El sol sangraba sobre el Mediterráneo, tiñendo el agua de un rojo espeso, casi metálico. El Parque Natural de Cabo de Gata era un monstruo de piedra volcánica durmiendo bajo el calor asfixiante del final del verano en Almería. Yo, Mai, estaba de pie al borde del Arrecife de las Sirenas, con la cámara aferrada entre mis manos sudorosas. El silencio era absoluto. Antinatural. Ni el grito de una gaviota, ni el batir de las olas contra la roca negra. La quietud era tan opresiva que me zumbaban los oídos. No había viento. Ni una sola brisa que aliviara la atmósfera densa y cargada. El mar parecía una lámina de cristal oscuro.
Fue entonces cuando lo vi.
A unos cien metros de distancia, en la cornisa de un acantilado afilado como una cuchilla de obsidiana, algo blanco flotaba en el aire. Ajusté el teleobjetivo de mi cámara, el corazón dándome un vuelco inesperado. A través del visor, la imagen se enfocó, nítida y absurda. Era un vestido. Un Áo Dài de seda blanca pura, el traje tradicional vietnamita que mi madre solía usar, ondeando furiosamente en el aire.
Pero no había viento.
El tejido de seda se retorcía, se elevaba y caía como si estuviera atrapado en un huracán invisible, desafiando toda ley de la física. Y había alguien dentro de él. Una figura femenina, de espaldas a mí, caminando por el borde del abismo con una urgencia aterradora. La seda blanca brillaba contra el basalto negro con una iridiscencia fantasmal.
El instinto de fotógrafa, o quizás una curiosidad suicida, me obligó a moverme. Dejé la bolsa del equipo en el suelo y comencé a correr. Las piedras volcánicas crujían bajo mis botas de montaña, amenazando con torcerme los tobillos a cada paso. “¡Eh!”, grité, pero mi voz pareció ser engullida por el vacío del desierto. La figura no se detuvo. Seguía avanzando hacia la cima del acantilado más alto, donde la caída hacia el mar era de más de cincuenta metros en vertical.
Corrí más rápido, con los pulmones ardiendo por el aire seco. El pánico empezó a trepar por mi garganta. La mujer caminaba erráticamente, tropezando, como si estuviera herida o huyendo de algo que yo no podía ver. El Áo Dài blanco seguía agitándose violentamente en el aire muerto.
Llegué a la base del promontorio y comencé a escalar por el sendero improvisado. Mis manos se raspaban contra las rocas afiladas. Sangré, pero no me importó. Tenía que alcanzarla. Había algo profundamente hipnótico y aterrador en esa visión. Al llegar a la cima, la encontré acorralada en el borde extremo. A un paso del vacío.
“¡Por favor, no te muevas!”, grité, jadeando, extendiendo una mano hacia ella. “Es peligroso”.
La mujer dejó de agitarse. El Áo Dài blanco, de repente, cayó inerte sobre su cuerpo, como si el viento fantasma hubiera cesado de golpe. Lentamente, muy lentamente, se dio la vuelta.
El aire abandonó mis pulmones. El mundo entero pareció detenerse, congelado en un solo segundo de horror puro, absoluto y paralizante. Mi cámara, colgada al cuello, golpeó contra mi pecho con un sonido sordo. Mis rodillas temblaron hasta casi ceder.
Esa mujer… era yo.
Eran mis ojos almendrados, mi cabello negro y lacio, ahora enmarañado y pegado a la frente por el sudor. Era mi rostro. Pero un rostro destrozado por el terror, envejecido por un trauma insondable. Tenía un corte profundo en el pómulo izquierdo, del que manaba sangre fresca. Y el Áo Dài blanco… Dios mío, el Áo Dài. La inmaculada seda blanca estaba empapada, teñida de enormes manchas carmesí en la zona del abdomen y las manos. Sangre. Mucha sangre. Y no parecía ser toda suya.
Intenté retroceder, pero mis pies estaban clavados en la roca. Un grito mudo se atascó en mi garganta. ¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Era una alucinación provocada por el calor del desierto almeriense?
La “otra” Mai me miró con una desesperación que me heló la sangre. Sus ojos, mis propios ojos, estaban inyectados en sangre y desorbitados. Se tambaleó hacia mí, alejándose del borde. Extendió sus manos temblorosas y manchadas de rojo oscuro, agarrándome por los hombros con una fuerza sobrehumana. Su tacto era real. Estaba ardiendo. Olía a sudor, a miedo y a hierro metálico. Olía a muerte.
“Escúchame”, siseó. Su voz era la mía, pero rota, rasgada, como si hubiera estado gritando durante horas. “Tienes que escucharme. No hay tiempo”.
“¿Quién… qué eres?”, balbuceé, las lágrimas de puro terror nublando mi visión. “¿Me estoy volviendo loca?”
“Soy tú”, sollozó, sacudiéndome con violencia. “Soy tú, Mai. Dentro de tres días. Hoy es viernes. Esto… esto que llevo encima,” miró sus manos ensangrentadas y luego a mí, “ocurrirá el lunes por la noche”.
“¡Suéltame!”, grité, intentando zafarme, pero su agarre era de hierro.
“¡No lo hagas!”, gritó ella, acercando su rostro al mío hasta que pude sentir su aliento errático. “¡No vayas a la Casa de los Ágaves! ¡Huyas a donde huyas, no hables con él! Te lo ruego, Mai. Te van a incriminar. Y al final… al final lo vas a matar. Yo lo maté. Yo… nosotros lo asesinamos”.
“¿A quién? ¿De qué estás hablando? ¡Yo nunca haría daño a nadie!”, protesté, sintiendo que me desmayaba. El cielo rojo del atardecer parecía dar vueltas a mi alrededor.
“Alejandro… Alejandro Vargas”, escupió el nombre como si fuera veneno. De repente, miró por encima de mi hombro hacia el sendero por el que yo había subido. El terror puro distorsionó aún más sus facciones. “Están aquí. La paradoja se está cerrando”.
No había nadie detrás de mí. Cuando me volví hacia ella, vi que su cuerpo comenzaba a parpadear. Literalmente, a parpadear, como la estática de un televisor antiguo. La imagen de mi yo futuro, cubierta de sangre, vacilaba y se volvía translúcida.
“El lunes… detente…”, suplicó, su voz sonando ahora lejana, ahogada.
Con un último esfuerzo desesperado, introdujo una mano en el bolsillo oculto del pantalón de seda bajo la túnica y sacó algo que presionó violentamente contra mi mano derecha, cerrando mis dedos sobre ello.
“Cambia el encuadre, Mai”, susurró. Fue lo último que dijo.
Una ráfaga de viento repentino, brutal y helado, barrió el acantilado, levantando una nube de polvo volcánico que me cegó por un instante. Cuando volví a abrir los ojos, tosiendo, estaba completamente sola. El sol se había hundido en el mar, dejando tras de sí un crepúsculo púrpura y frío. El silencio había regresado.
Temblorosa, caí de rodillas sobre la roca dura. Mis manos no paraban de temblar. Abrí el puño derecho. En mi palma, cubierta por una fina capa de sangre seca que no era mía, había una pequeña tarjeta de memoria SD, negra y anodina, y una antigua llave de latón con un ágave grabado en la empuñadura.
El terror dejó paso a una náusea profunda. Vomité allí mismo, al borde del abismo. No era un golpe de calor. El tacto de la llave en mi mano, el rastro de sangre en mi piel… era la prueba física y tangible de una imposibilidad espeluznante. Yo, Mai, una fotógrafa de paisajes de veintiocho años que ni siquiera podía soportar ver sufrir a un insecto, iba a asesinar a un hombre llamado Alejandro Vargas dentro de exactamente setenta y dos horas. Y mi yo futuro había atravesado una brecha en el tiempo, huyendo de la escena de un crimen que aún no se había cometido, solo para advertirme.
Me puse en pie a duras penas. El Cabo de Gata ya no era un paraíso de tranquilidad fotográfica; se había transformado en una inmensa prisión de piedra y mar. Miré la tarjeta SD y la llave. La noche cayó de golpe, envolviéndome en su oscuridad. La cuenta atrás había comenzado.
Corrí hacia mi coche, un viejo todoterreno de alquiler aparcado cerca del faro. El trayecto de vuelta a mi hotel en San José fue una pesadilla borrosa. Cada faro que aparecía en el retrovisor me hacía jadear de pánico. Creía ver la túnica blanca agitándose en cada arbusto que bordeaba la sinuosa carretera del desierto. El aire acondicionado estaba al máximo, pero yo sudaba frío.
“Tres días”, repetía en voz alta, golpeando el volante. “Tres días. Viernes, sábado, domingo… El lunes por la noche”.
