha.
Los sicarios la vieron. Se congelaron por un segundo, estupefactos. No era una emboscada de un cártel rival. Era su propia princesa, la heredera del imperio, apuntándoles.
—¡No disparen, idiotas, es ella! —gritó uno de los hombres, bajando el arma.
Ese segundo de duda fue su perdición. Valeria encendió la mecha de la dinamita y la arrojó debajo del todoterreno central, el vehículo que albergaba la munición de reserva y los bidones de combustible extra del cártel.
—¡Cubríos! —aulló Valeria, arrojándose detrás de una roca sólida.
La explosión no fue un simple estruendo; fue un cataclismo. El todoterreno voló por los aires en una bola de fuego naranja y metralla ennegrecida. La onda expansiva derribó a los tres sicarios como bolos, matando a dos en el acto por el impacto de los fragmentos de metal candente. El tercero quedó gravemente herido, arrastrándose por el barro sin piernas.
Alejandro Vargas, que estaba unos pasos más atrás, fue lanzado violentamente hacia atrás, estrellándose contra el suelo fangoso. Su impecable traje estaba chamuscado; su bastón de plata había desaparecido en la maleza.
El silencio que siguió a la explosión, roto solo por el rugido de las llamas devorando la cabaña de Xoán, era fantasmal.
Valeria se levantó lentamente de detrás de la roca. Sostenía el revólver, apuntando firmemente hacia donde yacía su padre. El humo negro le manchaba el rostro, la lluvia le pegaba el cabello a las mejillas. Sus ojos verdes brillaban con una intensidad homicida.
Avanzó a través de la zona cero, esquivando los cuerpos destrozados y los restos llameantes del vehículo.
Alejandro Vargas tosía sangre. Intentó apoyarse en los codos para levantarse, pero su brazo derecho estaba fracturado. Al ver la silueta de su hija recortándose contra las llamas, su rostro reflejó una mezcla incomprensible de terror, incredulidad y un perverso orgullo paternal.
—Valeria… —escupió sangre, forzando una sonrisa espeluznante—. Has… has aprendido bien. Eres… una loba, al fin y al cabo. Mi loba.
Valeria se detuvo a un metro de él. Apuntó el cañón del .38 directamente al centro de la frente de su padre. Sus manos ya no temblaban. La niña asustada, la heredera forzada, todo eso había muerto en la tormenta de noviembre. Sabela, la mujer que amaba a un pescador, era todo lo que quedaba.
—Termina esto, Valeria —siseó Vargas, sus ojos negros desafiantes—. Demuestra que llevas mi sangre. Aprieta el gatillo y hereda el trono. Todos te temerán.
—No, padre —dijo Valeria, su voz cortando el sonido del fuego como un cuchillo de hielo—. No lo hago por el trono. No lo hago por la sangre. Lo hago para limpiar al mundo de una enfermedad.
Amartilló el revólver.
—Lo hago por Brais. Y lo hago por Xoán.
Alejandro Vargas abrió los ojos, finalmente comprendiendo que esta no era una disputa de poder, sino un exorcismo absoluto de su linaje.
Valeria apretó el gatillo.
El disparo final sonó seco, carente de grandeza, simplemente apagando la vida del hombre más temido de Galicia. El cuerpo de Vargas cayó inerte sobre el barro, sus ojos negros vacíos, mirando fijamente la lluvia implacable.
Valeria no se quedó a observar el cadáver de su padre. Se giró abruptamente y corrió hacia la cabaña envuelta en llamas. El calor era insoportable, la madera crujía amenazando con derrumbarse en cualquier segundo.
—¡Xoán! —gritó desesperada, internándose en el humo tóxico.
Atravesó el umbral de la puerta destrozada. Las llamas lamían las vigas del techo. En el suelo, junto a la trampilla, estaba Xoán. Su rostro era una máscara de sangre y hematomas, pero estaba consciente. Tosía violentamente, intentando arrastrarse hacia la salida.
Valeria se arrojó a su lado, pasando el brazo sano de Xoán por encima de sus hombros.
—¡Te dije que huyeras, maldita testaruda! —gruñó Xoán, tosiendo sangre, pero sus ojos reflejaban un alivio inmenso al verla viva.
—Demasiado tarde para darme órdenes, marinero —respondió ella, tirando de él con todas sus fuerzas.
Juntos, salieron tambaleándose de la cabaña escasos segundos antes de que la viga principal del techo cediera, colapsando toda la estructura en una lluvia de chispas y brasas rojas que se elevaron hacia el cielo oscuro.
Se alejaron del calor abrazador, deteniéndose junto al acantilado. Xoán miró los restos humeantes de los coches, los cuerpos de los sicarios y, finalmente, el cadáver de Alejandro Vargas. Luego miró a Valeria. Estaba cubierta de hollín, sangre y lluvia, pero para él, nunca había sido tan hermosa.
—Has matado a tu propio padre —susurró Xoán, la magnitud del sacrificio de Valeria aplastándole el corazón.
Valeria se acercó, acariciando el rostro herido de Xoán con infinita ternura.
—Mi padre murió hace mucho tiempo, devorado por su propia ambición. Ese hombre solo era un monstruo. Y Valeria Vargas murió hoy con él. —Lo miró a los ojos, esos ojos color musgo que ahora brillaban con una promesa inquebrantable—. Solo queda Sabela. Si tú aún la quieres.
Xoán cerró los ojos, dejando que una lágrima se mezclara con la sangre de su mejilla, y asintió. La besó, saboreando el humo, la lluvia salada y el sabor inconfundible de la redención.
