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El Último Vuelo del Iberia 072

El papel temblaba violentamente entre los dedos del comandante Arturo Valdés. No era la turbulencia; el Airbus A350 aún estaba firmemente anclado a la puerta de embarque T4 del aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas. Era su mano. Un temblor incontrolable, nacido de un terror primordial y helado que le subía por la espina dorsal, se había apoderado de él. El sudor frío perleaba su frente, resbalando por las profundas arrugas que diecisiete años de culpa inconfesable habían tallado en su rostro.

—Comandante… ¿se encuentra bien? —preguntó Diego, el joven y entusiasta copiloto que lo acompañaba en este, su vuelo de jubilación. Diego tenía la edad exacta que Arturo tenía cuando su alma murió.

Arturo no respondió. No podía. Sus ojos, dilatados por el pánico, estaban fijos en el manifiesto de pasajeros que la jefa de cabina le acababa de entregar. Nueve pasajeros. Solo nueve personas habían comprado billetes para este vuelo nocturno de Madrid a Buenos Aires, una anomalía comercial que la aerolínea había justificado por una huelga repentina de controladores en Francia y un fallo en el sistema de reservas. Pero la cantidad no era lo que le había robado el aliento al viejo piloto. Eran los nombres.

1. Elena Madero. Asiento 4A. 2. Tomás Madero. Asiento 4B. 3. Sofía Madero (8 años). Asiento 4C. 4. Javier Cifuentes. Asiento 12F. 5. Doña Carmen Alarcón. Asiento 18A. 6. Padre Ignacio Reyes. Asiento 22D. 7. Lucía Valera. Asiento 27C. 8. Marcos Valera. Asiento 27D. 9. Mateo Ruiz. Asiento 35K.

Arturo dejó caer el papel sobre la consola central de la cabina de cristal. El aire a su alrededor pareció volverse denso, asfixiante, con un inconfundible y fantasmagórico olor a queroseno quemado y carne chamuscada. Cerró los ojos con fuerza, pero eso solo empeoró las cosas. En la oscuridad de sus párpados, el relámpago cegador volvió a estallar. El sonido ensordecedor de las alarmas del sistema de advertencia de proximidad al terreno (GPWS) gritando “PULL UP! PULL UP!” resonó en sus tímpanos con una claridad demencial.

Aquellos nombres no pertenecían a pasajeros de hoy. Pertenecían a los muertos. Sus muertos.

Eran los nueve pasajeros de primera clase y cabina principal que perecieron quemados vivos en el fuselaje destrozado del vuelo Iberia 072, exactamente la noche del 12 de mayo de hace diecisiete años. Un vuelo del que Arturo fue el único superviviente. Un vuelo que se estrelló en las montañas de los Andes por una negligencia catastrófica que él cometió: ignorar los radares meteorológicos para ahorrar combustible y tiempo, una decisión arrogante que la investigación oficial, en un giro de corrupción y encubrimiento corporativo, atribuyó a un “fallo catastrófico e impredecible del instrumental”.

Arturo fue absuelto. Fue aclamado como un héroe por haber logrado sacar a la tripulación restante y salvar su propia vida antes de que el avión se convirtiera en una bola de fuego. Pero él sabía la verdad. Y al parecer, la noche de su retiro, el universo también la sabía.

—Arturo… —insistió Diego, tocándole el hombro. El contacto fue como una descarga eléctrica. El veterano piloto dio un respingo, golpeando accidentalmente la palanca de gases.

—¡Estoy bien! —espetó Arturo, con una voz ronca que no reconoció como propia. Se aclaró la garganta, intentando desesperadamente recuperar la compostura. Respiró hondo, tragándose el pánico, empujándolo hacia el abismo de su estómago donde había albergado sus demonios durante casi dos décadas—. Es solo… la emoción. El último vuelo, ya sabes.

Diego sonrió, aliviado. —Lo entiendo, capitán. Debe ser abrumador. Despedirse del cielo no debe ser fácil. La torre nos acaba de dar autorización para el retroceso. Cuando usted ordene.

Arturo miró a través del parabrisas. Afuera, en la plataforma de la T4, una tormenta furiosa estaba azotando Madrid. La lluvia golpeaba el cristal como miles de agujas enfurecidas. Los relámpagos desgarraban el cielo negro, iluminando el asfalto mojado con destellos estroboscópicos. Exactamente el mismo clima. Exactamente la misma fecha.

Una parte racional de su cerebro, el cerebro del ingeniero, del piloto veterano con más de veinte mil horas de vuelo, gritaba que esto era una coincidencia macabra. Una broma pesada de algún empleado de operaciones que conocía su oscuro historial. O tal vez su mente finalmente se estaba quebrando bajo el peso de la jubilación inminente, creando una alucinación basada en el estrés postraumático.

Solo tienes que llevar el avión a Buenos Aires, se dijo a sí mismo. Es un A350 de última generación. No es el viejo McDonnell Douglas de hace 17 años. Es solo un vuelo más. El último. Luego serás libre.

Con las manos aún temblorosas, Arturo encendió la señal de cinturones abrochados. —Autorización de retroceso confirmada, Diego. Pide permiso para rodar a la pista 36L. Salgamos de este infierno.

El avión pesado comenzó a moverse lentamente hacia atrás, separándose de la terminal como un barco que abandona el puerto seguro para adentrarse en aguas malditas. Los motores Rolls-Royce Trent XWB cobraron vida, un zumbido grave y poderoso que vibró a través de los pedales y las botas de Arturo.

El rodaje hasta la cabecera de la pista fue silencioso. El ambiente dentro de la cabina de vuelo era gélido, a pesar de que el climatizador estaba a 22 grados. Arturo realizaba los procedimientos de la lista de verificación pre-despegue como un autómata, su boca pronunciando las respuestas correctas mientras su mente estaba paralizada en el horror de aquel papel impreso.

Flaps… set.Flight controls… checked.Briefing… confirmed.

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