Llegué a la pequeña habitación de la pensión. Cerré la puerta con pestillo, eché la cadena y arrastré la pesada silla de roble hasta encajarla bajo el pomo. Me dirigí al pequeño lavabo y me froté las manos con jabón y agua caliente hasta que la piel se me quedó enrojecida e irritada. La sangre de la otra Mai desapareció por el desagüe, girando en un remolino rosado. Me miré en el espejo. Mis ojos oscuros, mi cabello lacio. No había cicatrices en mi pómulo. Aún no.
Saqué mi ordenador portátil de la mochila con movimientos torpes y espasmódicos. Encendí la pantalla, cuyo resplandor azulado iluminó la penumbra de la habitación. Con dos dedos temblorosos, inserté la tarjeta SD manchada de sangre en la ranura. El sistema tardó unos segundos agónicos en reconocerla. Apareció una carpeta en la pantalla: DCIM_CRIME.
Tragué saliva. Hice doble clic.
Había solo tres fotografías. Archivos RAW de alta resolución, tomados con una cámara idéntica a la mía. Verifiqué los metadatos de los archivos, buscando alguna fecha de creación pasada. La sangre se me congeló en las venas.
Fecha de creación: Lunes, 11 de Mayo. 23:45 h.
Era dentro de tres días.
Abrí la primera imagen. Mostraba el interior de una villa espectacularmente moderna, construida con hormigón desnudo y grandes ventanales de cristal. La arquitectura brutalista contrastaba con la decoración opulenta. Era un salón enorme. En el centro, sobre una inmaculada alfombra persa que ahora absorbía un charco oscuro y viscoso, yacía un hombre. Estaba boca abajo. Llevaba un traje de lino claro, arruinado por el rojo. Un pesado pisapapeles de bronce en forma de cabeza de lobo descansaba a escasos centímetros de su cráneo destrozado.
Solté un gemido ahogado y me tapé la boca con ambas manos.
Pasé a la segunda fotografía. Era un primer plano del rostro del hombre muerto, tomado desde un ángulo cenital. Tenía unos cincuenta años, rasgos afilados, cabello canoso peinado hacia atrás. Sus ojos estaban abiertos, fijos en la nada, cristalizados en el horror del impacto final. Reconocí al instante la ferocidad y el poder en ese rostro inmóvil, aunque nunca lo había visto en mi vida. Este debía ser Alejandro Vargas.
Con la mano temblando tan violentamente que apenas podía controlar el ratón, pasé a la tercera y última foto.
Se me cortó la respiración. Mi corazón empezó a latir con una fuerza que me producía dolor físico en el pecho.
La tercera foto no era del cadáver. Era un reflejo. La cámara había sido apuntada hacia un gran espejo de diseño asimétrico que colgaba en la pared del salón de la villa. Y en el espejo, sosteniendo la cámara con una mano manchada de sangre y mirando directamente al objetivo con una expresión de vacío psicópata… estaba yo.
Llevaba el Áo Dài blanco. El mismo que había visto ondear en el acantilado. Estaba empapado en sangre, salpicado desde el pecho hasta las rodillas. En mi mano izquierda colgaba indolentemente la llave de latón con el ágave grabado. Mi rostro en la foto estaba desprovisto de emoción, frío como el hielo, con el profundo corte en el pómulo izquierdo goteando lentamente. No era la Mai aterrada del acantilado. Era una Mai que había cruzado una línea de no retorno. Una asesina.
Cerré el ordenador de golpe. El sonido fue como un disparo en el silencio de la habitación.
“No,” susurré en la oscuridad. “No, no, no. Esto es falso. Es un montaje. Alguien me está gastando una broma macabra.”
Pero yo sabía de fotografía. Sabía identificar un montaje. Las sombras, la reflexión de la luz en la sangre fresca, la textura de la seda… esas fotos eran dolorosa y asquerosamente reales. Y luego estaba el encuentro físico, el tacto ardiente de mi otro yo, la llave física que ahora descansaba sobre mi mesilla de noche.
Me acurruqué en la cama, abrazando mis rodillas. La lógica me dictaba que huyera. Si sabía que en tres días iba a matar a un hombre en Cabo de Gata, la solución era obvia: largarme de Cabo de Gata inmediatamente. Conducir hasta el aeropuerto de Almería, coger el primer vuelo a Madrid y luego desaparecer de España. Si yo no estaba aquí el lunes, el asesinato no podría ocurrir. La paradoja se rompería.
El plan me calmó un poco. Al amanecer, me marcharía. Hice las maletas febrilmente, metiendo mi equipo fotográfico y mi ropa a trompicones. No pegué ojo en toda la noche, sobresaltándome con cada ruido que provenía del pasillo del hostal.
Cuando los primeros rayos de sol iluminaron débilmente la ventana, agarré mis cosas, bajé a recepción, dejé el dinero de la estancia en el mostrador y salí corriendo hacia mi todoterreno. El aire fresco de la mañana me golpeó en la cara. Encendí el motor. Rugió con vida.
Puse rumbo a la carretera principal que conectaba San José con Almería. Sentí un inmenso alivio. Solo tenía que conducir ochenta kilómetros y estaría a salvo de mi propio destino.
Dejé atrás las blancas casas del pueblo y me adentré en la sinuosa carretera que serpenteaba a través de las áridas montañas volcánicas. El paisaje, que apenas unos días atrás me parecía de una belleza sobrecogedora y salvaje, ahora me resultaba amenazador. Las chumberas y las pitas se alzaban como garras retorcidas contra el cielo pálido.
Llevaba unos veinte kilómetros recorridos cuando sucedió.
Al tomar una curva cerrada conocida como el Mirador de la Amatista, frené en seco, los neumáticos chirriando salvajemente contra el asfalto. El coche derrapó, deteniéndose a escasos centímetros de un desastre.
La carretera había desaparecido.
Durante la noche, sin que hubiera llovido ni soplado viento, un desprendimiento masivo de rocas había colapsado toda la ladera de la montaña. Toneladas de basalto negro y tierra roja bloqueaban por completo el paso, creando una muralla infranqueable de más de diez metros de altura. Parte de la carretera se había desmoronado, cayendo al abismo hacia el mar.
Me bajé del coche, con las piernas temblando. Miré el bloqueo. Era imposible pasar, ni a pie ni en vehículo. Cogí el teléfono móvil para llamar a emergencias o buscar una ruta alternativa.
Sin servicio.
La barra de cobertura estaba completamente vacía. Maldije en voz alta. Sabía que la cobertura en el Parque Natural era irregular, pero justo allí, en el mirador, siempre había habido señal. Volví al coche y miré el GPS del salpicadero. La pantalla parpadeó y mostró un mensaje de error: Pérdida de señal de satélite.
Empecé a sentir una presión asfixiante en el pecho. Di la vuelta al todoterreno e intenté buscar la carretera secundaria de tierra que llevaba hacia Las Negras y Fernán Pérez, la única otra salida posible del parque. Conduje como una posesa levantando nubes de polvo blanco.
Pero al llegar al cruce, me encontré con la Guardia Civil. Dos agentes flanqueaban unas barreras con luces parpadeantes.
Me bajé la ventanilla, tratando de ocultar mi desesperación. “Buenos días, agente. Necesito llegar a Almería urgentemente. ¿Qué ocurre?”
El guardia civil, un hombre joven de rostro quemado por el sol, me miró con expresión severa. “Lo siento, señorita. El parque está cerrado indefinidamente. Ha habido una serie de movimientos sísmicos anómalos durante la madrugada. Se han registrado desprendimientos masivos en todas las vías de salida. Además, por alguna extraña razón, las redes de telecomunicaciones están caídas en toda la zona. Nadie entra y nadie sale hasta que los técnicos de carreteras y protección civil despejen las vías, y eso tardará días.”
“Pero… ¡tengo un vuelo!”, mentí, sintiendo que el pánico me ahogaba. “Es una emergencia vital.”
“Tendrán que cancelarlo. Es por su seguridad. Le aconsejo que vuelva a su hotel y espere instrucciones. No se acerque a los acantilados.”
El destino, el universo, o sea lo que fuere que gobernara las reglas del tiempo, me había cerrado las puertas. Estaba atrapada en Cabo de Gata. En el tablero de juego.
Conduje de vuelta a San José, sintiéndome como un ratón en un laberinto diseñado por un sádico. La advertencia de mi yo futuro resonaba en mi cabeza: “La paradoja se está cerrando”. El aislamiento forzoso del parque no era una coincidencia. El universo estaba reajustando sus piezas para asegurar que el lunes por la noche, yo estuviera en la Casa de los Ágaves sosteniendo ese pisapapeles de bronce.
