Ese antagonismo se agudizó postoria en 1959. Pombo relataba que la irrupción en la Habana fue un éxtasis colectivo, pero también el umbral de una fase donde el mando demandaba veredictos que ponían a prueba las creencias de excbatientes. En esos inicios, mientras Fidel asumía el timón gubernamental, El Che encarnaba roles que abarcaban finanzas y pedagogía.
Pombo secundaba a Ernesto en innumerables faenas cotidianas, lo que le permitió observar como las cumbres con Fidel transmutaban de cordiales acrispadas, saturadas de interrogantes sobre el derrotero revolucionario. Un eje Píbetel, per su narración fue la influencia soviética. Ernesto contemplaba con alarma la aproximación entre Cuba y Moscú, viéndola como un trueque de soberanía por una servidumbre renovada.
Fidel replicaba que sin ese respaldo la isla quedaría desprotegida ante embates globales. La crisis de misiles de 1962 ahondó la brecha. Pombo describía que el Che juzgó errónea la aquiescencia de Fidel al pacto entre Washington y Moscú. Lo vivió como una capitulación, una abdicación estratégica que acentuaba una disimilitud esencial.
Fidel optaba por perdurar, Ernesto, por confrontar a cualquier precio. Pero lo que Pombo subrayaba era que ese lapso, ignorado por muchos, inauguró una tirantés velada que culminaría en la admisión de que su vínculo ya no era pacto, sino algo más ardo de proclamar abiertamente. Los periodos subsiguientes solo ampliaron esas distancias.
Pombo rememoraba debates sobre la irradiación revolucionaria en Latinoamérica, la sumisión económica insular y la esencia de la autoridad. No eran refriegas declaradas, pero evidenciaban un deterioro palpable. Cuando El retornó de Argelia en 1965, tras una oratoria censurante hacia los soviéticos, la crispación alcanzó su senit.
Pombo pintaba como Ernesto emergió de su audiencia con Fidel exhausto, sin ocultar la desilusión ni la noción de que algo se había fracturado irremediablemente. La misiva de adiós que Elche redactó ese año fue para Pombo la constatación definitiva de que la disyunción era irreversible. Aunque su redacción era cortés, su núcleo era inequívoco.
Cada uno había trazado su ruta. Fidel retuvo esa epístola 2 años y solo la desveló postmortem de Ernesto en Bolivia. Esa elección aseveraba Pombo, revelaba más que cualquiera locución pública. Simbolizaba un epílogo, un gesto de dominio narrativo y un esfuerzo por custodiar una ilusión de armonía extinta.
El cuento de Pombo progresaba hacia una fase sombría. La gestación del Che para partir de Cuba y embarcarse en campañas foráneas no la pintaba como gesta, sino como corolario de un lazo político erosionado. A su entender, ya en 1965 todo estaba sentenciado, aún antes de la célebre carta. Fidel y Ernesto divergían en la proyección futura, pese a la fachada de Concordia Pública.
La incursión en el Congo fue, en términos de pombo, una odisea que minó al Che en lo más hondo. No evocaba con añoranza, sino con la irritación que detectó en él durante esos meses. El panorama local, las disfunciones en las facciones armadas y la ausencia de auxilio exterior tornaron la empresa inviable. Ernesto lo sabía, pero temía que un retorno infructuoso a Cuba exacerbaría las fricciones con Fidel.
Pombo recordaba vigilias en que el che escudriñaba cartas geográficas como si anhelara una escapatoria inexistente. Un mutismo opresivo reinaba en el bastión, teñido por la percepción de que cada jornada distanciaba más el triunfo. Y aunque la evacuación se impuso por mera subsistencia, Ernesto la experimentó como un revés íntimo y colectivo.
Precisamente en esas postrimerías congoleñas, Pombo captó por vez primera titubeos en la voz del Che. no eran sobre la causa, sino sobre el curso que tomaba la revolución cubana. A decir de pombo, Ernesto empezaba a vislumbrar en Fidel a un caudillo cada vez más atado a lógicas mundiales, menos apto a asumir los tributos de sus ideales.
