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LA TORMENTA DE SIERRA NEVADA

Capítulo 1: El Frío Que Quema

El viento no aullaba; gritaba. Era un alarido gutural, constante y ensordecedor que se estrellaba contra las gruesas paredes de madera y piedra del refugio de alta montaña. Afuera, la Sierra Nevada española había desaparecido bajo un manto blanco y violento. Una borrasca de proporciones apocalípticas, la peor registrada en un siglo, había borrado los picos del Mulhacén y el Veleta, convirtiendo el mundo exterior en un infierno de hielo triturado y oscuridad.

Dentro de la cabaña, la temperatura apenas superaba los cero grados, pero el frío más agudo no provenía de la tormenta, sino del rincón más oscuro de la sala principal. Allí, envuelto en mantas térmicas de color naranja chillón, yacía Diego.

Mateo, el líder del equipo de rescate alpino, un hombre curtido por décadas de hielo y roca, frotó sus manos callosas frente a la pequeña estufa de leña. Sus ojos, enrojecidos por la falta de sueño y el resplandor del fuego, no se apartaban del bulto inerte. Lucía, la médica del equipo, estaba arrodillada junto a Diego. Su linterna frontal proyectaba un círculo de luz pálida sobre el rostro del hombre.

Hugo, el miembro más joven, golpeaba rítmicamente su piolet contra el suelo de madera, un tic nervioso que estaba volviendo loca a Carmen, la operadora de radio, quien intentaba en vano captar algo más que estática en su equipo.

—Déjalo ya, Hugo —siseó Carmen, arrancándose los auriculares—. Ya es bastante difícil sin que parezcas un metrónomo del infierno.

Hugo se detuvo, tragando saliva. Miró hacia Lucía. —¿Cómo está? —preguntó, con la voz temblorosa—. Llevaba horas quejándose del frío en la cornisa. Debe ser hipotermia severa.

Lucía no respondió de inmediato. Sus dedos, enguantados en látex sobre la piel desnuda de Diego, presionaban el cuello buscando un pulso en la arteria carótida. Su respiración formaba pequeñas nubes de vapor en el aire helado, pero de los labios de Diego no salía nada. No había vaho. No había movimiento en su pecho.

Lentamente, Lucía retiró la mano. Se quitó el guante derecho y, con los dedos desnudos, tocó la mejilla de Diego. Luego, forzó uno de los párpados del hombre para abrirlo. El ojo estaba opaco, vidrioso, como una canica abandonada en el polvo. La pupila estaba dilatada y fija, no respondía al haz de luz de su linterna.

Lucía se puso en pie tambaleándose. Su rostro, habitualmente bronceado y lleno de pecas, tenía el color de la ceniza húmeda.

—Mateo… —susurró Lucía. Su voz se quebró, tragada por un repentino crujido del viento contra el techo—. Mateo, ven aquí. Ahora.

El tono de la médica tenía un filo de terror puro que cortó el aire denso de la cabaña. Mateo se acercó con pasos pesados, seguido de cerca por Hugo y Carmen.

—¿Qué pasa? —preguntó Mateo, arrodillándose junto a ella—. ¿Su corazón se detuvo? Trae el desfibrilador, rápido.

—No lo entiendes —dijo Lucía, y hubo un temblor espasmódico en sus manos cuando levantó la manta térmica—. No es un paro cardíaco. Míralo bien.

Mateo bajó la mirada. La piel de Diego presentaba un tono cerúleo pálido, con manchas púrpuras oscuras acumulándose en la parte inferior de su cuello y espalda, allí donde la gravedad dictaba que la sangre se estancaría. Livido cadavérico.

—Está muerto —dijo Mateo, sintiendo un nudo de hielo en el estómago—. Dios mío. Lo perdimos.

—Mateo, escúchame —Lucía lo agarró del brazo, clavando sus uñas a través de la gruesa chaqueta de Gore-Tex—. Míralo bien. Toca su mandíbula. Toca su brazo.

Mateo extendió la mano con vacilación. Al intentar mover la cabeza de Diego, se encontró con una resistencia antinatural. El cuello estaba rígido como una viga de acero. Trató de flexionar el brazo del hombre; era imposible. Rigor mortis.

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