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LAS SOMBRAS DEL PUENTE NUEVO

CAPÍTULO I: EL ABISMO RESPIRA

El Puente Nuevo de Ronda no es solo una obra de ingeniería; es una cicatriz de piedra que une dos mitades de una ciudad separada por un abismo vertiginoso. El Tajo, con sus más de cien metros de caída libre, ha sido testigo de innumerables tragedias, ejecuciones y suicidios a lo largo de los siglos. Pero nada en la oscura y ensangrentada historia de Ronda se comparaba con lo que trajo la niebla.

Era el séptimo día. Una bruma densa, antinatural y gélida había engullido la ciudad entera, aislando a Ronda del resto de Andalucía. No era la típica neblina matinal que se disipaba con los primeros rayos del sol. Esta niebla tenía peso. Se arrastraba por los adoquines como un animal moribundo, sofocaba las luces de las farolas de hierro forjado y silenciaba hasta el repique de las campanas de la iglesia de Santa María la Mayor.

La Inspectora Carmen Vega estaba de pie en el centro del puente, con el aliento condensándose en el aire helado, formando nubes efímeras frente a su rostro pálido. Llevaba setenta y dos horas sin dormir. Sus ojos, enrojecidos y hundidos, escudriñaban la muralla blanca de bruma que ocultaba el fondo del precipicio. El frío le calaba hasta los huesos, pero el temblor de sus manos no se debía a la baja temperatura. Era terror. Un terror puro, primario y paralizante que le oprimía el pecho.

Eran las 03:14 de la madrugada. El reloj en su muñeca avanzaba con una lentitud exasperante.

Faltaba un minuto.

Carmen desfundó su arma reglamentaria, aunque sabía que una pistola de nueve milímetros era completamente inútil contra lo que estaba a punto de presenciar. El cuero de la funda crujió, un sonido ensordecedor en medio de aquel silencio sepulcral. A su lado, el subinspector Rafael Gómez tragó saliva, aferrando una linterna de alta potencia cuyos lúmenes eran devorados por la neblina a menos de dos metros de distancia.

—Carmen… —susurró Rafael, con la voz quebrada—. Quizás esta noche no ocurra. Quizás se haya acabado.

—Calla, Rafa. Mira y calla.

Las 03:15.

El cambio en la atmósfera fue casi imperceptible al principio. Una caída repentina de la presión. El viento dejó de aullar a través del desfiladero, como si el mismísimo abismo estuviera conteniendo la respiración. Y entonces, el sonido.

El repiqueteo lento, rítmico y arrastrado de unos zapatos sobre la piedra húmeda.

Tac… tac… ras… tac…

Venía de la espesura del lado de la Ciudad Vieja. La silueta comenzó a formarse en el lienzo blanco de la niebla. Era oscura, carente de detalles, pero sus movimientos eran asombrosamente fluidos, casi teatrales. Carmen levantó su linterna, el haz de luz temblando.

—¡Policía! —gritó Carmen, su voz desgarrándose, intentando imponer una autoridad que no sentía—. ¡Deténgase ahí mismo!

La figura no se inmutó. Siguió avanzando hacia la barandilla de piedra asomada al vacío. A medida que se acercaba, la luz de la linterna reveló detalles que helaron la sangre de la inspectora. Era un hombre mayor. Vestía un abrigo de lana gastado, de un color mostaza inconfundible, y cojeaba de la pierna izquierda.

El corazón de Carmen dio un vuelco violento.

—¿Don Mateo? —susurró Rafael, horrorizado—. No puede ser… Si acabo de verle cerrar la panadería hace unas horas.

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