Al reingresar en Cuba, la brecha entre ambos era innegable. La epístola de despedida que el cheese seedió a Fidel fue, Perpombo, un texto de gratitud formal, pero resignación sustancial. No era ruptura abrupta ni tampoco lazo indisoluble. Era la asunción de que sus pasos ya no sincronizaban. Póbolo catalogaba como nodal.
La revolución nacida de un puñado de valientes, ahora era un aparato estatal con agendas, alianzas y coacciones externas. En esa metamorfosis, Fidel encarnaba la consolidación, el Che, el ideal en perpetuo flujo. Post congo, surgió el debate sobre Bolivia. Pombo rememoraba que Ernesto consideraba esa nación un enclave clave en Sudamérica.
pensaba que un bastión guerrillero firme allí podría irradiar el ímpetu revolucionario a Argentina, Perú y Chile. Era una perspectiva ambiciosa, temeraria, opuesta a la cautela que Fidel procuraba. Para Pombo, unirse al Che en Bolivia no fue un gesto épico, sino instintivo. Llevaba años a su lado, comprendía su cosmovisión y, en cierto grado anhelaba redefinir su rol en una revolución que en Cuba ya no le resultaba familiar.
La opción fue íntima, no un prodigio. Y lo que Pombo desvelaría más adelante era que en esa etapa ambos líderes emitían indicios que pocos captaron, indicios cuyo sentido auténtico, a su juicio, alteraría la comprensión de lo subsiguiente. El periplo sigiloso a Bolivia estuvo salpicado de roces internos. Algunos en La Habana lo tildaban de desatino táctico, otros de chance para alejar al che de la dinámica doméstica.
Pombo no señalaba dedos, pero sugería que la escasez de respaldo no fue fortuita. Al arribar a Yankauazú, la verdad contrastaba con las expectativas. El paisaje era adverso, los lugareños recelosos y la red local impreparada para un alzamiento armado. Pombo evocaba como desde el mes inaugural intuyeron que la empresa superaría las previsiones.
La carencia de contingentes desde Cuba fue un agravio singular en su testimonio. Garantizaba que las súplicas eran precisas, reclutas, pertrechos, fármacos. Las réplicas, empero, eran ambiguas o demoradas. Él reiteraba que no casaba responsables, pero que esa vacuidad fue decisiva en el ocaso. En Bolivia, el Chede cayó somáticamente, pero su determinación perduró.
Póbolo delineaba sin embelleces, un varón achacoso, falto de remedios, recorriendo trechos extensos, imponiendo orden, pese a las señales de descontrol. No era epopella, sino tenacidad. El registro del Che en Bolivia albergaba perpombo, cavilaciones que no afloraban en los intercambios diurnos. En ocasiones Ernesto garabateaba meditaciones sobre Fidel, la revolución y su propia función en ese tapiz.
Esas anotaciones con los años solidificaron en Pombo la noción de que la expresión legada en la quebrada del yuro portaba un sentido que él no había asimilado en su instante. Fue en esas semanas terminales cuando Pombo apreció que estaban aislados. No venían refuerzos, ni aval transnacional, niía para invertir el rumbo.
La alternativa era perdurar cuanto se pudiese, consciente de que el veredicto pendía de un hilo. Pero lo que Pombo confesaría con posterioridad aludía a que ese aislamiento total no fue azaroso y su raíz solo se esclarecería con el tiempo. Aseguraba que Ernesto no verbalizaba traiciones, pero su quietud, sus ojeadas y frases sueltas denotaban que había forjado veredictos que no proclamaría.
Era la sumisión de un hombre que captaba que su visión política ya no cabía en el esquema cubano. La coyuntura se tornó intolerable hacia septiembre de 1967 con menos de 20 integrantes. El cerco se contraía diariamente y las provisiones se extinguían. Pombo delineaba la opresión de verse aprisionados entre la maraña, el inanición y la convicción de que la cronología los había alcanzado.
Los días preemboscada fueron persuversión, un cóctel de exenuación, rigor y sosobra perene. El cheadeaba por el asma, sus calzados raídos y el suelo cada vez más impracticable. Eran combatientes mermados, no titanes invictos. Y al rememorar, Pombo enfatizaba que lo crucial no era la penuria colectiva, sino la perspicacia con que el che asumía el epílogo inminente.
