Uno de los soldados, cuyo nombre permanece anónimo por seguridad, confesó décadas después, me ofreció un cigarrillo de los que llevaba en su chaqueta. Lo compartimos en silencio. Cuando terminé de fumarlo, me di cuenta de que acababa de compartir tabaco con el hombre al que probablemente matarían al día siguiente. Esa noche no pude dormir, pero lo más perturbador de esa primera noche no fueron los golpes ni las humillaciones.
Fue la llegada cerca de la medianoche de un visitante inesperado. Félix Rodríguez, agente cubanoamericano de la CIA, llegó a la higuera vestido con uniforme del ejército boliviano. Su misión oficial era interrogar al Che, pero como los documentos desclasificados revelarían cuatro décadas después, Rodríguez llevaba instrucciones muy específicas de sus superiores en Lendy, Virginia, y esas instrucciones no incluían mantener vivo al cheegue vara más allá del amanecer del día siguiente.
La mañana del 9 de octubre de 1967 amaneció fría en la higuera. Una neblina espesa cubría las montañas circundantes cuando Félix Rodríguez entró nuevamente al aula donde el che había pasado la noche. El guerrillero estaba despierto, sentado en la misma posición contra la pared, con los ojos enrojecidos por la falta de sueño, pero la mirada alerta.
Rodríguez, quien había pasado la noche transmitiendo informes cifrados a la C al Comando boliviano, traía consigo una pequeña cámara Pentex. Quería fotografías del prisionero para confirmar su identidad ante Washington. El Chelo miró con una mezcla de curiosidad y desdén. “Sos cubano”, le dijo en español reconociendo el acento.
Un cubano trabajando para los yankees. Qué ironía. Rodríguez no respondió, simplemente comenzó a tomar fotografías desde diferentes ángulos, lo que esas fotografías capturaron y que solo se harían públicas décadas después era el rostro de un hombre que sabía que su muerte era inminente, pero se negaba a mostrar miedo.
Los hematomas en su rostro habían oscurecido durante la noche. Tenía los labios agrietados y secos. La herida de bala en su pierna había dejado de sangrar, pero claramente le causaba dolor intenso cada vez que intentaba moverse. Sin embargo, su expresión permanecía desafiante. Era como fotografiar a un león herido describiría Rodríguez años después en sus memorias.
Sabías que estaba atrapado, que no tenía escapatoria, pero su dignidad permanecía intacta. Eso me inquietó más de lo que esperaba. Mientras Rodríguez fotografiaba al prisionero en La Paz, se desarrollaba una reunión de emergencia en el alto mando militar. El presidente René Barrientos, el general Alfredo Ovando y otros oficiales de alto rango debatían qué hacer con el cheegue vara.
Había tres opciones sobre la mesa. La primera era llevarlo a La Paz para un juicio público. La segunda era entregarlo a las autoridades estadounidenses para un interrogatorio extenso. La tercera era ejecutarlo inmediatamente en la higuera y presentar su muerte como resultado de heridas sufridas en combate. Los documentos desclasificados revelan que la CIA recomendaba la segunda opción.
Querían tiempo para extraer información valiosa sobre las redes guerrilleras en América Latina. Pero barrientos y los generales bolivianos temían otra cosa. Un cheegueevara vivo, incluso en prisión, se convertiría en un imán para intentos de rescate en un mártir viviente que galvanizaría movimientos revolucionarios en todo el continente.
Un juicio público le daría una plataforma mundial para difundir su mensaje. La decisión tomada aproximadamente a las 10 horas fue definitiva y brut. El cheegueevara debía ser ejecutado de inmediato. El coronel Centeno recibió la orden por radio cifrada. El historiador boliviano Carlos Soria Galvarro, quien dedicó décadas a investigar estos hechos y tuvo acceso a archivos militares desclasificados, explica la lógica detrás de la decisión.
