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los traicionados del castrismo: Fusilados, silenciados y borrados

 

13 de julio de 1989. Amanecer en La Habana. El general Arnaldo 8a, el militar más condecorado de la revolución cubana, héroe de Angola, Nicaragua y Etiopía. Camina hacia el paredón de fusilamiento. Tiene 54 años. A peleado en tres continentes por la revolución. ha cenado con Fidel cientos de veces y ahora 12 soldados apuntan sus rifles hacia el pecho del mejor general que Cuba jamás produjo.

 El juicio duró apenas tres semanas. Las acusaciones fueron narcotráfico, corrupción y alta traición. Ochoa confesó todo en televisión nacional, aunque muchos notaron que sus ojos parecían vacíos como si las palabras salieran de otra boca. A las 7 de la mañana, las balas atraviesan su cuerpo. No hubo honores militares, no hubo funeral de estado, no hubo luto oficial, solo un mensaje brutal que recorrió cada cuartel, cada ministerio, cada oficina del poder.

 Si al mejor general lo fusilamos, imaginen que les espera a ustedes, pero Ochoa no fue el primero para entender por que el héroe cayó ante el paredón. Hay que regresar 30 años atrás, al momento exacto en que la revolución comenzó a devorar a sus propios hijos. Primero fue Camilo, después Uber, luego todos los demás. Y el patrón siempre fue el mismo.

 No los mataron por ser traidores, los eliminaron por ser peligrosos. Peligrosos no para la revolución, sino para el hombre que la controlaba. Enero de 1959, Fidel Castro y sus barbudos entran triunfantes a la Habana. El pueblo los recibe como libertadores. Batista ha huído. La tiranía ha caído. Cube respira esperanza por primera vez en décadas.

Entre los comandantes que marchan junto a Fidel hay un hombre que brilla con luz propia. Camilo y en fuegos, 30 años. Sonrisa genuina, carisma natural. No es el más educado, tampoco el más ideológico, pero es el más querido. Los campesinos lo adoran, los soldados lo sigen sin cuestionarlo. Incluso los que no creen en marxismo confían en Camilo, porque Camilo representa algo que Fidel nunca pudo comprar con discursos, autenticidad durante los primeros meses del año.

 Camilo es omnipresente, aparece en fotos oficiales, da entrevistas, organiza milicias, pero algo empieza a incomodar a Fidel. Camilo no es disciplinado ideológicamente, no comulga con los excesos del poder, le molestan los juicios sumarios, las ejecuciones apresuradas, el clima de pereno que empieza a instalarse y lo peor tiene popularidad propia.

 En Cuba hay dos rostros de la revolución, Fidel, el líder y Camilo el pueblo. Y eso en un régimen que se construye sobre culto personalista. Es intólerbre de octubre de 1959. Uber Matos, comandante del ejército rebelde y gobernador militar de Camagoy, le envía una carta a Fidel. No es una declaración de guerra, no es un llamado a la contrarrón, es una renuncia.

 Matos escribe que la revolución se está desviando hacia el comunismo, que el poder se concentra peligrosamente, que esto no es por lo que pelearon. La carta es respetuosa, casi ingenua. Matos cree que puede renunciar y regresar a la vida civil. No entiende todavía que en Cuba no se renuncia. O se paga.

 Fidel envía a Camilo personalmente a arrestar a Uber. Matos es una prueba de lealtad. Camilo cumple la orden porque es soldado, pero al regresar escribe un informe ambiguo. Pide comprensión para Matos. Sugiere que la acusación de traición es exagerada, es ambigüedad. Esas pocas líneas de duda sellan su destino el 28 de octubre de 1959, apenas unas semanas después del arresto de Matos, Camilo sube a una avioneta esne en Camagú y rumbo a La Habana.

 Es un vuelo de rutina, menos de una hora de trayecto, pero la avioneta nunca llega, nunca se encuentran restos, nunca aparecen escombros, nunca se recupera caja negra, solo una versión oficial que suena demasiado conveniente se perdió en el mar mal clima. Accidente trágico, Fidel decreta tr días de luto nacional.

Habla con voz quebrada sobre su hermano perdido. Organiza ceremonias donde Miles arrojan flores al mar. convierte a Camilo en mártir oficial, pero nunca impulsa una investigación seria, nunca exige explicaciones a la fuerza aérea, nunca busca realmente el cuerpo. Y la gente empieza a preguntarse, ¿por qué un piloto experimentado se perdería en una ruta que conocía de memoria? ¿Por qué justo después de mostrar dudas sobre el arresto de matos? ¿Por qué Fidel llora públicamente pero no investiga privadamente? Décadas después, pilotos

retirados hablarán en voz baja. Algunos mencionarán órdenes extrañas esa noche. Otros recordarán que la avioneta fue revisada horas antes del vuelo. Nadie dirán nada concreto. Nadie firmará testimonio. Pero todos pensarán lo mismo. Camilo no se perdió. Camilo fue perdido diciembre de 1959, menos de 2 meses después de la desaparición de Camilo.

 Uber Mato se enfrenta a juicio. La acusación es traición a la patria. El fiscal es el propio Fidel. El veredicto está decidido antes de que comience el proceso. Matos es condenado a 20 años de prisión. Su esposa es amenazada. Sus hijos son marcados como familiares de traidor. Su nombre es borrado de todos los libros de historia oficial como si nunca.

 Hubiera peleado en la sierra, como si nunca hubiera liberado Santiago de Cuba, como si no hubiera sido uno de los comandantes más valientes de la revolución. Durante 20 años completos, Matos permanece encerrado no en cualquier cárcel, sino en celdas de aislamiento diseñadas para romper la mente.

 Le niegan visitas, le censuran cartas. Lo mantienen en oscuridad absoluta durante semanas. El mensaje es claro. Esto no es castigo por traición, es castigo por pensar diferente, por atreverse a cuestionar, por escribir una carta honesta cuando se esperaba silencio obediente. En 1979, después de cumplir cada día de su sentencia sin recibir clemencia, Mato sale de prisión, no está roto.

 Aunque intentaron romperlo, no pide perdón porque no cometió crimen. se exilia en Estados Unidos y pasará el resto de su vida contando la verdad que Fidel intentó enterrar. La revolución que prometió libertad construyó la prisión más larga para el hombre que pidió honestidad. El caso de Camilo y el caso de Matos establecieron un patrón que se repetiría durante 60 años.

 No importaba cuánto hubieras luchado, no importaba cuántas batallas hubieras ganado, no importaba si eras héroe, comandante o fundador, si tu popularidad crecía demasiado, si tu pensamiento se desviaba 1 milímetro, si tu carisma amenazaba con crear poder paralelo, eras eliminado con bala, con cárcel o con desaparición, pero siempre eliminado.

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