Aparqué cerca del paseo marítimo y entré en una pequeña cafetería. Pedí un café solo doble, que no hizo nada por calmar mis nervios desgarrados. Extendí sobre la mesa un mapa en papel del Parque Natural que había comprado el primer día.
Tenía que cambiar de táctica. Si no podía huir, tenía que luchar. Si no podía salir de Cabo de Gata, tenía que averiguar dónde demonios estaba la ‘Casa de los Ágaves’ y mantenerme a cien kilómetros de distancia de ella. Tenía que descubrir quién era Alejandro Vargas y asegurarme de que nuestros caminos nunca se cruzaran.
Mi yo futuro dijo: “No vayas a la Casa de los Ágaves… huyas a donde huyas, no hables con él”. Esas eran mis instrucciones.
Llamé al camarero, un hombre mayor con acento cerrado.
“Perdone, ¿conoce alguna villa por aquí llamada la Casa de los Ágaves?”, le pregunté.
El hombre frunció el ceño mientras limpiaba la barra. “La Casa de los Ágaves, dice… Claro. Todo el mundo aquí la conoce, aunque pocos la han visto de cerca. Es una mansión enorme, puro hormigón moderno, que desentona con los cortijos tradicionales. Está aislada en una finca privada cerca de la Cala del Plomo, al norte del parque. ¿Por qué lo pregunta? No es un lugar turístico. El dueño valora mucho su privacidad.”
Tragué grueso. “Soy fotógrafa de arquitectura. Estaba haciendo un reportaje sobre edificios modernos integrados en entornos naturales,” inventé rápidamente. “¿Sabe quién es el propietario?”
“Un tipo de fuera. Muy rico. Un tal Alejandro Vargas. Dicen que es coleccionista de arte, o marchante, o algo así. Compró la finca hace un año y construyó esa mole. Apenas se deja ver por el pueblo, pero cuando lo hace, siempre viene escoltado y dejando mucho dinero en los mejores restaurantes.”
“Entiendo. Gracias.”
Pagué y salí rápidamente. Cala del Plomo. Estaba a unos cuarenta minutos hacia el norte, por caminos de tierra infernales.
Bien. Ya sabía dónde estaba el escenario del crimen. Y sabía el nombre de la víctima. El plan era sencillo: encerrarme en mi habitación hasta el martes por la mañana. No salir para nada. No hablar con nadie. Aislarme completamente de la línea temporal que me llevaba al desastre.
Regresé a la pensión. Eran las doce del mediodía del sábado. Faltaban poco más de cuarenta y ocho horas.
Me tiré en la cama, mirando fijamente el techo. El silencio en mi habitación era tan pesado como en el acantilado. Trataba de leer un libro, pero las letras bailaban ante mis ojos. Intentaba dormir, pero cada vez que cerraba los párpados veía la imagen de Alejandro Vargas muerto con el cráneo destrozado.
A las cinco de la tarde, alguien llamó a mi puerta.
Salté de la cama como si me hubieran electrocutado. El corazón me latía desbocado en la garganta. No esperaba a nadie. Aislada en el parque sin red móvil, nadie de fuera podría contactarme.
“¿Sí?”, pregunté, acercándome a la puerta sin quitar la cadena.
“Señorita Mai Tran,” dijo una voz masculina, profunda y educada desde el otro lado. “¿Es usted la fotógrafa?”
Mi apellido. ¿Cómo sabía mi apellido? Solo la recepcionista lo tenía registrado.
“¿Quién es usted?”, inquirí, pegando el ojo a la mirilla.
Afuera había un hombre impecablemente vestido con un traje de lino claro. Era alto, de unos cincuenta años, con el cabello canoso peinado hacia atrás y unos rasgos faciales afilados e imperiosos.
Sentí como si el suelo de la habitación se abriera bajo mis pies para engullirme. El oxígeno abandonó mis pulmones. Mis piernas flaquearon y tuve que apoyarme contra la pared para no caer.
El traje de lino. El rostro.
Era el muerto. Era Alejandro Vargas. Vivo, respirando y de pie al otro lado de mi puerta.
“Perdone la intrusión, señorita Tran,” continuó el hombre con voz afable, ajeno al pánico absoluto que me estaba consumiendo. “Soy Alejandro Vargas. He visto su trabajo expuesto temporalmente en la galería local de Rodalquilar. Su serie sobre los paisajes del delta del Mekong en Vietnam es sencillamente magistral. Precisamente estoy ampliando mi colección privada de arte contemporáneo con artistas de ascendencia asiática. Me han informado de que se aloja aquí y dada la desafortunada situación del aislamiento del parque, he pensado que sería una excelente oportunidad para hablar de negocios. Quisiera comprarle todo su portafolio actual. Y pagarle muy, muy bien por él.”
Mi cerebro dejó de funcionar. La paradoja no solo se estaba cerrando; me estaba embistiendo como un tren de mercancías. Yo no había ido a buscarlo. Él había venido a buscarme a mí. Mi intento de aislarme y huir no había evitado el destino; simplemente había alterado ligeramente la ruta para llegar exactamente al mismo punto.
“Huyas a donde huyas, no hables con él.” La voz de mi yo futuro gritaba en mi mente.
“Yo… yo no vendo mi trabajo, señor Vargas,” logré articular, mi voz temblando descontroladamente. “Y no me encuentro bien. Por favor, váyase.”
Hubo un silencio al otro lado de la puerta. A través de la mirilla, vi cómo la sonrisa afable de Vargas se desvanecía lentamente, siendo reemplazada por una expresión de fría intensidad, casi depredadora. Fue un cambio sutil, pero aterrorizante.
“Es una lástima,” dijo suavemente, y su tono ahora tenía un filo cortante. “Tengo entendido que es usted una mujer con talento, pero sin recursos. Le estoy ofreciendo la oportunidad de su vida, señorita Tran. He organizado una pequeña cena esta noche en mi residencia, la Casa de los Ágaves. Solo unos pocos invitados selectos del mundo del arte que, como nosotros, han quedado atrapados en este hermoso lugar. La espero a las nueve. No aceptaré un no por respuesta. Sería una grosería… y a mí no me gusta la gente grosera en mi territorio.”
Me pasó una tarjeta por debajo de la puerta, una cartulina negra con letras grabadas en plata. Y luego escuché el sonido de sus elegantes zapatos alejándose por el pasillo.
Miré la tarjeta en el suelo. Llevaba la dirección de la Casa de los Ágaves. Junto a ella estaba la pequeña llave de latón que me había dado mi yo futuro.
Me dejé caer al suelo, sollozando, con la espalda contra la puerta. Estaba perdiendo la cabeza. El tiempo se retorcía como una serpiente venenosa estrangulando mi realidad.
Si no iba a la cena, él seguiría buscándome. Había visto algo en sus ojos a través de la mirilla; una obsesión malsana. Un hombre que conseguía lo que quería. Pero si iba… si ponía un pie en esa casa brutalista, sabía exactamente cómo terminaría la noche del lunes.
Decidí que la mejor defensa era el ataque. No para matarlo, por Dios, sino para entender el mecanismo de esta trampa. Necesitaba saber por qué una fotógrafa de paisajes iba a asesinar a un marchante de arte. Tenía que ir a la cena esta noche. Explorar el terreno, encontrar sus debilidades y escapar antes de que la línea temporal me forzara a coger el pisapapeles de bronce.
Pasé el resto de la tarde preparándome como si fuera a ir a la guerra en lugar de a un evento social. Revisé todo mi equipo fotográfico. Oculté la tarjeta SD y la llave en el forro interior de mi chaqueta. Me vestí con ropa oscura y discreta.
A las ocho de la tarde, subí al coche y emprendí el camino hacia la Cala del Plomo. La oscuridad en el parque natural era absoluta, rota únicamente por los faros de mi vehículo iluminando los arcenes polvorientos.
Llegué a la finca. Unas imponentes puertas de acero forjado bloqueaban el camino. Había un intercomunicador. Pulsé el botón.
“¿Sí?”, resonó una voz metálica.
“Soy Mai Tran. El señor Vargas me ha invitado.”
Las pesadas puertas se abrieron silenciosamente. Conduje por un camino de grava blanca flanqueado por inmensos ágaves iluminados por focos a ras de suelo, proyectando sombras monstruosas, como arañas gigantes, contra los muros de contención.
Al final del camino se alzaba la Casa de los Ágaves. Era exactamente como en la foto ensangrentada. Un búnker de lujo hecho de hormigón crudo, cristal y madera oscura, asomado sobre un acantilado menor. Parecía una fortaleza diseñada para resistir el apocalipsis.