No fue un acto impulsivo de oficiales de campo, como se pretendió hacer creer durante años. Fue una orden política tomada al más alto nivel. Barriento sabía que mantener vivo al Che incluso por unos días más era demasiado peligroso. La ejecución fue planificada, calculada y diseñada para enviar un mensaje muy específico.
Desafiar al orden establecido en América Latina tenía un precio fatal. A las 11:30 de la mañana, Félix Rodríguez regresó al aula donde el Che esperaba. Esta vez su rostro mostraba una expresión diferente. No era triunfo ni satisfacción, era algo más complejo, una mezcla de incomodidad y resignación.
Comandante, comenzó a decir, pero el Chelo interrumpió. Ya sé lo que me vas a decir. Se nota en tu cara. Rodríguez asintió lentamente. Lo siento, traté, pero no pude hacer nada. Las órdenes vienen de arriba, mucho más arriba de lo que imaginas. El che se puso pálido por un instante, pero se recuperó rápidamente.
Respiró profundo y miró directamente a Rodríguez. Es mejor así. Nunca debieron haberme capturado vivo. Dile a Fidel que la revolución continuará. Dile a Leida que pensé en ella hasta el final lo que Rodríguez omitió en sus relatos públicos posteriores y que solo conocemos gracias a testimonios de soldados bolivianos que estuvieron presentes en el corredor.
Fue lo que sucedió en los siguientes minutos. Antes de salir del aula, varios oficiales y soldados entraron para ver al famoso guerrillero por última vez. Algunos querían subaniss, pedazos del mito que estaban a punto de destruir. Le arrancaron varios botones de su chaqueta de cuero verde oliva.
Uno de ellos tomó su reloj Rolex, un regalo que Fidel Castro le había dado años atrás. Otro soldado intentó quitarle la pequeña bolsa de tabaco que llevaba en el bolsillo del pecho, pero el cheese se resistió débilmente. Es lo único que me queda dijo con voz ronca. Déjenmelo para el final. El soldado sorprendentemente accedió.
Eran aproximadamente las 12:30 cuando el teniente coronel Andrés Elich, segundo al mando en la higuera, reunió a los soldados en el patio de la escuela. “Necesitamos un voluntario”, anunció sin dar más detalles. Todos sabían para qué. El silencio que siguió fue incómodo y prolongado. Finalmente, un hombre dio un paso al frente.
Era el sargento Mario Terán, de 27 años, un soldado que había perdido a tres compañeros cercanos en enfrentamientos previos con las fuerzas del Che. La elección de Terán no fue casual”, explica el biógrafo John Lee Anderson, autor de la investigación más exhaustiva sobre la vida del Che. Terán había estado bebiendo desde temprano para darse valor.
Tenía un resentimiento personal intenso contra los guerrilleros y lo más importante era un hombre que obedecería órdenes sin cuestionamientos morales. Era el ejecutor perfecto para un asesinato que debía parecer algo que no era. Antes de entrar al aula, Celit dio instrucciones muy específicas a Terán.
No debía disparar a la cabeza ni al corazón directamente. Las heridas debían simular las sufridas en un combate prolongado. Brazos, piernas, torso bajo. Solo después de varios disparos podía apuntar a zonas vitales. Era un asesinato disfrazado de muerte en batalla, pero ejecutado con una crueldad calculada. Querían que sufriera, aunque fuera brevemente Julia Cortés.
La joven maestra que había visto al Che la tarde anterior regresó a la escuela esa mañana con la esperanza de recuperar sus materiales didácticos antes de que fuera demasiado tarde. Un oficial, quizás conmovido por su insistencia o simplemente distraído por el caos del momento, le permitió entrar brevemente. Fue entonces cuando tuvo su segundo y último encuentro con el guerrillero.
Esta vez pudo hablar con él, aunque solo durante unos dos o tres minutos antes de que la sacaran. El Chele preguntó su nombre y si era realmente maestra de esa escuela. Cuando Julia asintió, él sonrió levemente a pesar del dolor y la situación. Qué ironía, dijo, “Van a matarme en una escuela.
