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Luz de Luna en el Guadalquivir

El río Guadalquivir no perdona a quienes subestiman sus corrientes oscuras. Aquella noche, bajo un manto de nubes que asfixiaba a Sevilla, el agua parecía más espesa, casi como sangre coagulada. Carmen, capitana del Suspiro Andaluz, un elegante crucero fluvial que ahora descansaba vacío en el muelle de la Torre del Oro, apagó el último cigarrillo de la noche. El reloj marcaba las tres de la madrugada. El silencio era absoluto, roto únicamente por el suave chapoteo del agua contra el casco de la embarcación y el lejano eco de una sirena de policía que se desvanecía en el laberinto de Triana.

Fue entonces cuando lo escuchó.

No fue un chapoteo accidental. Fue el sonido sordo y violento de un cuerpo pesado golpeando la superficie del agua, seguido del chirrido agudo de unos neumáticos acelerando sobre el asfalto del puente de San Telmo.

El instinto de Carmen, forjado tras años navegando esas aguas engañosas, se activó al instante. Corrió hacia la proa, entornando los ojos en la oscuridad impenetrable. Nada. Solo el reflejo distorsionado de una farola parpadeante. Pero entonces, una burbuja rompió la superficie. Luego otra. Y de repente, emergió una figura, o más bien, los restos de lo que parecía ser un hombre. Estaba boca abajo, flotando inerte, arrastrado rápidamente por la corriente hacia las hélices de un carguero atracado más adelante.

—¡Maldita sea! —murmuró Carmen.

No lo pensó dos veces. Se despojó de las pesadas botas, agarró un salvavidas atado a una cuerda de nylon y se lanzó al agua helada. El impacto le robó el aliento. El frío del Guadalquivir en invierno era como un cuchillo atravesando los huesos. Nadó con una fuerza desesperada, sus brazos cortando el agua oscura mientras la silueta del hombre se alejaba.

Cuando finalmente lo alcanzó, el terror la paralizó por una fracción de segundo. El agua a su alrededor no era negra; bajo la luz tenue de la luna que acababa de asomarse entre las nubes, vio que el agua brillaba con un tono carmesí. Estaba sangrando profusamente. Carmen lo agarró por el cuello de la camisa, sintiendo la tela empapada y pesada. El hombre no reaccionaba. Tenía los ojos cerrados, el rostro pálido como el mármol, surcado por un corte profundo que le iba desde la frente hasta el pómulo.

—¡Vamos, aguanta! —le gritó, aunque sabía que él no podía escucharla.

Luchando contra el peso muerto y la corriente traicionera, logró enganchar el salvavidas alrededor del pecho del desconocido. Tiró de la cuerda, utilizando el cabrestante automático del Suspiro Andaluz que había activado con un control remoto desde su cinturón. El motor zumbó y ambos fueron arrastrados hacia la cubierta.

Al izarlo a bordo, el cuerpo cayó pesadamente sobre la madera de teca, dejando un rastro macabro. Carmen se arrodilló a su lado, jadeando, temblando por el frío y la adrenalina. Le tomó el pulso. Era errático, casi imperceptible. Tenía dos impactos de bala: uno en el hombro izquierdo y otro en el costado. Alguien no solo quería tirarlo al río; querían asegurarse de que no saliera jamás.

De repente, el hombre tosió violentamente, escupiendo una mezcla de agua del río y sangre. Sus ojos se abrieron de golpe. Eran unos ojos oscuros, salvajes, llenos de un pánico primario. Sus manos, manchadas de rojo, agarraron el cuello de la camisa de Carmen con una fuerza sobrehumana.

—No… no confíes… en el Patriarca… —susurró, con la voz rota, antes de que sus ojos rodaran hacia atrás y perdiera el conocimiento de nuevo.

Carmen se quedó helada. El Patriarca. Ese era el apodo de su padre. Don Alejandro Vargas, el respetado empresario naval de Sevilla, el hombre que le había enseñado a amar el río, el filántropo venerado por toda la ciudad. ¿Qué tenía que ver su padre con este moribundo acribillado a balazos?

El miedo se apoderó de ella, un miedo más frío que el agua del Guadalquivir. Sabía que llamar a la policía significaba exponerse a quienquiera que hubiese intentado matar a este hombre. Y si lo que él había dicho sobre su padre era cierto… necesitaba respuestas antes de involucrar a las autoridades. Arrastró el cuerpo hasta el camarote privado bajo la cubierta principal, cerró las escotillas, encendió las luces de emergencia rojas para no llamar la atención desde el exterior, y sacó el botiquín de primeros auxilios avanzado que todo capitán debía tener.

Esa noche, mientras Carmen cosía las heridas del forastero y frenaba la hemorragia, su mundo, tal como lo conocía, comenzó a hundirse.


Pasaron tres días. Tres días en los que el crucero permaneció “en mantenimiento” según el cartel que Carmen colgó en la pasarela. Tres días en los que se convirtió en enfermera, carcelera y protectora de un fantasma.

El hombre despertó en la cuarta noche, envuelto en vendas, con fiebre y desorientado. Cuando la fiebre cedió, se presentó como Diego. No dio apellidos. No dio explicaciones. Solo una mirada profunda que parecía leer el alma de Carmen.

—Me salvaste la vida —dijo él, su voz aún ronca, apoyado contra la cabecera de la cama del camarote. —Estuviste a punto de arruinar mi cubierta de teca con tu sangre —respondió Carmen, intentando mantener una fachada de dureza mientras le tendía un plato de sopa caliente—. ¿Quién te disparó, Diego? ¿Y por qué mencionaste al Patriarca?

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