Aparqué junto a un par de coches deportivos de alta gama que indicaban que, efectivamente, había otros invitados. Antes de salir de mi todoterreno, respiré hondo tres veces, intentando frenar el tamborileo de mi corazón. “Cambia el encuadre”, había dicho mi yo futuro. ¿Qué significaba eso? En fotografía, cambiar el encuadre significa mirar la escena desde una perspectiva diferente para alterar por completo la historia que cuenta la imagen. Tenía que mirar esta situación con otros ojos. No era una víctima arrastrada por el destino; era la fotógrafa, yo debía controlar el encuadre.
Salí del coche. El aire nocturno olía a salitre y a jazmín silvestre.
La puerta principal, una enorme hoja pivotante de madera maciza, estaba abierta. Un sirviente uniformado me recibió con frialdad y me guio hacia el interior.
El salón principal me dejó sin aliento. Era inmenso. El suelo era de mármol pulido. Y allí, en el centro, extendida bajo una gigantesca lámpara de araña de diseño moderno, estaba la alfombra persa inmaculada. La misma alfombra que en mis pesadillas, en tres días, estaría empapada de sangre. A pocos metros, apoyado sobre una mesa baja de cristal, relucía el pesado pisapapeles de bronce con forma de cabeza de lobo.
Un escalofrío violentísimo recorrió mi espina dorsal. Estaba de pie en la escena de mi futuro crimen.
“Señorita Tran, ¡qué alegría que haya decidido honrarnos con su presencia!”, la voz de Alejandro Vargas retumbó a mis espaldas.
Me giré, disimulando el temblor de mis manos. Vargas llevaba un esmoquin informal. Sostenía una copa de vino tinto que, bajo la luz ambarina del salón, parecía sangre oscura. Detrás de él, esparcidos por la estancia, había cuatro o cinco invitados más, conversando en voz baja y bebiendo champán.
“Señor Vargas,” dije, obligándome a mantener un tono neutral. “Gracias por la invitación. Aunque debo admitir que mi interés en vender mi obra es limitado.”
Él sonrió, mostrando unos dientes perfectos y afilados. Se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal de una manera sutil pero deliberada.
“El valor del arte, mi querida Mai,” dijo arrastrando mi nombre de pila con una familiaridad no solicitada, “reside en la historia que se esconde detrás de la imagen. Ven, quiero enseñarte algo.”
Me tomó del codo suavemente, pero con una firmeza que no admitía resistencia, y me guio hacia un pasillo lateral que alejaba del murmullo de los demás invitados. El pasillo estaba en semipenumbra, iluminado solo por pequeños focos que resaltaban obras de arte colgadas en las paredes de hormigón. Eran piezas perturbadoras. Esculturas de metal retorcido que parecían figuras agonizantes, pinturas abstractas en tonos violentos.
Llegamos a una gran puerta doble al final del pasillo. Vargas sacó una llave pequeña de su bolsillo. No era de latón como la mía, era electrónica, pero el gesto hizo que mi estómago se contrajera.
Abrió la puerta y encendió las luces.
Era su galería privada. Y lo que vi allí me dejó petrificada, paralizada por un terror tan profundo y frío que sentí que el corazón se me detenía en el pecho.
Las paredes de esta gran sala, climatizada a la perfección, no estaban cubiertas de pinturas ni esculturas abstractas. Estaban cubiertas de fotografías.
Decenas, tal vez cientos de fotografías, meticulosamente enmarcadas y colgadas con precisión milimétrica. Y todas y cada una de ellas eran fotografías mías.
Pero no mis paisajes. No mis exposiciones sobre el Mekong o los desiertos.
Eran fotografías de mí.
Había fotos mías tomando un café en Madrid el mes pasado. Fotos mías cargando la cámara en el aeropuerto. Fotos mías comprando en un supermercado. Fotos mías, tomadas desde lejos con teleobjetivo, caminando por los acantilados de Cabo de Gata apenas dos días atrás. Había una obsesiva, escalofriante línea temporal visual de mi vida, documentada sin mi conocimiento.
Y en el centro de la sala, sobre un maniquí iluminado como si fuera una reliquia sagrada, descansaba un Áo Dài de seda blanca pura. Exactamente igual al de mi madre. Exactamente igual al que la Mai del futuro llevaba manchado de sangre.
“¿Qué… qué es esto?”, susurré, incapaz de articular la voz más alta. Sentía que me asfixiaba. La trampa no era el destino; la trampa era él. Este hombre llevaba acechándome semanas, tal vez meses.
Vargas se situó detrás de mí. Pude sentir el calor de su cuerpo cerca de mi espalda.
“Es mi obra maestra,” susurró él junto a mi oído, su aliento rozando mi cuello. “Colecciono belleza, Mai. Pero el paisaje es estático, aburrido. La verdadera belleza reside en la transformación. En el dolor, en el miedo, en llevar a un espíritu puro al límite absoluto y capturar el momento de la ruptura.”
Me di la vuelta de golpe, alejándome de él, chocando contra una pequeña mesa expositora. “Usted es un psicópata. Me ha estado acosando.”
“Acosar es una palabra tan vulgar,” rió suavemente, cruzando los brazos a la espalda. “Prefiero considerarlo un proceso de curaduría. Te elegí, Mai. Eres la musa perfecta. Inocente, talentosa, ligada a un trágico pasado familiar a través de ese hermoso vestido tradicional. He orquestado todo esto. El bloqueo del parque, la falta de cobertura… tengo mis contactos. Nadie puede ayudarte aquí.”
Mi mente trabajaba a mil por hora. La advertencia de mi yo futuro cobraba un sentido atroz. “Te van a incriminar… Yo lo maté.” Vargas no me quería matar; quería llevarme al límite psicológico para que yo misma cometiera un acto de violencia extrema que él pudiera, de alguna forma enfermiza, poseer como arte. Estaba orquestando su propio asesinato para corromperme.
“Se acabó,” dije, sacando fuerza de la desesperación. “Me voy ahora mismo. Si intenta detenerme, gritaré, y sus invitados…”
“Oh, mis invitados,” Vargas sonrió indulgentemente. “No son invitados, Mai. Son espectadores. Son parte del jurado. Ellos están aquí para presenciar tu metamorfosis durante este fin de semana. Saben perfectamente a lo que venían.”
Miré hacia la puerta abierta por la que habíamos entrado. En el extremo del pasillo, las siluetas de tres de los invitados habían aparecido, observándonos en silencio. Sus rostros estaban en sombras, pero su postura no era casual; bloqueaban la única ruta de escape.
“El juego de supervivencia acaba de comenzar,” anunció Vargas, extendiendo los brazos. “Tienes hasta el lunes por la noche para encontrar una salida, Mai. La casa y la finca son tuyas para explorar. Puedes correr, puedes esconderte, puedes intentar luchar. Todo está documentado por mis cámaras ocultas. Será el reportaje más exquisito de mi colección. Tu colapso final.”
Tragué saliva, el sabor metálico del miedo puro en mi boca. Estaba atrapada en una casa de los horrores con un depredador millonario, asilada del mundo, con una línea temporal que exigía sangre para el lunes a las once y cuarenta y cinco de la noche.
“Cambia el encuadre,” repetía la voz de mi yo ensangrentado.
No iba a dejarme doblegar. Deslicé la mano discretamente hacia el bolsillo de mi chaqueta, donde mis dedos rozaron la fría superficie de la llave de latón. El símbolo del ágave grabado en ella parecía palpitar. Había una puerta que Vargas no conocía. Una variable en su guion perfecto.
Miré a los ojos del sociópata que tenía delante. La Mai del futuro no era una asesina rota por el destino; era una mujer que había aprendido a cazar al cazador. Y me había dado las herramientas para hacerlo.
El reloj del pasillo empezó a dar campanadas sordas. Eran las nueve y media de la noche del sábado.
Faltaban exactamente cincuenta horas. Y yo no iba a ser la presa de su macabra exposición. Iba a ser su verdugo.
Capítulo 4: El Laberinto del Minotauro
El reloj del pasillo empezó a dar campanadas sordas. Eran las nueve y media de la noche del sábado. Faltaban exactamente cincuenta horas. Y yo no iba a ser la presa de su macabra exposición. Iba a ser su verdugo.
Los tres invitados que bloqueaban la puerta permanecían inmóviles, como gárgolas de carne y hueso con trajes de alta costura. Vargas me observaba con esa sonrisa indulgente y gélida, deleitándose en mi pánico como un sumiller catando un vino añejo. Él esperaba que yo me derrumbara. Esperaba lágrimas, súplicas, la rendición total que precedía a la ruptura psicológica que tanto ansiaba documentar.
Pero “cambia el encuadre” no era solo un consejo sobre la perspectiva de una cámara; era una filosofía de supervivencia. Si él controlaba el escenario, yo tenía que romper los focos.