Parecía más ansioso por lo no expresado que por lo venidero. Esa lucidez en el abismo confería a la expresión del 7 de octubre de 1967 un gravamen que Pombo demoraría décadas en desentrañar por completo. No era un arrebato, era una síntesis. Pombo proseguía su crónica sumergiéndose en los días fatídicos de octubre de 1967, cuando cada avance los propulsaba hacia un fin inexorable.
No narraba como un rezagado jactancioso, sino como quien aún arrastraba el astío de ese trance. Era patente que para él esos instantes no habían transcurrido. Persistían anclados en un recodo de su sique al que retornaba incesantemente. El semblante del anciano se tensaba al invocar la quebrada del yuro. 7 de octubre de 1967.
El clima beligerante, las semanas de racionamiento alimentario. El hash interrumpido por las rondas bolivianas. Era un lienzo grabado en su mente con saña implacable. Él y el cheguearecidos tras peñascos, el contingente enemigo aproximándose, la noción de que no había refugio, no lo relataba con gran dilocuencia, sino con el desfallecimiento mortal.
La quebrada del yuro fue el vértice donde todo se destiló a lo primordial. El relieve abrupto, las piedras cortantes, las sombrías entre follaje, todo fomentaba el enclaustramiento. Pombo recordaba que no cabían estratagemas. Cada rumor provocaba alerta. El pelotón era exiguo, diezmado, pero avanzaba con el automatismo forjado en meses de aguante.
Los días antecedentes habían sido especialmente crueles. El asma del che se exacervaba, forzándolo a pausas reiteradas. Sus zapatos deshechos y las marchas a través de la espesura lo extenuaban. Pombo describía como Ernesto progresaba recostado en un leño como muleta improvisada, sin un lamento. Era un panorama que desnudaba la debilidad corporal del jefe distante de la efigie legendaria.
A pesar de esa flaqueza, la sique del Chebullía Pombo insistía en que en la tribulación Ernesto meditaba sobre algo trascendente a la mera permanencia. Su mudez tenía un espesor distinto, como si gestara un concepto inédito que urgía articular preepílogo. El colectivo intuía que la cacería se intensificaba. Hélices zumbaban sobre el área, las partidas bolivianas se aproximaban y el espacio de fuga era ínfimo.
Pombo afirmaba que todos palparon el cerco, aunque nadie lo confesara. En esa atmósfera, los diálogos se condensaron en brevedades cargadas de opresión muda. El 7 de octubre, per su recuento, fueron acorralados irremediablemente. Los militares bolivianos flanqueaban desde múltiples ángulos. La jungla que antes los resguardaba ahora era un dedalo sin salida.
En esas extremidades, narraba Pombo, Ernesto Guevara lo hació del antebrazo para muscitar esas expresiones que lo perseguirían eternamente. No eran un alarido angustiado ni un llamamiento valeroso. Eran un murmullo áspero, un texto exclusivo para él para que lo atesorara. Y al delinearlo, Pombo parecía resucitar la onerosidad de ese fugaz momento, una obligación no solicitada, pero asumida.
El recado era elemental, frontal y no por eso carente de Honduras que él tardaría décadas en sondear. No era directiva bélica ni arenga, era algo más privado, más áspero, más preñado de censuras implícitas. Póbo asimiló retrospectivamente cuando ya no cabía interrogar cuando los hechos eran consumados.
Fue en ese preciso instante cuando el Che se aproximó como anticipando que era su postrera ventana para comunicarse. Pombo rememoraba con exactitud como Ernesto lo sujetó del brazo, no con violencia, sino con premura imperiosa. Cansancio surcaba su faz, pero también una limpidez insólita, una conciencia onda de que no habría réplica.
Era una mirada que no imploraba ilusión, sino que seía un legado, peruversión. Fue entonces cuando el chararticuló esas palabras que transfigurarían la existencia de Pombo. No vociferó, no gimió, habló en tono bajo, como si el texto fuera demasiado gravoso para el estrépito de la refriega. Era un mensaje sucinto, incisivo y, pese a todo, envuelto en una complejidad que él demoraría décadas en decifrar.
