Necesitábamos comida porque las raciones se agotaban. Necesitábamos refuerzos porque cada combate reducía nuestro número. Las respuestas desde Cuba eran cada vez más vagas y evasivas. Estamos trabajando en ello. Mantengan su posición. Sean pacientes, el apoyo está en camino, pero nuestra paciencia se agotaba más rápido que los suministros.
En mayo perdimos completamente el contacto con la otra columna de guerrilleros. 23 hombres desaparecidos en un solo día, probablemente muertos o capturados y ejecutados. Éramos solamente 24. Ahora, la mitad de nuestra fuerza original. Chen no mostró emoción cuando recibió la noticia, pero esa noche lo escuché tocer violentamente durante horas.
No era solo el asma crónica, era algo mucho más profundo que se estaba rompiendo dentro de él. Mayo también trajo el hambre verdadera. No el hambre de saltarse una comida, sino el hambre que te kenzum, que te hace pensar en comida cada segundo. Comíamos raíces amargas, insectos, cualquier cosa remotamente comestible.
Algunos días no comíamos nada. Vi a hombres fuertes llorar de hambre como niños. Y vi como Chees siempre comía menos que todos. Cuando le preguntaba por qué, su respuesta era invariable, un comandante come último. Esa es la regla que nunca se rompe. Junio llegó con la certeza aplastante de que estábamos completamente solos.
11 meses habían pasado desde que llegamos a Bolivia. 11 meses esperando la ayuda que Fidel había prometido, ayuda que nunca llegó. La moral estaba destrozada. Algunos comenzaron a hablar de rendirse, de buscar a asilo en otro país. “Cheros reunió una noche alrededor de una fogata. Nadie los obliga a quedarse”, les dijo con voz firme, pero sin enojo.
“Si quieren irse, pueden hacerlo. No los juzgaré, pero yo me quedo. No vine aquí para rendirme. Vine a pelear por algo en lo que creo y voy a seguir peleando hasta que ya no pueda sostener un arma.” Ninguno se fue esa noche, pero todos sabíamos que Chey no hablaba como un comandante que espera victoria, hablaba como un hombre que busca un final digno.
El asma empeoraba brutalmente cada día. Los ataques duraban 15 20 minutos terribles. Lo veíamos agarrarse el pecho desesperadamente, jadeando. Su rostro se ponía rojo, luego morado por la falta de oxígeno. Caía de rodillas, luchando por cada bocanada de aire. Cuando los ataques terminaban, quedaba exhausto, empapado en sudor, pero increíblemente, después de apenas 5 minutos, se levantaba y seguía caminando como si nada hubiera pasado.
Una tarde de junio tuvo tres ataques consecutivos en menos de 2 horas. Los hombres pensaban que moriría allí mismo. Me arrodillé a su lado, sosteniéndolo mientras se convulsionaba. Cuando finalmente pudo hablar, dijo con una sonrisa débil, “No te preocupes, Pombo. He vivido con esto toda mi vida. Si muero aquí, ¿será con una bala en el pecho? No, con un ataque de asma.
Fue en esa época cuando Che comenzó a hablarme diferente. Ya no era solo mi comandante. Se había convertido en algo más cercano a un confesor que necesita compartir sus pensamientos más oscuros. Una noche me llamó a su lado. Tenía su diario abierto, pero no estaba escribiendo, solo miraba las páginas en blanco.
Pombo, si algo me pasa, quiero que hagas algo importante por mí. Quiero que le digas al mundo que esto no fue un fracaso, que luchamos por algo que valía la pena. Y quiero que le digas a mis hijos que su padre los amó, pero que amó la justicia aún más. Le dije que saldríamos de esto como salimos de Cuba. Me miró a los ojos.
Vi que no me creía y peor aún, vi que sabía que yo tampoco me lo creía. Tú eres joven, tienes toda una vida por delante. Si llega el momento de elegir entre morir a mi lado o vivir para contar esta historia, quiero que elijas vivir. No dejes que nos olviden. Esa es tu misión ahora. En ese momento vi en él no a legendario Cheegevara, sino a un hombre que sabía que su historia terminaba.
