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La Nube Negra Suspendida Sobre el Teide

El olor a azufre quemaba mis pulmones, pero era el hedor a carne chamuscada lo que me revolvía el estómago. La sangre, espesa y oscura bajo la luz de las antorchas, resbalaba por la piedra pómez hasta filtrarse en las grietas del cráter. No podía moverme. Cuerdas trenzadas con fibra de drago y tendones de animales desconocidos me ataban al altar improvisado de roca volcánica. A mi alrededor, doce figuras encapuchadas entonaban una letanía gutural en un idioma que llevaba siglos muerto. Arriba, bloqueando las estrellas, la luna y cualquier esperanza de salvación, la nube negra latía. No era vapor de agua. Era un abismo sólido, un agujero en la tela de la realidad que respiraba al unísono con el volcán. Y yo, Mateo Vargas, un simple meteorólogo que solo quería entender una anomalía en el radar, estaba a punto de ser devorado por la montaña. El líder de la secta se acercó, levantando una daga de obsidiana que reflejaba el fuego subterráneo. Sonrió, y bajo la capucha, reconocí su rostro. Siempre había sido yo. El cielo me había traído hasta aquí, pero la tierra me reclamaba.

Para entender cómo llegué a convertirme en el cordero sacrificial de un dios olvidado, debemos retroceder setenta y dos horas.

El Centro de Investigación Atmosférica de Izaña es, por lo general, un lugar tranquilo. Situado a más de dos mil trescientos metros de altitud en la isla de Tenerife, nos dedicamos a medir la pureza del aire, la radiación solar y a vigilar los cielos del Atlántico. Aquel martes por la mañana, los alisios soplaban con su constancia habitual. Yo estaba revisando los datos del satélite Meteosat cuando la vi por primera vez.

En la pantalla del radar Doppler, apareció como un punto ciego. Una mancha de reflectividad nula, como si un pedazo del cielo hubiera sido borrado con una goma. Salí a la terraza de observación, frotándome los ojos cansados tras un turno de noche interminable. El aire era gélido, cortante como cristal roto. Alcé la vista hacia el suroeste, hacia la majestuosa silueta del Teide, el techo de España, el gigante dormido.

Allí estaba. A simple vista parecía un altocumulus lenticularis, esas nubes con forma de lente o platillo volante que a menudo se forman sobre las cumbres de las montañas debido a las ondas de montaña. Pero esta era diferente. Su color era de un gris tan oscuro que bordeaba el negro absoluto, como humo de neumáticos quemados, y sus bordes eran afilados, antinaturales.

—Elena, ven a ver esto —llamé por el comunicador a mi compañera, sin apartar los ojos del fenómeno.

Elena salió, envuelta en su anorak rojo. Entrecerró los ojos frente al sol inclemente de la alta montaña. —¿Una nube lenticular? Es enorme, Mateo. Pero el viento a esa altitud debe superar los cien kilómetros por hora. Debería estarse disipando o cambiando de forma.

—Ese es el problema —respondí, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura—. Lleva ahí una hora. No se ha movido ni un milímetro. Es como si estuviera anclada al pico del volcán. Y mira el espectrómetro.

Le mostré la tableta. Los sensores indicaban una temperatura en el interior de la nube de cincuenta grados centígrados, rodeada de aire a menos diez grados. No tenía ningún sentido termodinámico. Además, la presión barométrica justo debajo de la masa oscura estaba cayendo en picado, creando un micro-vórtice que desafiaba todas las leyes de la física atmosférica.

La curiosidad científica es una droga potente, pero lo que sentí en ese momento fue algo más profundo y primitivo: una atracción fatal. A lo largo del día, la nube negra comenzó a afectar nuestro equipo. Los magnetómetros enloquecieron, registrando fluctuaciones propias de una tormenta solar masiva, pero el sol estaba en su ciclo de mínima actividad. Los pájaros, pinzones azules del Teide, comenzaron a caer muertos en el aparcamiento del observatorio, con los ojos reventados y sangre brotando de sus picos.

Llamé a Protección Civil, a la Agencia Estatal de Meteorología en Madrid, e incluso al Instituto Vulcanológico de Canarias. Todos me ignoraron o me dijeron que era una simple interferencia, un fallo de calibración, un capricho del clima subtropical. Pero yo sabía que mentían, o peor aún, que eran demasiado ignorantes para ver la verdad. La nube palpitaba. Podía sentirlo en mis empastes, un zumbido de baja frecuencia que me producía náuseas y migrañas constantes.

Decidí que, si los sensores a distancia no podían darme respuestas, tendría que ir yo mismo. La madrugada del jueves, sin avisar a nadie, cargué mi mochila con equipo de medición portátil, un traje térmico, piolets, crampones y provisiones. Conduje mi todoterreno por la serpenteante carretera TF-21, atravesando el paisaje lunar de las Cañadas del Teide. El Llano de Ucanca estaba bañado por una luz cenicienta, enfermiza, filtrada por la influencia expansiva de la anomalía que coronaba el pico.

Aparqué en la base de Montaña Blanca. El silencio era ensordecedor. Normalmente, el crujir de la piedra pómez bajo las botas o el silbido del viento acompañan al montañero, pero hoy el aire estaba pesado, denso como gelatina. A medida que ascendía, la presión en mi pecho aumentaba. No era el mal de altura; era una presencia opresiva, una voluntad externa que intentaba aplastarme.

Al pasar por el Refugio de Altavista, a más de tres mil doscientos metros, encontré la puerta arrancada de sus bisagras. El interior estaba destrozado. No había rastro del guarda, pero en las paredes de madera, alguien había pintado con lo que parecía sangre seca espirales concéntricas y símbolos extraños que recordaban a los petroglifos de los antiguos aborígenes canarios, los guanches. El terror amenazó con paralizarme, obligándome a dar la vuelta, pero la oscuridad de la nube, ahora a solo unos cientos de metros por encima de mi cabeza, tiraba de mí con la fuerza de un agujero negro.

Comencé el asalto final por el sendero Telesforo Bravo. El olor a azufre característico del cráter se intensificó, mezclado con un aroma metálico y dulzón: sangre. Las fumarolas, que normalmente expulsaban un vapor suave, ahora escupían un humo negro y denso que se unía directamente a la base de la nube suspendida.

Eran las tres de la madrugada cuando coroné el Pico del Teide, a 3.718 metros de altitud. Y lo que vi destruyó instantáneamente mi concepción racional del mundo.

El interior del cráter no estaba vacío. Un fuego antinatural, de llamas verdes y violetas, ardía en el centro, alimentado por una fisura en la tierra de la que emanaba magma puro. Alrededor del fuego, formando un círculo perfecto, había docenas de figuras vestidas con pieles de cabra y túnicas oscuras, ajenas al frío glacial. Se mecían de adelante hacia atrás, cantando. Sus voces no eran humanas; resonaban como el choque de placas tectónicas, graves, vibrantes, haciendo temblar la roca bajo mis pies.

Me agaché detrás de un bloque de obsidiana, sacando mi cámara con manos temblorosas. Traté de enfocar, pero el visor mostraba solo interferencias. Entonces, el cántico se detuvo abruptamente.

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