La celada irrumpió al punto, truncando cualquier pausa reflexiva. Pombo pintaba el suceso como una ráfaga de detonaciones, desplazamientos erráticos, nubes de tierra y clamores lejanos. No valía detallar, decía, pues lo vital no radicaba en la dinámica, sino en lo acaecido instantes previos. Pero lo que Pombo asseveraría con posterioridad era que ese susurro velaba algo que nadie en el contingente sospechó y cuyo auténtico calibre emergería décadas después.
El desorden dispersó a los guerrilleros. Pombo escapó con un puñado. El chef fue cercado en su testimonio. No exaltaba arrojo ni astucia, solo la fortuna y la urgencia del trance. Recordaba haber girado la vista una sola vez, avistando al chepenosamente entre el suelo fracturado, una estampa que lo escoltaría siempre.
Desde ese vértice, perpombo, solo mediante fuga, confusión y jornadas de sosobra. Su grupúsculo avanzaba sin tregua, escudriñando asilo en un ámbito hostil sin clemencia. El hambre y la angustia dictaban el ritmo, y simultáneamente el recado que portaba se reiteraba en su mente sin que aún supiera cómo gestionarlo.
Al evocar esos días por separación, su voz se astillaba, no por teatro, sino por el lastre acumulado. Rememoraba el preciso lapso en que captaron por radio la detención del chei y más tarde la validación de su óbito. No pretendía evocar duelo grandioso, sino un hueco tangible, árido, arduo de digerir. Era una emoción que, a su decir, lo escoltó por años.
Y aunque aún no lo proclamaba Franco, sugería que lo más lacerante no fue perdurar, sino confrontar el sentido velado del recado que acarreaba, un recado que nunca debió quedar sin eco. Con esa suspense colgante, Pombo clausuraba el primer segmento de su deposición y aunque todavía no desvelaba el tenor preciso de la expresión que El Chele confió, dejaba meridianamente claro que esa exposición sería el eje de su saga.
Su mudez había durado excesivamente y ahora, ante el objetivo, se aprestaba a pulverizarla. La admisión no aspiraba a reconfigurar el canon histórico, pero sí a interrogarlo. Desde las aristas silenciadas, Pombo no se erigía en mártir ni paladín, solo en un mortal que al fin concedía que omitir también es una modalidad de deslealtad, aún cuando se ejerce por pavor o sumisión.
Una vez de vuelta en Cuba, la recepción no simplificó nada. Pombo afirmaba que la Habana lo agasajó con rituales, tributos y arengas sobre el chemartirizado, pero su espíritu vagaba ausente. El recado le oprimía como un fardo ingobernable y ese onu se agravaba al presenciar como la versión canónica elevaba al Chea emblema que distorsionaba al varón auténtico que él había conocido.
La audiencia con Fidel fue el quiebre cardinal. Pombo rememoraba ingresar en el despacho, aún estigmatizado por el desgaste somatoemocional del periplo. Fidel lo acogió con un efusivo abrazo y una locución de pésame. Luego la interrogante inexorable, ¿cuáles fueron las postreras palabras del che? Pombo delineaba esa coyuntura con precisión quirúrgica, como si el tiempo no hubiera mediado.
Entonces surgió la resolución que lo perseguiría por cinco décadas. Pombo discerní dos sendas, ceder el recado íntegro o sepultarlo en el pecho. Su elección, per su propia versión, fue un cóctel de aprensión, raciocinio y fidelidad malinterpretada. Optó por el velo y con ello transmutó su biografía. Pero lo que Pombo glosaría después era que Fidel intuyó algo en su reserva, algo que a su entender ninguno osó aludir en ese entonces.
Los años venideros fueron una extensa cohabitación con el velo. Pombo recordaba su rol en ceremoniales, oratorias y tributos, mientras resguardaba en su interior una expresión que contradecía la fachada pública. Esa dicotomía lo acompañó en cada ceremonial oficial, en cada reminiscencia insular. Al envejecer, Perél, las interrogantes proliferaban.
Ignoraba si su omisión fue acertada, ni si desvelarla habría alterado el curso, pero sí captaba que el lastre se densificaba como si la elición empezara a corroer su propia rectitud. Reingresar en Cuba tras la Odisea Boliviana fue, a su decir, más desconcertante que emancipador. La nación lo vasaba como rezagado de una lad fallida y, no obstante, Pombo se sentía desubicado como si la isla hubiera mutado en su ausencia.