Julio fue el mes de la desintegración total. Los hombres enfermaron gravemente, disentería, melerie, infecciones que nunca sanaban. No teníamos medicinas ni agua limpia. Che sufría crisis de asma tres o cuatro veces al día, pero lo que más me asustaba era verlo después de los ataques, sentado completamente solo, mirando al horizonte con una expresión de tristeza tan profunda que me partía el corazón.
Un día encontramos a un campesino que nos vendió comida. Che aprovechó para preguntarle si había escuchado sobre refuerzos cubanos llegando a Bolivia. El campesino lo miró confundido, no sabía nada de eso. Después de que se fue, Che se sentó en una roca y miró al vacío durante más de una hora. No dijo nada. Ese silencio lo decía todo.
Nadie sabía que íbamos a llegar. Estábamos completamente solos. Llegó agosto. Y entonces sucedió algo que nunca olvidaré. Estábamos acampados cerca de un arroyo cuando la radio cobró vida con un mensaje de La Habana. Todos nos reunimos alrededor como si fuera un altar sagrado. Escuchamos con claridad perfecta Refuerzos en camino.
50 hombres, armas y suministros. Llegada estimada en dos semanas. Gritamos de alegría. Algunos hombres lloraron. Nos abrazamos como si ya hubiéramos ganado la guerra. Celebramos esa noche. Compartimos nuestras últimas reservas de comida. Cantamos canciones revolucionarias por primera vez en meses. Teníamos esperanza real.
Che sonrió y celebró con nosotros, pero observé algo extraño. Su sonrisa no llegó a sus ojos. Parecía casi triste, como si supiera algo que nosotros no sabíamos. Esa noche no pude dormir. Vi luz en la tienda de Che. Estaba escribiendo en su diario. Cuando salió brevemente, hice algo que no debí. Me acerqué y leí lo que había escrito.
Las palabras me golpearon. Ya no espero nada de La Habana. Esto dejó de ser operación militar. Es misión moral. Si morimos aquí, que sea con dignidad. Me alejé rápidamente antes de que regresara. Esa noche entendí lo que Che había sabido durante meses. Fidel no iba a enviarnos ayuda.
Tal vez no podía, tal vez no quería, pero el resultado era el mismo. Estábamos solos. Pasaron dos semanas. No llegó ningún refuerzo. Pasaron tres semanas. Nada. Pasó un mes entero. El silencio de La Habana se volvió ensordecedor. Los hombres que habían celebrado ahora estaban hundidos en desesperación más profunda. Porque es una cosa nunca tener esperanza, pero es otra completamente diferente que te la den y luego te la arranquen de las manos. Cheno dijo, se los dije.
No tenía que hacerlo. Su silencio era más elocuente que cualquier palabra. Pero una noche me puso una mano en el hombro y dijo, “Ahora entiendes, Pombo. Al final solo puedes contar contigo mismo y con los hombres a tu lado. Todo lo demás son palabras que el viento se lleva. Septiembre nos trajo más pérdidas. Cinco hombres en una emboscada.
Éramos 19 ahora. 19 hombres flacos, enfermos, hambrientos y rodeados por un ejército que crecía cada día. El ejército boliviano tenía helicópteros, perros rastreadores, equipos modernos. Nosotros teníamos rifles viejos y una voluntad que se desvanecía. Che estaba irreconocible. Había perdido más de 15 kileus.
Su rostro era solo piel sobre huesos. Su barba había crecido gris y desordenada, pero seguía adelante, siempre adelante. Nunca se quejaba. Una tarde, uno de nuestros hombres, moro se torció el tobillo gravemente. No podía caminar sin dolor. Che cargó el rifle de Moro, además del suyo. Caminó todo el día así. Al final, Moro lloraba de vergüenza y le rogó que lo dejara atrás.