” Yo que siempre creí que la educación era el camino para la liberación, Julia, sin saber qué decir, le ofreció lo único que tenía, un vaso de agua que había traído para sí misma. El cheve vio lentamente, saboreando cada sorbo como si fuera el más valioso de su vida. Gracias, señorita. Cuide bien a sus niños. Enséñeles a pensar, no solo a obedecer.
Fueron las últimas palabras que Julia Cortés escuchó del cheegue vara. 50 años después. Al recordar ese momento, sus ojos aún se llenaban de lágrimas. Sabía que iba a morir, pero se preocupaba por mis alumnos. Nunca olvidaré esa mezcla de serenidad y tristeza en su mirada. A las 13:10 horas, Mario Terán, tambaleándose ligeramente por el alcohol que había consumido, entró al aula con su fusil semiautomático M2.
El Chelo miró fijamente, sin apartar la mirada. Según el propio testimonio de Terán, dado años después cuando el peso de lo que había hecho se volvió insoportable, el guerrillero no suplicó ni rogó, simplemente se puso de pie con dificultad, apoyándose en la pared, y dijo con voz clara y firme, “Ponte sereno y apunta bien.
Vas a matar a un hombre.” Esa frase simple y devastadora en su humanidad congeló a Terán por un instante, pero las órdenes eran órdenes, las presiones eran inmensas, la venganza por sus compañeros muertos bullía en su interior. Levantó el fusil y disparó. La primera ráfaga de tres balas impactó en las piernas del Che.
Contrario a la imagen romántica que se difundiría después, su muerte no fue instantánea ni digna. El che cayó al suelo gritando de dolor. Terán temblando, disparó de nuevo. Esta vez los proyectiles atravesaron los brazos. El guerrillero se retorcía en el piso de tierra, mordiendo su propio brazo para no gritar más. Era una escena de horror calculado.
Los soldados que esperaban afuera escuchaban los disparos y los gemidos. Algunos apartaban la mirada, incómodos. Otros observaban con una fascinación mórbida. Terán disparó una tercera ráfaga, esta vez al abdomen, finalmente cuando el Sheya apenas se movía desangrándose rápidamente en el piso de su propia escuela, Terán apuntó al pecho y disparó dos veces más.
Solo entonces, a las 13:40 horas, el corazón de Ernesto Chegueevara dejó de latir. El silencio que siguió fue absoluto. Terán salió del aula pálido con las manos temblando incontrolablemente. Vomitó en el patio. Otros soldados entraron a confirmar la muerte. El cuerpo del checía en el piso con nueve heridas de bala, los ojos abiertos mirando al techo agrietado del aula.
La sangre formaba un charco oscuro alrededor de su torso, pero su rostro, a pesar de la violencia de su muerte, mantenía una expresión casi serena. Parecía estar durmiendo si no fuera por las heridas, describió uno de los soldados presentes, como si finalmente hubiera encontrado la paz que nunca tuvo en vida. Félix Rodríguez entró poco después para confirmar la muerte, tomó más fotografías.
Luego, en un gesto que años después reconocería como profundamente perturbador, tomó el reloj Rolex del Che, el mismo que otro soldado había confiscado horas antes y se lo quedó como recuerdo. Décadas después, Rodríguez todavía lo usaría en entrevistas públicas, mostrándolo como un trofeo de guerra. Ese reloj manchado con la historia de sangre de su dueño original se convertiría en un símbolo grotesco de cómo incluso los objetos personales del Che fueron convertidos en mercancías del mito que se construiría después. Pero lo que vino después de la
muerte fue en muchos sentidos incluso más perturbador que la ejecución misma, porque lo que las autoridades bolivianas y estadounidenses hicieron con el cuerpo del cheegev vara revelaría la dimensión no solo política, sino también rituel y simbólica de su asesinato. No bastaba con matarlo.