Cada frescos con el perfil del Chelo asaltaba de modo peculiar. era su camarada, pero también un tótem preñado de conotaciones que él sabía fragmentarias. En los meses iniciales, Pombo navegó entre formalidades, cumbres y agasajos. Fidel Castro discurseaba sobre el Che con gravedad, resaltando su abnegación, coraje y devoción.
Pero para Pombo esas intervenciones sonaban huecas, incompletas, erigidas sobre un vacío que solo él conocía. El recado oculto retumbaba con mayor vigor en su mente. Una de las estampas que más reiteraba era el sepelio emblemático en Santa Clara. Décadas después, Pombo describía como millares confluyeron con estandartes y llantos, contemplando al Che como un santo laico.
Y mientras lo atestiguaba, sentía que el aura se inflaba hasta eclipsar la complejidad del mortal real. Ese antagonismo entre fábula y verosimilitud lo escoltó por décadas. Pombo aseveraba que la revolución con el tiempo se petrificó, se burocratizó, lo que otrora fue un ímpetu espontáneo. Ahora era un régimen que requería emblemas unívocos, no quiebres, y él con su velo apuntalaba esa uniformidad ficticia.
Al asumir posiciones novediosas en la isla, su trayectoria viró inesperadamente. Fue promovido, honrado y erigido como paradigma de obediencia y adhesión. Y aunque cumplía, Pombo confesaba que cada distinción lo hallaba excindido entre el orgullo y la penumbra de esa verdad larvada. Los tributos al che se multiplicaban anualmente, se compilaban volúmenes, se arengaban en aulas, se filmaban crónicas, pero Pombo sabía que ninguno aludía a los matices, roces o dudas que habían jalonado los últimos años entre Ernesto y Fidel. Sentía que
la cronología se depuraba para ajustarse a un esquema oportuno. En múltiples instancias, per su narración, rozó la tentación de desvelar. Hubo sondeos periodísticos sobre pormenores bolivianos, las postreras expresiones del Che, las resoluciones montañeras, pero Pombo siempre replicaba con la variante de 1967, esa que él mismo reconocía mutilada.
Pero lo que Pombo sugeriría después era que esa reiteración empezó a alienarlo de algo innombrable, algo que se le pegaba como una sombra ineludible. Los 90 representaron para él un umbral singular. El colapso soviético conmovió a Cuba desatando un abismo. Fue entonces cuando Pombo revivió los debates entre Fidel y el Che sobre la sujeción a Moscú.
Esas frases captadas en la Sierra Maestra y Cumbres posteriores cobraron nueva estatura ante los hechos. Pombo afirmaba que en esa era inició un autointerrogatorio más veemente, qué habría acaecido si hubiera cedido el recado intacto. No fantaseaba con alteraciones históricas, pero si conjeturaba que quizás habría compelido a Fidel a encarar una realidad nunca verbalizada.
Era una hipótesis que lo visitaba nocturnamente. En un episodio, relataba Pombo, presenció a Fidel Cabilar en una sesión reservada sobre el Che. El timonel cubano lo evocaba con un matiz más terrenal, menos protocolar. Decía que Ernesto fue el más íntegro, que jamás se avino al cinismo que el mando impone. Esa locución se le incrustó porque Perell era lo más próximo a una concesión implícita de esa disyunción muda.
Con el fluir de los años, Pombo empezó a asimilar que su velo no fue solo táctico, sino visceralmente personal. Temía desposeerse de su estatus, contradecir el dogma, ser tildado de disonante en una coyuntura donde la revolución anhelaba equilibrio y aunque lo comprendía, no lo absolvía. Aludía también al apartamiento de Fidel en 2006 por dolencias.
Ese suceso lo impulsó a reexaminar su mudez por entero. La efigia histórica de Fidel se transmutaba y con ella la chance de articularlo larvado por décadas. mencionaba un diálogo singular en esos crepúsculos, una charla privada con Fidel en que el líder cubano concedió que el chef fue el más puro. Pombo interpretó eso como un gesto extemporáneo de franqueza, como si Fidel admitiera que Ernesto encarnaba lo que él no pudo preservar desde el mando.