Sin previo aviso, agarré la pesada escultura de metal retorcido que descansaba sobre el pedestal más cercano a mí. Pesaba al menos quince kilos, una masa de hierro frío y aristas afiladas. Con un grito que me desgarró la garganta, alimentado por el terror puro y la adrenalina, lancé la escultura no contra Vargas, sino contra la inmensa cristalera de la galería que daba al jardín interior.
El estruendo fue ensordecedor. El cristal templado estalló en millones de fragmentos brillantes que llovieron sobre el suelo de hormigón como una cascada de diamantes letales. La alarma de seguridad de la casa aulló instantáneamente, un chillido agudo y palpitante que inundó los pasillos, sumiendo el refinado ambiente en un caos absoluto.
Vargas retrocedió instintivamente, cubriéndose el rostro con los brazos para protegerse de los cristales voladores. Los tres invitados en la puerta se sobresaltaron, rompiendo su formación por una fracción de segundo. Fue todo el tiempo que necesité.
No corrí hacia la puerta. Salté a través del ventanal destrozado hacia la oscuridad del jardín interior.
Caí sobre un lecho de grava y plantas crasas. Un trozo de cristal me rasgó la pernera del pantalón y sentí el escozor de un corte superficial en el gemelo, pero el dolor quedó silenciado por el rugido de mi propia sangre en los oídos. Me puse en pie de un salto y me sumergí en las sombras.
La Casa de los Ágaves, vista desde el exterior, era un rompecabezas brutalista de bloques de hormigón superpuestos, terrazas colgantes y pasillos al aire libre. La iluminación del jardín era tenue, diseñada para resaltar las formas geométricas de los enormes ágaves, cuyas hojas puntiagudas parecían cuchillos listos para empalar a quien se acercara demasiado.
“¡Encontradla!”, escuché la voz de Vargas rugir desde el interior, perdiendo por primera vez su tono educado. “¡Cerrad el perímetro! ¡Nadie sale de la finca!”
Me pegué a un muro de contención, fundiéndome con la negrura de la piedra. Mi respiración era irregular, ronca. Tenía que calmarme. El pánico era el aliado de Vargas. Cerré los ojos y visualicé el mapa mental que había hecho de la casa al llegar. Era inmensa, construida en varios niveles que descendían por la ladera del acantilado hacia el mar. Si intentaba saltar el muro perimetral, sus guardias, que seguramente patrullaban con perros o cámaras térmicas, me cazarían como a un conejo.
La única opción era esconderme en el vientre de la bestia. Tenía que volver a entrar en la casa, pero por una zona que no controlaran.
Me deslicé entre los arbustos espinosos, moviéndome lentamente hacia el ala este de la mansión, donde la estructura parecía más antigua, menos iluminada. Evité los sensores de movimiento manteniéndome fuera del alcance de los caminos de grava, arrastrándome literalmente por el barro volcánico.
Encontré una puerta de servicio de metal, pintada del mismo color gris oscuro que el hormigón. Estaba cerrada, pero la cerradura era antigua, no electrónica. Saqué la pequeña llave de latón que me había dado mi yo futuro. El corazón me dio un vuelco. ¿Sería esta la puerta? Introduje la llave. No encajaba. La ranura era demasiado estrecha. La llave del ágave tenía otro propósito.
Maldije en silencio. Cogí una roca afilada del suelo y, con movimientos precisos y desesperados, forcé el marco de la puerta de servicio, haciendo palanca hasta que el pestillo oxidado cedió con un chasquido metálico. Me deslicé al interior justo cuando los haces de luz de unas potentes linternas barrían el jardín por el que acababa de pasar.
Me encontraba en un pasillo estrecho y húmedo, flanqueado por tuberías industriales. Olía a lejía y a humedad. Debía ser el nivel de mantenimiento. Caminé de puntillas, guiándome solo por las débiles luces de emergencia. Cada goteo de las cañerías sonaba como un disparo. Cada sombra parecía adquirir la forma de Vargas con su sonrisa de depredador.
Llegué a una sala de lavandería inmensa. Sábanas blancas de lino estaban apiladas en grandes carros industriales, recordándome macabramente al Áo Dài y a la mortaja en la que pretendían convertirme. Me arrastré debajo de una gran mesa de planchado industrial, rodeándome de cestos de ropa sucia para ocultar mi cuerpo.
Allí, en la oscuridad, rodeada por el olor a detergente industrial, dejé que las lágrimas fluyeran. Lloré en silencio, tapándome la boca con ambas manos, temblando de forma incontrolable. Era viernes por la noche. O más bien, la madrugada del domingo ya. El tiempo se estaba acabando y yo estaba atrapada en un laberinto de locura.
De repente, un crujido estático resonó en la habitación.
“Mai,” la voz de Vargas llenó el espacio, amplificada por un sistema de megafonía oculto en el techo de la casa. Sonaba distorsionada, espectral, como la voz de un dios malévolo jugando con una hormiga. “Mai, Mai, Mai… Qué decepción. Esperaba una reacción más artística. Romper un ventanal es tan… cliché.”
Me encogí sobre mí misma, abrazando mis rodillas.
“¿Crees que puedes esconderte en mi propia casa?”, continuó la voz, destilando una crueldad sedosa. “Cada rincón de este edificio fue diseñado por mí. Conozco sus latidos. Conozco sus sombras. Mis invitados y yo estamos disfrutando mucho de esta cacería. Han apostado mucho dinero sobre qué día te quebrarás. Algunos dicen que mañana. Yo, personalmente, apuesto por el lunes por la noche. Eres fuerte, Mai. Tienes esa resistencia de los supervivientes de la guerra en tu ADN, ¿verdad? Tu madre huyó en un barco. Tú huyes por los pasillos de mantenimiento. La historia rima.”
Me tapé los oídos, intentando bloquear su veneno psicológico. Estaba intentando asustarme, intentando obligarme a moverme, a cometer un error.
“Puedes dormir esta noche, Mai,” dijo la voz, bajando el tono a un susurro conspiratorio. “Te doy esta noche de tregua. Pero mañana, el juego será más físico. Y recuerda… no hay red móvil. No hay escapatoria. Solo tú, yo, y el inevitable final.”
El altavoz chasqueó y el silencio volvió a caer sobre la lavandería, más pesado y opresivo que antes. No cerré los ojos en toda la noche. Me quedé allí, agarrando la llave de latón en mi mano izquierda y la tarjeta SD en la derecha, como si fueran talismanes que pudieran proteger mi cordura.
Capítulo 5: Voces en la Oscuridad
El domingo amaneció sin que yo viera la luz del sol. Sabía que era de día porque el leve zumbido de los sistemas de aire acondicionado cambió su frecuencia.
Tenía que moverme. Quedarme debajo de la mesa era esperar pasivamente a que los perros me encontraran. Además, la deshidratación y el hambre empezarían a afectar mi capacidad de pensar con claridad. Salí de mi escondite con los músculos agarrotados y doloridos.
Comencé a explorar los niveles inferiores de la Casa de los Ágaves. Evitaba los huecos de las escaleras principales y los ascensores, utilizando las escaleras de incendios y los pasillos de servicio. La casa era un monstruo de hormigón, un testimonio de la riqueza obscena y el ego desmedido de Vargas.
A mediodía, logré infiltrarme en las cocinas principales. Afortunadamente, estaban vacías en ese momento; el servicio debía estar preparando el comedor en la planta superior. Robé tres botellas de agua mineral, un cuchillo de chef de acero al carbono y varias barras de proteínas de la despensa. Con el estómago levemente asentado, mi cerebro empezó a funcionar con más nitidez.
¿Por qué la llave de latón? ¿Por qué mi yo futuro me la dio con tanta urgencia?
Mi otro yo me había advertido: “No hables con él, te van a incriminar… Yo lo maté”.
Yo estaba asumiendo que mi futuro yo se refería a Alejandro Vargas. Pero al analizar las fotos de la tarjeta SD en mi memoria, me di cuenta de un detalle atroz. La primera foto, la del cuerpo boca abajo con el traje de lino claro… El traje de lino claro era idéntico al que Vargas llevaba en mi hostal, sí. Pero la víctima no mostraba su rostro. Solo veía cabello canoso. ¿Y si el hombre asesinado en la alfombra persa no era Vargas? ¿Y si Vargas obligaba a uno de sus invitados, o tal vez a un doble, a vestir como él, forzándome a cometer el asesinato en un estado de terror o drogadicción, para luego incriminarme, poseyendo las fotos como el trofeo definitivo?
“La verdadera belleza reside en llevar a un espíritu puro al límite absoluto y capturar el momento de la ruptura,” había dicho él.
Quería destruirme. Quería que la Mai que amaba fotografiar paisajes serenos se convirtiera en una asesina paranoica.