Era necesario destruir completamente el símbolo, borrar al hombre detrás del mito y para eso lo que planeaban hacer con su cadáver superaría cualquier cosa que hubieran hecho mientras estaba vivo. Inmediatamente después de confirmar la muerte del Che, el coronel Centeno ordenó que el cuerpo fuera trasladado a Belly Grendy, el pueblo más grande de la región.
La forma de transporte revelaría una crueldad simbólica extraordinaria. Ataron el cadáver a los patines de un helicóptero militar y lo transportaron así, colgando en el aire como un trofeo de casa mientras sobrevolaban pueblos y aldeas. Era una práctica medieval, explica la historiadora Paola Cortés, mostrar el cuerpo del enemigo vencido, arrastrarlo por el cielo.
Un acto diseñado no solo para humillar al muerto, sino para enviar un mensaje de terror absoluto a cualquiera que pensara en seguir sus pasos. En Bellyendi. El cuerpo fue llevado al Hospital Señor de Malta y colocado sobre una losa de concreto en la lavandería del sótano convertida improvisadamente en mor. Lo que sucedió allí durante las siguientes horas se convertiría en una de las escenas más fotografiadas y perturbadoras de la historia latinoamericana.
Susana Osinaga, la enfermera de 32 años que trabajaba en el hospital, fue una de las primeras personas en ver el cadáver de cerca. Nunca había visto un cuerpo con tantos agujeros de bala. Recordaría décadas después conté al menos nueve heridas. Algunas claramente no fueron letales de inmediato. Sufrió antes de morir, pero lo que más me impactó fue su rostro.
A pesar de la violencia de su muerte, tenía una expresión casi serena. Los ojos entreabiertos parecían mirar algo más allá de esa habitación fría y húmeda. Los oficiales militares tomaron una decisión que hoy parece incomprensible. permitieron que periodistas, soldados e incluso civiles curiosos entraran a ver el cadáver. Era como un espectáculo macabro, relató el fotógrafo Freddy Alborta, quien tomó las famosas imágenes del che muerto que darían la vuelta al mundo.
Oficiales posando junto al cuerpo, señalando las heridas con sus dedos, algunos incluso sonriendo a la cámara. Había una fascinación mórbida, como si quisieran poseer físicamente algo del mito que acababan de destruir. Pero lo que las fotografías públicas no capturaron fue lo que sucedió después. Cuando cerraron las puertas al público, un médico militar, cuyo nombre nunca fue oficialmente registrado, realizó una autopsia improvisada sin autorización de ningún familiar ni instancia legal.
Durante ese procedimiento tomó muestras de órganos que nunca fueron debidamente documentadas. Hubo una obsesión por poseer físicamente pedazos de él”, explica el investigador argentino Martín Spac. Como si matarlo no fuera suficiente. Necesitaban desmantelarlo, convertirlo en fragmentos que pudieran controlar.
El acto más perturbador vino después. Siguiendo órdenes del alto mando, cortaron las manos del Che. La justificación oficial era preservar sus huellas dactilares para confirmación de identidad, pero el simbolismo era devastador. Le quitaron las manos que habían sostenido armas, que habían escrito manifiestos revolucionarios, que habían curado enfermos cuando era médico.
Era una mutilación que iba más allá de lo práctico. Era un intento de borrar su capacidad de acción, incluso en la muerte. Las manos cortadas fueron enviadas a Buenos Aires en un frasco de formol. El cuerpo mutilado quedó en Belly Grendit, pero solo por unas horas más las autoridades bolivianas enfrentaban ahora un dilema imposible. Entregar el cuerpo a Cuba o Argentina crearía un lugar de peregrinaje revolucionario.
Enterrarlo públicamente en Bolivia tendría el mismo efecto. La solución decidida al más alto nivel político y con asesoría directa de agentes de la CIA fue tan bruto como definitiva. El cuerpo del Che debía desaparecer completamente en la noche del 11 de octubre de 1967. Apenas dos días después de la ejecución, un pequeño grupo de soldados recibió órdenes secretas.