Para Pombo, oírlo fue demoledor y catártico a un tiempo. Significaba, a su juicio, que Fidel quizás intuía desde antiguo las causas del alejamiento del Che y aún así nunca lo ventilaban. Era una de esas realidades tácitas que todos eluden. En su senectud, con Fidel postrado y marginado del mando, Pombo sintió que el cosmos que lo modeló se difuminaba.
Los semblantes, arengas y engranajes que habían conformado su sendero se alteraban paulatinamente y con ellos la premura de desvelarlo velado se intensificaba. Pero lo que Pombo llegaría a sugerir era que perpetuar el velo en ese yancher tendría un precio ininteligible, un precio que Perell no estaba presto a repetir. Por ello, en los sondeos terminales de su vida, empezó a sembrar indicios.
No desvelaba el recado, pero aludía a crispaciones, divergencias, escrutinios. Era como si allanara el suelo para una admisión que aún no osaba consumar del todo. El 2016 fue un viraje. El deceso de Fidel Castro removió en pombo un torbellino de afectos indescriptibles. No hablaba de rencor ni bilis, hablaba de epílogo, de la percepción de que un capítulo histórico se clausuraba.
Con Fidel ausente sentía que no mediaba ya una barrera política. Pombo concurrió al sepelio. Al escrutar el ataúd, Perel meditó en la brecha que se había dilatado entre el Che y Fidel desde 1965. Meditó también en su rol en esa trama, en la expresión sepultada y en el onus de ese velo.
Fue allí, según su versión, donde resolvió irremediablemente desvelar, aunque tardío. En los meses venideros inició la sistematización de sus memorias. No lo hacía para eximirse, sino para legar un archivo de lo auténticamente transitado. Creía que la juventud merecía una óptica menos edulcorada, menos armada sobre lemas y más sobre disonancias humanas.
Su vigor, empero, decaía, le costaba deambular, inspirar y a ratos focalizar, pero persistía en narrar lo factible antes de que el reloj lo venciera. era su postrer deber para consigo. Al cabo, en 2017, optó por inmortalizar su deposición concluyente. Pombo intuía que sus dichos molestarían a varios, pero garantizaba que ya no podía convivir con el gravamen de ese recado no cedido.
Sentía que debía vocalizarlo, no como embate ni denuncia, sino como un fragmento histórico que había languidecido excesivamente en la penumbra. El rostro de Pombo en esa filmación exhibía una fusión de fatiga y resolución. Había transitado una existencia tras una expresión larvada y ahora se apercibía para articularla, aunque ello implicara interrogar décadas de cánones y velos meticulosos.
Y mientras el lente capturaba cada gesto, Pombo parecía saber que al exponer ese arcano no transmutaría la cronología, pero si registraría que aún en las revoluciones más pétrireas la veracidad hallará resquicio, aunque demore 50 años. Al reanudar su crónica ante lente, su timbre variaba. No buscaba teatralizar, pero había una opresión patente, como si lo próximo hubiera sido reprimido por excesivo lapso.
Sabía que para asimilar cabalmente el recado del Che, debía desglosar los años en que su mudez se integró al engranaje histórico en torno a Ernesto Guevara. Afirmaba que por décadas se habituó a oír exégesis ajenas a la vivencia boliviana. Crónicas fílmicas exaltaban proezas, arengas recitaban dogmas y tomos reiteraban variantes avaladas sin escrutinio.
Pero Pombo reiteraba, la saga no era tan rectilínea como se pintaba, ni tan impoluta como se pedagogizaba. En sus términos, la revolución hubo de erigir fábulas para apuntalar su discurso. Y en ese forjado, tanto Fidel como Elche fueron esculpidos hasta desvirtuar a los varones reales. Pombo lo atestiguaba porque los trató, porque los vio chocar, porque estuvo allí cuando cesaron de alinearse.
Rememoraba que Fidel Castro en sus postrimerías evocaba al Che con un reverencial distanciamiento político. No aludía a roces ni disidencias, solo a la hierra diante para Pombo. era la corroboración de lo excluido del canon. Al repasar esos pormenores ante el lente, concedía que su velo facilitó esa óptica depurada y aunque no se adjudicaba culpa directa, tampoco negaba que su resolución de omitir fue una salvaguarda de una efigie que no capturaba la totalidad.