Chelo miró directamente a los ojos. Si él no puede caminar, yo tampoco. O salimos todos o no sale nadie. No dejamos a nadie atrás. En octubre el cerco se cerró completamente. 2000 soldados desplegados en la región. Éramos 17. No teníamos a donde ir. El 7 de octubre nos movimos hacia el cañón del yuro. Che sabía que era una trampa.
Todos lo sabíamos, pero no teníamos opción. Esa noche acampamos en una quebrada. Chen nos reunió a los 15 que quedábamos. Nos miró uno por uno despacio. Mañana será muy difícil. probablemente el más difícil que hemos tenido. Si nos separan, cada uno debe salvarse como pueda. No hay honor en morir juntos si algunos pueden escapar.
Esa es una orden. Era su forma de decirnos adiós. El 8 de octubre amaneció gris y frío. Nos movíamos en silencio por el cañón cuando escuchamos los primeros disparos. 180 soldados nos esperaban. Era una emboscada perfecta. Che ordenó dividirnos inmediatamente. Tomé a cuatro hombres y corrimos hacia el norte disparando mientras corríamos.
Los disparos eran ensordecedores. Escuché gritos de hombres heridos. Escuché explosiones. Escuché muerte por todas partes, pero algo me detuvo. Una necesidad irracional de ver a Che una última vez. Me di vuelta. A través del humo lo vi. Estaba 50 m atrás, rodeado de soldados. Su rifle atascado, manos en alto, sangre corriendo por su pierna.
Los soldados lo empujaban, lo arrastraban y entonces nuestros ojos se encontraron. Por un segundo que pareció una eternidad, nos miramos. Y Che sonrió. No fue una sonrisa de derrota, fue una sonrisa de paz, como si hubiera llegado donde siempre supo que llegaría. Con esa sonrisa me dijo todo, “Vete, vive, cuenta la historia.
” Di media vuelta y corrí. Corrí como nunca en mi vida. Las lágrimas me cegaban, pero no me detuve. Detrás escuché más disparos, más gritos, más muerte. 11 días estuve huyendo. 11 días sin comer casi nada, bebiendo agua de charcos, durmiendo en cuevas. Mis pies sangraban, mi cuerpo temblaba de fiebre, pero seía adelante porque llevaba la última orden de Che.
El 19 de octubre crucé la frontera hacia Chile. Estaba más muerto que vivo. Pesaba 42 kg, pero estaba vivo. De 50 hombres que entramos a Bolivia, solo cinco salimos dos días antes, escondido en una cueva. Había escuchado por radio la noticia, Ernesto Chegevara había sido ejecutado el 9 de octubre en la higuera.
Tenía 39 años. Me quedé en esa cueva y lloré. Lloré por Che. Lloré por los 45 muertos. Lloré por la revolución que nunca fue, pero sobre todo lloré porque sabía la verdad que nadie más sabía. Che no había sido derrotado por el ejército boliviano. Che había sido abandonado por Fidel Castro, el hombre que prometió ayuda y nunca la envió y yo era el único que había sobrevivido para contarlo.
Llegué a Cuba en noviembre de 1967. Había perdido 20 kgus. Tenía infecciones en todo el cuerpo. Mi mente estaba rota, pero estaba vivo cuando 45 de mis hermanos no lo estaban. Esa fue mi primera culpa, la que nunca me abandonaría. Fidel me recibió personalmente en el aeropuerto. Me abrazó fuerte delante de las cámaras, delante de los periodistas, delante del mundo.
Héroe de la revolución, dijo con voz firme y clara, sobreviviente valiente de una batalla imposible. Las cámaras parpadeaban, la gente aplaudía y yo me quedé allí parado sintiendo que cada palabra era una mentira porque yo sabía algo que ellos no sabían. Yo sabía que Fidel nunca envió la ayuda prometida. Yo sabía que Eche había esperado refuerzos que nunca llegaron.
Yo sabía que los mensajes desesperados desde Bolivia habían sido ignorados o respondidos con promesas vacías. Y mientras Fidel me abrazaba y me llamaba héroe, yo pensaba en la última sonrisa de Che en sus ojos diciéndome que viviera, que contara la historia, pero no podía contar esa historia. No, todavía no.
