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La Sombra en el Acantilado de Toledo

Capítulo I: El Lienzo que Sangra

El rojo cadmio siempre había sido mi color predilecto, la base de la vida en mis retratos, el latido cálido en las mejillas de mis modelos. Sin embargo, esta noche de noviembre, en la quietud sepulcral de mi estudio en el corazón del casco antiguo de Toledo, el óleo no olía a linaza. Olía a hierro. Olía a sangre viva, metálica y espesa. 

Frente a mí, sentada en la silla de roble tallado, posaba ella. Catalina. La mujer que había consumido mi alma, la musa que había despertado en mí una pasión tan violenta, tan absoluta, que rozaba la demencia. Llevábamos tres meses amándonos con la desesperación de los condenados, desde aquel primer encuentro bajo la luz moribunda del crepúsculo. Pero ahora, bajo la luz temblorosa de los candelabros, algo oscuro se retorcía en el aire.

Mientras mi pincel trazaba la delicada curva de su pálido cuello en el lienzo, una gota roja resbaló por la tela. Me detuve. No había cargado el pincel con tanta pintura. La gota descendió, trazando una línea carmesí, y luego otra. Toqué la mancha con la yema del dedo. Estaba caliente.

Levanté la vista hacia Catalina. Ella me observaba con esos ojos negros, profundos e insondables como el abismo del río Tajo que estrangula nuestra antigua ciudad de piedra.

—Mateo —susurró.

Su voz, de repente, no sonó como la de la joven enigmática que yo creía conocer. Sonó doble, superpuesta. Un eco sordo que parecía provenir no de sus labios, sino de las entrañas de una cripta húmeda. La luz de las velas parpadeó violentamente, sumiendo la habitación en sombras danzantes. Fue entonces, en esa fracción de segundo de oscuridad, cuando la ilusión se resquebrajó.

Donde debía estar la suave y prístina piel de su garganta, vi una herida. Un tajo brutal, desgarrado y putrefacto del que manaba un líquido negro y viscoso. Sus hermosos ropajes modernos se desvanecieron, reemplazados por andrajos empapados en agua cenagosa, algas oscuras enredadas en su cabello oscuro, y su piel… Dios misericordioso, su piel tenía la palidez cerúlea de los ahogados.

Grité. Fue un sonido gutural, animal, que rasgó el silencio de la noche toledana. Tropecé hacia atrás, derribando el caballete. El lienzo cayó al suelo de madera con un golpe seco. El corazón me golpeaba contra las costillas con la fuerza de un martillo de fragua. El terror me paralizó los pulmones.

Cuando me atreví a abrir los ojos de nuevo, jadeando, apoyado contra la fría pared de piedra de mi estudio, ella seguía allí. Pero la visión macabra había desaparecido. Volvía a ser Catalina, perfecta, inmaculada, envuelta en su vestido de seda oscura, sonriendo con una expresión de infinita y gélida compasión.

—¿Qué ocurre, mi amor? —preguntó, poniéndose en pie con una gracia felina. Sus pasos no hacían ruido contra la madera—. ¿Te asustan tus propias creaciones?

Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra la estantería. Mi mano, temblando convulsivamente, se cerró sobre un pequeño libro encuadernado en cuero agrietado que descansaba sobre la mesa auxiliar. Era el diario de mi antepasado, Don Diego de Vargas, fechado en el año del Señor de 1626. Lo había encontrado esa misma tarde en un arcón oculto en el sótano de esta casa, la mansión ancestral de mi familia, a la que me había mudado tras la extraña y repentina muerte de mi padre.

Horas antes, sentado en este mismo estudio, había logrado descifrar la caligrafía apretada y enloquecida de Don Diego. Las palabras exactas que había leído ardían ahora en mi mente con fuego infernal, marcando a fuego mi consciencia:

«Hoy, veintitrés de octubre, al filo del atardecer, hemos limpiado la deshonra. Hemos arrastrado a la ramera, a la bruja Catalina de Silva, hasta el borde del acantilado de San Servando. Rogó por su vida, juró que llevaba en su vientre la semilla de mi hermano, pero la sangre de los Vargas debe permanecer pura ante los ojos de Dios. Le corté el cuello yo mismo para silenciar sus blasfemias antes de arrojarla al vacío. Que el río Tajo guarde su cuerpo roto, pues su alma maldita ya pertenece al Diablo. No habrá descanso para ella, ni remordimiento para mí. La estirpe de los Vargas perdurará».

Yo soy Mateo Vargas. El último de mi línea. El último heredero de una familia aristocrática cuyas riquezas se habían convertido en polvo y cuyas glorias eran solo ecos en las calles adoquinadas de Toledo.

Y la mujer que estaba frente a mí, la mujer con la que había compartido mi lecho, cuyas caricias me habían llevado al éxtasis, a la que amaba más que a mi propia cordura… era un cadáver. Un espectro de cuatrocientos años alimentado por el odio, que había regresado del infierno para masacrar a mi familia.

Y yo era su último objetivo.

—No te acerques —grazné, alzando una espátula de pintor como si fuera un arma, una defensa patética contra lo sobrenatural.

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