—Tenemos que irnos. El fuego atraerá a la Guardia Civil, y pronto el cártel sabrá lo que pasó aquí. Mandarán a todo su ejército a buscar venganza —dijo Xoán, separándose lentamente.
Bajaron con dificultad por la chimenea de roca, de vuelta a la cueva. El mar rugía en la oscuridad, esperándolos. Subieron a bordo de A Lúa Negra. Xoán, a pesar del dolor agonizante en sus costillas y su rostro, tomó el timón. Valeria desató los cabos y soltó las amarras.
El viejo motor diésel cobró vida con un rugido reconfortante. Xoán dirigió la proa hacia la salida de la cueva, enfrentándose a las inmensas olas de la Costa da Morte por última vez. La pequeña embarcación se alzó sobre una montaña de agua negra y, con un choque brutal, se adentró en mar abierto, desapareciendo en la inmensidad de la noche tormentosa, dejando atrás una vida de sangre, narcos y muerte.
Siete años después.
El sol del mar Egeo caía a plomo sobre el pequeño y pintoresco puerto de un pueblo remoto en una isla griega cuyo nombre rara vez aparecía en los mapas turísticos. Las casas pintadas de blanco impoluto contrastaban con las puertas y ventanas azul cobalto, y el olor a pulpo asado y orégano impregnaba el aire cálido de la tarde.
En el muelle, un hombre de hombros anchos y piel curtida por años de sol mediterráneo estaba sentado remendando una red de pesca amarilla. Tenía una cicatriz pálida que le cruzaba la mejilla izquierda, y aunque su cabello oscuro comenzaba a mostrar algunos hilos plateados, sus brazos se movían con una destreza rítmica y vigorosa.
A pocos metros de él, un niño de seis años, con el cabello negro rizado y los ojos tan verdes y profundos como los bosques del norte de España, corría persiguiendo a un gato callejero por entre las cajas de pescado vacío.
—¡Leo, no vayas tan cerca del borde del muelle! —llamó el hombre, con una voz grave pero cargada de cariño. Hablaba griego con fluidez, pero aún conservaba un ligero y musical acento extranjero.
El niño se detuvo, miró a su padre y asintió, corriendo de vuelta hacia él para sentarse a su lado, observando hipnotizado cómo la aguja de hueso entraba y salía de la red.
Desde la terraza de una pequeña casa blanca que dominaba el puerto, una mujer los observaba con una sonrisa serena. Llevaba un vestido ligero de lino blanco que ondeaba suavemente con la brisa marina. Sabela bajó los escalones de piedra y caminó hacia el muelle, llevando una cesta de mimbre con pan fresco, queso feta y aceitunas.
Xoán levantó la vista y sonrió al verla acercarse. Dejó la aguja a un lado y limpió sus manos en sus pantalones de lona.
—Llegas justo a tiempo —dijo Xoán—. Este grumete y yo estábamos a punto de comernos la red del hambre que tenemos.
Sabela se rió, un sonido cristalino y libre de sombras. Se sentó junto a ellos, abriendo la cesta. Leo tomó un trozo de pan y salió corriendo de nuevo para tirarle migas a los peces que nadaban en el agua cristalina del puerto.
Sabela apoyó la cabeza en el hombro de Xoán. Él pasó su brazo sano alrededor de ella, atrayéndola hacia su calor. Miraron el horizonte, donde el mar Egeo se extendía en una calma infinita, una balsa de aceite azul y brillante.
—Estaba pensando —murmuró Sabela, entrelazando sus dedos con los de él—. Hoy hace siete años de… aquella noche.
El cuerpo de Xoán se tensó imperceptiblemente por un segundo, un viejo reflejo de supervivencia. Aún había noches en las que se despertaba empapado en sudor frío, escuchando los disparos en la cabaña o el sonido de las olas gigantes de la Costa da Morte. Aún había días en los que Sabela miraba nerviosamente por encima del hombro al caminar por el mercado, temiendo ver a un sicario gallego o colombiano acechando entre las sombras. El cártel de los Vargas se había fracturado y autodestruido tras la muerte de Alejandro, sumiendo a Galicia en una guerra de clanes, pero la paranoia era una cicatriz que nunca desaparecía del todo.
Pero aquí, a miles de kilómetros de la niebla, la lluvia y la tumba de la Costa da Morte, habían logrado lo imposible. Habían construido una vida. Bajo nombres falsos, con identidades compradas gracias al dinero de las cuentas ocultas que Valeria había vaciado antes de destruirlas por completo. Eran dueños de un pequeño barco pesquero, respetados por los locales, y amaban a su hijo con la intensidad de quienes saben lo frágil que es la existencia.
Xoán besó la coronilla de Sabela, sintiendo el olor a sal y jazmín en su cabello.
—Aquella noche murieron muchas cosas, Sabela. Pero también nació esto. —Xoán señaló con la barbilla a Leo, que reía a carcajadas mientras un pez saltaba para atrapar su trozo de pan—. Sobrevivimos. Ganamos.
Sabela asintió, las lágrimas picando en sus ojos, pero esta vez eran lágrimas de paz. Apretó la mano áspera del pescador.
—Sí. Ganamos.
El mar Egeo murmuraba suavemente contra los pilotes del muelle, una canción de cuna tranquila, un contraste absoluto con el rugido asesino del Atlántico norte. No había monstruos acechando en esta costa, ni fantasmas reclamando deudas de sangre. Solo un hombre, una mujer y un niño, unidos por un amor que había ardido más brillante que el fuego y más profundo que el Mar Negro. La Costa da Morte se había quedado con las sombras de su pasado, permitiéndoles caminar hacia la luz, juntos, hasta el final de sus días.