Mientras avanzaba por un pasillo en desuso en el subsuelo, escuché voces. Me pegué a la pared, ocultándome detrás de una gran estatua de mármol negro.
Eran dos de los invitados. Caminaban lentamente, sosteniendo copas de cristal.
“Es fascinante,” decía uno, un hombre corpulento con acento extranjero. “Alejandro ha superado sus exhibiciones anteriores. ¿Recuerdas a la chica de Venecia? Fue poético, sí, pero esta… aislar el parque natural, aprovechar la anomalía magnética de Cabo de Gata para cortar las comunicaciones… es una obra de ingeniería social espectacular.”
“Sí,” respondió el otro, una voz aguda y fría. “Pero me preocupa la variable temporal. Ya sabes por qué Alejandro compró esta finca específica. Las cuevas volcánicas bajo esta casa están situadas sobre el epicentro de la falla magnética. Cuando la presión tectónica sube, el campo se distorsiona. Él cree que la intensa carga emocional de un asesinato, sumada a la anomalía, puede generar un pliegue.”
“Pamplinas esotéricas,” se burló el hombre corpulento. “Alejandro es un sádico con ínfulas de físico cuántico. Solo quiere ver cómo la chica se vuelve loca y destroza el cráneo de ese pobre infeliz que ha contratado para que haga de doble. Una vez que ella lo mate, Alejandro llamará a la policía, entregará las grabaciones trucadas y ella pasará el resto de su vida en una prisión española. Arte puro, dice él.”
“Aun así,” murmuró el otro, “no te acerques al sótano norte. Alejandro tiene prohibida la entrada allí. Dice que las ‘raíces’ de la casa son inestables.”
Pasaron de largo, dejándome helada, pero con una claridad absoluta.
El plan estaba expuesto. Vargas no iba a morir. Había contratado a un doble. Iban a empujarme hasta la locura, acorralarme, probablemente drogarme o amenazarme con algo peor, hasta que yo misma levantara ese maldito pisapapeles de bronce de lobo y matara al doble, creyendo que era Vargas o actuando en defensa propia. Luego, con la casa llena de cámaras, tendrían el asesinato perfecto, grabado desde múltiples ángulos, con una asesina incuestionable: Mai Tran.
Esa era la trampa original. Ese era el destino del que mi yo futuro huía. La Mai del acantilado había caído en la trampa. Había matado al doble. Había sido incriminada. Y en su desesperada huida, cubierta de la sangre del doble, había encontrado el “pliegue” temporal en las cuevas del sótano norte, saltando tres días atrás para detenerse a sí misma.
“Sótano norte,” susurré para mí misma.
Ahí estaba la respuesta. Si el pliegue estaba allí, la llave de latón que me dio mi yo del futuro debía abrir la puerta hacia esas cuevas.
Capítulo 6: El Secreto del Ágave
Tardé horas en localizar el sótano norte. La mansión era un engaño arquitectónico, llena de pasillos sin salida y falsas paredes. Tuve que evadir a tres patrullas de guardias de seguridad armados con porras eléctricas. A medida que descendía, el aire se volvía más denso, cargado de un fuerte olor a azufre y mar cerrado. El diseño limpio de hormigón fue dejando paso a roca volcánica negra y desnuda, como si la casa no hubiera sido construida sobre el acantilado, sino excavada directamente en sus entrañas hirvientes.
Al final de un corredor excavado en la roca madre, iluminado solo por una bombilla parpadeante, encontré la puerta.
No era de alta tecnología ni de hormigón. Era una puerta antigua, maciza, hecha de una madera oscura y pesada, probablemente rescatada de un naufragio de los siglos pasados. Y en el centro de la madera, profundamente tallado con una precisión meticulosa, estaba el símbolo: un ágave perfecto, con sus hojas puntiagudas abiertas en abanico.
Saqué la llave de latón. Mis manos ya no temblaban. La desesperación había sido reemplazada por una ira fría y calculadora.
Introduje la llave en la cerradura de hierro oxidado. Giró con un crujido áspero, un sonido de metal contra metal que pareció resonar en mis huesos. Empujé la pesada puerta.
Una ráfaga de aire helado me golpeó el rostro, seguida de un zumbido de baja frecuencia que me hizo vibrar los empastes de los dientes. No estaba en una habitación. Estaba en una inmensa caverna natural.
El techo de la cueva se perdía en la oscuridad, lleno de estalactitas afiladas. En el centro de la caverna, una enorme fisura en el suelo dejaba ver un abismo del que ascendía un vapor azulado, fosforescente. El zumbido provenía de allí. Era como escuchar el latido del corazón del planeta, pero arrítmico, enfermo. Esta era la anomalía magnética de la que hablaban los invitados. Un lugar donde las fuerzas de la tierra colisionaban, rasgando el tejido mismo de la realidad.
A un lado de la caverna, instalado de manera grosera sobre tablones de madera, había un improvisado centro de mando. Había docenas de monitores de vigilancia encendidos, ordenadores de alta capacidad y mesas llenas de planos y documentos.
Me acerqué cautelosamente a los monitores. Vargas tenía cámaras en todas partes. Pude ver el salón principal, la galería donde estaba el vestido blanco, los pasillos, el jardín… incluso el interior de las habitaciones de invitados.
Sobre la mesa principal, encontré unos cuadernos de cuero. Eran los diarios de Vargas.
Los abrí y comencé a leer rápidamente a la luz azulada de las pantallas. Las palabras escritas a pluma revelaban la profundidad de su demencia. Hablaba de la fotografía no como arte, sino como “robo del alma”. Hablaba de crear “puntos de inflexión en el espacio-tiempo” mediante el trauma humano extremo.
“La energía liberada por un alma inocente al cometer su primer asesinato es inmensa”, había escrito Vargas en una página fechada tres meses atrás. “Esa energía, combinada con el vórtice electromagnético natural de Cabo de Gata, debería ser suficiente para abrir una ventana sostenida. Mai Tran es el catalizador perfecto. Su pureza es repugnante. Su colapso será magnífico. La obra se llamará ‘El Sacrificio del Ágave’. El actor que interpretará mi papel en la escena final, un desgraciado sin familia, ya ha sido pagado. Las cámaras están listas. El lunes por la noche, durante el pico de la tormenta magnética, la forzaré a matarlo. Y yo grabaré la ruptura del tiempo.”
Cerré el diario de golpe. Me sentí enferma. Toda mi vida, mi talento, mis traumas pasados… todo había sido seleccionado por este monstruo para utilizarme como una batería biológica en su experimento psicópata.
Me fijé en un ordenador portátil abierto. Tenía un lector de tarjetas SD.
Con un movimiento rápido, saqué la tarjeta ensangrentada de mi bolsillo y la inserté. Abrí los archivos RAW. Ahora, sabiendo la verdad, examiné la tercera foto con una perspectiva completamente diferente. La foto de mi yo futuro en el espejo, cubierta de sangre, sosteniendo la cámara con una mirada vacía.
Hice zoom en la imagen, ampliando el rostro de mi yo futuro. Los ojos… no estaban muertos, no estaban vacíos por la locura. Estaban fríos. Eran los ojos de alguien que estaba actuando. Amplié la sangre en la ropa. El rojo era demasiado brillante, la viscosidad era extraña. Y luego miré el espejo. El ángulo de reflexión…
“Cambia el encuadre.”
Las piezas del rompecabezas encajaron con una violencia ensordecedora en mi mente.
Mi yo futuro no me trajo estas fotos como prueba de una derrota inevitable. ¡Me las trajo como un manual de instrucciones! La Mai del futuro no había sucumbido a la trampa de Vargas. Había creado una ilusión óptica, una falsificación fotográfica. Había fabricado las imágenes de un crimen que jamás ocurrió para engañar al sistema de Vargas, o tal vez para crear la “prueba” necesaria para cerrar el bucle temporal sin tener que convertirse en una asesina.
La sangre de las fotos no era real. Era pintura o sangre de atrezo. El hombre muerto en la primera foto… no importaba si era el doble o Vargas, lo importante es que la foto en el espejo estaba escenificada.
Si yo mataba al doble, perdía mi alma y Vargas ganaba. Si Vargas me mataba a mí, yo moría y el experimento fallaba. La única forma de sobrevivir y derrotar a Vargas era darle la imagen que quería, pero arrebatándole el control del evento. Tenía que organizar mi propia sesión fotográfica en medio del infierno.
Miré a mi alrededor en el refugio subterráneo. Había cajas etiquetadas con material de atrezzo, luces de flash estroboscópicas profesionales, botes de maquillaje teatral de efectos especiales, litros de sangre falsa, y mandos a distancia para sincronizar cámaras. Vargas había preparado todo para que el asesinato pareciera perfecto en cámara. Yo iba a usar sus propias herramientas para destruir su obra magna.
