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La Túnica Blanca Sobre los Acantilados de Cabo de Gata

El sol sangraba sobre el Mediterráneo, tiñendo el agua de un rojo espeso, casi metálico. El Parque Natural de Cabo de Gata era un monstruo de piedra volcánica durmiendo bajo el calor asfixiante del final del verano en Almería. Yo, Mai, estaba de pie al borde del Arrecife de las Sirenas, con la cámara aferrada entre mis manos sudorosas. El silencio era absoluto. Antinatural. Ni el grito de una gaviota, ni el batir de las olas contra la roca negra. La quietud era tan opresiva que me zumbaban los oídos. No había viento. Ni una sola brisa que aliviara la atmósfera densa y cargada. El mar parecía una lámina de cristal oscuro.

Fue entonces cuando lo vi.

A unos cien metros de distancia, en la cornisa de un acantilado afilado como una cuchilla de obsidiana, algo blanco flotaba en el aire. Ajusté el teleobjetivo de mi cámara, el corazón dándome un vuelco inesperado. A través del visor, la imagen se enfocó, nítida y absurda. Era un vestido. Un Áo Dài de seda blanca pura, el traje tradicional vietnamita que mi madre solía usar, ondeando furiosamente en el aire.

Pero no había viento.

El tejido de seda se retorcía, se elevaba y caía como si estuviera atrapado en un huracán invisible, desafiando toda ley de la física. Y había alguien dentro de él. Una figura femenina, de espaldas a mí, caminando por el borde del abismo con una urgencia aterradora. La seda blanca brillaba contra el basalto negro con una iridiscencia fantasmal.

El instinto de fotógrafa, o quizás una curiosidad suicida, me obligó a moverme. Dejé la bolsa del equipo en el suelo y comencé a correr. Las piedras volcánicas crujían bajo mis botas de montaña, amenazando con torcerme los tobillos a cada paso. “¡Eh!”, grité, pero mi voz pareció ser engullida por el vacío del desierto. La figura no se detuvo. Seguía avanzando hacia la cima del acantilado más alto, donde la caída hacia el mar era de más de cincuenta metros en vertical.

Corrí más rápido, con los pulmones ardiendo por el aire seco. El pánico empezó a trepar por mi garganta. La mujer caminaba erráticamente, tropezando, como si estuviera herida o huyendo de algo que yo no podía ver. El Áo Dài blanco seguía agitándose violentamente en el aire muerto.

Llegué a la base del promontorio y comencé a escalar por el sendero improvisado. Mis manos se raspaban contra las rocas afiladas. Sangré, pero no me importó. Tenía que alcanzarla. Había algo profundamente hipnótico y aterrador en esa visión. Al llegar a la cima, la encontré acorralada en el borde extremo. A un paso del vacío.

“¡Por favor, no te muevas!”, grité, jadeando, extendiendo una mano hacia ella. “Es peligroso”.

La mujer dejó de agitarse. El Áo Dài blanco, de repente, cayó inerte sobre su cuerpo, como si el viento fantasma hubiera cesado de golpe. Lentamente, muy lentamente, se dio la vuelta.

El aire abandonó mis pulmones. El mundo entero pareció detenerse, congelado en un solo segundo de horror puro, absoluto y paralizante. Mi cámara, colgada al cuello, golpeó contra mi pecho con un sonido sordo. Mis rodillas temblaron hasta casi ceder.

Esa mujer… era yo.

Eran mis ojos almendrados, mi cabello negro y lacio, ahora enmarañado y pegado a la frente por el sudor. Era mi rostro. Pero un rostro destrozado por el terror, envejecido por un trauma insondable. Tenía un corte profundo en el pómulo izquierdo, del que manaba sangre fresca. Y el Áo Dài blanco… Dios mío, el Áo Dài. La inmaculada seda blanca estaba empapada, teñida de enormes manchas carmesí en la zona del abdomen y las manos. Sangre. Mucha sangre. Y no parecía ser toda suya.

Intenté retroceder, pero mis pies estaban clavados en la roca. Un grito mudo se atascó en mi garganta. ¿Estaba perdiendo la cabeza? ¿Era una alucinación provocada por el calor del desierto almeriense?

La “otra” Mai me miró con una desesperación que me heló la sangre. Sus ojos, mis propios ojos, estaban inyectados en sangre y desorbitados. Se tambaleó hacia mí, alejándose del borde. Extendió sus manos temblorosas y manchadas de rojo oscuro, agarrándome por los hombros con una fuerza sobrehumana. Su tacto era real. Estaba ardiendo. Olía a sudor, a miedo y a hierro metálico. Olía a muerte.

“Escúchame”, siseó. Su voz era la mía, pero rota, rasgada, como si hubiera estado gritando durante horas. “Tienes que escucharme. No hay tiempo”.

“¿Quién… qué eres?”, balbuceé, las lágrimas de puro terror nublando mi visión. “¿Me estoy volviendo loca?”

“Soy tú”, sollozó, sacudiéndome con violencia. “Soy tú, Mai. Dentro de tres días. Hoy es viernes. Esto… esto que llevo encima,” miró sus manos ensangrentadas y luego a mí, “ocurrirá el lunes por la noche”.

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