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La cicatriz bajo la lluvia de Granada

La lluvia caía fina sobre las calles estrechas de Granada, cubriendo las piedras antiguas con un brillo triste. Eran casi las nueve de la noche y los turistas comenzaban a desaparecer de la Plaza Nueva. Los músicos guardaban sus guitarras, los camareros apilaban las sillas y el olor a castañas asadas se mezclaba con la humedad del invierno.

Pero una niña seguía allí.

—¡Dulces caseros! ¡Caramelos de miel! ¡Turrones artesanales! —gritaba con la voz cansada.

La pequeña llevaba una chaqueta demasiado grande y zapatillas desgastadas. Su cabello oscuro estaba mojado por la lluvia y entre sus dedos sostenía una caja de cartón llena de dulces envueltos a mano.

Se llamaba Lucía.

Tenía apenas once años.

Y estaba desesperada.

A unos metros, un hombre elegante salía de un restaurante junto a dos socios extranjeros. Vestía un abrigo negro caro y caminaba revisando mensajes en el teléfono.

Era Alejandro Monteiro, dueño de varias empresas hoteleras en Andalucía.

Lucía se acercó rápidamente.

—Señor… ¿quiere comprar unos dulces? Son muy ricos… por favor.

Alejandro ni siquiera levantó la mirada.

—No, gracias.

La niña insistió.

—Necesito venderlos hoy… mi mamá está enferma.

Uno de los socios sonrió incómodo.

—Alejandro, cómprale algo.

El empresario suspiró fastidiado y sacó una moneda.

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