Capítulo 7: La Directora de Fotografía
Pasé el resto del domingo y la mayor parte del lunes preparando mi obra maestra.
El escondite en las cuevas era el punto ciego de Vargas. Desde allí, utilizando los monitores, memoricé las rutinas de los guardias y los ángulos muertos de las cámaras en el salón principal. Sabía que la confrontación final estaba programada para el lunes a las 23:45. Vargas lo había orquestado todo para que culminara en ese momento exacto, cuando el vórtice magnético alcanzaría su pico.
A las tres de la madrugada del lunes, me escabullí hasta la galería de arte. La alarma había sido reparada, pero al observar los monitores descubrí que los guardias hacían la ronda cada treinta minutos. Aproveché la ventana de tiempo. Entré como un espectro, bajé el vestido de seda blanca, el Áo Dài, del maniquí y me lo llevé de vuelta a la cueva.
Me lo probé en la penumbra iluminada por la fisura volcánica. La seda fría me abrazó la piel como un sudario. Preparé bolsas ocultas debajo de la túnica llenas de la sangre falsa ultrarrealista que había encontrado en las cajas. Conecté detonadores inalámbricos en miniatura, del tamaño de una moneda, a bolsas de pintura escondidas en los bolsillos.
Luego, vino la parte más peligrosa. El salón principal.
A las dos de la tarde del lunes, mientras Vargas y sus invitados almorzaban en la terraza exterior creyéndome acorralada en algún pasillo superior, me arrastré por los conductos de ventilación hasta el techo del gran salón brutalista.
Desde allí, usando hilo de pescar transparente y cinta adhesiva negra mate, instalé estratégicamente cuatro potentes unidades de flash estroboscópico de las cajas de Vargas, apuntándolas directamente hacia las zonas donde se colocarían los espectadores y el propio Vargas. No eran flashes normales; los configuré a su máxima potencia, capaces de cegar temporalmente a cualquiera que no estuviera preparado. Sincronicé todos los flashes con un disparador remoto oculto en la manga del Áo Dài.
Por último, instalé mi propia cámara, la que colgaba de mi cuello desde el viernes, en un soporte casi invisible detrás de un pilar, enfocando hacia el inmenso espejo asimétrico. Sincronicé el disparo de la cámara con el último estallido de los flashes.
El escenario estaba montado. La trampa estaba lista. Yo ya no era el sujeto de la fotografía; ahora, yo era la directora de arte, la fotógrafa y la protagonista de una obra letal.
A las diez de la noche del lunes, la tormenta prometida estalló sobre Cabo de Gata. No llovía, pero el viento aullaba como una legión de almas condenadas, azotando los muros de hormigón de la mansión. Las luces principales de la casa comenzaron a parpadear inestablemente debido a la interferencia magnética de la falla bajo nuestros pies.
Me puse el Áo Dài. Me manché las manos deliberadamente con la pintura roja. Tomé aire, un aire espeso y cargado de electricidad estática. Salí del sótano y caminé, sin ocultarme, hacia el gran salón.
Capítulo 8: Lunes, 23:45
Cuando abrí las puertas de doble hoja del salón, la escena que encontré fue una coreografía del terror cuidadosamente calculada por Vargas.
Los invitados estaban allí, de pie en la pasarela elevada de cristal que bordeaba el salón, observando desde las alturas como los patricios romanos en el Coliseo. Abajo, en el centro de la alfombra persa, estaba Alejandro Vargas. Llevaba el traje de lino claro. Sostenía una pistola negra y mate en su mano derecha.
Pero no estaba solo. A pocos metros de él, arrodillado en el suelo, sollozando histéricamente, había un hombre atado de manos y pies. Llevaba una máscara de tela sobre la cabeza, pero su ropa… llevaba un traje idéntico al de Vargas. El doble. El cordero del sacrificio.
En la mesita de cristal, reflejando la luz titilante de las lámparas, descansaba el pesado pisapapeles de bronce con forma de cabeza de lobo.
“Mai,” dijo Vargas, su voz resonando en las paredes de hormigón. Su sonrisa era triunfal, los ojos desorbitados por una euforia maníaca. “Llegas justo a tiempo. El vórtice se está abriendo abajo. Siento la vibración en mis botas.”
Caminé lentamente hacia el centro de la sala. La seda blanca del vestido ondeaba a mi alrededor. Mantuve mi rostro inexpresivo, bloqueando el terror, canalizando la frialdad de la mujer en la fotografía.
“Has vestido la túnica,” suspiró Vargas, fascinado. “Hermoso. Absolutamente hermoso. La novia del caos.” Señaló al hombre arrodillado con la pistola. “Este gusano miserable ha venido a morir esta noche. Pero tú serás su verdugo, Mai. Es el paso final para tu evolución. Si no lo haces,” amartilló la pistola, “yo te dispararé a ti en las rodillas y dejaré que mis invitados bajen a divertirse contigo. La elección es tuya. Toma el lobo de bronce.”
El reloj digital empotrado en la pared marcaba las 23:43. Faltaban dos minutos.
Me acerqué a la mesa de cristal. Mis manos enguantadas en sangre falsa temblaban de forma coreografiada, fingiendo el pánico absoluto. Cogí el pesado pisapapeles de bronce. Estaba frío.
“¡Así es, Mai!”, gritó Vargas, acercándose un paso más, levantando la cámara que llevaba colgada al cuello para inmortalizar el momento. Los invitados en la pasarela se inclinaron sobre la barandilla, conteniendo el aliento. “¡Hazlo! ¡Libera la energía! ¡Golpéalo!”
Me giré hacia el hombre arrodillado. Levanté el pesado bronce en el aire.
23:44:50. Diez segundos.
Miré directamente a los ojos de Vargas, que brillaban de anticipación detrás del visor de su cámara.
“Diga patata, hijo de puta,” susurré.
23:44:59.
Apreté el detonador oculto en mi manga.
El salón entero estalló en un infierno de luz blanca, cruda y ciega.
Los cuatro flashes estroboscópicos ocultos en el techo detonaron simultáneamente a su máxima potencia, lanzando descargas lumínicas de miles de vatios por segundo. Fue como si el sol hubiera nacido y explotado dentro de la habitación.
El efecto fue devastador. Vargas soltó un grito de dolor, dejando caer su cámara y llevándose las manos a los ojos, completamente ciego. Arriba, en la pasarela, los invitados aullaron mientras la luz quemaba sus retinas no preparadas.
En el caos de la luz estroboscópica palpitante, que convertía el salón en una pesadilla epiléptica, me moví con una velocidad brutal. No golpeé al pobre hombre arrodillado. Me abalancé sobre Vargas.
Aprovechando su ceguera temporal, le arrebaté la pistola de las manos con un giro violento. Él lanzó un manotazo al aire, presa del pánico, y sus nudillos, que llevaban un pesado anillo de oro, impactaron salvajemente contra mi pómulo izquierdo.
Sentí el crujido del hueso y un estallido de dolor agudo. La piel se rasgó y la sangre, mi sangre real, caliente y punzante, comenzó a correr libremente por mi rostro. La cicatriz. La marca del destino se había cumplido.
No me detuve. Con el cañón de su propia pistola, le asesté un golpe certero en la base del cráneo, detrás de la oreja. Vargas, el todopoderoso cazador, se desplomó como un fardo de ropa sucia, golpeando el suelo de mármol con un sonido sordo. Su cuerpo inerte, vestido con el traje de lino claro, quedó boca abajo sobre la inmaculada alfombra persa.
Inmediatamente, aplasté las bolsas de sangre falsa ocultas en mi vestido, cubriéndome de un rojo intenso y viscoso. Dejé caer el pisapapeles de bronce a escasos centímetros de la cabeza de Vargas y vacié otra bolsa de sangre sobre él.
Los flashes seguían estallando, ocultando mis movimientos precisos. Corrí hacia el espejo asimétrico. Miré el objetivo de mi cámara oculta detrás del pilar.
El reloj marcó las 23:45.
La cámara, programada por mí, disparó su propia ráfaga. Capturó el cuerpo de Vargas boca abajo en la alfombra, rodeado de sangre. Me capturó a mí, reflejada en el espejo, cubierta de rojo, con la herida sangrante en el pómulo, sosteniendo mi cámara principal y con una mirada fría, muerta, ensayada.
La imagen del destino no era un asesinato. Era un engaño magistral. El hombre de la foto no era el doble; era el propio Vargas, inconsciente y enmarcado en su propia trampa.
Apagué los flashes de golpe. La oscuridad que siguió fue tan absoluta que mis propios ojos tardaron en ajustarse. Solo la débil luz de emergencia del pasillo iluminaba la dantesca escena.