Pombo dijo que por años creyó que el recado del Che podría desbaratar la cohesión discursiva que la revolución precisaba y por eso lo resguardó. Era más sencillo perpetuar una falsedad por ausencia que encarar las réplicas de una veracidad indigesta. Esa elección, Perel, no fue valerosa. Fue mortal, excesivamente mortal.
Con el discurrir temporal, comenzó a percibir que había abonado un velo compartido. La fractura entre el Che y Fidel era patente para los próximos, pero nunca se ventiló. Se optó por nutrir la ilusión de dúo indisoluble, aún cuando desde 1965 habían divergido. Pero lo que Pombo aseveraría después era que ese velo cumplía una función más honda de lo conjeturado, algo que perel nadie osó indagar en su momento.
Pese a sus cavilaciones extemporáneas, reconocía que jamás sabría la réplica de Fidel ante ese recado en 1967. Ignoraba si habría sido ira, abatimiento o mera asunción. Lo único certero era su osadía para vocalizarlo, y esa flaqueza lo escoltaría siempre. Al agravarse su salud, Pombo empezó a anotar breves glosas para no extraviar esencias.
No quería que su recuerdo lo traicionara en el ocaso. Elaboraba cada término con esmero, consciente de la unicidad de la chance. Fue en ese labor de redacción cuando por primera vez se permitió confrontar la expresión en su plenitud. La transcribió reiteradamente, la diseccionó, la cotejó con los vividos en la Sierra Maestra, Congo y Bolivia.
Y entonces, al fin, captó el sentido genuino que había eludido por años. Pero lo que Pombo reconocería después era que al asimilar esa expresión, algo larvado por décadas empezó a cristalizar, algo que Perel había estado ante todo sin que nadie osara escrutar. En su deposición, Pombo no se erigía en Salvador.
Garantizaba que su admisión llegaba extemporánea para reconfigurar la cronología, pero oportuna para mitigar su conciencia. Cada término que emitía tenía el matiz de quien ya no pavonea secuelas, solo el borrón. Al alcanzar ese nodo narrativo, Pombo inhaló profundo ante el lente. Sabía que lindaba con desvelar lo que por 50 años había sido el núcleo de su onus.
Por vez primera estaba presto para articularlo sin circunloquios, sin glosas. sin lagunas. Escudriñando el cristal, afirmó que no quería partir sin registrarlo oído en la quebrada del yuro. El 7 de octubre de 1967 era para él la única vía de tributar al varón que conoció en la aspereza bélica y la intimidad del riesgo, lejos de dogmas oficiales.
Y entonces, con timbre sereno pero resuelto, anunció que lo venidero sería la exposición concluyente, aquello nunca proclamado en público y que ahora, medio siglo después, cedía al orbe como su postrer gesto de integridad. El lente persistía fijo cuando Pombo se reacomodó pausadamente en el asiento, consciente de haber arribado al punto eludido por cinco décadas.
No portaba guion ni apuntes. Anhelaba emitirlo de memoria, idéntico a como lo retenía desde 1967. A su edad, cada vocablo pesaba, pero ninguno tanto como la expresión inminente. Previo a hablar, guardó un hash prolongado, un hash que parecía abarcar no solo la voz del Che, sino la suya, cautiva por medio siglo. Pombo intuía que una vez articulada no habría retroceso, la veracidad quedaría al aire y con ella su propia culpa por haberla sepultado tanto.
Al cabo relató captado esa mañana en la quebrada del yuro. Dijo que el Che, mermado por el asma y la fatiga, lo hació del brazo con la premura de quien intuye segundos para saldar deudas y en un murmullo casi inaudible legó su postrer mandato. Un recado para Fidel Castro. En ese instante Pombo no lo asimiló cabalmente. Era un texto sucinto, casi enigmático, y la helada subsiguiente le impidió rumearlo.
Solo al refugiarse cobró forma inquietante y cuando las ondas radiales proclamaron la captura del che, esa expresión empezó a perfilarse masturbadora. Y Pombo reiteraba que lo que desvelaría no era glosa ni deducción propia, era literal, término por término, sin embastes ni reelaboraciones. Articuló así, sin titubeo, dile a Fidel que tenía razón.