En ese momento me dieron una casa, me dieron un trabajo en el gobierno, me dieron una pensión especial como veterano de Bolivia, me trataron bien. Fidel se aseguró personalmente de que los cinco sobrevivientes fuéramos cuidados. Era su forma de honrar a Che”, decía. Era su forma de mostrarle al mundo que Cuba no abandonaba a sus héroes. Pero yo sabía la verdad.
Era su forma de comprar nuestro silencio. Durante los primeros años después de Bolivia traté de vivir normalmente. Me casé, tuve hijos, trabajé. Sonreí en las fotografías oficiales. Asistí a las ceremonias en honor a che cada 9 de octubre. Escuchaba los discursos de Fidel sobre su gran amigo caído, sobre el guerrillero heroico, sobre el mártir de la revolución y cada vez sentía náuseas, porque cada discurso era una mentira cuidadosamente construida.
Las noches eran lo peor. Soñaba constantemente con Bolivia. Soñaba con los disparos en el cañón del yuro. Soñaba con la última mirada de Che. Soñaba con los 45 hombres que dejamos enterrados en selvas extranjeras. Me despertaba gritando, empapado, en sudor, con las manos temblando. Mi esposa me preguntaba qué pasaba.
Yo le decía que eran solo pesadillas, pero no eran pesadillas, eran recuerdos, eran verdades que no podía decir en voz alta. En 1972, 5 años después de la muerte de Che, finalmente reuní el coraje para hablar con Fidel en privado. Pedí una reunión, me la concedió, nos sentamos en su oficina, solo nosotros dos. Le pregunté directamente por qué nunca envió los refuerzos prometidos.
¿Por qué dejó a H morir solo en Bolivia? Fidel me miró durante un largo momento, luego encendió uno de sus habanos famosos y habló con voz calmada, casi paternal. me explicó que la situación geopolítica era complicada, que enviar tropas cubanas a Bolivia habría provocado una intervención estadounidense directa que tenía que pensar en Cuba primero, en los millones de cubanos que dependían de él.
Queche lo entendía. Queche siempre supo que era una misión casi suicida, que las decisiones difíciles son parte de ser líder. Todo sonaba razonable, todo sonaba lógico, pero yo había leído el diario de Che, yo había visto sus mensajes desesperados pidiendo ayuda. Yo había estado allí cuando esperábamos refuerzos que nunca llegaron.
Y supe en ese momento que Fidel estaba justificando, no explicando. Estaba reescribiendo la historia para que él quedara bien. Le pregunté por qué entonces había prometido ayuda si sabía que no la enviaría. ¿Por qué había dado falsas esperanzas? Fidel dejó de sonreír, me miró con ojos fríos y me dijo algo que nunca olvidaré.
Pombo, tú sobreviviste porque sejiste órdenes. Sigue siguiéndolas. Algunas verdades no necesitan ser dichas. Entendí el mensaje. Era una advertencia disfrazada de consejo. Salí de esa oficina sabiendo que nunca podría decir públicamente lo que sabía. No mientras Fidel estuviera vivo, no mientras tuviera el poder de destruir mi vida, la vida de mi familia.
Así que guardé silencio durante décadas, mientras Fidel se hacía más viejo, pero mantenía el poder absoluto, mientras el mundo convertía a Chea en un icono comercial, en una imagen en camisetas, en un símbolo vacío de rebeldía, sin contexto ni verdad. Mientras los jóvenes idealistas de todo el mundo colgaban pósters de Chair sin saber realmente qué pasó en Bolivia, sin saber que fue abandonado por el hombre que supuestamente era su hermano en 1997.
30 años después de su muerte encontraron los restos de Cheé en Bolivia. Los trajeron de vuelta a Cuba para un funeral de estado masivo. Fidel dio otro discurso emotivo, lloró frente a las cámaras, habló de su amor eterno por su camarada caído. Y yo estuve allí ya anciano viendo todo aquello, sintiendo una mezcla de rabia y tristeza que casi meoga.