El general Alfredo Ovando había elegido personalmente el lugar, la pista de aterrizaje de Bell Gendy. Allí, bajo la tierra donde aterrizaban los aviones militares, excavaron una fosa común. El cuerpo del Che fue colocado junto con los restos de seis guerrilleros más que habían sido ejecutados en días previos. No hubo ceremonias, no hubo marcas, no hubo testigos más allá de los soldados que cavaron.
Cuando terminaron, pasaron un bulldoger por encima para aplanar completamente el terreno y borrar cualquier rastro de excavación reciente a los soldados que participaron en la operación los hicieron jurar sobre la bandera boliviana que nunca revelarían lo que habían visto. Los dispersaron a diferentes unidades militares en distintas partes del país.
Algunos llevaron el secreto a la tumba. Otros, décadas después, cuando el peso se volvió insoportable, comenzaron a hablar. Uno de ellos confesó a investigadores en los años 90, “Nos dijeron que si alguna vez hablábamos nos pasaría lo mismo que a él. Cábamos durante horas.” El cuerpo fue colocado en la fosa junto con otros seis guerrilleros.
Cuando terminamos pasaron un bulldoger por encima. Durante 30 años viví con esa amenaza y ese secreto. Cada vez que veía una fotografía del che en una camiseta o un póster, pensaba, “Yo sé dónde está realmente.” Bajo tierra, sin nombre, pisoteado por aviones militares todos los días durante tres décadas.
Mientras el rostro del Che se convertía en el icono político más reconocido del mundo, reproducido en millones de productos, sus restos permanecían ocultos en esa fosa sin marca. La versión oficial boliviana sostenía que había sido cremado y sus cenizas esparcidas en un lugar secreto. Era una mentira perfecta, imposible de verificar, imposible de desmentir.
Hasta 1995, ese año, el general retirado Mario Vargas Salinas, uno de los oficiales que había participado en la operación de encubrimiento, rompió décadas de silencio. enfermo, anciano y atormentado por la culpa, reveló que el cuerpo había sido enterrado clandestinamente cerca de la pista de Belligendy.
Su confesión desencadenó una búsqueda arqueológica sin precedentes. Un equipo internacional de antropólogos forenses liderado por el cubano Jorge González y el argentino Alejandro Inchaurregiui, comenzó a excavar en la zona indicada. Fue un trabajo meticuloso y emocionalmente agotador. Recordaría González años después.
Sabíamos que estábamos buscando no solo restos humanos, sino un símbolo de importancia histórica mundial. El 28 de junio de 1997, exactamente 30 años después de su muerte, encontraron una fosa común conteniendo siete esqueletos. Uno de ellos, identificado posteriormente mediante análisis forenses y dentales, era Ernesto Cheegevara.
Los restos confirmaron los aspectos más perturbadores de la historia, las múltiples heridas de bala, la ausencia de las manos que habían sido amputadas después de la muerte, los signos de una autopsia improvisada, la verdad enterrada durante tres décadas. Finalmente salía a la luz. Los restos del Che fueron trasladados a Cuba, donde recibieron un funeral de estado masivo y fueron depositados en un mausoleo en Santa Clara, la ciudad donde había ganado su batalla más importante durante la revolución. Pero la ironía final de
esta historia no escapó a nadie. Lo que le hicieron al Cheo ese proceso calculado de destrucción física y simbólica tuvo exactamente el efecto contrario al que buscaban las autoridades bolivianas y estadounidenses. Pensaban que matándolo brutalmente, mutilando su cuerpo y haciéndolo desaparecer, destruirían el mito.
En cambio, crearon al mártir perfecto. Las fotografías de su cadáver, con su rostro sereno y sus ojos entreabiertos, recordaban inevitablemente a las representaciones clásicas de Cristo muerto. La brutalidad de su ejecución revelada décadas después solo reforzó su imagen de alguien que murió por sus convicciones sin rendirse jamás, queriendo destruir al hombre.
crearon involuntariamente el símbolo eterno.