No agregó más. No había arengas, no había dioses, no había lemas valerosos. Era un texto árido, categórico, musitado como si encerrara un fallo reservado al receptor y a él, el custodio. Pombo confesaba que por años intentó descifrarlo desde la óptica que la revolución había forjado públicamente. Se interrogaba si el chaludía táctica marcial, reflexión estratégica, duda íntima, pero con los años captó que esa hermenéutica era superficial para la carga afectiva que vio en los ojos del Che. asimiló que esa expresión no
denotaba aquiescencia, sino desengaño. No era concesión, sino alerta. No era pacto, sino una modalidad de decir, “Herré al fiarme en exceso. El tiempo te vindicó. Esto culmina como auguraste.” Pombo aseveraba que tras esas palabras yacía una denuncia muda que él no supo enarbolar.
En su deposición explicaba que el chef llevaban años concediéndose y negándose la razón simultáneamente, cada uno convencido de su derrotero, Fidel, del realismo indispensable para el mando, Ernesto de la primacía de Principios inquebrantables. Esa expresión destilaba a esa prolongada opresión. Al retornar de Bolivia, Perel temió ceder el recado intacto.
Meditaba en su porvenir, linaje, estatus revolucionario. Ignoraba la réplica de Fidel ante un texto interpretable como crítica, reproche o disyunción y optó por el velo. Fue su arbitrio, no mandato. Pombo admitía que ese mudez lo metamorfoseo, que con los años dejó de ser cautela para volverse deslealtad hacia sí y hacia el que pereció confiando en él, relató que retrospectivamente captó que su elección abonó un cuento mutilado.
Mientras el Che se transmutaba en emblema, la complejidad de su nexo con Fidel se sepultaba bajo estratos de dogmas y tributos regulados. Y él, erigido en testigo histórico, reiteraba una variante que sabía tronca. No imputaba a Fidel, ni pretendía resucitar utopías tardías. Insistía en que no había paladines ni reprobos absolutos.
Fueron varones ante el deber, el dominio, la coacción global, sus flaquezas. Y en esa opresión mortal se gestó una de las grietas más hondas de la revolución. Al vocalizar la expresión en alto ante lente, Pombo pareció exorcizar un lastre no compartido en sus décadas postreras. No aspiraba a ventilar ni emendar el ayer, ni vindicar a nadie.
Su impulso era más elemental. registrar lo oído, lo velado y lo asimilado extemporáneamente. El pombo de 2017 ya no codiciaba rangos ni laureles. Era un anciano consciente de que la cronología proseguiría sin él, pero anhelaba que al menos la veracidad adeudada emergiera para que otros la glosaran a su arbitrio.
En los minutos terminales de su deposición, dijo que ese recado del Che para él significaba que Ernesto había asimilado que su ruta lo conduciría al fin hallado y que intuía que Fidel había elegido otra permanencia, una que él nunca vino por entero. Pombo clausuró su crónica afirmando que ignoraba si el Che deseaba su publicidad o solo su entrega a Fidel, pero sentía que tras 50 años de velo era injusto que el orbe ignorara esa pieza final del mosaico histórico.
y en su epílogo, escudriñando el lente, garantizó que no pretendía que sus dichos alteraran nada, solo deseaba despojarse de ellos prepartida. Anhelaba sencillamente que Allende Elche supiera que el recado, aunque tardío, había sido emitido. En 2019, Harry Villegas Pombo exhaló su último aliento legando un testimonio que perturbó a muchos y que otros juzgaron esencial.
Lo indudable es que en su ocaso optó por no velar más y con ese gesto postrero dejó un rumor que aún hoy despierta controversias, interrogantes y reinterpretaciones sobre una saga excesivamente depurada por décadas. En su postrer segmento filmado, Pombo articuló que la veracidad es siempre un azar, pero también una modalidad de emancipación.
Y hoy, al oír su timbre, esas expresiones reverberan con idéntica potencia que la frase que custodió por medio siglo. Dile a Fidel que tenía razón. Si desean más narraciones como esta, no olviden suscribirse a Revolución en Sombras, dejar un comentario y activar la campanita para no extraviar los próximos testimonios que seguimos desenterrando.
No.