Los gritos de los invitados bajaban por las escaleras. “¡Alejandro! ¡Alguien disparó! ¡Mátala, dispárale!” Estaban recuperando la visión.
Arranqué mi cámara del pilar, me guardé la tarjeta SD en el bolsillo del pantalón bajo la túnica blanca y corrí.
Capítulo 9: Rompiendo el Bucle
Corrí como nunca había corrido en mi vida. El viento del exterior aullaba al unísono con las alarmas de la casa. Los guardias gritaban órdenes cruzadas. Estaba cubierta de sangre falsa y real, el Áo Dài ondeaba furiosamente, manchado de rojo. Era la imagen exacta de la pesadilla, pero la historia que contaba era la de mi liberación.
Me sumergí en los niveles inferiores, dirigiéndome directamente al sótano norte. A la puerta de madera con el ágave.
Escuchaba los pasos pesados de los guardias persiguiéndome por las escaleras de hormigón. “¡Va hacia el núcleo! ¡Detenedla!”
Atravesé la puerta y me adentré en la caverna volcánica. El aire era insoportablemente caliente. La anomalía magnética estaba en su punto álgido. El zumbido era un rugido ensordecedor. Sobre la fisura en el suelo, el aire se retorcía, doblando la luz, creando un espejo líquido que flotaba en el vacío. El pliegue en el tiempo. La puerta trasera del universo.
Miré el pliegue giratorio. Sabía exactamente a dónde llevaba. Me llevaría a los acantilados de Cabo de Gata, tres días en el pasado. Me llevaría a advertir a la Mai aterrada e inocente, entregándole la llave y las fotos, iniciando todo este infierno de nuevo.
Pero si yo cruzaba ese pliegue… yo desaparecería en el pasado, desvaneciéndome como un fantasma una vez cumplida la paradoja, tal y como vi a mi “otro yo” desintegrarse en la roca negra.
Me detuve en seco en el borde del abismo. Los guardias irrumpieron en la caverna, apuntándome con sus armas. Entre ellos, tambaleándose y agarrándose la cabeza ensangrentada, estaba Alejandro Vargas. Había recuperado el conocimiento.
“¡Mátala!”, escupió Vargas, señalándome con un dedo tembloroso, su rostro contorsionado por el odio. “¡Dispárale antes de que cruce!”
Miré a Vargas. Miré el pliegue temporal. Y sonreí. Una sonrisa torcida, manchada de sangre.
“Dije que iba a cambiar el encuadre, Alejandro,” grité por encima del rugido de la falla.
No salté hacia el pliegue temporal. No necesitaba hacerlo. La Mai del futuro que me advirtió en el acantilado no era yo; era un eco, un vestigio de una línea temporal alternativa donde yo sí caí en su trampa y fui incriminada. Esa “otra” Mai se había sacrificado saltando atrás para darme las herramientas necesarias. Ella cerró su propio bucle muriendo, entregándome el relevo. Yo no iba a repetir su ciclo. Yo iba a destruir la cámara oscura entera.
Con un movimiento rápido, saqué la pistola que le había arrebatado a Vargas en el salón y apunté no hacia ellos, sino hacia las gigantescas bombonas de gas a presión conectadas a los generadores que Vargas usaba para alimentar los ordenadores de la caverna.
Los ojos de Vargas se abrieron de terror puro. “¡No! ¡Destruirás la falla! ¡Nos matarás a to…!”
Apreté el gatillo tres veces seguidas.
Las balas perforaron el metal grueso de las bombonas. El gas altamente inflamable escapó con un silbido agudo, encontrándose inmediatamente con las chispas estáticas generadas por el vórtice electromagnético.
La explosión fue un titán de fuego azul y naranja que nació en las entrañas de la tierra.
La onda expansiva me golpeó con la fuerza de un tren. Fui lanzada hacia atrás, alejándome del vórtice, arrojada hacia un túnel volcánico secundario y estrecho que conducía hacia el mar, un túnel que había localizado en los mapas de Vargas. Mientras caía en la oscuridad, rodeada por el estruendo del derrumbe, vi cómo la caverna principal colapsaba. El techo de piedra cayó sobre Vargas, sus guardias y sus sofisticados equipos, sepultándolos bajo toneladas de basalto ardiente, sellando la anomalía temporal bajo una tumba de fuego eterno.
Rodé por el túnel descendente durante lo que parecieron horas, golpeándome contra rocas mojadas, hasta que caí abruptamente al agua fría y salada.
Emergí a la superficie tosiendo, escupiendo agua de mar. Estaba en una cueva marina a nivel del océano, fuera de los acantilados. La luna iluminaba débilmente el agua turbulenta. El aire era fresco, limpio de azufre y muerte. Nadé con las fuerzas que me quedaban hacia la salida de la cueva.
A mis espaldas, en lo alto del acantilado, la Casa de los Ágaves era un infierno de llamas que iluminaba el cielo nocturno. Había cambiado el encuadre de forma definitiva. Y la fotografía final era la de un imperio de sadismo reducido a cenizas.
Epílogo: Luz y Sombra
Madrid. Tres meses después.
La galería de arte en el barrio de Salamanca estaba abarrotada. Críticos, coleccionistas y periodistas se agolpaban con copas de champán en la mano, murmurando impresionados ante las piezas expuestas.
La exposición se titulaba “El Vórtice”.
Yo estaba de pie en una esquina, vestida con un traje de chaqueta negro, muy elegante, el cabello recogido en un moño estricto. La cicatriz en mi pómulo izquierdo era visible, una fina línea blanca que aportaba una asimetría dura pero fascinante a mi rostro. Ya no la ocultaba con maquillaje. Era mi medalla de honor.
Las fotografías colgadas en las paredes blancas de la galería no eran paisajes serenos. Eran oscuras, viscerales, violentas. Eran ampliaciones de la noche en la Casa de los Ágaves. Imágenes desenfocadas de hombres trajeados huyendo despavoridos bajo luces estroboscópicas; la geometría brutalista de la casa deformada por las sombras; el rostro desencajado y ciego de Alejandro Vargas en el instante previo a su caída.
Por supuesto, no había expuesto las fotografías originales que lo incriminaban todo. Esas, junto con el resto de los archivos que descargué de los servidores de Vargas antes de la explosión, habían sido enviadas anónimamente a la Interpol, a la Europol y a todos los periódicos importantes de Europa continental.
El escándalo había sido monumental. La explosión en Cabo de Gata, oficialmente atribuida a una fuga de gas durante un terremoto anómalo, reveló los sótanos ocultos. Las pruebas fotográficas anónimas destaparon una red de tráfico humano, chantajes internacionales y asesinatos rituales organizados por el filántropo del arte, Alejandro Vargas, y sus amigos millonarios. Vargas fue declarado desaparecido, presuntamente muerto en el derrumbe, aunque algunos decían que la falta de restos humanos en el epicentro sugería algo más siniestro. Yo sabía la verdad: él, y su retorcido ego, habían sido devorados por la singularidad que intentó controlar.
Nadie me relacionó jamás con la catástrofe. La Mai Tran que entró en Cabo de Gata había desaparecido. La que emergió del agua aquella madrugada era alguien forjado en hierro volcánico.
Un hombre mayor, un conocido crítico de arte de un prestigioso diario francés, se acercó a mí. Ajustó sus gafas de montura de carey, mirando fijamente la pieza central de la exposición.
Era una fotografía inmensa, impresa en papel de plata. Mostraba un vestido blanco de seda tradicional, un Áo Dài, colgado en una percha solitaria frente a un fondo negro absoluto. La seda estaba rasgada, quemada en los bordes, y profundamente manchada de un rojo oscuro que parecía casi vivo. No había nadie dentro del vestido, pero la prenda en sí misma parecía gritar.
“Es sublime, señorita Tran,” murmuró el crítico, sin apartar la vista de la tela ensangrentada. “Hay tanta violencia en esta imagen, y sin embargo… tanta resiliencia. Habla de huida, de escape. ¿Qué inspiró esta pieza en particular? ¿Es una metáfora política sobre el pasado de su familia en Vietnam?”
Me giré hacia él, esbozando una sonrisa calmada, impecable. Llevé mi mano izquierda al bolsillo de mi chaqueta, donde mis dedos rozaron la superficie fría y metálica de una antigua llave de latón con un ágave tallado. El último recuerdo de un fantasma que murió por mí en un acantilado de piedra negra.
“No,” respondí suavemente, mirando directamente a los ojos del crítico. “No es una metáfora política. Es un retrato de supervivencia. Se trata de cuando la vida te coloca frente al abismo, en el encuadre más oscuro posible…”
Hice una pequeña pausa, dejando que el murmullo de la galería llenara el silencio.
“…y tú decides que eres la única persona con derecho a apretar el disparador.”