Posted in

Las 24 HORAS De TORTURA Del CHE — El CALVARIO SECRETO Que OCULTARON Al MUNDO

 

Nadie imaginaba que tras la captura del guerrillero más famoso del siglo XX comenzaría un infierno de 24 horas que la historia oficial ha intentado borrar durante más de cinco décadas. Ernesto Cheegevara, el médico argentino convertido en símbolo de la revolución mundial, no murió simplemente ejecutado por un pelotón boliviano, como cuentan los libros de historia.

Lo que realmente sucedió en aquella pequeña escuela de la higuera, Bolivia entre el 8 y 9 de octubre de 1967, fue un sistemático proceso de tortura física y psicológica que recién ahora, con testimonios de los últimos testigos vivos y documentos desclasificados, podemos reconstruir en toda su brutal dimensión.

Lo que le hicieron al Che fue inhumano, revela Carlos Figueroa, ex sooldado boliviano que participó como joven recluta en la captura del revolucionario. Los informes oficiales dicen que simplemente lo ejecutaron. La verdad es mucho más aterradora. Tras ser herido y capturado en la quebrada del yuro el 8 de octubre, Guevara fue trasladado, atado y sangrando hasta la pequeña escuela de la higuera, un pueblo remoto en las montañas bolivianas.

A partir de ese momento comenzó un proceso metódico de interrogatorio y tortura diseñado no solo para extraer información, sino para quebrar física y espiritualmente al hombre que se había convertido en el rostro de la resistencia antiimperialista. La orden del gobierno era mantenerlo vivo hasta extraer toda la información posible.

explica Figueroa. No se trataba solo de matar al Che. Querían destruirlo, humillarlo y arrancarle cada dato sobre sus aliados y colaboradores en todo el mundo. Según múltiples testimonios, El Che llegó a la higuera con una herida de bala en la pierna que no había recibido atención médica. Lejos de tratar esta herida, los militares bolivianos, bajo supervisión de agentes de la CIA la utilizaron como instrumento de tortura.

Vi como un oficial introducía sus dedos en la herida abierta del Che. Recuerda con horror Figueroa. Le preguntaban sobre Cuba, sobre otros movimientos guerrilleros y con cada respuesta insatisfactoria hundían más los dedos en la carne viva. Sus gritos se escuchaban en todo el pueblo. Julia Cortés, la maestra de la escuela convertida en centro de tortura, fue una de las pocas civiles que pudo ver al Che durante su cautiverio.

 Su testimonio, silenciado durante décadas por miedo a represalias, es escalofriante. Cuando me permitieron verlo, apenas pude reconocerlo, relata Cortés. Tenía el rostro hinchado, la mirada febril. Estaba atado a una silla temblando con la ropa manchada de sangre. Me pidió agua y un oficial le golpeó en el estómago diciendo, “Los comunistas no merecen agua.

” Conforme avanzaba la noche del 8 de octubre, la escuela de la higuera se transformó en un verdadero laboratorio de dolor donde se aplicaron técnicas de tortura que posteriormente se volverían tristemente célebres en las dictaduras latinoamericanas. Llegaron dos hombres de civil que hablaban inglés con acento estadounidense, continúa Figueroa.

Traían un maletín metálico. Cuando lo abrieron, vi cables, pinzas y un dispositivo con diales. Era un equipo portátil de electrochoques. Este testimonio coincide con documentos desclasificados de la CIA que confirman la presencia de agentes estadounidenses en la higuera durante la captura y detención del Che.

 Félix Rodríguez, agente cubano americano de la CIA, ha admitido su presencia, aunque siempre negóci en torturas. Empezaron con descargas en los genitales, relata Figueroa con voz entrecortada. Era un método calculado para maximizar el dolor sin dejar marcas evidentes. Entre descarga y descarga le hacían preguntas sobre contactos en Cuba, planes futuros, redes de apoyo.

 El che se mordía los labios hasta sangrar para no gritar. Otro método de tortura descrito por múltiples testigos fue la simulación de ahogamiento, técnica hoy conocida como waterboarding, que décadas después sería empleada en Guantánamo. Le colocaban un trapo húmedo sobre la cara y vertían agua lentamente. Describe Pedro Saucedo, otro exoldado boliviano presente aquella noche.

El agua impedía la respiración provocando la sensación de ahogamiento. Lo llevaban al límite, lo dejaban recuperarse unos segundos y volvían a empezar. Era una muerte temporal repetida una y otra vez. Particularmente perturbador es el testimonio sobre la manipulación deliberada de la herida en su pierna, que para entonces mostraba signos claros de infección.

Un oficial presionaba la herida mientras otro le hacía preguntas. ¿Recuerdas? Habían mezclado tierra con la sangre para acelerar la infección. Una septicemia lenta sería apropiada para un comunista”, dijo uno de los americanos. A pesar de estas torturas brutales, todos los testimonios coinciden en un punto extraordinario.

El Chen nunca quebró su voluntad de resistencia. Según Cortés, quien pudo verlo brevemente en la mañana del 9 de octubre, su cuerpo estaba destruido, pero su mirada seguía siendo desafiante. Me dijo en voz baja, “Pueden torturar mi cuerpo, pero no mis convicciones.” Lo que hace particularmente estremecedor el caso del Che es que la tortura física se combinó con sofisticadas técnicas de tortura psicológica, revelando un nivel de planificación que iba mucho más allá de la simple brutalidad.

Los americanos traían fotografías falsificadas, revela Figueroa. Imágenes manipuladas que supuestamente mostraban a los compañeros del chef siendo torturados. “Ellos están sufriendo por tu culpa”, le decían. Una palabra tuya puede terminar con su sufrimiento. Esta técnica de manipulación emocional fue complementada con falsos testimonios de guerrilleros supuestamente capturados, grabaciones manipuladas y cartas falsificadas.

Le mostraron documentos que parecían ser cartas de Fidel Castro abandonándolo a su suerte. explica Roberto Sánchez, historiador que ha tenido acceso a documentos recientemente desclasificados. También le presentaron falsas comunicaciones de su esposa en Cuba, sugiriendo que ella y sus hijos estaban siendo perseguidos.

 Todo era falso, diseñado para quebrar su resistencia emocional. Particularmente cruel fue la privación de sueño, combinada con cambios bruscos de temperatura y exposición a ruidos constantes. No lo dejaban dormir, recuerda Saucedo. Cuando caía exhausto, lo despertaban con baldes de agua helada. Mantenían la puerta abierta durante la noche fría de la montaña y durante el día cerraban la habitación para convertirla en un horno.

Read More