Posted in

LA PROFECÍA EN LAS CUEVAS DE NERJA

El silencio en las entrañas de la tierra tiene un peso específico. No es la mera ausencia de sonido, sino una entidad física, densa y asfixiante, que presiona contra los tímpanos y amenaza con aplastar la cordura. Elena conocía ese silencio mejor que nadie. Llevaba quince años trabajando como guía en las Cuevas de Nerja, descendiendo a diario a ese inframundo de estalactitas y estalagmitas que la erosión del agua había tardado milenios en esculpir en la provincia de Málaga. Para los miles de turistas que las visitaban cada verano, era un espectáculo de la naturaleza; para Elena, era su santuario. Pero aquella noche de octubre, el santuario se convirtió en un matadero de la razón.

Eran las once y media de la noche. El último grupo de visitantes —una ruidosa excursión de jubilados alemanes— se había marchado hacía horas. Las luces artificiales que bañaban la Sala del Cataclismo con tonos teatrales estaban apagadas. Solo el haz de su linterna de alta potencia cortaba la oscuridad absoluta. Elena estaba haciendo la ronda de seguridad final, un protocolo rutinario para asegurarse de que nadie se hubiera quedado rezagado y de que las puertas estuvieran selladas. Todo era normal. El goteo rítmico, el olor a humedad milenaria, el frío constante que se colaba por los huesos.

Hasta que percibió un aroma diferente.

No era el olor mineral de la caliza, ni el tufo a guano de los murciélagos. Era algo ocre, metálico. Olía a sangre seca y a tierra quemada.

Elena se detuvo, con la respiración contenida. El instinto le gritó que diera media vuelta, que activara la alarma y llamara a la Guardia Civil. Pero la curiosidad, esa maldición inherente al ser humano, fue más fuerte. Siguió el rastro olfativo, desviándose de la pasarela de madera destinada a los turistas. Se adentró en una de las galerías restringidas, la de las Galerías Altas, donde se encontraban las pinturas rupestres originales, inaccesibles al público para protegerlas del deterioro.

Conocía cada milímetro de aquella pared. Sabía exactamente dónde estaban los trazos rojizos que los neandertales habían dejado hace más de cuarenta mil años: focas, ciervos, caballos. Sin embargo, cuando el círculo de luz blanca de su linterna barrió la roca calcárea, Elena dejó caer un grito ahogado que rebotó como un eco grotesco por toda la caverna.

Allí, en un lienzo de piedra que ayer mismo estaba inmaculadamente en blanco, había nuevas pinturas.

No eran los trazos difuminados por los eones. Eran brillantes, crudos, hechos con un pigmento rojizo que aún parecía húmedo, brillando bajo la luz artificial. Elena se acercó, temblando, olvidando todas las reglas de conservación. Su mente racional buscaba una explicación desesperadamente: un acto de vandalismo, una broma macabra de algún compañero, una instalación de arte contemporáneo no autorizada. Pero a medida que sus ojos descifraban las formas, la sangre se le heló en las venas.

Aquellas figuras no eran animales prehistóricos.

Eran máquinas. Estructuras modernas. Y muerte.

El primer panel mostraba una serpiente de metal articulada, alargada y aerodinámica, atravesando lo que parecía un puente. Pero la serpiente estaba partida por la mitad. Los vagones se retorcían en ángulos imposibles, cayendo al vacío. Debajo de la estructura, pequeñas figuras humanas, pintadas con trazos rápidos y angustiosos, yacían esparcidas, algunas rodeadas de halos que inequívocamente representaban fuego. En la parte superior de la escena, el artista había dibujado un sol extraño, flanqueado por una serie de marcas verticales: siete rayas, un espacio, y tres cruces.

Elena retrocedió tropezando con una roca y cayó de espaldas al suelo húmedo. Su linterna rodó, iluminando la escena desde abajo, dándole a las figuras de sangre seca un aspecto aún más dantesco, casi animado por las sombras parpadeantes.

—Esto es una locura… —susurró para sí misma, con la voz quebrada.

Se levantó a trompicones, recogió la linterna y huyó corriendo hacia la salida, sin mirar atrás, sintiendo que la oscuridad de la cueva intentaba aferrarla por los tobillos. Salió a la superficie, donde el aire fresco de la noche andaluza y las luces del municipio de Maro le devolvieron parte de la cordura. Cerró la reja principal con manos temblorosas, se subió a su coche y condujo hasta su apartamento en el centro de Nerja a una velocidad imprudente.

Se dijo a sí misma que llamaría a las autoridades por la mañana. Que algún enfermo mental había logrado burlar la seguridad y había profanado un sitio Patrimonio Histórico. Se tomó una pastilla para dormir y se obligó a cerrar los ojos.

El infierno se desató a las 7:43 de la mañana siguiente.

Elena fue despertada por la vibración histérica de su teléfono móvil en la mesita de noche. Era su madre, llamando desde Madrid.

—¡Elena! ¡Dime que no estabas en ese tren! —gritaba la mujer, con la voz desgarrada por el pánico. —¿Qué? Mamá, estoy en Nerja, en la cama… ¿De qué tren hablas? —Pon la televisión. ¡Pon La 1, ahora mismo!

Read More