Después de la ceremonia, Fidel se me acercó en privado. Estaba más viejo, más cansado. Me puso una mano en el hombro y me dijo, “Pombo, no pasa un día sin que piense en él. No pasa un día sin que me pregunte si pude haber hecho más.” Era la confesión más cercana a la verdad que me daría jamás, pero no era suficiente. Nunca sería suficiente.
En 2006, Fidel se enfermó gravemente y entregó el poder a su hermano Raúl. Pensé que finalmente podría hablar, pero descubrí que el miedo se había arraigado tan profundamente en mí que ni siquiera la ausencia de Fidel en el poder me daba el coraje necesario. El silencio se había convertido en un hábito.
En una forma de sobrevivir, el 25 de noviembre de 2016, Fidel Castro murió a los 90 años. Todo Cuba lloró. Yo no lloré. Sentí algo extraño, algo entre alivio y vacío. El hombre que había guardado el secreto más grande conmigo finalmente se había ido. Ahora solo quedaba yo, el último testigo vivo de la verdad completa sobre Bolivia.
Pero incluso después de su muerte seguí callado porque 50 años de silencio son difíciles de romper porque tenía miedo de que nadie me creyera, porque no quería ser visto como un traidor a la revolución. Porque después de tanto tiempo ya ni siquiera estaba seguro de si contar la verdad era lo correcto o si solo era venganza tardía de un viejo amargado.
Los años pasaron, mis hijos crecieron, mis nietos nacieron, me convertí en una reliquia viviente de una época que la mayoría solo conocía por libros y películas. Los jóvenes me miraban con respeto cuando les decía que había conocido a Che, que había peleado a su lado. Me pedían historias. Yo les contaba las partes heroicas, las batallas, la valentía, pero nunca les contaba lo más importante.
Nunca les contaba sobre las promesas rotas y el abandono. Hasta ahora. Hoy tengo 87 años. Cada día que me despierto es un regalo inesperado. Mi cuerpo está cansado. Mi memoria a veces falla. Pero hay algo que nunca he olvidado, que nunca podré olvidar. La última mirada de Che en el cañón del yuro. Su sonrisa diciéndome que viviera, que contara la historia. He vivido.
Y ahora, finalmente, voy a contar la historia completa. Chegevara no fue derrotado por el ejército boliviano. Esa es la narrativa oficial la que conviene a todos, pero es mentira. Che fue abandonado. Fue dejado solo en una selva hostil con promesas vacías y esperanzas falsas. Fidel Castro pudo haber enviado ayuda, pudo haber enviado refuerzos, armas, medicinas, eligió no hacerlo, tal vez por razones políticas, tal vez porque un che vivo y victorioso en Bolivia habría sido competencia para su poder. Tal vez simplemente porque
calculó que el costo político era demasiado alto. No lo sé con certeza, pero sé esto. Los mensajes pidiendo ayuda fueron enviados, las promesas de refuerzos fueron hechas y ninguna de esas promesas fue cumplida durante 57 años. He cargado con esta verdad como una piedra en el pecho. Durante 57 años me he preguntado si debía haber muerto allí con Che en lugar de huir.
Durante 57 años me he sentido culpable por estar vivo cuando hombres mejores que yo están muertos. Pero hoy entiendo que sobreviví por una razón. Sobreviví para hacer exactamente esto, decir la verdad, cumplir la última orden que me dio con su mirada. No dejar que nos olviden, no dejar que la mentira sea lo único que quede. No sé cuánto tiempo más viviré.
Puede que sean días, puede que sean meses, pero he hecho lo que prometí. He contado la historia, he dicho la verdad y ahora puedo finalmente descansar, sabiendo que la última sonrisa de Che no fue en vano, sabiendo que el mundo finalmente sabrá que él no fracasó, que lo abandonaron y que hay una diferencia enorme entre ambas cosas.
Chegevara murió solo, pero no derrotado. Murió fiel a sus principios hasta el último segundo. Y eso al final es más de lo que la mayoría podemos decir. Esta es mi historia, esta es la verdad. Hagan con ella lo que quieran.