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La Monja Que Le Dio Los Últimos Sacramentos Al Che — Lo Que ÉL CONFESÓ Te DESTRUIRÁ

 

Los soldados bolivianos le advirtieron, “Si habla de lo que escuche, la mataremos.” Hermana María asintió en silencio y entró a la habitación donde el Che agonizaba. Nadie debía saber que el Che pidió ver a una monja. Nadie debía saber lo que confesó. Durante 57 años, ella obedeció por miedo. Pero en 2024, a sus 89 años, decide que la verdad es más importante que su vida.

 Lo que reveló sobre las últimas palabras del Che cambiará la historia para siempre. Octubre de 2024. Convento Santa Teresa, Vallegrande, Bolivia. Hermana María González, ahora de 89 años, se sienta frente a la cámara por primera vez desde 1967. Sus manos arrugadas sostienen el mismo rosario de madera que llevó aquella noche de octubre.

He guardado este secreto durante 57 años”, dice con voz temblorosa. Prometí nunca hablar. Me amenazaron de muerte, pero todos están muertos ahora. Los soldados, los oficiales, incluso Fidel Castro. Solo quedo yo. Y antes de morir, el mundo merece saber la verdad sobre las últimas horas del Cheegevara. Pero lo más impactante era que hermana María no solo escuchó la confesión del revolucionario más famoso del siglo XX, sino que también fue testigo de algo que contradice todo lo que la historia oficial nos ha contado. Para entender la

magnitud de lo que está por revelar, primero debemos conocer quién era hermana María en 1967 y cómo terminó siendo la única persona que el Cheguevara quiso ver en sus últimas horas. María González nació en 1935 en un pequeño pueblo cerca de Vallegrande, Bolivia. A los 18 años entró al convento de las hermanas de la caridad en 1967 tenía 32 años y trabajaba como enfermera en la pequeña clínica del convento.

 Era conocida en la región por su compasión, su discreción y su capacidad de mantener secretos de confesión incluso bajo presión. Yo no era política, recuerda, hermana María. No me importaba si alguien era comunista o capitalista. Mi trabajo era cuidar almas y cuerpos sin juzgar. Por eso me llamaron esa noche.

 El 8 de octubre de 1967. Hermana María estaba preparando medicinas en la clínica cuando llegó un soldado joven nervioso sudando. Hermana, necesitamos que venga con nosotros ahora. Es urgente. Ella preguntó qué había pasado. El soldado miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba y susurró, “Capturamos al Cheegevara.

 Está herido en la escuela de la higuera. Va a morir mañana.” Pidió ver a una monja. Hermana María sintió que su corazón se detenía. Todo Bolivia sabía que el ejército estaba cazando al Che. Los periódicos hablaban del terrorista argentino que quería convertir Bolivia en otra Cuba, pero escuchar que estaba capturado, herido y pidiendo una monja era algo que ella nunca imaginó.

 ¿Por qué yo?, preguntó. El soldado se encogió de hombros. Usted es la única monja en 50 km. Y el comandante dijo que si el Che quiere confesarse antes de morir, mejor que lo haga. Pero nos advirtió, “Si usted cuenta algo de lo que escuche, la mataremos.” Hermana María recuerda perfectamente ese momento.

 Sentí miedo, un miedo terrible. Pero también sentí que Dios me estaba poniendo en ese lugar por una razón. Si un hombre iba a morir, merecía consuelo espiritual. Sin importar quién fuera, subió al jeep militar. El viaje a la higuera duró casi una hora por caminos de tierra. Durante todo el trayecto, los soldados no hablaron, solo fumaban y la miraban con desconfianza.

 Cuando llegaron a la pequeña escuela rural, había docenas de soldados armados rodeando el edificio. Había un ambiente de tensión horrible, describe hermana María. Los soldados estaban nerviosos, algunos parecían asustados. Otros parecían emocionados, como si hubieran cazado a un animal peligroso. Un oficial alto, con bigote y expresión seria, se acercó a ella.

 Hermana, tiene 10 minutos, no más. Y recuerde, ni una palabra de lo que escuche sale de aquí. ¿Entendido, hermana María? Asintió. Entendido, mi comandante. El oficial la llevó por un pasillo oscuro. Al final había una puerta de madera. está ahí adentro. Y justo en este punto todo cambió, porque lo que hermana María vio al abrir esa puerta era completamente diferente a lo que esperaba.

 Cuando la puerta se abrió, hermana María vio a un hombre sentado en el suelo de tierra, recostado contra la pared. Tenía el rostro sucio, el cabello largo y enmarañado, la ropa rasgada y manchada de sangre seca. Sus manos estaban atadas, tenía heridas en las piernas. Sus ojos, hundidos y cansados, la miraron con una mezcla de sorpresa y alivio.

 ¿Usted es la monja?, preguntó con acento argentino. “Sí”, respondió hermana María. “Soy hermana María. Vine porque me dijeron que usted pidió verme. El Che sonrió débilmente. No pedí ver a una monja, pedí ver a un cura para confesarme, pero supongo que usted también sirve. Hermana María entró y cerró la puerta detrás de ella, se arrodilló frente al Che, sacó su rosario y lo sostuvo entre sus manos.

 Comandante Guevara, no soy sacerdote. No puedo darle la absolución sacramental, pero puedo escucharlo y puedo orar por usted. El Che la miró fijamente durante varios segundos. Luego dijo algo que hermana María nunca olvidaría. Hermana, yo no creo en Dios, nunca he creído. Soy marxista, materialista, ateo, pero he hecho cosas en mi vida que necesitan ser confesadas.

 Y si Dios existe, espero que me escuche a través de usted. Hermana María sintió un escalofrío. Qué cosas, comandante. El Che cerró los ojos. Maté hombres, hermana. Muchos hombres. Algunos merecían morir. Otros, no estoy seguro. Ordené ejecuciones sin juicios justos. Creí que estaba construyendo un mundo mejor, pero dejé un rastro de sangre para llegar ahí.

 Hermana María apretó su rosario. ¿Se arrepiente. El Che abrió los ojos. No sé si arrepentirse es la palabra correcta. Creo que hice lo que tenía que hacer, pero eso no significa que no me persiga. Cada rostro de cada hombre que ejecuté me visita en mis sueños. Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que el che confesó en los siguientes minutos era mucho más personal y doloroso que cualquier crimen revolucionario.

 Hermana, continuó el Che, usted tiene hijos, hermana María negó con la cabeza. No, comandante. Soy monja. Hice voto de castidad. El che suspiró profundamente. Yo tengo cuatro hijos en Cuba y una hija de mi primer matrimonio en Perú. Los dejé para venir aquí a Bolivia. Dejé a mi esposa, Aleida sola con cuatro niños pequeños.

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